Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo cincuenta y seis
82%

Capítulo cincuenta y seis

Dallas

Romeo y yo tuvimos sexo. Sexo de verdad.

De hecho, él pareció haber aceptado la idea de expandir nuestra familia.

Por no mencionar que me había salvado la vida la semana anterior en Le Bleu.

Había recibido una bala por mí, literalmente.

Sin siquiera dudar. Lo lógico era que debería estar desbordada de felicidad. Entonces ¿por qué no era feliz?

Para empezar, dos pétalos más cayeron de la rosa de Vernon.

Mi rosa. Cuanto más perdía, más triste parecía el tallo frágil.

Nadaba en un charco de blancura marchita, ya que me negaba a desechar un solo pétalo.

Y de alguna manera, eso la dejaba más desnuda.

Un soldado solitario en una guerra olvidada.

Y segundo, a pesar de todas las concesiones, gestos y devoción de Romeo, todavía me mantenía lejos.

Todavía no me había llevado a una sola cita.

Conocía el amor genuino cuando lo veía. Shep Townsend podría ser un padre terrible, pero quería a mi madre con todo su ser.

Mientras tanto, Romeo no me prestaba ninguna atención verdadera.

Para él, me había convertido en un adorno.

Un mueble. Una distracción. Entender eso me destrozó.

Después de todo, no había un dolor mayor que el amor no correspondido.

Por desgracia, me sentía tonta explicándole esto a Hettie. Así que, en lugar de eso, jugamos al Conecta Cuatro, con la televisión murmurando de fondo.

—Espera. —Me aferré a su antebrazo—. Sube el volumen.

—Dal, no puedes cambiar las reglas cada vez que pierdes.

—No. Las noticias.

—Dios santo. —Ella cogió el control remoto y subió el volumen de la minipantalla plana de la cocina.

Una reportera alegre cruzaba las manos sobre un escritorio.

—Una fuente anónima informa de que la artillería de demostración de Costa Industries ha estallado en medio de una prueba y ha dejado a tres trabajadores hospitalizados.

Los inversores están cuestionando si la empresa puede cumplir exitosamente su contrato con el Pentágono, dada este enorme problema de ingeniería.

—Una infografía parpadeó en la pantalla—.

Como pueden ver, las acciones han caído en picado desde los informes iniciales del fiasco.

Esta «filtración» de información tenía las huellas de mi querido exprometido por todas partes. Casi me había olvidado de Madison. Ni siquiera había sabido de él desde nuestro brunch en Le Bleu, y prefería que siguiera así.

Recortes de la cara sonriente de mi marido en un evento benéfico aparecieron junto a la reportera. Lo que no esperaba, mientras ella leía su comentario oficial, era que dicho marido irrumpiera en la cocina. El reloj marcaba las dos del mediodía. Romeo nunca llegaba a casa antes de las seis.

Hettie se giró hacia mí, sorbiendo el café vietnamita que habíamos pedido por DoorDash.

—Creo que tu marido acaba de entrar a la cocina.

Sacudiendo la cabeza, traté de no ruborizarme.

—No. Debe ser algo que hayamos fumado. De ninguna manera se perdería toda la diversión de la oficina.

Nunca consumíamos drogas, pero siempre me gustaba mantener a Romeo en vilo, dudando. Hacía que me prestara un ápice de atención, y yo, siendo el mendigo que era, luchaba por las migajas que me daba.

—Dallas. —Romeo ignoró la existencia de Hettie—. Tenemos algo que discutir. Sígueme.

Mi sonrisa se evaporó. ¿Me había metido en problemas? Si era así, ¿por qué? Llevaba mucho tiempo sin hablar con Madison. Además, lo que había pasado hoy no tenía nada que ver conmigo. En segundo plano, las noticias sobre los problemas crecientes de Costa Industries seguían rodando.

Fingí un bostezo, pero mi corazón galopaba.

—Lo que tengas que decir se puede decir aquí.

