Epílogo #2
Su longitud se desliza fácil con mi saliva, haciéndome atragantarme un poco. Nunca entendí por qué eso me excitaba todavía más. Nunca me gustó atragantarme, hasta que descubrí que, cuando la polla de Luke se hunde en mi garganta, el coño palpita en un reflejo que lo compensa todo.
Pero ahora había otro estímulo: su boca chupándome el clítoris, recorriendo la vulva y metiendo la lengua en mi vagina en movimientos continuos que me dejaban al borde de cualquier cosa.
Vuelve al clítoris con dos dedos dentro de mí, entrando y saliendo, con una coordinación motora digna de baterista profesional.
—Amor… voy a correrme. —Me siento sobre su cara, sujeto su polla y muevo la mano para no dejarlo a la deriva mientras el orgasmo me da de lleno: fuerte, caliente, irradiando desde el bajo vientre hacia todos los lados de mí.
Gimo alto, sin pudor.
Y él no para.
Continúa, prolongando cada ola hasta que ya no me queda nada más que dar.
Cuando la marea baja, retomo las chupadas con intención clara. Pero Luke tiene una idea distinta: me hace girar todavía encima de él, su boca viene hacia la mía y el beso es una locura, hambriento, con mi propio sabor en sus labios.
—Te quiero —digo, sin ninguna armadura. Porque lo que siento por él no cabe en una defensa. No necesita reja ni cláusula. Solo necesita espacio para existir.
—Yo también te quiero, amor. Mucho. De aquí hasta el infinito.
Sonrío, y lo siento encajar en mi abertura. Bajo despacio, con los músculos todavía hinchados por el orgasmo, acomodándolo hasta donde nuestras ingles se encuentran. Él jadea: un sonido ronco, grave, que me aseguro de guardar.
—Me haces sentir tan bien —dice, respirando con dificultad—. Este coño fue hecho para aplastarme la polla, amor.
—Fue hecho para quererte a ti —replico.
Sus ojos se vuelven emotivos. El tiempo suficiente para que yo lo vea.
—Eso también —confirma, y la comisura de la boca se le levanta—. De la misma manera que todo mi cuerpo te esperó a ti.
—Odio cuando haces eso…
—¿Hacer qué? —El muy pícaro lo sabe perfectamente.
—Deja de competir conmigo. Estoy intentando ser romántica.
—Amor… no hay competición. Te quiero. —Besa la punta de mi nariz—. Ahora hazme correrme. Me estoy muriendo con este apretón.
Aprieto los músculos internos solo para oírlo refunfuñar. Después levanto la cadera, lo siento hasta la punta y vuelvo de golpe, chocando nuestros cuerpos.
—Eres mala.
—Mucho. Soy una fiera, ¿recuerdas?
—No hay manera de olvidarlo.
Inicio el movimiento: subiendo y bajando, forzando los muslos, agradeciendo mentalmente al kickboxing que empecé en Harvard y que transformó a la empollona antideporte en una mujer capaz de aguantar montada en la polla de Luke Grayson todo el tiempo que él necesite.
Él toma el control de la frecuencia de los movimientos, me sujeta la cadera en un ángulo que le permite proyectar la suya hacia arriba: fuerte, constante, una locura. Su cara hace esa mueca que he aprendido a reconocer: la nariz fruncida, la boca abierta, la voz que le sale ronca y baja.
El coño se contrae en espasmos. El placer explota de nuevo, me derriba de dentro hacia fuera.
Nos corremos juntos.
Gemimos juntos.
Nos miramos a los ojos, y lo que veo ahí es a él. Solo a él. La misma persona que me irritó, me provocó, me sujetó cuando quise huir y se quedó cuando lo dejé.
Todavía conectados, Luke dentro de mí, yo tumbada sobre su pecho, las respiraciones bajando despacio hasta un ritmo humano. Sus dedos apartan mechones de pelo de mi cara con una ternura que todavía me pilla desprevenida, a veces.
—Tienes que dejar esa manía de convertirlo todo en competición, amor —comenta, recordando lo que dije antes.
—Perdona. Es la costumbre.
—¿Vas a parar?
—Lo voy a intentar.
—Genial. —Una pausa—. Porque quiero darte una cosa.
Me acomoda junto a su pecho, se arrastra hasta apoyarse en el cabecero. La mano desaparece por el lado y vuelve con una cajita de terciopelo que no estaba ahí antes.
Cuando la abre, veo un anillo. Diamante central en un aro que parecía oro blanco, con pequeños brillantes azules alrededor: el mismo azul de sus ojos, pienso, antes de conseguir decir nada.
—Eso parece un anillo de compromiso —digo, bajito.
—¿Ah, sí? Qué bien. Entonces acerté cuando se lo pedí a la joyera —la voz le sale en el tono juguetón de siempre, pero los ojos no bromean.
—Luke… —Levanto la mirada hacia él—. ¿Estás seguro?
Sonríe.
Despacio.
De esa manera que he aprendido a reconocer como la más verdadera de todas: sin público, sin actuación, solo para mí.
—Nunca tuve dudas, fierecilla. Siempre supe lo que quería.
Sostiene el anillo entre los dedos y me mira con una seriedad que no encaja con el Luke de todos los días, y por eso pesa más.
—Eras tú. Siempre lo fuiste. —Una pausa corta—. Así que hazme un favor y cásate conmigo antes de que tenga que convencerte con otro acuerdo idiota.
Algo se me aprieta en el pecho.
No de dolor.
De reconocimiento.
—¿Eso ha sido una pedida de mano? —pregunto.
—Lo ha sido. Ahora responde ya, porque estoy ansioso de cojones. —Inclina la cabeza, pegando nuestras frentes.
Podría hacerlo esperar un poco más. Solo para ver esa expresión de quien sabe que va a ganar, pero finge que no lo sabe.
Pero estoy cansada de fingir cosas con Luke Grayson.
Hace tiempo.
—Sí —digo.
Me pone el anillo en el dedo sin dramas, sin discursos. Solo me besa: rápido, firme, con ese sabor de cosa decidida.
Cuando me aparto, miro la mano. El anillo nuevo descansa al lado del otro: el primero, el de novios, el del zafiro azul que nunca salió de mi dedo desde que me lo dio.
Ahora hacen pareja.
Como si siempre fuera a terminar así.
—Lo sabía —murmura.
—Claro que lo sabías.
—Tú también lo sabías.
No respondo.
Porque tiene razón, y odio admitirlo.
Luke Grayson tenía esa capacidad extraña de saber exactamente lo que yo necesitaba y, sobre todo, lo que quería.
Él no huyó.
No me dejó atrás.
Luchó por mí.
Y se quedó.
De la manera equivocada, en el momento equivocado, con la sonrisa irritantemente perfecta.
No aprendí a confiar de golpe. Aprendí despacio, en un acuerdo falso, en un beso verdadero. Y, ahora, con otro anillo que él eligió del color de sus propios ojos.
Si hay una cosa que Luke me enseñó es que el amor no es ausencia de miedo.
Es elegir quedarse a pesar de él.
Cada vez.