Mi peor trato (Herederos del Hielo 2) CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Las ganas que me entran son absurdas: estar a su lado en el instante en que cruce esta casa llena de gente. Decir alguna tontería. Recordarle a esa cabeza testaruda que no es la chica plantada en un banco de jardín.

Es la chica que entra en una sala como si estuviera lista para ganar una discusión y destruir la autoestima de alguien en el proceso.

Es la arpía más buena de este campus.

Y ella solía saberlo.

Como si sintiera el peso de mi mirada, Juliette vuelve la cara hacia mí.

Nuestros ojos se encuentran al otro lado de la sala.

Duda.

Después sonríe de lado.

Pequeña. Casi tímida.

Pero sonríe.

Levanto el vaso rojo en un saludo silencioso.

Ella responde enderezando un poco los hombros, hinchando el pecho con esa dignidad testaruda que reconocería hasta a oscuras.

Ya está.

Ahí está ella otra vez.

La arpía buena que yo...

Me quedo paralizado.

Sacudo un poco la cabeza, como si eso bastara para expulsar el pensamiento antes de que se complete.

No. Ni de coña.

Solo que, en el segundo en que pierdo este tira y afloja idiota conmigo mismo, ella también pierde mi mirada.

Veo cuando su atención se me escapa y empieza a recorrer la fraternidad.

Despacio.

Sin prisa.

Pasando por los grupos de alumnos, vasos rojos, luces amarillentas, demasiados cuerpos moviéndose en el mismo espacio.

Hasta caer sobre ellos.

Gavin y Piper.

Juntos.

Veo el momento exacto en que se desmorona.

Es casi imperceptible para cualquiera que no esté mirando bien.

Se le ponen rígidos los hombros.

La boca pierde la curva mínima que había ganado.

La cara se le queda blanca de esa forma extraña que no es ausencia de color, sino exceso de shock.

Morgan se da cuenta primero.

Después Caroline.

Michelle se acerca al instante, como si pudiera sostener a su amiga solo con el campo de fuerza de la preocupación.

Blair y Bella se ofrecen a tomar la delantera como dos escudos.

Caroline le coge el brazo y se inclina para decirle algo al oído.

Imposible oír desde esta distancia, pero veo que le cambia la respiración.

El pecho le sube y baja en una respiración superficial. Todavía está librándose la batalla entre huir y quedarse.

Lo reconozco porque, si estuviera en su lugar, probablemente ya habría cruzado la puerta y desaparecido.

Solo que ella no huye.

Sencillamente, cierra los ojos un segundo.

Coge aire.

Y se queda.

Joder.

Tarda una eternidad hasta que cruzan la sala y vienen hacia nosotros.

Cuando por fin llegan hasta nuestro rincón, el grupo se organiza casi en automático.

Jake tira de Caroline para sentarla en su regazo en el sofá. Michelle y Bella se sientan al otro lado. Blair se acomoda en la punta del banco. Reese se queda de pie, paseando la vista por la gente.

—Tu novio está fuera —le informa Aidan, en un tono aburrido.

—¡Ah, gracias! —Escribe algo en el móvil—. Pero me voy a quedar por aquí un rato.

Aidan se encoge de hombros y arrastra una silla, sentándose al revés, apoyando un brazo en el respaldo de madera.

En algún momento, me levanté del sofá y estoy de pie, en una posición estratégica para hacer de muro anti-ex-hijo-de-puta.

—Aguanta firme, que te voy a traer un remedio —dice Morgan.

—¿El mal de amores tiene remedio? —suelta Ravi, y Blair, pese a toda su delicadeza de niña pija platinada, le da un cogotazo.

—¡Cállate, idiota!

—¡Ayyy, nena! Así me estropeas el peinado —se queja, medio en broma, medio molesto. Se dio cuenta de que había metido la pata en cuanto se le escapó la frase.

—Hay un remedio maravilloso que se llama tequila —responde Morgan, y chasquea los dedos en el aire—. En dosis homeopáticas, hasta el dolor más grande se pasa.

Ravi abre los ojos como platos.

—Uy, joder. Mejor no —suplica.

Todos sueltan esa risa cómplice, conociendo muy bien el miedo del peliazul.

Jake vuelve la cara hacia su amigo.

—Tranquilo, tío. Aquí no hay karaoke.

Ravi se pone una mano en el pecho y suspira.

—Gracias a Dios.

Suelto el aire por la nariz, casi riendo a pesar de la tensión, y vuelvo a mirarla.

—¿Tienes ganas de emborracharte? —indago.

Juliette levanta la barbilla, todavía con ese brillo de rabia herida detrás de los ojos.

—¿Ahogar las penas no es eso? —Gesticula con la cabeza hacia el ex—. Pues voy a ahogar las mías.

Observo a Morgan desaparecer hacia la cocina improvisada.

Después vuelvo a Juliette.

Todavía está de pie, rígida, mirando fijamente a la nada como si el simple hecho de quedarse en esta casa ya fuera un tipo de guerra.

Minutos después, Morgan aparece con un vaso y una botella de tequila. Media hora después, Juliette tiene un vaso rojo en la mano, bailando en el sitio y menos tensa.

La fiesta sigue agitada. Reese ya salió del corro con su novio. Aidan salió justo después y besó a la primera chica que se le enroscó en el brazo.

Sean y Ravi están en una competición reñida con dos animadoras en la mesa de beer pong.

Jake y Caroline a veces participaban en la conversación, a veces se susurraban entre ellos, a veces se besaban como pareja enamorada.

