Mi padrastro, mi esposa (Erótica interracial MTF prohibida) Capítulo 5
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Capítulo 5

—He vuelto para otra… oh, vaya —exclamó Reggie al entrar en el dormitorio, muy iluminado, y toparse con lo más inesperado que podía encontrarse en aquel momento.

Mi mujer seguía restregando el culo contra mí sin parar, con las manos apoyadas en el suelo para mantener el equilibrio.

Mientras tanto, yo llevaba maquillaje, una peluca y un vestido—. ¿Interrumpo algo?

—No, claro que no. Solo le estaba enseñando a Jack un poquito de lo que me diste antes —dijo Nicky antes de volver a ponerse de pie y sacudirme el pelo en la cara—. Cuando me reventó el maldito culo con esa enorme polla negra suya, señor Sherman.

—Intenté avisarte de que iba a doler.

—Y ahora lo entiendo perfectamente —dijo ella, rozándose con él mientras empezaba a dar vueltas a su alrededor con un paso cautivador.

Aquel cuerpo desnudo, musculoso e imponente empequeñecía el de ella de un modo tan brutal que casi podía sentir el castigo que él le había infligido a aquel culo—.

Tienes una polla negra enorme, gruesa y carnosa.

Mientras hablaba se detuvo detrás de él y me clavó aquellas últimas palabras en el alma mientras le recorría despacio el cuerpo firme con los dedos.

Bastó ese roce para provocarle una erección inmediata: la polla le dio un respingo hacia arriba y ya no volvió a bajar.

Habría resultado mucho más impresionante si no fuera porque sabía que aquella cosa iba a acabar pronto en mi culo.

«Tengo que aguantarlo», pensé, dando por buena la palabra de mi mujer. «Si está dispuesta a cualquier cosa, por fin podré follarle el culo a ella… igual que hizo mi padrastro».

Cierto, había perdido parte del encanto, pero lo quería igualmente.

Puede que incluso un poco más…

—¿A que tu hijastro está muy guapo? —preguntó ella, de puntillas, mientras le besaba el hombro musculoso—. Lo he puesto bien guapo y sexy para ti.

—¿Para mí? He venido a follarte a ti, Nicky.

—Por ahora yo no estoy disponible —dijo ella con seguridad, y bajó la mano para agarrarle la polla y empezar a acariciársela despacio—. Me has follado el culo tan fuerte que necesito un descanso. Esta cosa es un arma de verdad.

—No lo hará —dijo mi padrastro, mirándome con cautela mientras mi mujer seguía meneándosela—. Es hetero.

—Lo hará —replicó ella—. Lo que tú quieras.

—¿Ah, sí? —preguntó él, indicándome con la cabeza—. Ven a chuparme la polla, Jack.

—Vale —dije en voz baja, y crucé la habitación mientras él me miraba atónito—. Pero es la primera vez que hago esto, así que, por favor…

—¿De verdad va a hacerlo? —me interrumpió, mirando a mi mujer, que le guiñó un ojo.

Me coloqué delante de él y me arrodillé.

Era tan alto que, de pie, ya me sentía diminuto a su lado, pero ahora, de rodillas, era como estar junto a una maldita montaña.

Una montaña con una polla casi tan larga como mi antebrazo.

Resultaba aún más impresionante imaginar cómo se la había metido mi mujer entera en la boca y en el culo un rato antes.

«No tengo ninguna posibilidad».

—¿Cómo has conseguido que haga esto? —preguntó él.

—Solo le he ofrecido algo que sabía que quería —dijo ella en voz baja, mientras le meneába la enorme polla negra justo delante de mis labios y yo intentaba prepararme mentalmente para lo que venía—. Pero creo que lo habría hecho igualmente. Quiero decir, antes dejó que me follaras, ¿no?

—Jack, ¿estás seguro de esto, colega?

En sus ojos había una incertidumbre auténtica mientras me observaba con atención.

Pero, si yo tenía alguna duda, no la expresé.