Apoyó un hombro contra el marco de la puerta y cruzó los brazos sobre el pecho. Sus músculos se abultaban bajo su camisa. Sabía que estaba vendado, con puntos y con dolor bajo la manga. Eso hacía que ansiara besar cada centímetro de su piel para que mejorara.

—Es un asunto privado.

Hettie se movió en su asiento, claramente deseando estar en cualquier otro lugar que en la posición en la que la había puesto. Bajo el mostrador, me pellizcó.

Yo la pellizqué de vuelta.

—Estamos en un sitio bastante privado. Hettie es familia.

—No, no lo es. Incluso si lo fuera, no es necesario que esté al tanto de todo lo que pasa entre un marido y su mujer.

Otra vez hablaba como un duque del siglo diecinueve. No podía negar que me hacía reevaluar mi opinión sobre las novelas románticas históricas. Sin embargo, me negaba a ser su objetivo cuando estaba de mal humor, algo evidente.

—No estoy de acuerdo. —Enderecé la espalda—. Lo que sea que necesites de mí, este es un lugar tan bueno como cualquier otro.

Romeo miró a Hettie, sin prestarle atención, y se encogió de hombros.

—Está bien.

En dos pasos rápidos, Romeo me alzó, posó mi trasero en la isla de la cocina y comenzó a desabrocharse el pantalón entre mis piernas.

Con un grito ahogado, me giré y miré a Hettie a mis espaldas.

—¿Qué mierda estás haciendo?

Me recostó sobre la mesa. Mi cabello rozó el codo de Hettie cuando Romeo me levantó la camiseta y expuso mis costillas. Su lengua subía hacia mis pechos. Unos escalofríos violentos de placer circularon por mi cuerpo. En un instante, sentí la humedad entre mis muslos.

—Has dicho que, fuese lo que fuese que necesitase de ti, podía hacerlo aquí.

Frente a Hettie. Tengo un mal día y necesito algo que lo mejore.

He venido a correrme dentro de mi esposa y a darle unas palmadas en los pechos.

Hettie puede irse cuando quiera. —La cabeza de Romeo desapareció dentro de mi camiseta, sus dientes ya mordisqueaban mis pezones por encima del sujetador.

—Hettie se irá ya mismo antes de no poder mirar nunca más a los ojos a ninguno de los dos… —Oí su silla. Hettie salió de la cocina convertida en una mancha rubia.

Vernon, que estaba a punto de entrar, se giró también y se fue balbuceando:

—Cielo santo.

—Es poco higiénico —dije mientras Romeo me quitaba la camiseta y el sujetador. Su boca devoraba mi cuello—. La gente come aquí.

—Planeo comer aquí. Tu coño.

—Pensé que estabas enfadado conmigo. —Me posé sobre mis codos, observándolo fascinada.

Tiró de mis vaqueros y mis bragas y enterró su rostro entre mis piernas; me consumió con la urgencia de un hombre famélico. Su lengua caliente y húmeda acariciaba mi interior, su nariz masajeaba mi clítoris.

—¿Por qué estaría enfadado contigo? —Murmuró las palabras dentro de mi abdomen.

—Por las acciones… Madis…

—No digas su nombre cuando tengo la lengua entre tus piernas.

El ardor familiar del rubor subió por mi cuello.

—Me preocupaba que creyeras que he tenido algo que ver al respecto.

Con gran reticencia, alzó los ojos: era necesario intercambiar palabras comprensivas. Suspiró, besó el interior de mi muslo, enderezó la espalda y me miró a los ojos.

—Sé que ya no lo ves.

—¿Cómo lo sabes? —De algún modo, estaba segura de que había dejado de seguirme. Romeo cumplía con su palabra. Siempre.

—Porque los dos sabemos que te exiliaría de Potomac y nos divorciaríamos si me traicionas después de todo lo que hemos hablado.

—El fuego encendía sus ojos glaciares. A pesar de la malicia, su mirada me cubría como el sol, me calentaba hasta la punta de los dedos.

Ahora le importaba lo suficiente como para salir herido.

No era mucho, pero bastaba para que mi cabeza diera vueltas de alegría—.