Las otras chicas empezaron a turnarse para quedarse al lado de Juliette. Noté su dinámica de defensa y me pareció bastante eficiente.

Yo seguí en modo desinteresado, hablando de vez en cuando con alguna de ellas. Sin demostrar que a mí también me interesaba proteger a mi arpía.

Ella, por su parte, seguía con su baile.

Nada escandaloso. Nada al estilo poseída del bar 213. Solo un balanceo discreto, las caderas siguiendo el ritmo, una mano sosteniendo el vaso rojo, la otra más suelta, siguiendo el compás de la música.

Me quedo en una posición estratégica entre ella y el resto de la fiesta para alejar a cualquier idiota que piense en acercarse a una chica medio borracha.

Solo por eso me quedo ahí.

Juliette gira un poco sobre sí misma, los ojos más brillantes por culpa del tequila, y se detiene delante de mí.

—¿Cómo es ser tú?

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

Levanta una ceja, impaciente.

—¿Cómo es ser alguien que se lía con otra persona sin sentir nada?

Pienso un poco antes de responder, mirando el líquido en el fondo de mi vaso como si fuera a soplarme alguna verdad menos jodida que la real.

—Alivio —digo, por fin, encogiéndome de hombros—. Yo quiero el cuerpo de la tía y ella quiere el mío. Sencillo.

Juliette pasea los ojos por mi cuerpo.

Despacio.

Sin la menor prisa.

Siento un escalofrío recorrerme la espalda al instante.

Por instinto, me paso la mano por la nuca, como si eso pudiera rebajar la sensación idiota que me ha llegado ahí. No rebaja una mierda. Así que disimulo bebiendo un poco más.

—Estás bueno —dice, de la nada.

Casi me atraganto, y me río después.

De verdad acaba de llamarme bueno.

¿Cuán borracha estará?

Miro fijamente sus ojos en ese tono chocolate que me encanta. El chocolate. La mayoría de las veces, me mira con una mezcla de guindilla. Pero a mí me encanta el chocolate con guindilla.

Sigue evaluándome, y las palabras le salen sin filtro:

—Tú también lo estás.

Levanta las cejas.

—¿Estoy buena hoy o soy buena?

Ay, joder.

Me paso otra vez la mano por la nuca, ahora sin saber si sigo por este camino. La tía está muy borracha. Seguro.

—No hace falta que respondas. Creo que estoy buena desnuda. Y hoy también. —Se señala a sí misma con la mano libre—. También estoy buena.

Se ríe, como si contara un chiste privado.

Entonces vuelve la cara y mira hacia atrás.

Hacia el ex, abrazado con Piper.

El cambio en su semblante es pequeño.

—¿Cómo puede haberme olvidado así? —pregunta, bajito.

Miro a la pareja de mierda.

Después vuelvo a mirarla a ella.

—Dudo que se haya olvidado —respondo—. Solo está pasándoselo bien con Piper. Todavía se va a arrepentir de haberte perdido.

Me mira fijamente otra vez.

—¿Tú crees?

¿Qué mierda estoy haciendo?

Solo que el brillo de esperanza en su mirada basta para que siga.

—Cualquier hombre se arrepentiría de perderte.

Entorna los ojos, desconfiada aunque arrastre las palabras.

—¿Estás buscando ayuda para terminar algún trabajo, Grayson? Se me da bien hacer los trabajos de los demás. Pero ahora voy a cobrar por ello.

Su voz sale pastosa al final, delatando el tequila.

Bajo la vista un instante y hablo más para mí que para ella:

—Debo de necesitar ayuda en muchas cosas.

—¿Mmm?

—Nada. —Levanto la barbilla hacia la escalera, donde están Gavin y Piper. Los ojos del maldito no se apartan de nosotros dos. Quiero que ella lo sepa, para demostrar que tiene valor—. Solo que él debe de estar carcomiéndose de celos. Ya ha mirado para acá varias veces.

Juliette mira hacia atrás sin disimular nada, notando que consiguió la atención que quería.

Después vuelve a mirarme a mí.

Esa mirada llega cargada de una mala idea.

—Quiero probar una cosa —dice. Me da su vaso, que aplasto y tiro sobre una de las mesas laterales—. Pero necesito que no me quites los ojos de encima, ¿vale?

—Vale.

Se aleja hasta llegar al centro de la pista improvisada.

Me quedo mirando.

Esperando cualquier cosa.

Menos aquello.

Porque Juliette empieza a bailar de verdad.

No tiene nada que ver con el baile ridículo de pulpo borracho del bar 213. De verdad baila. Suelta. Confiada. Sensual de cojones.

Cada movimiento parece pensado para llamar la atención. Y yo no consigo apartar los ojos. A mi polla le da esa punzada básica, perdiendo el control conforme ella ondula el cuerpo.

Joder.

Otros tíos idiotas también empiezan a fijarse en ella.

Lo cual me irrita más de lo que debería.

De repente, un hijo de puta aparece detrás de ella. Alto, camisa oscura, brazos fuertes que sabrían dar un puñetazo. Mierda, Juliette.

Doy un paso al frente, pero ella levanta la mano hacia mí, negándome la ayuda.

Entonces, le rodea el cuello por detrás y, antes de que yo suelte el siguiente aliento, está besando al tío.

Veo que se le mueven los labios.

Veo que inclina la cabeza.

Veo su puta lengua entrando en la boca de él.

Se me traba la mandíbula.

El tío desliza las manos por su abdomen y, cuando una amenaza con bajar, ella le sujeta la muñeca.

Muy bien, arpiita.

Pon límites.

Gira el cuerpo hacia él, sus manos manteniendo las de él en su cintura.