Mi primer vuelo 5
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Todo fue muy deprisa. Risas, suspiros y después un gemido hondo y profundo de Fran.

―¡Sííííí, eso es, Sandra, aaaaaah, muy bien, aaaah, joderrrrr, aaaaaah!, no pares, no pares, mmmmm, ¡chúpamela!

No llevaban ni dos minutos en la habitación y mi compañera ya se estaba esforzando al máximo en satisfacer al guaperas. Se había llevado el gato al agua en su lucha con Leticia y no iba a desaprovechar su gran oportunidad de estar con Fran.

Y a juzgar por sus jadeos, Sandra le debía estar haciendo una mamada de diez.

Alcancé mi coñito con la yema de los dedos y me sorprendió lo húmedo que lo tenía. Me rocé despacio, escuchando los gimoteos de Fran y no pude evitar por un segundo, imaginar que yo podría haber sido la que estuviera allí de rodillas.

Arqueé la espalda, levantando el culo de la cama, y con la otra mano me acaricié un pecho. También estaba hinchado y muy sensible y se me escapó un pequeño gemido, sin parar de subir y bajar las caderas.

―Para o me corro, zorra, ¡¡joderrrr, qué buena eres!!

Al girarme, vi sobre la silla la camiseta blanca y la falda que había llevado durante la cena y entonces recordé las palabras de Ismael, diciéndome que esa ropita me quedaría mejor sin la ropa interior.

Me levanté sigilosa de la cama para no hacer ruido y durante cinco segundos pegué la oreja en la pared.

―Ponte ahí, eso es... ahora no te muevas ―le ordenó Fran a mi compañera y se escuchó la cama como si se hubieran subido encima.

Yo me desnudé deprisa y sin pensármelo dos veces me vestí con la falda ibicenca y la camiseta, pero sin las braguitas ni el suje. Me miré en el espejo de la habitación y me giré a ambos lados, comprobando cómo se me marcaba el culo.

Sandra y Fran ya estaban follando como locos, y a tenor del sonido de sus cuerpos chocando, el piloto debía estar embistiendo a mi compañera a cuatro patas. Me excitaron demasiado los gemidos de mi compañera e incluso me pareció que Fran le soltaba un par de azotes.

El piercing de mi pecho izquierdo se transparentaba por debajo de la camiseta y también se podía apreciar con claridad lo duros que tenía los pezones.

Ismael tenía razón, quedaba mucho más sugerente sin la ropa interior y con la boca abierta y jadeando, me acaricié las tetas por encima de la camiseta.

“Uf, estoy demasiado caliente”.

Y volví a escuchar a la parejita de al lado, esta vez fue Sandra la que gimió.

―Aaaaaah, síííííí, aaaah, fóllame... eeeeeh, ¿qué haces?, por ahí no, cabrón, aaaah, por ahí noooo...

―Sssssssh, cállate, zorra, ¡quiero follarte el culo!, ¡tienes un culazo impresionante!

Y esas palabras todavía me pusieron más cachonda.

Pensé que Sandra protestaría o incluso se negaría. Era su primer encuentro, llevaban cinco minutos escasos en la habitación, y mi amiga ya le había comido la polla y, ¿ahora le iba a permitir también que la sodomizara?

―¡¡Aaaaaah, despacio, despacio, despacito, aaaaaah, AAAAAAH, AAAAAAH!! ―chilló Sandra cuando Fran penetró su culo.

Me dejé caer de rodillas en el suelo con las piernas temblorosas y me puse a cuatro patas en medio de la habitación.

Levanté la falda para desnudarme de cintura para abajo y apunté con mi trasero hacia el espejo.

Fue muy morboso verme en esa postura tan impúdica, justo cuando Fran comenzaba a embestir a mi compañera.

Colé una mano entre las piernas y miré mi coño a través del espejo antes de retroceder y pegar mis glúteos en el cristal.

El cabrón del guaperas se la follaba a muy buen ritmo y Sandra no dejaba de gritar y pedirle que lo hiciera un poquito más despacio, pero un minuto después ella también gemía descontrolada cuando llegó al orgasmo.

―¡¡Diossssss, qué rico, sigueeeeeee, sigueeeeeee, aaaaah, aaaaah, me corroooo, joderrr, me corroooo!!

Yo me movía delante y atrás, chocando con mi trasero contra el frío cristal, masturbándome al ritmo del folladón que se estaban pegando a tres metros escasos de mí y de repente, y sin que me lo esperara, escuché un profundo gemido de Fran, anunciando su inminente corrida.

¿¿¿Yaaaaaa????

