Mi Querido Stalker 12. Jacob #2
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12. Jacob #2

Recorrió cada rincón con curiosidad, haciendo preguntas sobre el diseño y los muebles que no supe responder, y haciendo pequeños comentarios sobre mi gusto y admirando lo grande y lujoso que todo era.

Mi casa era grande, pero estaba tan acostumbrado a ella que ya no me parecía especial.

Verla a través de los ojos de Nadine me hizo apreciar todo lo que había logrado hasta ahora.

Cuando llegamos a la puerta trasera, la abrí y ella salió primero.

—Tienes piscina —dijo con la boca abierta.

—Sí.

—Me encantan las piscinas.

—Es bueno saberlo —respondí sonriendo, porque ¿qué otra cosa debía decir?

Miró el agua, luego la casa y luego a mí.

—No la usas mucho, ¿verdad?

—¿Qué te hace pensar eso?

—Porque dijiste que no tienes tiempo para relajarte. —Se encogió de hombros como si fuera obvio—. Así que fue la conclusión más fácil.

Antes de que pudiera responder, tomó el dobladillo de su vestido y se lo quitó por la cabeza.

No me moví.

Se retiró los tacones y los puso sobre una silla como si no importara. Luego simplemente se quedó allí en ropa interior, completamente a gusto, mientras yo me daba cuenta de que no me quedaba ningún pensamiento coherente.

Esta chica iba a ser mi perdición. La conocía desde hacía aproximadamente una semana y ya estaba parada en mi jardín trasero a medio vestir, como si fuera la dueña del lugar, y lo peor era que lo que estaba pasando no se sentía incorrecto.

Se sentía como algo que siempre había estado destinado a ocurrir eventualmente.

No sabía qué la hacía sentir que podía confiar en mí como lo había hecho durante toda la noche, pero no iba a quejarme.

«Nadine, Nadine, Nadine, tienes el instinto de supervivencia de un pez dorado».

Me miró por encima del hombro.

—¿Qué haces ahí parado? —dijo—. Vamos. Usémosla.

Y luego saltó, salpicando agua por todas partes. Salió a la superficie riéndose, echándose el cabello hacia atrás, mirándome mientras yo seguía parado en el borde como un idiota.

—Qué desperdicio de casa —dijo, flotando—. Yo haría fiestas aquí todos los fines de semana.

La miré a ella, luego a la piscina, probablemente helada a esta hora, y finalmente al cielo lleno de estrellas. Todo se sentía tan perfecto.

—Al diablo.

Me quité la camisa, me saqué los pantalones y los zapatos, dejé el teléfono en la silla y salté.

El frío me golpeó de inmediato; cada músculo de mi cuerpo respondió al instante, y por un segundo no había nada en mi cabeza excepto el agua, la temperatura y el cielo sobre la superficie.

Salí a flote, me eché el cabello hacia atrás y sentí, por primera vez desde que ella me había contado todo en ese sofá, que podía respirar de verdad.

Nadine se rió al otro lado de la piscina.

—Apuesto a que esto es lo más atrevido que has hecho esta semana.

—Aparte de secuestrar a una chica en su cumpleaños y esconderla en mi casa, podría decirse que sí.

Ella sonrió y me gustó que no sintiera que me había extralimitado al traerla aquí. Que no me sintiera como una amenaza, aunque yo era la peor de todas.

—Creo que este es uno de los pocos lugares donde he estado más a gusto en mucho tiempo. Así que no te des demasiados créditos.

«No dirías lo mismo si supieras quién soy», pensé.

—¿Y por qué eso?

—Demasiados compromisos que no puedo cancelar, demasiadas personas a las que tengo que complacer todos los días. A veces siento que no puedo respirar por todos los lugares a los que tengo que ir con una sonrisa porque eso es lo que la gente espera de mí.

—¿Sabes que no tienes que hacer todo esto si no quieres?

Me miró como si estuviera loco por siquiera sugerirlo.

—Claro que tengo que hacerlo; quiero crecer. Quiero ser alguien en la vida. ¿Tú no sientes que tienes que ser amable con la gente para conseguir lo que necesitas?

—En realidad no —confesé—. A medida que creces, te importa menos la opinión de los demás y lo que esperan de ti y más cómo te sientes tú con tus decisiones.

—¿Pero qué pasa si, para conseguir algo, tienes que aceptar cierto trato o lidiar con personas que no te gustan?

—Siempre tenemos una elección, Nadine. Siempre podemos ser quienes somos y hacer lo que queremos, aunque tengamos que encontrar otra manera de llegar allí.

—¿Y si no elegimos correctamente?

—Esa es la mejor parte de la vida: podemos elegir una y otra vez hasta estar contentos con el resultado.

