Mi silencio, tu olvido CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

El gran recorrido por el continente, concebido inicialmente como una breve fuga contra el hastío de Mayfair, se convirtió pronto en un torbellino de viajes interminables.

Tras cruzar el Canal de la Mancha, el conde de Gleeson se entregó al ritmo frenético de las principales capitales europeas con la indolencia de quien no necesita rendir cuentas a nadie.

En París, los salones del Faubourg Saint-Germain aclamaron su presencia; las condesas de la antigua aristocracia y las jóvenes herederas de la nueva burguesía disputaban su atención en la ópera y en los bailes del Palacio Real.

Michael, amparado en su apuesto porte y su aura de noble inglés inaccesible, sumó conquistas con la misma soltura con la que cambiaba de carruaje: damas de la alta sociedad, actrices de teatro de vista deslumbrante y marquesas viudas fascinadas por la severa frialdad de sus ojos verdes.

De la capital francesa pasó a los salones literarios y los palacios de Berlín, para luego descender hacia las ruinas y la noche estival de Roma.

Su inmensa fortuna, cimentada en tierras prósperas y títulos centenarios, absorbía sin inmutarse el despilfarro de oro.

Pagaba suites enteras en los mejores hoteles, adquiría caballos de pura sangre para carreras improvisadas y costeaba banquetes pantagruélicos.

Al ostentar un título nobiliario británico de primer orden, todas las puertas de la aristocracia europea se abrían de par en par a su paso.

Continuó su itinerario hacia el este: participó en refinadas tertulias musicales en Viena, rodeado de príncipes e intelectuales, y prolongó su periplo hasta las heladas latitudes del Imperio Ruso.

Allí, en los banquetes a orillas del Volga, bebió como un verdadero cosaco, compitiendo en resistencia con los oficiales de la guardia zarista entre copas de vodka puro y risas desmedidas.

Sin embargo, el exceso continuado no tarda en revelar su propia vacuidad.

Fue en una residencia palaciega de Europa Central, tras una tertulia política especialmente intensa sobre el futuro del mapa europeo y el avance de las potencias, donde el velo de la fascinación terminó por romperse.

Michael se despertó a la mañana siguiente con una resaca atroz que le martilleaba las sienes.

La luz hiriente del sol filtrada por los cortinajes de terciopelo iluminaba un aposento sofocante: copas volcadas sobre la mesa de taracea, ropa de seda esparcida por el suelo y el eco lejano de una fiesta que ya no tenía ningún sentido.

Llevándose las manos a la cabeza, el joven conde sintió que un profundo asco por su propia conducta le oprimía el pecho.

Aquella vida disoluta, vacía de propósito y ahogada en el placer rápido, no era para él.

Estaba exhausto de disfrutar por el mero hecho de huir; cansado de la ausencia absoluta de responsabilidades y del desfile de rostros hermosos cuya conversación olvidaba al cabo de tres días.

Recordó con una punzada de culpa que al otro lado del mar tenía un condado centenario que atender, arrendatarios que dependían de sus decisiones en el Parlamento y un grupo de amigos leales en St. James a los que no había escrito una sola línea en casi un año.

Se incorporó en el borde de la cama, contempló el desorden de la estancia y tomó una decisión tajante. La fuga había terminado. Michael Dalby Stuart ordenó preparar sus baúles esa misma tarde y emprendió el camino de regreso a casa.

***

El carruaje de viaje de los Dalby Stuart cruzó los límites de Mayfair bajo una fina llovizna que teñía el adoquín de un tono plomizo y brillante.

Al asomarse por la ventanilla, Michael contempló el desfile familiar de las fachadas de piedra clara, las verjas de hierro forjado y las copa de los tilos que comenzaban a perder sus hojas ante el avance del otoño.

Londres no había cambiado nada en esos meses de ausencia.

A pesar del fragor de sus viajes, de las noches desenfrenadas en las capitales del continente y del estruendo de los salones extranjeros, la capital británica permanecía inmutable, atrapada en su rigidez aristocrática, en sus horarios de té y en sus rituales imperturbables.

Todo seguía exactamente igual a como lo había dejado la mañana de su precipitada huida.

Al detenerse el vehículo frente a la majestuosa residencia de Berkeley Square, la gran puerta de roble se abrió de par en par.

El servicio entero, alineado en el vestíbulo bajo la dirección del anciano mayordomo, lo recibió con inclinaciones de perfecta disciplina.

Sin embargo, al cruzar el umbral del hogar de sus antepasados, Michael no experimentó el reconfortante calor del regreso.

La casa olía a cera fría, a estancias cerradas durante demasiado tiempo y al eco distante de una grandeza solitaria.

