Mi suegra es un dragón 25. El piso sin tuppers
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25. El piso sin tuppers

Los cascabeles no suenan el domingo.

Ni el lunes. Ni el martes.

Y descubro una cosa que no sabía: que el silencio de un sonido que llevas cinco meses odiando es mucho peor que el sonido.

El domingo por la mañana llama Susana. A mí.

—¿Tú lo sabías?

Y no hay hola.

—Susana...

—Contéstame. ¿Tú lo sabías?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde mayo.

—Desde mayo. —Un ruido de cocina, un cajón que se cierra demasiado fuerte—. O sea que mi madre se lo cuenta a la mujer de mi hermano, que lleva cinco meses en esta familia, y a mí no.

—No es eso.

—¿Y qué es?

—Susana, tu madre no me lo contó. Yo la seguí hasta una notaría con Encarna y me pilló.

Silencio de tres segundos.

—¿Que la seguisteis?

—La seguimos.

—¿Tú y Encarna?

—Yo y Encarna.

—Ay, Dios mío.

—Ya.

—¿Y ella qué hizo?

—Nos invitó a subir al autobús.

Y entonces Susana Espejo Carmona, cuarenta y un años, hace un ruido que yo no había oído nunca y que tarda dos segundos en identificarse como una risa.

—Es que es ella —dice—. Es que eso es ella entera.

Y luego se calla y ya no se ríe.

—Yo llevo tres años pidiéndole que se venga a Fuengirola.

—Ya.

—Tres años, Irene. Con un piso mirado y todo. Con ascensor.

—Ya.

—Y ella se queda ahí, en esa cuesta, con esa escalera. —Un sorbo de algo—. Y aparecéis vosotros en enero y en cinco meses le sabéis la vida.

—Susana, yo no le sé la vida.

—Tú le sabes más que yo.

Y cuelga sin despedirse, cosa que ella no ha hecho nunca en su vida.

El miércoles voy al mercado y compro comida como una persona normal. Pollo, verdura, fruta, una lubina que me cobran a peso de oro y que yo compro con un rencor absurdo.

Y en el puesto de las verduras, el hombre me mira las manos mientras me cobra.

—¿Y Milagros?

—Bien.

—¿Está mala?

—No, no. Está bien.

—Es que lleva sin venir desde el viernes.

Y me da el cambio y añade, sin ninguna intención, la frase que me va a acompañar toda la semana:

—Aquí sin ella esto está muy raro, mi niña.

Cocino los tres días. Cocino bien.

Y el jueves abro la nevera y me encuentro una nevera llena de cosas que he puesto yo, y me quedo mirándola con la puerta abierta hasta que pita.

—Deberías bajar a hablar con ella —le digo a Rubén.

—Ya bajaré.

—Rubén.

—Que ya bajaré, Irene.

—Es tu madre y le gritaste delante de treinta personas.

—¿Y ella qué? ¿Ella no me tiene que decir nada a mí? —Y aquí levanta la voz, cosa que ahora hace, porque el sábado descubrió que se puede—. ¡A mí me han enterado de que mis padres están separados en un porche! ¡Delante de la tía Loli! ¡Como el último!

—Ya.

—¡Yo soy su hijo!

—Ya.

—Trece meses, Irene. Trece meses mintiéndome a la cara. Y el vídeo, con las fotos, y yo escaneando y buscando la del jersey de rombos como un imbécil...

Y se calla.

Y se calla porque acaba de girarse y me ha visto la cara.

—¿Tú lo sabías?

Y aquí, señoras y señores, es donde se acaba mayo, junio y todo lo demás.

—Sí.

—...¿Desde cuándo?

—Desde el veintiuno de mayo.

—El veintiuno de mayo.

—Sí.

—Hace un mes.

—Hace un mes.

Y mi marido se sienta en el brazo del sofá y se queda mirando la pared con las dos manos colgando entre las rodillas.

—¿Y no me lo dijiste?

—No.

—¿Por qué?

—Porque se lo prometí a tu madre.

—¡Es MI madre!

—¡Y era su vida, Rubén! ¡Su vida! ¡Ella decidía cuándo!

—¡Llevas un mes durmiendo conmigo con eso encima!

—¡Y tú llevas ONCE MESES!

Y ya está.

Ya ha salido. Once meses. Sale así, en una frase, en un salón de treinta metros, un jueves a las nueve de la noche, después de haberla tenido guardada desde un lunes de mayo.

Rubén se queda quieto.

—¿Qué?

—Once meses sin trabajo.

—Yo no...

—Rubén, no. Hoy no.

—Yo te he dicho que estaba buscando.

—Tú te pones una camisa y hablas solo delante de un portátil con un documento en blanco.

—Irene...

—Y luego bajas al Mercadona a las once, y a la vuelta tu madre te mete aceitunas en la bolsa, y tú subes y me dices que has tenido dos reuniones.

—¿Tú me has estado...?