Sonrió, satisfecha con mi respuesta.

Nos quedamos en la parte menos profunda y hablamos un rato más. Nos contamos cómo conocimos a nuestros amigos y cómo se volvieron parte de nuestro grupo, cómo ella es nocturna mientras que yo soy madrugador, y cómo me encantan más las comidas saladas mientras que ella prefiere los dulces.

Se rió cuando le conté sobre la primera oficina que Ronald y yo habíamos compartido: un gran clóset con ventana. Me reí cuando me contó del primer contrato publicitario que había conseguido: era para un producto que nunca había usado y tuvo que filmarse fingiendo que le encantaba.

Pero luego de repente, dejamos de hablar.

Seguíamos en el agua. Esta vez, estábamos lo suficientemente cerca como para que ya no se sintiera casual, pero ninguno de los dos se apartó.

Ella me miró de la misma manera que lo había hecho en la banca frente a la universidad, una mirada que todavía no sabía bien cómo nombrar.

Sostuve su mirada y no dije nada porque cualquier cosa que dijera podría cambiar la noche y no estaba listo para eso. No esta noche. No así.

—Deberías tener cuidado con cómo me estás mirando —susurró Nadine, haciéndome dejar de respirar.

—¿Y cómo te estoy mirando? —Pregunté, curioso.

—Como si ya no quisieras fingir que no te caigo bien. Como si estuvieras cansado de actuar como un hombre serio y distante.

—Nunca he fingido. Eres insoportable.

Nada hace que una mujer se interese más en ti que afectar su ego, especialmente alguien tan acostumbrada a los halagos como Nadine.

—Ay, Jacob. —Apartó un mechón de mi cabello de mi cara mientras yo me quedaba paralizado—. Eres un pésimo mentiroso.

Ella estaba esperando que yo hiciera algo.

Lo sabía. Ella sabía que yo lo sabía. Y yo no iba a hacer absolutamente nada al respecto, lo cual fue la decisión más difícil que había tomado durante todo el año.

Nos quedamos en esa posición durante lo que pareció una eternidad.

Ninguno de los dos atrevimos a dar el primer paso, quizás por miedo o por respeto, ya no lo sabía.

—Probablemente deberíamos salir —dije finalmente.

—Probablemente —concordó, sin moverse.

Salí de todas formas.

Le entregué una toalla del gabinete junto a la puerta trasera y Nadine se envolvió en ella sin decir mucho. La acompañé al segundo piso hasta el cuarto de huéspedes. Le busqué una camiseta y unos shorts y los dejé sobre la cama.

Estaba a mitad de camino hacia la puerta cuando me agarró del brazo.

—Gracias de nuevo —dijo—. Por salvarme hoy.

No pude voltearme a mirarla. No ahora, no con el agua todavía fría en mi piel y todo lo que sabía pesando en mi pecho.

—Fue un placer —dije, y lo decía en serio más de lo que ella jamás sabría.

Al día siguiente, mi mente estaba más clara. No podía dejar de ser el villano por ahora, porque si lo hacía, no sería el héroe.

Aunque FableMaster era una pesadilla para Nadine, también había sido lo que nos unió. Ella no habría estado en esa cafetería esa mañana si no hubiera ido a la policía, y esa parte anónima de mí había seguido acercándonos una y otra vez, casi de forma inevitable.

Quizás si ella no hubiera sentido lo que sentía por el acosador, yo habría sido solo otro chico en su fiesta ayer. Así que, aunque todo no había salido como había planeado, seguía siendo una ventaja.

Y la usaría un poco más hasta que fuera completamente mía.

FableMaster tenía que desaparecer. No de repente ni de golpe. Gradualmente, con suficiente silencio entre cada pausa como para que pareciera distancia y no una decisión. Podía manejar eso. Había manejado cosas mucho más complicadas.

Miré el reloj: 9:00 a.m. Tenía una hora antes de que Nadine se despertara, como todos los domingos, así que me bañé y fui a la cocina a preparar el desayuno. Mientras servía los platos, la escuché bajar las escaleras.

—Entonces eres cocinero —dijo, mirando los platos—. ¿Qué no puede hacer Jacob Walker?

—Grabarme a mí mismo y subir videos a internet, probablemente —bromeé.

—Ja, ja —respondió sarcásticamente, sonriendo—. Probablemente eres más fotogénico de lo que crees; siempre son los chicos tímidos los más fotogénicos frente a la cámara. —Sacó su teléfono e intentó grabarme.

—Por favor, no. —Intenté cubrirme la cara en broma, pero también estaba sonriendo—. Come tu desayuno. Puedo llevarte a casa cuando estés lista porque de todas formas tengo que hacer unas diligencias.