―¡¡Me corrooooo, joderrrrr, aaaaah, me corrooooo, aaaaah, aaaaah, aaaah, síííííííí, sííííííí, toma zorra, tomaaaaaa, aaaaaaah, zorraaaaaaaa!! ―y unas últimas embestidas acompañaron sus chillidos de placer.

Me quedé gimoteando, al borde del orgasmo, rebotando despacito mi culo y al girarme me vi reflejada en el espejo, sofocada, con el pelo despeinado. Mis dedos seguían jugando entre mis labios vaginales y negué con la cabeza.

―¿Qué estoy haciendo? ―murmuré en bajito, saliendo del trance en el que me encontraba y dejando caer mi falda hasta cubrirme el culo.

Un minuto más tarde, sentí la cadena del baño y a Fran, que se despedía de Sandra.

―Mañana nos vemos, buenas noches, lo he pasado muy bien... ―le soltó el muy hijo de puta.

Como mucho había estado quince minutos en la habitación y en ese momento sentí pena por mi amiga.

La acababan de utilizar para un mal polvo y me la imaginé en la cama, desnuda y bocabajo, sintiéndose como una mierda.

Estuve muy tentada de llamarla, pero no podía hacerlo, ¿qué se supone que tenía que decir?

, y a pesar del pequeño bajón que me invadió al pensar en mi compañera, seguía con los dedos pegados al coño, y me apetecía llegar al orgasmo después de un día tan intenso.

Di un par de embestidas más contra el espejo y agaché la cabeza, sacando más la cadera y arqueando la espalda, en un postura todavía más lasciva.

“No. No. No sigas, joder”. Descansé unos segundos y me giré, sentándome frente al espejo y lentamente fui abriendo las piernas, tirando de la tela hasta que descubrí mi coño, dejándome caer hacia atrás, y recostándome con los codos apoyados en el suelo.

En ese momento me acordé de Ismael. ¿Qué pensaría si me viera así?

Ya me lo había advertido cuando me despedí de él, “está bien, puedes irte si quieres, estás deseando llegar a la habitación, pero te advierto una cosa, hoy te vas a correr pensando en mí... apostaría todo mi dinero a que ya estás mojada”.

Lo que más me fastidiaba era que tenía razón e incluso me puse de pie con el corazón latiendo a toda velocidad. Me miré al espejo cada vez más nerviosa, quería eliminar ese pensamiento de mi cabeza, pero no podía dejar de imaginarme lo que pasaría si volvía a bajar al restaurante así vestida.

Sin mi ropa interior.

¿Cómo iba a hacer eso? ¿Es que acaso había perdido la puta cabeza?

No podía dejar de pensar en su voz firme y autoritaria, me temblaban las piernas y me excitaba mucho fantasear en lo siguiente que me pediría Ismael si me viera arrastrarme así ante él.

Tenía la respiración entrecortada y la boca abierta, me costaba tomar aire, con una sensación de morbo que jamás había experimentado.

Y cuando me acerqué a la puerta, escuché un pequeño sollozo en la habitación de Sandra.

Mi amiga parecía estar llorando y sentí mucha pena por ella, pero eso no hizo que disminuyera ni un ápice mi calentón.

Me detuve unos instantes y negué con la cabeza, no podía bajar y comportarme igual que Sandra, ¿es que quería terminar la noche igual que ella?

, y sin saber por qué, sintiendo una fuerza que me empujaba a hacer algo que no quería, apoyé una mano en el pomo y todavía se me aceleró más el corazón.

“No, no lo hagas”.

Abrí la puerta y con las piernas temblorosas me costó dar el primer paso, aunque al final, salí de la habitación.

Recorrí los escasos metros del pasillo y la espera hasta que llegó el ascensor se me hizo eterna.

Dudé otra vez antes de pulsar el botón de la planta baja y cuando lo hice noté que se me humedecía más la cara interna de los muslos.

Estaba demasiado cachonda.

Fue muy humillante verme en el espejo del ascensor. Tenía las mejillas encendidas y mis pequeños pechos jodidamente hinchados. Se me marcaban muchísimo los pezones a través de la camiseta y salí del trance en el que me encontraba cuando sonó el timbre de la planta baja.

Caminé despacio hasta el restaurante, deseando que hubieran cerrado o que Ismael ya no se encontrara allí, pero el bar seguía abierto y ya solo quedaban dos personas.

El camarero e Ismael. Me lo encontré tal cual lo había dejado, mientras apuraba su enésima copa y avancé despacio, sentándome sigilosa en el taburete que estaba a su lado.

Levanté la mano y llamé al camarero.

―Un Cosmopolitan...