Mi padrastro, mi esposa (Erótica interracial MTF prohibida) Capítulo 6
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Capítulo 6

No me esperaba del todo que aceptara la idea.

Aparte de este reciente maratón sexual nocturno, los dos habíamos sido personas bastante sensatas. Sí, siempre lo hacíamos sin protección y había habido algún que otro susto, pero nunca me corría dentro de mi esposa a propósito. En realidad, no era algo de lo que hubiéramos hablado.

Así que ahora estábamos teniendo esa conversación sobre que fuera otro el que acabara dentro de mi esposa... Daba la sensación de que debería estar mal. Debería haber sido un no automático. Una negativa rotunda.

—¿Quieres que tu padrastro me llene? —volvió a preguntar, retomando la conversación con la misma sorpresa con la que la había iniciado—. ¿Eso es lo que quieres?

—No se me había pasado por la cabeza hasta esta noche, pero ahora es lo único en lo que puedo pensar.

—¿Y si me quedo embarazada?

¿Mi esposa con el bebé de mi padrastro?

Era una pregunta para la que de verdad no tenía una buena respuesta.

Toda la sangre del cuerpo se me concentraba en un órgano muy concreto que apoyaba la idea con entusiasmo.

Incluso después de que él me hubiera usado el culo y hubiera vertido su semilla dentro de mí, dejándome completamente agotado y chorreando, seguía increíblemente excitado, y que mi esposa no se hubiera negado en el acto no hacía más que empeorarlo.

No lo está descartando.

Pero mi cerebro insistía en que era una idea terrible.

Había docenas de formas en las que podía salir mal.

Algunas ya podían convertirse en un problema de cara al futuro.

Quiero decir, mi esposa y mi padrastro eran oficialmente amantes.

Estaba bastante seguro de que ella no me dejaría por él, pero no lo estaba tanto de que no me dejara al margen en lo del sexo.

Porque, vamos, ¿quién no preferiría a un hombre negro, grande y dominante antes que a mí?

—Aunque sí que suena excitante —continuó, haciendo añicos de un plumazo todas mis dudas—. No sé. Parece un poco de locos.

—Es una locura, desde luego —admití, posando la mano sobre la suya.

—Supongo que podría ser estéril —dijo, encogiéndose de hombros—. Una sola vez no tiene por qué llevar a nada. Quiero decir, ¿qué posibilidades hay?

—¿Verdad?

Vi un destello de vacilación en su rostro mientras alzaba la vista hacia el techo.

Conocía bien aquella vacilación. Venía de un razonamiento lógico y estaba arraigada en las consecuencias.

Pero a las tres de la madrugada, cuando tu esposa y tú tenéis el culo lleno de semen, las consecuencias se van rápidamente al garete.

Funcionábamos a base de pura energía sexual.

—Seguro que se siente genial tener esa cosa tan grande dentro —le dije, ahuyentando los nervios con fantasías que sabía que ella también tenía, pero que le daba miedo aceptar del todo—. Seguro que te inundaría el coño con su corrida.

—Para, cariño —dijo, poniéndose roja como un tomate mientras giraba la cara para no mirarme.

—Y lo tenemos tres días. Así que, si te gusta, puedes repetir una y otra vez.

—Las probabilidades empeoran cuantas más veces lo hagamos —replicó.

—Pero ¿ver cómo lo montas y cómo descarga dentro de ti todas las putas noches? —pregunté, notando cómo sus dedos apretaban mi mano mientras le pintaba la escena—. ¿No salimos ganando los dos?

Sabía que en realidad no hacía falta convencerla.

Antes había sentido la lujuria que había entre ellos y, aunque mi esposa había sabido esquivar sus ganas de hacérselo a pelo, estaba bastante seguro de que, en cuanto se lo ofrecí, empezó a prepararse para ello.

Aquello no era más que su lista de comprobación de última hora para asegurarse de que yo entendía lo disparatado que era todo.

Y lo entendía.

No es que eso cambiara la erección que tenía ni las imágenes que corrían por mi cabeza de mi esposa y mi padrastro juntos.

Podía verla montándolo a horcajadas, inclinada hacia delante como cuando me folló el culo a mí, o incluso a la inversa, de espaldas a él.

Hasta la postura del misionero tenía cabida en mi fantasía, aunque me parecía la peor de todas.

El misionero resulta íntimo y casi romántico, pensé, descartándolo en favor de los demás. Quiero que la folle y siga su camino.

—Vale, ¡pero con una condición!

—¿Cuál? —pregunté.

—Cada noche que me folle, también tiene que follarte a ti. Tiene que ser igual para los dos.

Ya me había follado aquella noche, así que no suponía un cambio precisamente enorme.

Sin embargo, la posibilidad de que me follara una polla tan grande todas las noches era algo que sí tenía que pensarme.

No porque no me resultara atractivo, sino porque dolía.

Y sabía que, después de aquella noche, la cosa no iba a mejorar demasiado.

Tenía una polla enorme y le gustaba hacerlo bruto.

Y a mi esposa la iban a preñar...

—¡Trato hecho! —dije, notando cómo su cuerpo se iba acercando poco a poco al mío—. ¿Cuánto crees que tardará en volver aquí a por más?

—Te soltó muchísimo dentro —dijo con una sonrisilla socarrona por su propio comentario—. Puede que haya terminado por esta noche.

«Ojalá te equivoques», pensé, y me puse de lado, porque el trasero palpitante me avisaba de que ni se me ocurriera quedarme boca arriba. «No aguanto otra noche así. Lo necesito ya. ¡La polla me está matando!».

—No te voy a mentir, cariño. Verte con mi vestido me pone un poco cachonda —dijo Nicky, y me soltó la mano para deslizar la suya hacia abajo—. ¿Ver ese bulto tieso debajo de mi vestido? ¡Es superexcitante!

—No puedo creer que me hayas lamido todo el semen de la espalda —dije, cambiando de tema.

Agradecía lo que quizá fuese un intento suyo de arrastrarme a algo más íntimo, pero no pretendía correrme. Quería cabalgar aquella ola de morbo todo lo que pudiese.

—Eso ha sido muy caliente.

—Tú habrías hecho lo mismo por mí —dijo ella.

«Tiene razón. A estas alturas haría cualquier cosa».

—De hecho, cuando tu padrastro acabe dentro de mí, quiero que le limpies la polla con la lengua.

«Sabe que me tiene enganchado. No puedo decir no a nada de esto».

—Somos un equipo, ¿no? —preguntó, mientras me pasaba los dedos por el pelo y yo asentía en silencio—. Eso es lo que lo hace más caliente.

Luego bostezó ella y el bostezo se me contagió.

La hora intempestiva nos estaba pasando factura a los dos, allí tumbados, llenos y deshechos.

A nosotros nos movía la excitación del deseo, y eso no da para mucho; a mi padrastro lo empujaba alguna clase de insomnio.

Él sí tenía motivos para despertarse cada dos por tres.

Así que, cuando la habitación quedó en silencio y supe que Nicky ya se había dormido, me dejé llevar también, con la esperanza de que Reggie nos despertara al volver.

Lo más probable es que le quedara una visita más antes de que se hiciera demasiado tarde, y tenía dos cuerpos libres a unos pasos para follárselos.

Era imposible que dejara pasar la ocasión.

Unos minutos después, el mundo se apagó y los sueños tomaron el mando…

Hasta que una luz intermitente me devolvió a la realidad.