CAPÍTULO 12
La soledad de su alcoba en Upper Grosvenor Street, iluminada tan solo por la débil llama de una vela consumida, se convirtió para Sarah en el escenario de una profunda y dolorosa reflexión.
Con las manos apoyadas sobre su vientre, contemplaba la penumbra del techo mientras el silencio de la mansión se volvía un eco opresivo.
En ningún momento se cruzó por su mente la idea de buscar al conde de Gleeson o enviarle una carta al continente para revelarle la verdad. Jamás pensaría en comunicárselo.
No lo hacía por vergüenza, pues la entrega de aquella noche había nacido de un amor puro y cultivado durante años.
Tampoco lo hacía por un orgullo vano. Su negativa nacía de un temor mucho más hondo y desgarrador: el miedo absoluto a que él se lo quitara.
Sabía perfectamente cómo funcionaba el mundo de la alta aristocracia; si Michael llegaba a saber que la hija de un difunto abogado llevaba a su heredero en las entrañas, la maquinaria de la nobleza se pondría en marcha para arrebatarle a la criatura.
La alejarían de él, la recluirían en algún rincón olvidado del país o la mirarían con el desprecio reservado para las mujeres que intentan trepar en la escala social a través de un escándalo.
Pero, sobre todo, le aterraba algo peor: el miedo a que aquel instante perfecto en el cuarto de abrigos —el único momento de su vida en que había sentido el calor y el deseo del hombre que amaba— se convirtiera en una triste obligación, en una carga indeseada o en un mero gesto de caridad victoriana.
Sarah prefería guardar el secreto como se guarda una joya invalorable. Una joya escondida que solo brilla en la oscuridad de su propia memoria, intacta y libre de la frialdad del mundo.
Sin embargo, la realidad de los días no daba tregua.
Sabía que tenía que tomar medidas de inmediato.
Tras la dura confrontación con Kate, la convivencia en la mansión se había vuelto insostenible; la calidez de su amistad se había transformado en una vigilancia incómoda y en un distanciamiento que le rompía el corazón.
Tenía que irse de la casa de su amiga antes de que el embarazo fuera evidente para Sir George y para toda la servidumbre de Mayfair.
Pero la urgencia chocaba contra un muro infranqueable: no tenía dinero. La modesta asignación que recibía apenas cubría sus gastos personales, y no poseía ahorros ni bienes que vender. No le quedaba un solo lugar en el mundo a donde ir, ni parientes a los que acudir... salvo regresar a Dover.
Dover. La ciudad costera de los acantilados fríos, la casa estrecha de Marine Parade que aún conservaba en alquiler por unos pocos chelines al mes, y las sombras de su pasado.
El lugar que tanto había odiado y al que juró no volver jamás se presentaba ahora como su único refugio posible.
Allí, al menos, bajo el anonimato de la provincia y con la ayuda de la anciana Sra.
Gable, podría ocultar su estado, dar a luz a su hijo en silencio y proteger la joya secreta que llevaba en sus entrañas.
***
La mañana de la partida, el cielo sobre Mayfair amaneció cubierto por una alfombra de nubes cenicientas que anunciaban lluvia.
El equipaje de Sarah, reducido a dos sencillos baúles de cuero gastado, aguardaba junto a la puerta posterior de la residencia en Upper Grosvenor Street.
No hubo carruajes de gala ni sirvientes alineados para despedirla; solo el silencio pesado de una casa que intentaba sofocar un secreto incómodo antes de que el resto del mundo lo advirtiera.
En el salón pequeño de la primera planta, el encuentro final entre las dos amigas estuvo impregnado de una tristeza devastadora.
Kate permanecía de pie junto al ventanal, envuelta en un elegante manto de mañana, con los ojos hinchados por el llanto sofocado de la noche anterior.
La brecha entre la baronesa y su antigua confidente era insalvable, pero el afecto tejido durante tres años de intimidad se negaba a desaparecer por completo.
Sarah, vestida con su sobrio traje de viaje azul oscuro y la capota ajustada, se detuvo a tres pasos de ella, con las manos cruzadas sobre el vientre en una postura que ya no podía ocultar del todo el instinto de protección.
—Todo está dispuesto, Kate —dijo Sarah con una voz dolorosamente serena—. El carruaje de alquiler me espera en la esquina de la calle. Te agradezco que me hayas permitido partir con discreción.
Kate se giró despacio. La firmeza con que intentaba sostener su mirada de matrona se desmoronó al ver el rostro pálido y la dignidad inquebrantable de la muchacha. Avanzó unos pasos y, sin pronunciar palabra, le extendió un sobre de papel grueso, sellado con cera roja sin estampar.
—George cree que regresas a Kent para atender unos asuntos de la herencia de tu madre antes de buscar una nueva colocación —explicó Kate con un hilo de voz quebrado—.
En este sobre hay cincuenta libras. Es un dinero mío, de mi propia asignación.
Te servirá para subsistir durante los próximos meses...
hasta que la criatura nazca y puedas decidir tu futuro.
Sarah miró el sobre y sintió que un nudo de orgullo y gratitud le oprimía la garganta. Cincuenta libras representaban una pequeña fortuna para alguien en su situación: la garantía de no morir de hambre y la seguridad de pagar un techo decente durante el parto.
—No puedo aceptarlo, Kate... Ya has hecho demasiado por mí —susurró Sarah, dando un leve paso atrás.
—¡Tienes que aceptarlo! —exclamó Kate, dando un paso adelante y forzando el sobre entre las manos frías de Sarah con una vehemencia desesperada—.
