Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo cuarenta y tres
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Capítulo cuarenta y tres

Romeo

Días después de que Dallas detonara una bomba de verdad en mi estudio, se puso uno de sus muchos vestidos de Chanel, se engalanó con joyas caras y se aplicó su pintalabios rojo favorito en sus labios carnosos.

Galletita me hizo un gesto obsceno mientras pasaba por una cámara de seguridad en su camino hacia fuera y subió a la parte trasera del Maybach de Jared.

Desde mi oficina en Costa Industries, llamé a Alan, el experto en artes marciales entrenado que había contratado para seguirla.

—Mi esposa ha salido de casa. Asegúrate de que esté a salvo. —Me pregunté si la mentira sonaba más convincente para él que para mí—. No te olvides de enviarme un mensaje de texto con su ubicación y con quién está en todo momento.

—Sí, señor.

—¿Hacia dónde la lleva Jared ahora?

—Parece que se dirige hacia su oficina, señor.

Mi traicionero y despreciable corazón latía fuera de ritmo en su jaula ósea. Observé la foto de Galletita que mantenía en mi escritorio.

¿De alguna manera has descubierto que manipulé en secreto el repentino apoyo del Congreso a la prohibición de protectores de cuna? ¿Estás en camino para agradecérmelo con un espectáculo sensual escondido bajo tu vestido?

Dejé mi pluma grabada sobre mis documentos, me recosté contra el respaldo de mi silla, entrelacé los dedos y los golpeé contra mis labios. Supuse que había pasado suficiente tiempo desde mi última debilidad para concederme otra.

La facilidad con la que tomé el control remoto y bajé la ventana hasta el final por adelantado debería haberme dado un indicio de lo mal que estaba juzgando a Dallas.

Por desgracia, mi cerebro no lo entendió.

En vez de usar mis neuronas para hacer algo productivo como trabajar, me quedé sin chicle y ordené mi oficina ya impecable. Como si ella apreciara la limpieza.

Cuando diez minutos se convirtieron en veinte, comencé a hacerme la eterna pregunta: «¿Qué cojones está pasando?». Sin embargo, llamar a Alan y molestarlo sobre el paradero de mi esposa sería humillarme.

Tal vez habían encontrado tráfico. Los accidentes de coche desagradables no eran inusuales en mi área. Había muchos enviados extranjeros protegidos por inmunidad diplomática, cuyas actividades extracurriculares incluían atropellar personas como si esto fuera el GTA.

Cuando veinte minutos se convirtieron en treinta, me picaban los dedos por llamar a Alan. Como si estuviera planeado, mi teléfono bailó sobre mi escritorio, su nombre aparecía en la pantalla. Contesté.

—¿Sí?

—Ha llegado a su destino, señor.

Imposible. De haber llegado a destino, estaría de rodillas bajo mi escritorio comiéndome la polla.

—¿Sí? —Apreté el chicle entre los molares, con desconfianza justificada, dada la libertad con la que se manejaba Galletita—. ¿Dónde está?

—Acaba de entrar a Le Bleu. Está en un asiento del balcón que da a la calle con una botella de champán. Parece que espera a alguien.

Sin duda no a mí. Le Bleu era un restaurante de dos estrellas Michelin que estaba frente a mi edificio. De hecho, la oficina de Bruce tenía una vista directa.

Me di cuenta de dos cosas: 1) Era otra maniobra de Dallas diseñada para molestarme. 2) Era la última vez que se metería en mi vida.

No habría más segundas oportunidades.

No habría más espacio para negociaciones.

—Fíjate si hay paparazis cerca. —Apreté el chicle. Apostaría toda mi fortuna y mi testículo derecho a que sí.

Alan se despejó la garganta, haciendo una pausa, asumí, para buscar.

—Sí, señor. Los hay. Frente a la calle. —La sede de otra empresa que prácticamente besaba el edificio de Costa Industries. Licht Holdings—. Señor, alguien se acerca a ella. Colgaré y empezaré una videollamada para que pueda…

—No hace falta. —Me puse de pie y enderecé la espalda—. Lo adivinaré: un hombre alto algo rubio, con la nariz rota, un traje a medida y cero carisma.

—¿Có…? ¿Cómo lo ha sabido?

—Estaré allí pronto.

Colgué y procedí a dirigirme a la sala de conferencias al otro lado del pasillo. De alguna manera, Galletita había descubierto a su escolta, no le gustó y tomó represalias al reunirse con Madison en algún lugar público.

Mensaje recibido.

Ahora era el momento de entregar el mío.

El objetivo de Madison en este arreglo podría ser identificado con los ojos vendados desde la cima del Monumento a Washington. Que lo vieran con mi esposa, que los diarios locales lo documentaran, me humillaba.

Pero yo jugaba a largo plazo. Además, cada minuto que pasaba sin irrumpir en el restaurante y armar un escándalo aumentaría la incomodidad de los dos.

Mi dedo índice presionó el botón del intercomunicador.

—Cara.

Mi asistente apareció, apresurándose detrás de mí con tacones altos, un iPad sujeto entre los dedos.

—¿Sí, señor Costa?

—Te enviaré una lista de personas con las que necesito hablar urgentemente.

—¿Urgente cuándo?

—Urgente ahora.