Tampoco tuve mucho tiempo: mi mujer salió rápidamente de detrás de mi padrastro, se puso a nuestro lado y salvó la distancia tirando de mí hasta que mis labios tocaron aquella punta carnosa.

Entonces tomó el control el instinto.

Abrí la boca y acogí su virilidad como si fuera lo más natural que hubiera hecho en la vida. Incluso cuando me tocó la lengua y me estiró los labios, seguí deslizándome hacia delante. Sin ayuda. Sin consejos ni instrucciones… Solo instinto.

—Oh, vaya, se está esforzando de verdad —gimió mi padrastro, cuyo cuerpo se tambaleó un poco hacia atrás antes de enderezarse—. Joder, todo esto es una puta locura.

—Y, aun así, lo quieres, ¿verdad? —preguntó mi mujer, sujetando la base de su miembro mientras la punta y varios centímetros más me descansaban firmes dentro de la boca—. Lo quieres a él y me quieres a mí, ¿no?

—Joder, Jack, tu mujer es una viciosa —dijo él, mirándome un instante con cara de pasmo—. Aunque, en realidad, supongo que todos somos unos viciosos.

«Desde luego que lo somos», pensé, mientras empujaba más hondo para comprobar hasta dónde me dejaban llegar los reflejos. «No puedo creer que haya sido tan fácil de convencer».

—Y si no supiera que eres tú, la peluca y el maquillaje hasta colarían —dijo, y me apoyó una mano en la cabeza; era tan grande que parecía capaz de abarcármela casi por completo con la palma. Desde luego, le bastaba para empezar a controlar mis movimientos—. Buena idea, la de la peluca.

—Gracias—dijo mi mujer.

—Veamos hasta dónde puede aguantarlo mi hijastro—gruñó él, empujándome la cabeza hacia delante hasta que noté que la espalda empezaba a tensárseme y que la amenaza de atragantarme se apoderaba de mí—. Casi llega a la garganta. ¡Oh, sí, creo que llego!

«¡No puedes!»

Y no eran solo mis pensamientos los que se lo decían.

Mis instintos, los mismos que habían iniciado todo aquello, ahora gritaban que retrocediera.

Mantenía el cuello firme y la garganta me parecía un objetivo imposible.

Pero eso no detuvo a mi padrastro. Siguió empujando sin más.

Con tanta fuerza que, en algún momento, hasta mis esfuerzos defensivos empezaron a ceder y, en cuanto ocurrió, se lanzó con todo.

—¡Eso es!—exclamó, clavándome su gruesa polla tan al fondo que me taponaba la garganta—. Esto era justo lo que necesitaba—gimió, tirándome de la cabeza hacia atrás lo justo para que tragara algo de aire antes de volver a embestirme.

«A este ritmo va a asfixiarme».

Y las arcadas que me provocaba no hacían más que evidenciar lo mucho que me costaba aguantarlo.

Pero a mi padrastro no parecía importarle.

Siguió bombeándome la boca y la garganta con todo lo que podía meter, mientras mi mujer le acariciaba suavemente la base del pene.

Un trabajo en equipo en toda regla que, lo admito, esperaba que acabara pronto.

«Solo tenía que hacerlo una vez para que mi mujer me dejara darle por el culo».

—Ha dicho que tú también puedes follártelo, si quieres—soltó Nicky, cortando en seco el ritmo mientras él mantenía la punta contra el fondo de mi garganta—. Ha dicho que podías hacerle cualquier cosa que quisieras.

—¿En serio?—preguntó él, bajando la mirada hacia mí mientras yo intentaba apartar la vista—. ¿Cualquier cosa? Es que nunca he follado a un tío por el culo.

—¿Quién mejor para ser el primero que tu hijastro?

«¿Por qué coño intenta que me follen? Me está vendiendo como si fuera un coche de segunda mano y ella se llevara una comisión. ¿O será una venganza por haberlo mandado aquí a tirársela? Aunque parece que le va bastante el asunto…»

No conseguía averiguar cuáles eran sus motivos, pero daba igual.