—Yo he visto la pantalla desde el pasillo en febrero. Y he visto los bizums en mayo.

Y ahí se le va el color de la cara.

—Los bizums.

—Mil trescientos euros. «Lotería.» «Te lo debía.» «Para el coche.»

—Irene.

—La ITV la pagué yo, Rubén. Cuarenta y siete euros con veinte. Y tu madre te dio cuatrocientos para el coche.

—Se lo iba a devolver.

—¿Con qué?

Y esa pregunta se queda en mitad del salón sin que nadie la recoja, y a mí me da la impresión, en el segundo siguiente, de que la he dicho igual que la habría dicho Susana.

—O sea que tú también —dice él.

—¿Yo también qué?

—Tú también llevas meses sin decirme nada.

—Yo llevo un mes.

—¿Y eso lo hace mejor?

Y no. No lo hace mejor. Y esa es exactamente la parte que me va a doler cuando se me pase el enfado, dentro de tres días: que en esta casa, a fecha de hoy, hay dos personas casadas que se han estado protegiendo la una de la otra con la misma técnica, y que las dos la aprendieron de la misma mujer.

Rubén coge una bolsa esa noche y se va a Fuengirola.

Y a las once y media, cuando ya lleva dos horas fuera, me llama Óscar.

Óscar. Que no me ha llamado nunca en su vida.

—Irene, perdona la hora.

—Dime, Óscar.

—Nada, que está aquí Rubén.

—Ya lo sé.

—Sí, sí, si ya me ha dicho. —Se le oye salir a un porche, una puerta corredera—. Yo te llamo por otra cosa.

—Dime.

—Que yo he visto lo del vídeo.

—¿Qué vídeo?

—El del cumpleaños. Que lo he vuelto a ver esta noche, entero, y he contado las fotos.

Y me siento en el suelo del pasillo.

—¿Y?

—Veintidós fotos y en cuatro sale mi suegro.

—Sí.

—Y en la última parte no sale en ninguna.

—Sí.

—Susana no lo hizo aposta, ¿eh? —dice deprisa—. Eso te lo digo yo. Susana no lo hizo aposta.

—Ya lo sé, Óscar.

—Es que ella está fatal.

—Ya.

—Es que ella lo hizo con las mejores intenciones del mundo, Irene, y ahora piensa que le montó a su madre una cosa...

Y se calla.

Y en ese silencio, en un porche de Fuengirola a las once y media de la noche, mi cuñado el del taladro es el primero de esta familia en decir en voz alta lo que ha pasado.

—Es que en esta familia nadie pregunta nada —dice—. Nadie. Y luego pasa esto.

—Óscar.

—Perdona, que yo me meto donde no me llaman.

—No. Tienes razón.

—Bueno. —Se aclara la garganta—. Pues nada, que el niño está aquí y que come bien. Que descanses.

Y cuelga.

Y yo me quedo sola en un piso de setenta y dos metros que es de mi suegra, sin cascabeles en la escalera, sin tuppers en la nevera y sin nadie a dos metros y medio, y trabajo.

Trabajo cuatro días seguidos con una eficiencia que da miedo.

Termino la web de la clínica dental. Entrego dos correcciones atrasadas. Y el viernes por la tarde el tanatorio me manda un lote de doce esquelas para maquetar, y las escribo todas de un tirón, las doce, sin parar, con una fluidez que a la sexta ya no es un talento sino un síntoma.

Descansa en paz. Tu familia no te olvida.

Descansa en paz. Siempre en nuestro corazón.

Descansa en paz.

Y a las ocho de la tarde, con doce esquelas entregadas y la casa a oscuras, hago la única cosa sensata que se me ocurre.

Salgo al rellano y llamo al timbre del segundo A.

No abre.

Llamo otra vez.

No abre.

Y estoy volviendo a mi puerta cuando la oigo, al otro lado de la suya, a treinta centímetros, con esa voz que sale de un cuerpo que está apoyado en la madera:

—Ahora no, mi niña.

—Milagros.

—Ahora no.

—¿Estás bien?

Silencio de tres segundos.

—Estoy comiendo.

Son las ocho de la tarde de un viernes y esta mujer cena a las nueve y media desde 1979.

—Vale —digo.

—Vete a tu casa, anda.

Y me voy a mi casa.

Y esa noche, por primera vez desde enero, echo el cerrojo. No la llave: el cerrojo, el de arriba, el que no habíamos usado nunca porque no hacía falta.

Y me quedo dormida en el sofá con la tele puesta pensando en una cosa que me dijo Encarna en un escalón de mármol en marzo, cuando yo todavía creía que esto iba de un escurridor:

Que ella no entra porque no lo tenga escrito. Ella entra porque es su casa.

Pues ya no entra.

Y este piso, sin ella entrando, es el sitio más grande y más vacío en el que he vivido nunca.

Fe de erratas: donde dije «por fin tengo mi casa para mí», léase «por fin tengo su casa para mí».