Capítulo cuarenta y dos
Romeo
Adopté un hábito nada recatado. El hábito incluía observar a Dallas durante mi jornada laboral a través de las cámaras de seguridad de mi casa y contratar a un equipo de seguridad para seguirle los pasos cada vez que salía.
Considerando que mi industria polémica me convertía en un objetivo ambulante, podría haberme puesto excusas sobre preocuparme por su seguridad. Pero en el fondo, sabía que la había seguido porque quería asegurarme de que no estaba haciendo nada que le tuviese prohibido hacer.
Que, en mi defensa, solo era una: acostarse con otros hombres.
En las semanas que llevábamos viviendo juntos, mi delicada flor había logrado bastantes cosas, entre las que estaban haber abandonado oficialmente su programa de grado en Emory, financiar sola una gala de concientización sobre el Síndrome de Muerte Súbita del Lactante, saldar deudas médicas existentes en no menos de tres hospitales infantiles regionales y probar todos los restaurantes con estrella Michelín a una distancia manejable.
Se pasaba el día leyendo libros, intimidando a grandes corporaciones para que donaran a la investigación del Síndrome de Muerte Súbita del Lactante y jugando a juegos de mesa con Hettie y Vernon.
Por la noche, veía cualquier tontería en Netflix y suspiraba por los bebés de otras personas en las redes sociales.
Personalmente, no veía el atractivo en los niños. Que ella quisiera tanto uno sugería que necesitaba con desesperación un pasatiempo.
Y no, comer no era una actividad recreativa, como ella había intentado convencerme varias veces.
También se encargó de reorganizar toda mi casa, empujando los muebles hacia áreas donde no debían estar. No creo que lo hiciera para molestarme, sino más bien porque no podía contener su deseo de hacer que su entorno fuera tan caótico como ella.
Una mañana, la encontré en mi oficina, sentada en mi silla de respaldo alto con ruedas. Hettie estaba en el reposabrazos, separando el relleno blanco de las galletas Oreo. Me dirigí a mi escritorio y cogí mi portátil.
—¿Qué estás haciendo?
Galletita lamió el interior de una Oreo.
—Colgando nuestro retrato de bodas.
—¿En mi oficina?
—¿Dónde más lo colgaría? —Asintió para que Vernon levantara el borde izquierdo, luego le indicó que se detuviera con una galleta en alto—. Perfecto.
Observé la imagen y me fijé en un hecho importante.
—No estoy en la foto.
Ella sonrió.
—Lo sé. ¿No es perfecto?
Dejé el retrato en su lugar, sin estar seguro de por qué. Pero su imagen me perseguía cada vez que entraba en mi oficina. Mi cartera de valores, al igual que mi patrimonio neto, había caído en picado desde mi matrimonio, algo que mis amigos disfrutaban sacando a colación en cada oportunidad.
Ollie vB: Parece que vas camino a ser millonario. Felicidades.
Zach Sun: A este ritmo, quemarás tu patrimonio neto más rápido que Bankman-Fried.
Ollie vB: ¿Quién pensó que era buena idea darle dinero a alguien cuyo nombre al revés se traduce como hombre banco frito?
Romeo Costa: Lo dice el que invirtió en los Chicago Bulls porque el logo dado la vuelta parece un robot teniendo relaciones con un cangrejo…
Ollie vB: De hecho, es un niño alienígena leyendo la Biblia. Y me dices hereje a mí.
Zach Sun: Hereje es una palabra muy suave para lo que eres. ¿Qué tal pagano? ¿Infiel? ¿El mayor exponente de la caída en desgracia de una civilización educada?
***
En general, Dallas y yo coexistíamos en paz al ignorar la presencia del otro. Galletita rompió la racha cuando irrumpió en mi estudio, días después, empapada en sudor, e interrumpió mi reunión virtual. Salí, no tan irritado como debería estarlo.
En lugar de saludarme, lo cual sería demasiado educado para mi esposa banshee , ella plantó los nudillos en mi escritorio, lo que lanzó mi ratón a mi regazo.
—Necesito tu ayuda.
Hice un inventario de Dallas, observando el mando apretado en su puño y el rubor enojado que decoraba sus mejillas. Solo ella se emocionaría tanto por un episodio de Cheaters .
Me recliné en mi silla y entrelacé los dedos, ya debatiendo lo que pediría a cambio.
—Si se trata de venderle tanques a tu amigo del instituto como adorno para su despedida de soltero, ya te dije que tengo las manos atadas.
—Ayúdame a formar un grupo de presión político para la seguridad de productos infantiles. —Ella se secó el sudor de la frente—. Sé que tienes contactos en D. C.
A estas alturas, su obsesión con los niños me hacía temer que secuestrara uno para apropiárselo.