En cuanto la idea se le metió en la cabeza a mi padrastro, ya no hubo marcha atrás.

Así que no me sorprendió que me sacara de la garganta cada centímetro ensalivado de su carne negra y me levantara de un tirón.

Yo habría preferido quedarme un rato más en el suelo, tosiendo, pero mi padrastro era un hombre con una misión.

Me condujo a empujones hasta la cama y me tiró sobre ella; el vestido se me levantó por detrás y fue cayendo despacio.

—El vestido es un buen detalle—dijo mi padrastro.

—¿Verdad? Jack tiene un buen culo. Hasta me da un poco de envidia.

—Parece bastante prieto—comentó él antes de levantar la tela y soltarme un sonoro azote en el culo—. Aunque prefiero el tuyo. Blandito y gordo. Perfecto para aguantar una buena embestida.

—Bueno, quizá lo consigas más tarde—replicó ella.

«Ni hablar. Ahora me toca a mí. Su culo es mío».

—Quizá mañana. Esta noche, la próxima vez quiero tu coño. Quiero llenártelo.

Hubo una pausa considerable mientras yo giraba la cabeza con torpeza para intentar ver a mi mujer. Para mi sorpresa, tenía las mejillas encendidas y sonreía con nerviosismo mientras miraba al frente, fingiendo que sus palabras no la afectaban.

—No tomo la píldora—murmuró ella.

—¿Y?

«¿Y…?»

Lo dijo con una indiferencia absoluta. La idea de que mi padrastro descargara su semilla dentro de mi preciosa mujer y pudiera dejarla embarazada… Debería habérseme hecho un nudo en el estómago. Incluso debería haberme cabreado.

Pero lo único que logró fue despertarme la curiosidad.

Esa polla negra enorme llenando a mi mujer hasta la última gota de su leche…

—Piénsatelo—concluyó antes de volver aparentemente su atención hacia mí y darme un golpe con la gruesa polla en la parte baja de la espalda—. Déjame preñar primero a mi hijastro y luego, quizá más tarde, te preñe a ti.

No hubo advertencia ni aviso previo.

Solo noté la presión repentina en la raja cuando su gruesa polla apareció y me separó sin esfuerzo las nalgas apretadas. No tuve tiempo de pensar en cómo prepararme ni en lo mucho que iba a doler. Simplemente estaba ahí y luego…

Luego ya estaba dentro.

Tal vez fue el dolor atroz, o que no perdió ni un segundo en sacarla y volver a metérmela, pero en cuanto noté que me penetraba me quedé congelado en una postura agónica, con la mandíbula colgando y la voz completamente perdida.

Por aquel extremo no salía nada, pero por detrás él se dedicaba a rellenarme el culo con avidez.

Una y otra vez se afanó en mi agujero virgen como si fuera un veterano. Cada embestida venía acompañada de un gruñido suyo y de un zumbido gutural que solo podía atribuir a la cama, que se estaba rompiendo por el brutal bombeo con el que me machacaba.

Era constante.

Y entonces noté que la cama se hundía a mi lado: mi mujer se metió conmigo y me puso la mano sobre la boca… Y el zumbido cesó por completo.

—Shhhh—dijo con una sonrisa enorme mientras me recorría el cuerpo con la mirada y luego miraba a mi padrastro—. No queremos que nos pillen, ¿verdad?

Intenté asentir, pero estaba destrozado.

Quizá incluso más de lo que él la había destrozado a ella…

Tenía todo el cuerpo bloqueado, los ojos se me llenaban de lágrimas y él seguía taponándome el agujero sin piedad.

Era puro castigo envuelto en un atisbo de delicioso alivio.

Como si estuviera al borde de un orgasmo tan intenso que no quisiera que acabara y, a la vez, la presión que sentía dentro fuera insoportable.

Tanto que notaba cómo los bordes de la visión se me iban cerrando.

