CAPÍTULO 23 #3
—La luz del atardecer dibujó mi silueta al subir la curva de la escalera —siguió él, mirando el vacío como si estuviera contemplando el pasado—.
Yo llevaba una capa oscura de viaje, el misma porte elegante que tú recordabas, y la manera en que mis dedos sujetaban los volúmenes te hizo pensar que yo pertenecía a un mundo distinto, más grande, más hermoso que la penumbra de tu rellano.
Pensaste que para mí aquel fue solo un instante trivial, un cruce de miradas fugaz, apenas un saludo amable y distante de un vecino a una joven desconocida que le cedía el paso en el peldaño...
Michael hizo una pausa deliberada. Se inclinó hacia ella y susurró:
—Pero el libro que intentabas leer era los Ensayos de Montaigne.
El color de la cinta que recogía tu cabello castaño era de un terciopelo verde gastado.
Y en el bolsillo derecho de tu delantal blanco —ese delantal fino de liencillo que llevan las niñas para no mancharse la ropa mientras juegan o ayudan en la casa— guardabas un trozo de galleta de jengibre envuelto en un papel grasiento.
Sarah parpadeó atónita. Una sacudida eléctrica le recorrió todo el cuerpo. El corazón le dio un vuelco salvaje dentro del pecho.
—¡Tú... tú lo recuerdas! —exclamó ella en un soplo ahogado, llevándose las manos a la boca, con los ojos fuera de orbita—. ¡Dios mío, Michael! ¡Recordabas a esa niña!
—Sí, la recordaba —confesó Michael con la voz quebrada, dejando que la vergüenza y el dolor volvieran a reflejarse en sus ojos—.
Recordaba a la niña de la escalera. Recordaba la pureza de sus ojos y la curiosidad con la que me miraba desde la penumbra.
Pero, por la culpa de mi estupidez, por la maldición de mi indolencia, jamás asocié a esa niña luminosa del rellano con la mujer joven y deshecha a la que hice el amor en la penumbra del guardarropa durante aquella fiesta aristocrática.
El conde agachó la cabeza, apretando los dientes con rabia contenida contra sí mismo.
—No la asocié, Sarah —continuó él con una amargura atroz—.
Y te pido perdón por eso. Te pido perdón porque esa noche yo estaba profundamente ebrio, sumido en la vaciedad de mi propia vida, y fui ciego a la entrega sagrada que me estabas haciendo.
Fui un miserable que no supo ver que la sombra que me buscaba en la oscuridad era la misma niña que años atrás leía a Montaigne en el peldaño de una escalera.
Sarah sintió que las lágrimas volvían a inundarle los ojos, pero esta vez no eran lágrimas de dolor amargo.
Eran lágrimas de un sobrecogimiento absoluto.
La certeza de que él no la había olvidado por completo, de que la imagen de su infancia había quedado grabada en la memoria del conde sin que ella lo supiera durante todos esos años de exilio y soledad, lavaba de golpe años de desprecio percibido.
—No... no puedo tenértelo en cuenta, Michael —musitó Sarah, negando con la cabeza y dejando que el llanto le resbalara libremente por las mejillas—.
No puedo guardar rencor por esa noche. Te amaba tanto...
te amaba con una fuerza tan ciega y desesperada desde que era una niña, que cuando te tuve cerca en los jardines de Mayfair, no me importó nada más.
No me importó el futuro, ni el escándalo, ni las consecuencias.
Solo me importó ser tuya por un instante en la existencia.
El silencio volvió a instalarse en la mesa redonda del café, pero era un silencio distinto, limpio de fantasmas, cargado de una intimidad nueva y poderosa.
Michael extendió las manos sobre la mesa de mármol y tomó suavemente las manos de Sarah entre las suyas. Esta vez, ella no se retiró.
—Gracias, Sarah —dijo el conde de Gleeson con una solemnidad que le salía del fondo del alma—. Gracias por haber guardado a nuestro hijo con tanta fiereza. Gracias por Thomas. Gracias por haber traído a este mundo a un ser maravilloso que lleva tu valentía.
Le apretó los dedos con ternura, mirándola fijamente con esos ojos que ahora brillaban con una determinación inquebrantable.
—No te pido que me entregues tu vida hoy —le dijo Michael en voz baja, con una humildad absoluta—.
No te exijo que olvides doce años de dolor de la noche a la mañana.
Solo te pido una cosa: ten paciencia conmigo, Sarah.
Ten la paciencia que le tendrías a un hombre que acaba de salir de la ceguera.
Deseo conocerte. Deseo descubrir a la mujer que escribió esa carta, a la madre que enfrentó al Támesis y a la niña que me esperaba en la escalera.
Permíteme demostrarte que el tiempo que nos queda no será una espera vacía, sino el principio de nuestra verdadera historia.
Sarah contempló las manos del conde envolviendo las suyas.
La lluvia continuaba golpeando los cristales del café, pero el frío de la mañana parecía haberse disipado por completo.
Y en el rostro firme de Michael, el hombre que por fin había aprendido a mirar, Sarah comprendió que el largo y doloroso viaje de su soledad había llegado, al fin, a su término.