Capítulo sesenta y tres
Romeo
Ahora entendía por qué los hombres llegaban a extremos drásticos por una mujer. Por qué los aqueos invadieron Troya por Helena. O, en mi caso, por qué paseaba por un pueblo pequeño provincial, que induce a coma, por Dallas de Chapel Falls.
Galletita sonreía, rebotando con cada paso mientras lideraba nuestra cita.
Nuestro primer destino: la biblioteca pública.
—Aquí tuve mi primera cita con el señor Darcy. —Luego, habló con entusiasmo junto a un banco de madera astillado junto a la cafetería—. Y aquí fue donde di mi primer beso, con Lars Sheffield, el mariscal de campo de mi instituto.
—Lástima que hayas mencionado su nombre. —Entrelacé mis dedos con los suyos—. Ahora tengo que matarlo.
Ella rio.
—¿Quieres jugar a un juego?
Naturalmente, mi primer instinto era decir que no.
—Claro.
—Solía jugarlo con Frankie todo el tiempo cuando éramos niñas.
Escribimos temas generales, mamíferos, estaciones, flores, lo que sea, en trozos de papel, los doblamos, los echamos en un sombrero, revolvemos y sacamos un tema al azar.
El primero que encuentre cinco libros relacionados con el tema gana.
—¿Gana qué?
Ella levantó las cejas.
Ah. Sin duda faltaba algo de lógica en el sistema de recompensa, ya que tanto el perdedor como el ganador se beneficiarían de pagar el precio, pero no tenía sentido señalarlo.
Galletita escribió algunos temas, cogió una gorra de béisbol de un desconocido y seleccionó un tema. Fruta. Chilló.
—Es buena. Nunca me había tocado.
Nos aventuramos en busca de cubiertas y títulos temáticos de frutas.
Tenía que admitir que el juego no era tan estúpido.
Elegí Las manzanas nunca caen, Las uvas de la ira y Tomates verdes fritos .
Los tomates eran una fruta como cualquier otra.
Y sí, no me convencerían de lo contrario.
Hablando de frutas, cada vez tenía más hambre.
No había comido antes del vuelo, había estado demasiado preocupado para notar mi estómago vacío.
—¡Lo tengo! —anunció Galletita en medio de la biblioteca sin tener en cuenta su volumen; la pila de libros que sostenía en sus brazos ocultaba su rostro. Una bibliotecaria anciana la calló. Dallas ni siquiera se dio cuenta mientras se apresuraba hacia mí, mostrando sus hallazgos.
— ¿La sociedad literaria y del pastel de piel de patata? —La miré con el ceño fruncido—. Es una verdura.
—Pero es tan versátil como una fruta.
—Esa es una interpretación muy laxa de fruta. Según esa lógica, el vodka es un tipo de pan, ya que ambos contienen granos. —Mi estómago gruñó. Necesitábamos dejar de hablar de comida.
—Bueno, tal vez es un tipo de pan. —Dallas rodeó mis hombros con sus brazos, la alegría estampada en todo su rostro—. De todos modos, yo gano.
—Genial. Vamos a comer algo y registrémonos en un hotel donde podamos fingir que soy un extraño que has conocido en un bar. —Necesitaba compensar el hecho de que nunca estaría con otro hombre, porque no iba a dejarla ir.
—Oh, ¿tenemos que hacer eso? —Dallas adoptó una expresión seria—. Quería que vieras mi lago favorito. Escribí un poema sobre él y lo publicaron en el periódico local.
Llevaba diez horas sin comer.
«No es gran cosa», me recordé a mí mismo. «Eres un hombre adulto. Puedes pasar tiempo sin comer».
—Entonces hagamos eso. —Le di un beso caliente en la mandíbula—. Y luego, me gustaría que me leyeras el poema.
Ella sonrió.
—¿De verdad?
—Desnuda.
Me golpeó el hombro.
—Cerdo.
Genial. Ahora todo en lo que podía pensar era en tocino.
Así que nos dirigimos a su lago favorito, donde descansamos bajo su roble favorito y Galletita hizo su cosa favorita en el mundo: habló de comida que quería probar y dónde la probaría. Japón, Tailandia, India e Italia encabezaban su lista.
Pasó una hora, luego otra.
Me empezó a doler le estómago.
—Necesitamos irnos, cariño.
Me puse de pie y le ofrecí mi mano a Dallas. Necesitaba comer.
Ella se levantó, con el ceño fruncido.
—¿Te arrepientes de venir aquí para nuestra cita?
—No. —Fruncí el ceño—. ¿Por qué piensas eso?
—Porque has querido irte desde que comenzamos.
Me sentí como un idiota infantil.
—Solo tengo un poco de hambre, eso es todo.
Ella entrelazó su brazo con el mío.
—Bueno, vamos a comer entonces.
Por desgracia, los residentes de Chapel Falls eran tan incompetentes como prejuiciosos.
Los primeros tres restaurantes que probamos en el centro no tenían disponibilidad.
El cuarto había cerrado temporalmente debido a remodelación.
Para cuando nos sentamos en un reservado pegajoso en un restaurante pequeño, temblaba de hambre.
