Capítulo cincuenta y cinco
Romeo
Galletita parecía tener una espina clavada.
La ignoré y entré en mi habitación, aún sangrando.
Ella siguió las gotas de sangre, como Hansel y Gretel siguiendo un rastro de dulces.
En mi baño, saqué un botiquín de primeros auxilios y desinfecté la herida de nuevo.
Había sufrido rasguños peores que este, pero tenía un aspecto desagradable.
Dallas se subió al lavabo, se acunó las rodillas y apoyó el mentón en ellas, observándome.
—¿Necesitas ayuda? —Sequé el área y saqué una aguja e hilo, frunciendo el ceño al mirar el bíceps que necesitaba coser.
—¿Sabes cómo coser heridas de bala?
—No.
—Entonces, ¿cómo pretendes ayudarme? ¿Animándome y sosteniendo un cartel con mi nombre? —Parpadeó ante mis palabras duras, evidentemente herida. Pasando el hilo por el ojo de la aguja, añadí—: Puedes irte. Hoy has estado bien. Creo que hemos salvado el contrato.
—¿Es todo lo que te importa?
Pasé la punta de la aguja por mi piel, buscando dónde se había roto. Qué ángulo tan malo para coserme a mí mismo.
—Por supuesto que no. También me importa el daño que han causado en Le Bleu. Cara tendrá que hablar con la compañía de seguros y las autoridades. La burocracia es una verdadera molestia.
—Me has salvado la vida.
—Ese payaso no iba a causar ningún daño grave. Solo era un chico.
Bajó de su asiento, inclinó la cabeza para que la mirara y sujetó mi rostro entre sus manos.
—No, estaba furioso y lo había provocado. Has recibido un balazo por mí, Romeo.
Fruncí el ceño.
—No seas dramática.
—Gracias.
Dado que no había logrado encontrar por dónde empezar a coserme, carraspeé y retrocedí.
—De nada. Ahora vete.
—Te deseo. —Deslizó la mano por mi pecho hasta mi hombro.
«Yo también, y por eso necesito que te vayas de aquí. Ya no me reconozco a mí mismo o a mis acciones cuando se trata de ti. Te has convertido en una debilidad que no puedo permitirme».
En vez de echarla, dejé la aguja.
—Puedes frotarte contra mi muslo.
—Quiero estar sobre tu pene. —Levantó el bajo de su vestido de satén oliva—. Cuando me obligaste a ir a Le Bleu, ¿no dijiste que tendríamos sexo si me comportaba? Me he comportado.
—Dije que tendríamos sexo cuando estés menstruando.
—Lo interpreté de otra manera.
—No es un libro de Benedict de Spinoza. No estaba abierto a distintas interpretaciones.
—Lo que tú digas. De todos modos, la última vez no fue tan genial.
—En contra de sus palabras, se subió el vestido un poco más, coqueteando con el límite que lo separaba de sus bragas de encaje—.
Fue hace tanto tiempo que ni siquiera recuerdo mucho.
¿Estaba presente? ¿Lo estabas tú? —Provocarme no funcionaría.
Lamentablemente para ella, era más sofisticado que eso.
Continuó, imperturbable—. Oliver me ha dicho que vuelves a ser virgen.
Sabes que tu miembro tiene otras funciones, ¿no?
—Vete, Dallas. —Pero no se fue. En cambio, se puso de rodillas y comenzó a desabrochar mi cinturón. Me apoyé contra el borde del lavabo, incapaz de detenerla. Apreté el mármol con los dedos—. Llenaré el suelo de sangre. —Un último intento de detenerla.
Ella sacó mi pene pesado e hinchado. Sus dedos lo rodeaban, pero sin tocarse entre sí.
Me encantaba cuán diminuta era en comparación conmigo.
La pareja sorprendente que hacíamos. Que las personas se preguntaran cómo lograba encajar en ella.
La respuesta deliciosa era, por cierto, que apenas encajaba.
—Combinará con la salpicadura verde en el techo. —Rodeó mi pene con sus labios, centímetro a centímetro. Su calidez lo engulló. Me estremecí cuando aplanó la lengua contra el tronco.
Incliné la cabeza hacia atrás y gruñí. A Dallas se le daba genial el sexo oral.
Tenía resistencia, dado que ejercitaba su mandíbula comiendo todo el día.
Y era entusiasta. Adoraba hacerlo. Muchas mujeres habían estado en su posición: me miraban parpadeando, observándome con lo que pensaban que era una sonrisa seductora, lamiendo despacio, acariciando mi pene como si fuera un chelo. Pero Galletita no.
A Galletita le encantaba todo: succionar, escupir y besar; como tocaba el fondo de su garganta cuando la sujetaba del cabello y me follaba su cara. Le encantaba asfixiarse con él y solía intentar engullirlo hasta la base. De hecho, parecía el único aspecto en el que Dallas no era perezosa.
Incliné el mentón hacia abajo y observé como me hacía sexo oral.
Unas gotas rojas cubrían su cabello brillante y caían por su frente.
Verla manchada con mi sangre me generó algo.
Me dio una sensación de propiedad que normalmente no me permitía considerar.
Quizás era por la pérdida de sangre, pero no quería terminar así.
Correrme en su boca no bastaría. Sujeté su cabello castaño largo en mi puño y la alejé. Ella retrocedió y me miró, expectante.