—Ay, cariño, ¡te está abriendo ese culito apretado un montón!—jadeó mi mujer, soltándome ella también un azote escocedor en el culo mientras mi visión se aclaraba un instante antes de volver a apagarse—. Creo que se va a correr—susurró.

Ya había renunciado a esperar el final. Necesitaba endurecerme para aguantar más, pero era tan grande que me costaba recibirla entera.

No es que me la estuviera metiendo toda.

Ni siquiera notaba que sus huevos me golpearan.

Así que, por suerte, sabía que se estaba conteniendo.

Pero aun así bastaba para dejarme casi inconsciente.

Hasta que noté cómo algo caliente me inundaba de golpe el estrecho agujero.

Esa clase de inundación que me dijo que había acabado, aunque los oídos se me hubieran llenado otra vez de un pitido agudo que ahogaba todo lo demás.

Sentí su calor dispararse dentro de mí antes de que la sacara de golpe.

Luego me salpicó la parte baja de la espalda.

Y otra salpicadura.

Luego, un gemido lejano…

Y las palabras volvieron a tener sentido para mí.

—¡Eso es, señor Sherman! ¡Sácalo todo!

—¡Sigue meneándola! —gritó él, con la respiración rápida y entrecortada—. ¡No pares!

—Te has corrido un montón para ser la segunda vez —dijo mi esposa en voz baja, y la apreciación tenía fundamento, porque notaba cómo se formaba un charco cada vez mayor en la parte baja de mi espalda—. Deja que limpie esto un poco.

Los sonidos de succión me desataron un pensamiento que, en otras circunstancias, probablemente habría sido una reacción instintiva, pero mi cuerpo seguía demasiado roto. Así que se quedó solo en eso: en un pensamiento.

«Le está chupando la polla cubierta de leche después de que saliera de mi culo».

—Y esto —continuó mientras algo se deslizaba por mi culo—. Hay muchísimo, señor Sherman.

La sensación recorrió grandes zonas de mi culo al aire y de la parte baja de mi espalda.

A la tercera vez, supe que me estaba lamiendo hasta dejarme limpio.

Y, aunque tardó un buen rato porque al parecer mi padrastro se había corrido muchísimo, no fue hasta que no quedó ni una gota cuando por fin le oí hablar.

—Esto es lo más raro del mundo, pero qué coño. Volveré a por más dentro de una hora o así.

—Trato hecho —dijo mi esposa antes de dejarse caer en la cama a mi lado—. ¿Qué tal ha sido?

La puerta se abrió y se cerró, y nos dejó solos en mi habitación…

Un marido y una esposa.

Los dos con el culo lleno de la leche de mi padrastro negro.

Y yo con la posibilidad de cobrarme mi deseo casi de inmediato.

—Creo que me ha destrozado —murmuré.

—Y a mí. Pero oye, estabas muy sexy mientras te la metía.

—¿Sí? —pregunté.

—Sí. Con mi vestido de verano subido hasta la espalda y las piernas en tensión mientras te follaba ese culo apretado… Sinceramente, creo que es lo más caliente que he visto en mucho tiempo.

—Pues me alegro de que tú lo hayas disfrutado —murmuré, y noté cómo el mundo volvía poco a poco a mí: la oscuridad a la que casi había sucumbido me dejaba a cambio una existencia dolorosa que irradiaba desde mi ojete—. Y espero que estés lista para que me cobre lo único que quiero.

—¿Seguro que quieres hacerlo ahora? O sea, solo tenemos como una hora hasta que vuelva y algo me dice que vas a necesitar al menos la mitad de ese tiempo solo para recuperar la sensibilidad en las piernas después de semejante repaso.

—No es eso —dije sonriendo, porque sabía con total certeza lo que quería.

—¿Ah, sí? Pues sorpréndeme, cariño. ¿Qué desea tu corazoncito salido más que nada en el mundo? ¿Qué es tan importante para ti que dejarías que tu padrastro se adueñara de tu culo virgen solo para conseguirlo?

—Quiero que dejes que mi padrastro te preñe.