Pedí una hamburguesa y un refresco sin azúcar. Galletita pidió tortitas. Ella trató de entablar una conversación conmigo, mientras yo fingía prestar atención genuina.
Veinte minutos después de ordenar, la camarera pasó por nuestro sitio, con su uniforme pegajoso rosa y su pelo rubio inflado intacto, y anunció que se habían quedado sin hamburguesas.
—¿Cómo un restaurante de hamburguesas se queda sin hamburguesas? —Rechiné los dientes, apretando los labios para evitar rugir. Se encogió de hombros.
—Pregúntale al dueño. Yo solo tomo los pedidos.
—Entonces, toma este: ve a la cocina y tráeme al gerente. Ahora.
Galletita dio un grito ahogado y se giró hacia mí.
—Romeo, ¿estás bien?
—No, nada está bien. —Fui a la cocina yo mismo.
Seguramente tendrían algo para comer. En este punto, estaba dispuesto a roer la pierna de alguien si significaba saciar mi hambre.
Empujé las puertas del salón, entré en la cocina chisporroteante, pasé junto a los cocineros y a los lavaplatos y fui hacia un hombre vestido con un traje barato. Dallas y la camarera me siguieron.
—¡Oye! —Se giró hacia mí, con su portapapeles en mano—. No puedes entrar aquí.
Lo acorralé contra la pared. El estruendo de las sartenes y los gritos apresurados llenaban mis oídos. Odiaba el ruido. El único ruido que toleraba era el que hacía Dallas.
—Os habéis quedado sin hamburguesas. —Agarré su camisa con el puño y lo levanté en el aire antes de estrellarlo contra el congelador industrial.
—¡Romeo! —En cuestión de segundos, Dallas se lanzó sobre mi brazo—. Suéltalo. Jesucristo, ¿qué te pasa?
—T-t-tenemos filetes todavía. —Los ojos del McGerente casi salieron de sus órbitas—. L-lo siento por las hamburguesas. Hemos tenido una fiesta. Mucha gente las pidió y…
—No quiero un filete. Quiero una maldita hamburguesa.
—Voy a asegurarme de que alguien vaya a la tienda a comprar más… —Un sarpullido rojo se desplegó en sus mejillas, el sudor caía a raudales por su sien—. Mientras tanto, enviaremos a su mesa aros de cebolla y patatas fritas de cortesía.
Galletita finalmente logró apartarme.
—Romeo, suéltalo.
A regañadientes, me separé de él. Ella se interpuso entre nosotros, su rostro enrojecido. Su expresión me devolvió a la tierra. ¿Qué demonios acababa de pasar? Dando unos pasos hacia atrás, levanté las manos en el aire, señalando que había terminado de atacar al personal.
Dallas mostró una sonrisa de disculpa.
—Gracias por la oferta… y por los aros de cebolla, pero iremos a otro lugar.
Ella me empujó fuera de la cocina y luego del restaurante. Aturdido, la dejé arrastrarme al asiento del pasajero del coche de Natasha. Un sudor frío me picaba en el cuello. Dallas se metió en un autoservicio y compró dos hamburguesas enormes con todo, patatas fritas y refrescos.
Ella me entregó la comida antes incluso de guardar su tarjeta en su cartera.
—Come.
—Te esperaré.
—Come ahora mismo o te la meteré por la garganta, Rom. Lo juro por Dios.
Bueno, ella había insistido.
Lo devoré todo en cuestión de minutos. Todo había desaparecido para cuando llegamos a un parque escondido detrás de un vecindario residencial.
Galletita apagó el motor y se giró hacia mí.
—Has tenido un ataque de pánico —dijo.
La vergüenza se filtró en mi sistema. De hecho, nunca se había ido en realidad.
Miré hacia delante, hacia los toboganes y los columpios.
Nunca me había permitido pasar más de cuatro horas sin comer.
Durante décadas. Esa era la razón principal por la que comía comidas nutritivas y bajas en calorías.
Necesitaba consumir comida de modo constante para mantener la ansiedad a raya.
—Simplemente tenía hambre.
—Tonterías. Eres la criatura más meticulosa que conozco. Nunca antes habías perdido los estribos. Algo lo ha causado. ¿Qué?
¿No has tenido suficiente con mis secretos? ¿Con mis defectos? ¿Mis imperfecciones evidentes? ¿Debo contarte cada cosa terrible sobre mí?
Las preguntas debían estar escritas en mi rostro, porque ella asintió.
—Soy tu esposa. Tu refugio. Necesito saberlo todo. Como ya he dicho antes, nunca te traicionaré.
Está bien. Si ella quería una vista privada de mi alma, la tendría. Aunque nadie debería ser tan desafortunado como para presenciar ese desastre.
Al mismo tiempo, era incapaz de negarle nada.
Mis secretos. Mis pensamientos. Mi corazón.
Todo estaba ahí, servido en una bandeja de plata para que ella se lo tragara. La mujer me tenía tan atrapado que la seguiría hasta los pozos del infierno si ella quisiera disfrutar de ese clima cálido.
Recogí los envoltorios de la hamburguesa y las patatas fritas y los arrugué en mi puño, evitando el contacto visual.