Durante cincuenta y cinco minutos, Dallas y Madison se cocieron a fuego lento en su propia incomodidad mientras yo terminaba una conferencia telefónica, seguida de un plato completo de coles de Bruselas y pechuga de pollo preparado por el chef de la empresa.

Los mensajes de texto de Alan llegaban en intervalos periódicos.

Alan Reece: Es muy raro, señor. Solo están sentados, sin hablar.

Alan Reece: Parece que esperan algo.

Ese algo era yo.

Alan Reece: Los dos comen atún azul. El hombre mira su reloj cada dos segundos.

Si Madison esperaba que le diera una paliza en público, se llevaría una gran decepción.

Le concedería algo a mi joven esposa. Para un hombre que se enorgullecía de tener un rango de emociones prácticamente inexistente, de alguna manera lograba hacerme sentir. Ira, frustración, molestia y disgusto, pero sentir de todos modos.

Por fin, una hora después de que Dallas y su exprometido desfilaran en Le Bleu, me dirigí hacia allí. Me encontré con Bruce en el ascensor.

—Parece que sigue el drama con tu pequeña belleza sureña.

—Presionó el botón del vestíbulo, observando cómo los números sobre las puertas correderas bajaban.

Seguro que había visto a Madison y a Dallas desde su oficina.

Difícil de pasar por alto el mar de paparazis afuera—. No puede ser bueno para tu reputación.

Me alisé el traje con una mano.

—Tampoco sería bueno que apareciera un artículo en Page Six sobre cierto candidato a CEO teniendo un romance con una trabajadora del campo de golf.

Su sonrisa desapareció más rápido que una cesta de panes gratis frente a Dallas en el Olive Garden.

—Eso es un rumor malicioso y descarado.

—Díselo a la pequeña Ginny, que me prometió hacerlo público si le pago la deuda estudiantil.

Tan pronto como crucé la puerta giratoria de la entrada de Costa Industries, los paparazis me rodearon como pirañas hambrientas, tomando cientos de fotos.

Sesenta minutos de anticipación engreída se fundieron mientras cruzaba la calle. Galletita estaba encorvada en el borde de una silla Wassily en el balcón de Le Bleu. Al verme, enderezó la postura. Ella escudriñó cada centímetro de mí, con ojos sagaces desesperados por leer mi rostro impasible.

Siguiendo su línea de visión, Madison también me fulminó con la mirada. Con una sonrisa rara y utilizando hasta la última gota de serenidad en mi torrente sanguíneo, subí tres tramos de escaleras hacia el restaurante.

En las puertas dobles, una anfitriona y dos camareros hicieron reverencias profundas al abrir ambos lados.

Entonces la noticia había llegado a la gerencia.

Ya estaba disfrutando de los frutos de mi trabajo.

Me dirigí hacia Galletita, cogí una silla de una mesa ocupada sin permiso y me senté sin preguntar con mi esposa y su exprometido.

—¿Cómo está el atún, querida? —Le arrebaté el tenedor, corté un buen trozo jugoso y me lo metí en la boca.

Dallas se rascó la sien, frunciendo el ceño.

Destellos de cámaras brillaban en mi periferia—.

Querida, por favor, cierra la boca. —Usé la punta de mi dedo para cerrársela, luego ensarté un pedazo de pescado y lo sostuve entre nosotros—.

Es muy poco elegante parecerse a lo que comes.

Madison carraspeó.

—Estábamos en medio de algo. —El sudor brotaba de sus poros, mientras buscaba un colapso que nunca llegaría—. Nadie te ha invitado a acompañarnos.

Lo miré.

—Tienes toda la razón. Pero estoy aquí con una propuesta.

Madison alzó una ceja.

—Sea lo que sea, no me seducirá.

—Sígueme la corriente.

—Romeo… —Galletita cogió su vaso. El agua salpicó hasta el borde, cortesía de su mano temblorosa.

¿Qué había pasado con la fuente de actitud desafiante en la que me ahogaba cada momento del día?

Sorprendentemente, esta versión tímida de ella no me resultaba tan atractiva como la fogosa a la que me había acostumbrado.

Que pensara en ella lo suficiente como para desarrollar preferencias debería haberme preocupado.

Madison tensó la mandíbula. Su intento fallido de intimidarme provocó una risa rara y genuina por mi parte. Cogí la servilleta de lino de Dallas y di pequeñas palmaditas en las comisuras de mis labios.

—Dado que os resulta difícil manteneros alejados el uno del otro, he llegado a la inevitable conclusión de que ya no puedo interponerme en lo que sin duda es una historia de amor épica.

El silencio era tan denso y ruidoso que parecía una morgue. Madison fue el primero en hablar.

—Te casaste con ella.

—Lo hice, es cierto. Pero hay un invento llamado «divorcio». Es muy efectivo y rápido, en especial para personas con acuerdos prenupciales a prueba de bombas como los nuestros. —Apreté la mano rígida de Dallas—. ¿No es cierto, cariño?

Estaba pálida como la nieve recién caída e igual de congelada. Como siempre, sus sentimientos estaban escritos en su rostro.

Sí, tu plan ha fracasado.

Sí, sé que quieres a Madison Licht un poco menos de lo que quieres que te ampute las extremidades un tiburón.

Y sí, ambos sabemos que Madison, de hecho, es peor que yo.

Madison arrojó su servilleta sobre el plato.

—Le quitaste la virginidad.