No lo hagas por ti, Sarah, ni por mí. Hazlo por ese niño.
No puedo permitir que la mujer a la que quise como a una hermana quede a la deriva en la indigencia.
Tómalo y vete, antes de que George baje y no pueda sostener la mirada de ninguno de los dos.
Sarah apretó el sobre contra su pecho. Dos lágrimas gruesas y silenciosas se deslizaron por sus mejillas.
—Jamás olvidaré tu generosidad, Kate. Ni la luz que trajiste a mi vida cuando todo estaba a oscuras —murmuró Sarah, inclinando la cabeza en una última y profunda reverencia—. Que la Providencia te bendiga a ti y a esta casa.
Sin esperar respuesta, Sarah dio media vuelta y abandonó la estancia. Mientras bajaba los escalones de servicio hacia la salida trasera, escuchó el leve sollozo de Kate ahogado tras la puerta de roble, un eco amargo que cerraba definitivamente su etapa en Mayfair.
Tres días antes de su partida, Sarah había enviado una carta desesperada a la anciana Sra.
Gable en Dover. En ella, con la excusa de necesitar un retiro tranquilo por motivos de salud tras la pérdida de su empleo en la capital, le preguntaba si el propietario del número 4 de Marine Parade estaría dispuesto a alquilarle de nuevo la pequeña casa de tres plantas, la misma edificación de fachada de estuco desgastado donde su madre había enfermado y muerto tres años atrás.
La respuesta de la anciana vecina no tardó en llegar a través del correo de la posta, redactada con una caligrafía temblorosa pero repleta de calidez: el piso continuaba desocupado, la renta se mantenía en unos pocos chelines al mes y la propia Sra.
Gable se había encargado de airear las habitaciones y encender el fuego de la cocina para recibirla.
El viaje de regreso a la costa fue un espejo amargo de su primer exilio. Encerrada en el interior de la diligencia pública que traqueteaba por los caminos embarrados de Kent, Sarah contempló a través del cristal el paisaje que se alejaba de la capital.
Su corazón era un mar de sensaciones encontradas.
Por una parte, la pena la consumía: dejaba atrás la elegancia de Londres, la comodidad de una vida refinada, la amistad de Kate y la cercanía de la mansión de la acera de enfrente.
Se sabía rechazada por la sociedad, juzgada como una caída y condenada a la soledad de la provincia.
Pero por otra parte, una alegría extraña, profunda y salvaje, le iluminaba las entrañas.
Cada vez que la diligencia daba un salto sobre los baches, Sarah se llevaba la mano al costado y sentía el leve y firme latido de la vida que crecía dentro de ella.
Ya no viajaba sola. Llevaba consigo la prueba irrefutable de su amor, el puente invisible que la unía para siempre a Michael Dalby Stuart.
Al atardecer del segundo día, el aire denso y sofocante del interior cedió paso a la brisa conocida y helada del Canal de la Mancha. El traqueteo de las ruedas sobre el adoquín de Marine Parade anunció la llegada.
Al descender del vehículo, el rugido constante del viento marino la recibió con la misma violencia de años atrás. Frente a ella se alzaba la casa de estuco gris, recortada contra la sombra imponente del castillo de Dover y los acantilados de tiza.
La Sra. Gable la aguardaba en el umbral, envuelta en su manta de lana y apoyada en su bastón. La anciana, cuyos ojos gastados no advirtieron de inmediato la redondez incipiente bajo el amplio manto de Sarah, la acogió con un abrazo torpe pero sincero.
—¡Bendita seas, muchacha! —exclamó la anciana con su voz cascada—. La casa está fría, pero el hogar de la cocina ya tiene buen carbón. Es una pena que vuelvas sin tu pobre madre, pero aquí estarás tranquila. Dover no cambia nunca.
Sarah cruzó el portal y la puerta de madera se cerró tras ella, aislándola del mundo exterior.
La instalación en la pequeña vivienda fue un proceso pausado y silencioso.
El salón de la planta baja, con sus dos sillones de espadaña y la mesa redonda de pino, conservaba el eco de la voz de Susan Ronan; pero Sarah no permitió que el fantasma de la tristeza la paralizara.
Con el dinero proporcionado por Kate administrado hasta el último penique, compró madera seca, harina, té y las telas de hilo más suaves que encontró en el mercado del puerto para confeccionar la canastilla del bebé.
Los meses de la espera transcurrieron en una rutina oculta y contemplativa.
Sarah apenas salía a la calle durante el día para evitar las miradas curiosas de los vecinos o los encuentros incómodos con el reverendo Finch.
Paseaba únicamente al caer la tarde, cuando la penumbra cubría la costa y la brisa del mar ahogaba cualquier murmullo.
Se acercaba al borde de los acantilados, envuelta en su capa cada vez más holgada, y contemplaba el abismo blanco de tiza y la franja lejana del mar.
Allí, con el viento rugiendo en sus oídos y la luz de las farolas del puerto titilando abajo, Sarah pasaba las horas hablando en susurros con la criatura que llevaba en las entrañas.
Le hablaba de los libros de su abuelo, de la luz de primavera sobre los tilos de Berkeley Square y de la voz profunda del hombre de ojos verdes que jamás sabría de su existencia.
El miedo al futuro había desaparecido por completo, reemplazado por un instinto de protección férreo.
En la soledad de la casita frente al mar, rodeada por el salitre y el recuerdo de los que ya no estaban, Sarah Ronan esperó el nacimiento de su hijo con la frente alta, sabiendo que en mitad de su ruina había conquistado el tesoro más grande de su vida.