Ahora. —Introdujo dos dedos en mí y los movió mientras el ruido de mis fluidos aferrándose a él llenaban el aire—.

¿Podría por favor hacerle sexo oral a mi esposa, luego penetrarla y volverla a lamer?

He cancelado todas mis reuniones solo para eso.

Retiró los dedos y los lamió hasta limpiar la última gota.

Sonreí.

—Puedes.

***

Estaba tan satisfecha y agotada que me dolía cada músculo del cuerpo.

Romeo estaba de pie junto al fuego, calentando leche para mi chocolate caliente.

Chocolate blanco bebible de L. A. Burdick, que él le había especificado a Hettie que pidiera antes de la llegada del invierno.

Era la primera vez que él hacía algo semi romántico por mí.

«No significa nada, Dal».

Sin embargo, no podía obedecer a mi propia advertencia.

Romeo echó dos cucharadas de Burdick en la taza.

—Llevaba una taza de chocolate caliente a clase cada vez que bajaba la temperatura. Incluso en el MIT, donde los negocios más cercanos están en Harvard Square o al otro lado del puente.

Fingí sorpresa.

—¿Quieres decir que existe algo más allá de las coles de Bruselas y las pechugas de pollo? —Mis ojos se adhirieron a su antebrazo musculoso mientras batía la mezcla.

—Lo entenderás cuando lo pruebes.

Para ser sincera, podría saber a estiércol líquido y aun así pediría otro, solo por tener un asiento en primera fila para ver la pornografía de su antebrazo mientras lo preparaba.

Me deleitaba con mirarlo. Descamisado, gloriosamente poderoso y casi mío.

Sus músculos tensos se flexionaban cada vez que hacía el más mínimo movimiento.

Una capa de sudor delgada aún se aferraba a su cuerpo bronceado.

Lo observé con placer desde mi silla, que Hettie había ocupado apenas una hora antes.

—He encargado réplicas de tu anillo de compromiso y de boda. —Romeo vertió el chocolate caliente en mi taza con forma de caldero, adornada con hechizos de Henry Plotkin—. Deberían llegar a finales de la semana que viene.

Mi estúpido corazón latía acelerado. Era tan difícil contener mis sentimientos cuando lo único que quería era dejarlos salir. Verlos crecer, desarrollarse y evolucionar.

Fingí aburrimiento.

—¿Y qué pasa con tu anillo?

Él se chupó los restos del pulgar y me dejó la taza delante. Nata fresca y virutas de menta. Justo como me gustaba. ¿Había estado prestando atención?

Romeo tomó asiento frente a mí.

—Mi alianza debería llegar más o menos al mismo tiempo.

Estaba escuchando todo lo que quería escuchar. ¿Por qué no estaba satisfecha? ¿Era la rosa que se marchitaba despacio antes de que Romeo tuviera tiempo de enamorarse de mí? ¿Estaba simplemente de mal humor? ¿Hormonal? ¿Echaba de menos mi hogar?

Revolví mi chocolate caliente, concentrándome en la cucharita.

—¿Galletita?

Alcé los ojos rápido.

—¿Sí?

Frunció el ceño.

—¿Por qué pareces tan melancólica?

Porque no sientes nada por mí. Solo me aceptas como tuya. Como a un nuevo colega o vecino. Alguien al azar que entró en tu vida y se quedó.

Intenté tragarme la frustración, pero no pude. La idea de ir a la cama con él esta noche, de compartir mi cuerpo con él sin compartir ni un solo pensamiento, me atormentaba.

Hice un gesto entre nosotros.

—Porque esto no es real.

—Explícate.

—Esto. Nosotros. —Suspiré, apartando la taza.

Las cosas eran graves cuando no estaba de humor para algo dulce—.

Hemos compartido muchas cosas, pero nada en absoluto.

Tú no me conoces. Realmente no. Ni siquiera has intentado saber más sobre mí.

Te has abierto conmigo y te estoy muy agradecida.

Pero no sabes nada de mí. No sabes ninguna cosa que me haga más entrañable a tus ojos.