—¿Quieres que te folle? —Me agazapé y acerqué su rostro al mío, aplasté su nariz contra la mía. Sujeté el frente de su vestido, lo retorcí, lo apreté contra su piel hasta que la tela comenzó a rasgarse—. ¿Quieres que te embarace?
—Sí —jadeó—. Sí.
Caí sobre el mármol y posé mi espalda contra el tocador.
—Pídemelo bien.
—Por favor.
—Mejor.
Avanzó hacia mí a gatas, se sentó a horcajadas en mi regazo, me cogió la mano y la colocó entre sus piernas.
Sus dedos guiaron a los míos y me acompañaron hasta su punto más sensible.
Mis labios encontraron su pezón y lo mordieron a través del vestido.
Le metí los dedos hasta que sus paredes latieron, los observé desaparecer dentro de ella.
Arqueaba la espalda, intentando introducirlos lo máximo posible.
Sus labios flotaron junto a mi oreja.
—Por favor, por favor, por favor.
Saqué los dedos, le rompí el vestido, sujeté ambos lados de su cintura y la penetré hasta el fondo.
Dejó caer la cabeza hacia delante. Me mordió el hombro, me hizo sangrar, moviendo la cadera.
Estaba tan apretada que era como follármela por detrás.
Sentí que me apretaba la polla en busca de semen.
La dejé cabalgar hasta que mi impaciencia ganó y me la quité de encima, la di la vuelta y la puse a cuatro patas.
El mármol estaba frío y rígido bajo sus rodillas.
Me encantaba ver a esa mocosa consentida recibiendo todo mi pene, sintiendo su incomodidad. Mi ninfa de cuna de oro.
La penetré por atrás. Ella retrocedió y recibió cada uno de mis embestidas.
Rodeé su cuello con los dedos y la hice subir hasta aplastar su espalda contra mi pecho.
Ella giró la cabeza y capturó mis labios, deslizando su lengua entre mis dientes.
Arqueaba la espalda, introducía los dedos entre las piernas, buscando el clítoris.
Los aparté de una palmada y luego le di otra en el culo.
—Rom —gimió—. Necesito correrme.
—Lo que necesitas es ser agradecida, cojones.
—Mi sangre dejó claro mi mensaje, cubría toda su espalda, sus brazos, sus pechos y enmarañaba su cabello.
Solté su garganta y acaricié la parte superior de su cabeza, susurrando halagos en su oído—.
Eres tan buena. —Palabras que nunca pensé que diría.
En especial a esta chica en particular, quien era todo menos buena—.
Si tan solo obedecieras tan bien cuando no tienes mi polla dentro.
Extendí la mano y le toqué el clítoris, recompensándola con un solo toque. Gimió y cayó hacia delante, de nuevo sobre sus extremidades, apretando mi pene.
Más gotas rojas salpicaron su espalda. Reabrí la herida y la sangre fresca pintó su columna. Mojé un dedo en ella y luego escribí mi nombre en su cintura.
—¿Quién es el dueño de tu culo? —gruñí.
—Tú.
—Más fuerte.
—Tú.
—Ahora avanza y muéstrame tu coño desde atrás. Quiero ver si se merece mi semen. —Con un gemido reticente, se apartó, retorciéndose a medio metro. Comenzó a darse la vuelta cuando siseé—: No quiero verte la cara, señora Costa. Solo el coño que le robé a mi enemigo.
Separó más los muslos y se expuso entera. Goteaba en mi suelo, sus fluidos se mezclaban con mi sangre y creaban un charco rojizo a sus pies. Me acaricié la polla, cubierta de sus fluidos, con el aroma de la esposa de la que nunca tendría suficiente.
Sonreí, el alivio me producía un cosquilleo.
—¿Avergonzada?
—No. Vacía.
A la mierda. No tenía ni idea de cómo esta mujer podría alguna vez haber estado con un idiota como Madison. Lo hubiera hecho picadillo antes de la recepción nupcial.
—Sigue mirando hacia delante. Te follaré cuando lo considere adecuado.
Tardé menos de dos minutos en penetrarla por detrás. Sus codos cedieron y emitió un grito ahogado de sorpresa.
Mis testículos estaban apretados. Gruñí e introduje cada centímetro de mí en ella.
Me corrí dentro de Dallas. En olas gruesas e interminables, con la punta presionada lo más hondo posible.
Cuando ella notó lo que había hecho, tensó todo el cuerpo.
Estalló sobre mi pene y lo mojó con su orgasmo.
Me retiré y observé nuestra eyaculación caer sobre el mármol.
Ella se desplomó sobre los azulejos, recostada sobre su espalda con una sonrisa perezosa en la cara.
Extendí dos dedos, recogí el semen que caía de su coño y lo introduje de nuevo allí, recordando sus palabras previas.
—¿Esta es otra de las funciones de mi miembro?
Con los brazos extendidos como un ángel de nieve, soltó una risita de placer. En el medidor de satisfacción, hacerla reír se acercaba mucho al segundo puesto después de hacerla tener orgasmos.
—Te has corrido dentro —susurró, casi desconcertada.
—Sí.
Y por desgracia, quería hacerlo otra vez.
Y otra.
Todas las veces que me lo permitiera.
Se estiró y posó un pie sobre mi muslo.
—Ese corazón de vidrio que tienes, Romeo… Un día, lo romperé.
—Si alguien puede hacerlo, esa eres tú Galletita.
Podía darle un hijo sin darle mi corazón.
Y eso era lo que planeaba hacer.