Al día siguiente de su llegada, la rutina de las obligaciones reclamó su atención. El administrador general del condado de Gleeson, el señor Ponsonby, aguardaba en la biblioteca principal con tres carpetas de cuero atestadas de documentos, balances de cosechas y libros de contabilidad.

Durante más de cuatro horas, Michael escuchó con paciencia estudiada las explicaciones de Ponsonby.

Ajustó el uso de los fondos para las fincas de Kent, revisó el estado de las rentas urbanas y firmó con caligrafía impecable las ordenanzas que requerían su rúbrica.

Su mente, educada para la administración, respondía con la precisión de un mecanismo bien engrasado; pero su espíritu permanecía completamente distante, flotando en una neblina de apatía.

Al terminar de revisar la última partida de gastos, el señor Ponsonby cerró el cuaderno con un golpe seco, se ajustó los anteojos sobre la nariz y miró a su señor con una expresión de respetuosa pero firme gravedad.

—Todo está en perfecto orden en las fincas, milord —dijo el administrador, inclinando levemente la cabeza—.

Sin embargo, si me permite la atrevida observación de alguien que sirvió a su difunto padre...

creo que es el momento adecuado para que vuestra señoría asuma plenamente sus deberes cívicos.

El proyecto de ley sobre los aranceles agrícolas se debatirá el próximo mes en la Cámara de los Lores.

Es hora de que toméis de forma definitiva vuestro asiento en el Parlamento.

La nación necesita la voz de la casa de Gleeson.

Michael no respondió de inmediato. Se reclinó contra el respaldo de cuero de su sillón de orejas, sosteniendo el cortapapeles de plata entre los dedos.

No sabía el motivo exacto, pero se sentía profundamente cansado.

Un cansancio viejo y pegajoso que no provenía del esfuerzo físico, sino de una fatiga del alma que parecía haberse instalado en su pecho para no abandonarlo jamás.

Absolutamente todo lo aburría. La perspectiva de las recepciones, las conversaciones banales de los clubes, las miradas calculadoras de las madres con hijas casaderas...

nada lograba despertar en él un atisbo de verdadero entusiasmo.

Para intentar sofocar ese vacío insoportable, durante las dos primeras semanas tras su regreso, Michael intentó perderse de nuevo en el torbellino de la vida nocturna.

Acudía de fiesta en fiesta, de juerga en juerga, arrastrado por sus viejos compañeros de White's y por conocidos de la alta sociedad que celebraban su retorno.

Bebía oporto en las bodegas clandestinas, apostaba sumas escandalosas a las cartas hasta el amanecer y frecuentaba los salones más licenciosos de la capital.

Pero la anestesia del exceso ya no funcionaba.

En mitad del estruendo de la orquesta, rodeado de risas fingidas y copas de cristal que brindaban a su salud, Michael se sentía como un espectador ajeno a su propia vida.

Se miraba al espejo del club y veía la figura de un hombre joven, apuesto, inmensamente rico y titular de un condado glorioso; pero en el fondo de sus propios ojos verdes no encontraba nada.

Era como si fuera un cascarón vacío. Una carcasa elegante y aristocrática que caminaba por Londres impulsada únicamente por la inercia del protocolo, habiendo consumido hasta la última gota de su energía vital en viajes sin sentido, fiestas superficiales y placeres efímeros.

Quizás por esa misma vacuidad, su propia casa le parecía ahora un lugar frío, incómodo y desprovisto de alma.

Cada rincón de la mansión de Berkeley Square le devolvía un silencio acusador.

Paseaba por la galería de retratos, contemplando los rostros severos de sus antepasados, y se preguntaba qué legado estaba construyendo él más allá de ser un soltero codiciado que malgastaba los años en la indolencia.

Fue una tarde gris, mientras la lluvia repicaba contra los cristales de la biblioteca y el fuego de la chimenea proyectaba sombras vacilantes sobre los estantes de caoba, cuando tomó la determinación.

Si la diversión se había vuelto un castigo y la soledad de su hogar lo ahogaba, buscaría el refugio de la disciplina.

Decidió que había llegado el momento de aceptar el consejo de su administrador y ocupar de forma permanente su escaño en la Cámara de los Lores.

Necesitaba un propósito, una causa que lo obligara a levantarse por las mañanas, una rutina severa que sofocara el hastío de sus días.

Tomaría su asiento en el Parlamento para probar si la política, el debate de las leyes y la responsabilidad hacia su país lograban darle un giro a su existencia y devolverle la chispa de vida que sentía haber perdido en alguna esquina del continente.