No sabes cuál es mi color favorito. Mi comida favorita. Cuáles son mis sueños…

—Tu color favorito es el azul.

Dios, ¿podría sonar menos interesado?

Pero tenía razón. Y estaba sorprendida. Se recostó contra el respaldo, restándole importancia.

—Siempre vistes de azul. Te queda bien con el bronceado.

Y prefieres las cosas azules. Desde tu funda de móvil de Henry Plotkin hasta tu bolso de Chanel favorito, todo es azul.

En cuanto a tu comida favorita, es el lomo salteado.

Con extra de ají verde. —Incluso la más mínima sonrisa burlona dirigía rayos de deseo a mi torrente sanguíneo—.

Lo pides tres veces a la semana. El repartidor prácticamente tiene nuestro código de seguridad.

Siempre cambias algún ingrediente para tener variedad cuando pides en cualquier otro restaurante. Excepto en los peruanos.

En el blanco. Otra vez. Quizás era más transparente de lo que pensaba.

Evité una sonrisa, sabiendo que, si la soltaba, vería lo estúpidamente enamorada que estaba de él.

¡Ay, no! Lo estaba, ¿verdad? Estaba enamorada de Romeo Costa.

El hombre más frío y menos compasivo del planeta Tierra. El Dios de la Guerra.

Toda la humedad abandonó mi boca. La adrenalina me despertó de mi somnolencia inducida por el orgasmo.

—Pero no sabes nada acerca de mi sueño. Mi sueño real. No con los que bromeo.

Arqueó una ceja.

—¿Niños?

Sacudí la cabeza.

—Eso es una meta, no un sueño.

—Entonces, no. No lo sé. ¿Cuál es tu sueño, Dallas Costa?

Ser Dallas Costa porque es tu elección y no parte de tu plan.

Sin embargo, tenía un sueño mucho más antiguo.

—Quiero una casa que también sea una biblioteca.

—¿Una biblioteca en tu casa? —corrigió, frunciendo el ceño.

—Ya me has escuchado. Quiero una casa convertida en una biblioteca. Cada centímetro. Cada habitación tendría estantes, de pared a pared, de suelo a techo. No importa dónde estés. Cocina. Comedor. Baño. En todas partes.

Me observó como si fuera una pieza de arte intrigante que acababa de descubrir en el museo. Completamente nueva para sus ojos. Despacio, asintió, abrió su lata de chicle y se colocó un cuadrado en la lengua.

—Ahora lo sé.

Bueno, eso ha sido anticlimático.

Tragué saliva con dificultad, sintiéndome estúpida e infantil. Cambié de tema.

—Entonces, te sentías mal hoy y viniste a verme. Ten cuidado. Podría sospechar que estás desarrollando sentimientos por mí. —La broma fue torpe y errónea. Más acusadora que seductora.

—Necesitaba un polvo rápido para deshacerme de la ira acumulada en exceso. —Cogió su botella de agua y bebió un sorbo—. Hazte un favor y no lo malinterpretes. Odio herir tus sentimientos, Galletita. Son muy valiosos. Tú también lo eres, por cierto.

Fue el cumplido más condescendiente, irónico y terrible que me habían hecho. Y ni siquiera podía decírselo, porque entonces sabría cuánto me había herido.

—¿Romeo?

—¿Mmm?

—¿Te has dado cuenta de que no has estado mascando chicle sin parar estos últimos días?

Yo sí me había dado cuenta. Lo notaba todo sobre él. Romeo inclinó la cabeza.

—Es cierto. Han pasado unos días.

—Un día de estos, tendrás que decirme por qué te gusta tanto el chicle y el silencio —bromeé, mi pie encontró el suyo debajo de la mesa.

—¿Por qué te fascina tanto eso?

—Porque nuestros hábitos dicen quiénes somos. Tus rarezas son una parte de ti. —Hice una pausa—. Y quiero entenderte mejor, Romeo Costa. Si me dejas.

Se levantó de un salto, llevándose su botella de agua.

—Estaré en mi oficina, trabajando. Gracias por el sexo, Galletita.