Devolví mi ratón a su lugar correcto y abrí un correo electrónico de Cara.
—Aunque apoyo la causa, Costa Industries no participa en política más allá del cabildeo en defensa. Es nuestra política de empresa mantener el apoyo bipartidista.
—Costa Industries no hará absolutamente nada. —Ella clavó su pulgar en su pecho—. Yo trabajaré para el grupo de presión.
—Tú eres mi esposa y, por lo tanto, una extensión de Costa Industries.
Un consejo, hacer lobby es un trabajo imposible en general, y mucho menos una ocupación adecuada para empezar.
Intenta caminar antes de correr. —Observé el sudor perlado de su sien—.
Solo el camino desde el sofá hasta mi estudio parece haberte agotado.
—He tenido un trabajo.
—Operar la cámara de besos para tu equipo de baloncesto universitario no cuenta. Sobre todo porque te despidieron.
—Injustamente.
—Convertiste la cámara de besos en una cámara de bebés.
—¿Adónde quieres llegar? —Ella dejó el mando y rodeó el escritorio para ponerse a mi lado—. En las noticias han dicho que hay un proyecto de ley para derogar la prohibición de los protectores de cuna. Aumentan el riesgo de SMSL.
¿Qué le pasaba con el SMSL? Ya había encontrado docenas de cargos en su tarjeta de crédito para más organizaciones benéficas de SMSL de las que sabía que existían.
—No puedo arriesgarme a tener ninguna debilidad que Bruce y Senior usen. —Reenvié un documento para su corrección y pasé a un correo electrónico de un analista financiero—. Esto incluye romper una política de la empresa.
—Rom.
—Mi respuesta no cambiará.
Vaciló un momento, retrocedió antes de acercarse. Sus ojos se cerraron despacio. Muy, muy lentamente, se arrodilló. Por un momento, no respiró. Yo tampoco.
Por fin, abrió los ojos. Apoyó un puño blanco como la leche en cada rodilla, mirándome con tanta intensidad que me pregunté si encontraría mi alma.
—Te lo estoy suplicando literalmente, Romeo.
—Y literalmente estoy respondiendo a tu solicitud de la manera más pragmática y lógica…
—¡Que le den a tu pragmatismo! —Su aliento escapó en jadeos pesados y erráticos, sus ojos echaban fuego y elevaban la temperatura—. ¿Alguna vez te has preguntado por qué me importa tanto?
Claro que sí.
Todo el tiempo.
Pero no dije nada, esperando a que ella continuara.
—Cuando tenía seis años, Frankie y yo por fin conseguimos lo que queríamos.
Una hermana. Una niña preciosa. Mamá nos dejó elegir su nombre.
Victoria. —Tragó saliva. Me estaba mirando, pero no realmente.
Me quedé rígido en mi asiento. Por primera vez en mucho tiempo, el pánico me envolvía, atravesándome los huesos con una familiaridad sorprendente.
Mierda—. Era encantadora. Tan dulce, regordeta y feliz.
Saludable. Estaba sana, Rom. —Aún de rodillas, Dallas frunció las cejas al tomar el recuerdo entre los dedos temblorosos que entrelazaban su pasado—.
Recuerdo el día en que la encontré. Un domingo.
Desperté más temprano de lo habitual para escoger vestidos a juego para la misa.
Victoria, Tory, tenía apenas cuatro meses.
—Ella se detuvo, pasando una mano por su camisa, como si pudiera aliviar el dolor—.
La encontré azul y rígida. Todavía parecía dormida. Angelical y cómoda. Pero… azul.
Su hermana murió de SMSL.
Todo tenía sentido.
Su fascinación por el tema. Su enfoque obsesivo en los bebés. La primera muerte que había presenciado, una tragedia de proporciones magníficas, la transformó en una persona diferente.
Y me suplicaba que la ayudara a luchar contra ese demonio.
Pero yo tenía mis propios demonios a los que enfrentarme.
—Romeo. —Ella posó sus manos en mi regazo, mirándome con desafío, con dolor, con crudeza, pero vi que no había lágrimas—. Por favor. Ayúdame a hacer esto por Victoria. Ella falleció, pero su legado aún puede perdurar.
Me destrozaba hacerle esto. Negarle algo tan profundo e importante.
Tan propio de Galletita.
Acaricié su mandíbula, levantándole el mentón, luchando contra el nudo en mi garganta.
—Puedes donar otra ala a cualquier hospital infantil que desees. El dinero no es un problema. Pero formar un grupo de presión nunca va a ser una opción.
Dallas se levantó despacio, centímetro a centímetro. Contuve la respiración.
—Eres un cobarde. —Habló con una voz carente de emociones, su expresión en blanco—. Por suerte, eres mi cobarde. Ahora conozco tu debilidad, Romeo. Y pienso usarla.