Capítulo sesenta y tres #3
—Con el tiempo, aprendí a llevar un contenedor conmigo.
Una pequeña lata en la que echaba mi recompensa para mantenerme mientras esperaba la siguiente pelea.
—La giré en mi mano. El chicle que había dentro resonó contra el metal—.
Solo fueron seis meses. Cuatro de los cuales pasé con Gabe.
Él fue la relación más larga de Sabrina.
Probablemente lo siga siendo. Él la mantenía, así que ella lo conservó.
Pero con el tiempo, la relación terminó y nunca volví a ver a Gabe.
El día en que se fue, me deseó buena suerte.
Dijo que no volvería a visitarme. Me enfadé tanto que lancé esto —levanté el estuche, señalando el pequeño golpe en el metal— a su cabeza.
Luego lloré como un maldito bebé. Sin él, volví a depender de Sabrina para comer—.
No le dije que algunos días no tenía nada que comer.
Que mi peso se deterioró hasta parecer un niño.
Que mis huesos sobresalían de mi piel tanto que me dolía acostarme en la cama y dormir.
No le dije que se me cayeron dos dientes.
Que mi pelo se volvió quebradizo y delgado, colgando como una nube sombría sobre mi cabeza—.
Mi tía tenía poca comida en su apartamento, pero sí mucho chicle.
Su mandíbula solía trabarse por toda la cocaína que inhalaba, así que tenía un buen suministro.
Me ayudaba a mitigar el hambre. Lo mascaba durante todo el día.
Solo cometí el desafortunado error de tragarme uno para llenar mi estómago una vez.
Acabó en un dolor tan intenso que me arrastré de un lugar a otro durante dos días enteros.
Me recordó que no podía ir al hospital si lo necesitaba.
Que tenía que cuidar mi cuerpo y nunca volver a ponerme en una situación así.
—Por eso estás obsesionado con el chicle. —Galletita acarició el estuche aún en mi mano, casi con adoración—. Es tu manta de seguridad. Te ayudó a superar tu peor pesadilla.
—Me ayuda a mantener la calma —admití.
—¿Y el ruido? ¿Por qué odias tanto el ruido?
—Me recuerda al cuadrilátero. A la audiencia.
Tenían sus favoritos: más que nada yo. Era el que más luchaba.
El que les hacía ganar más dinero. Llegó un momento en el que aplaudían cada vez que se abría mi jaula.
Cada vez que daba un golpe o rompía las costillas de otro niño, lo que sea, ellos rugían de satisfacción.
Sentía como si el ruido se clavara en mi cráneo.
—Las cicatrices. —Asintió para sí misma, como si estuviera juntando todas mis piezas desordenadas—. Después, ¿qué pasó? ¿Quién te trajo de vuelta?
—Senior. —Abrí la puerta para tirar los envoltorios a la basura y luego regresé.
No llevó más de treinta segundos, pero me proporcionó el aire fresco que necesitaba—.
Vino al final del curso para verme. No le gustó para nada lo que vio.
Me llevó de vuelta a Potomac, contrató a dos niñeras y advirtió a Mónica de que, si no se empezaba a hacerse cargo, se divorciaría de ella y obtendría la custodia.
«Guau»; moldeó sus labios alrededor de la palabra, en lugar de decirla.
—Parece que tuvo un momento de lucidez y vio que debía ser mejor con su hijo.
—Más bien se dio cuenta de que Mónica no le proporcionaría más herederos y quería mantener vivo al que tenía —gruñí—.
Por eso como cada cuatro horas. Por eso mastico chicle.
Por eso odio el ruido. Por eso estoy listo para pelear como si fuera un instinto, porque lo es.
Busco control. Cualquier cosa que no sea poder absoluto me resulta insatisfactoria.
Una emoción que no pude identificar estalló en sus rasgos. Algo entre la ira y el orgullo. Se inclinó y cogió mi rostro entre sus palmas.
—Sobreviviste. Mírate. Precioso. Exitoso.
—Roto —completé, mis labios buscaron los suyos, exigiendo un beso. Ella me besó de modo lento y constante, pero mantuvo la pasión fuera del intercambio. Cuando se alejó, acarició mi estómago.
—Prometo aquí y ahora asegurarme de que tu estómago siempre esté lleno. No será ninguna dificultad, créeme. Yo también soy una gran fanática de la comida.
Intentaba tomárselo a la ligera. Aunque lo apreciaba, no era necesario.
—Estoy mejor ahora. —Pasé mi pulgar sobre sus pecas preciosas—. Bueno, en casi todo.
—Seré una buena madre para nuestros hijos. Lo prometo. Los pondré primeros, siempre. Y que le den a su padre.
Le creía. Era una de las cosas que más disfrutaba de Dallas. Tenía instintos de madre. Su hijo nunca estaría mal vestido, hambriento o sucio.
Dallas sujetó mis hombros, presionó su frente contra la mía y nuestras respiraciones se mezclaron.
—Sé que te han herido mucho. Las personas que deberían haber sido tus protectores, Mónica, Senior, Morgan, todos te fallaron. Pero si algún día tu corazón se abre… espero ser yo la que tenga la llave.
Ya estoy indecentemente enamorado de ti. Solo que nunca podrás saberlo.
Su poder sobre mí sería tan completo, tan destructivo, si alguna vez supiera la fuerza de mis sentimientos por ella.
Dallas Costa me asustaba. No era Morgan. No necesitaba una llave para mi corazón.
Ya había derribado la maldita puerta.