Mi tío me alivia (Liberación) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Horizonte de sucesos

No pude precisar cuántos orgasmos tuve gracias a tío Robert, ni cuántas veces más volvimos a follar esa noche, ni esa mañana, cuando despertamos enredados bajo mis sábanas.

Y no dijimos una sola palabra cuando regresamos al mundo de los vivos y lo monté como una amazona, cuando lo cabalgué con tal desesperación que él solo pudo mirarme durante varios minutos, minutos que no fueron suficientes, no cuando su gruñido reventó mi burbuja.

Tío Robert tomó el mando con rapidez, me incitó a mover las caderas al poner sus manos grandes sobre mi culo, mientras su boca tomó mis pechos y se amamantó con arrebato de mi cuerpo.

Fuego, calor y electricidad, todo combinado con las aguas de mi interior que se desbordaron con cada penetración.

Lloriqueé, gemí, jadeé, lo monté y me arqueé para entregarle mis tetas, para que jugará con ella, para que metiese los dedos entre nuestros cuerpos y me masturbara, provocando un rápido estallido seguido de otro y otro, hasta que mi cuerpo electrificado desbordó energía, pero no pude detenerme, no cuando me asió a seguir montándolo, no cuando mi cabeza se nubló y solo pensé en su placer, pese al cortocircuito que creó un desastre en mi vientre.

Arañé sus hombros de los que me agarré y su boca subió a mi cuello, me mordisqueó, para después abrazarme y susurrar una clara orden en mi oído.

―Córrete una vez más y te preñaré.

No tuvo que decir de nuevo… Mis paredes lo apresaron, lo llevé al fondo de mi coño, donde lo masajeé con cada pulsación que me embrujó, con cada estremecimiento que lo soterró en mi humedad, hasta que se engrosó y se corrió en copiosos chorros que, esa vez, me enviaron al infierno, uno dulce que me incineró de los pies a la cabeza, pese a que una sonrisa tonta persistió en mis labios.

No, ninguno dijo nada tras aquello, lo cierto es que no lo necesitamos.

Cruzamos el límite, el agujero negro del pecado nos absorbió.

Nuestro degenere y las consecuencias de lo que hicimos nos alcanzarían, quizá no cuando tío Robert me soltara de aquel abrazo en el que me pegó a su pecho tras el último orgasmo en el que quedé laxa entre sus manos, quizá no sucedería en una hora, en un día, en una semana cuando mamá y papá volvieran de su crucero.

Quizás el castigo no llegaría en un mes, en un año, pero las consecuencias siempre alcanzan a los pecadores, o eso dicen.

No pude evitar sonreír al alzar las pupilas.

Repasé su torso esculpido, sus músculos hinchados de leñador, su cuello masculino, su barbilla cuadrada, su nariz perfilada con la ligera giba, sus labios deliciosos que tanto placer me dieron, sus ojos cerrados, pese a que vislumbré su intensidad y color, los reconocí incluso sin verlos.

Lo admiré porque no me importó, porque supe que aceptaría las consecuencias si al mismo tiempo lo obtenía a él, a su dureza hundida en mis entrañas, a su boca pegada a mis tetas sensibles, enrojecidas y quizá lastimadas.

Lo quería así, en estado puro, rudo, desesperado, deseando a su sobrina, a la chica a la que le llevaba veintiún años, la misma que folló y quería preñar para convertirla en suya.

Por ese deseo, estaba dispuesta a pasar la eternidad en el infierno, aunque eso solo el tiempo lo diría, porque, mientras me quedase en la cama, aquella utopía era posible, cuando pusiera un pie fuera…

nada me aseguraba que mis emociones, pensamientos y sensaciones se adhirieran a su piel, a su aroma, a su esencia masculina que escurrió de entre mis piernas.

¿Y él…? Él era un misterio que no sabía si quería resolver, no cuando seguía bajo mi cuerpo, con su mano enganchada a mi espalda baja, y la otra detrás de su cabeza, relajado, como si no hubiese nada más que sostenerme junto a su torso.

Si el tiempo se detenía, más valía que fuese en ese segundo.

¿Fin?