Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

Dallas

El pene de Romeo podría curar la depresión.

Por desgracia, no curaba el odio. Tiré las bragas manchadas de sangre menstrual a la basura y busqué un tampón.

La decepción que me invadió no fue porque había esperado quedarme embarazada tan rápido.

Tan solo no quería que una parada técnica temporal interrumpiera mi misión por romper el récord Guiness en cantidad de orgasmos.

El avión me sacudió como un globo de nieve.

Me aferré al lavabo para esperar que pasara la turbulencia.

Ya me dolía ahí abajo, listo para el retiro después de una sola semana de trabajo.

Cada vez que mis pezones rozaban el sujetador, el entumecimiento mutaba a dolor.

Cuando el avión se estabilizó, volví a la cabina principal justo a tiempo para ver a Romeo hojear su periódico.

Aún sentía un cosquilleo en el culo cada vez que veía un atisbo de sus manos fuertes.

Habíamos pasado nuestra estancia en Francia discutiendo o teniendo orgasmos.

Era muy probable que hubiera puesto en riesgo no solo mi virginidad, sino también la de mi futuro hijo.

Me desplomé en el sofá de terciopelo, esperando que Romeo me ignorara.

Y lo hizo. De hecho, en cuanto subimos al avión, había demostrado más interés en sus correos que en mí.

Bien. Que hiciera lo que quisiese. Hablé por FaceTime con Frankie, con mi madre y Sav mientras comía galletas de arroz y algas e ignoraba a ese idiota cruel y autoritario.

Cuando volvimos a casa, me di cuenta de que había olvidado pedirle a Hettie o Vernon que regaran la rosa blanca de mi mesita de noche. Ups. Corrí al piso de arriba en cuanto me acordé y dejé a Romeo en el vestíbulo con nuestras maletas, confundido y, como siempre, disconforme.

—De nada por la luna de miel de 1,4 millones de dólares, Galletita. —Lo ignoré subiendo los escalones de dos en dos mientras él murmuraba—: Lo repetimos cuando quieras.

Entré a mi habitación jadeando. Aunque no se me daba bien la jardinería, odiaba cuando las flores se morían.

Simbolizaban esperanza y fuerza. Porque después de cada invierno, llegaba la primavera y traía el florecimiento.

Un flor cuidada crecía hasta alcanzar su máximo potencial.

Me gustaba pensar que las personas se portaban igual.

¿Podría yo también florecer bajo mis circunstancias actuales?

Para mi asombro, la rosa blanca estaba perfecta en su jarrón improvisado.

No había ni un pétalo fuera de lugar. ¿Vernon la había regado?

Caí de rodillas delante de la flor y vi el tono verdoso del agua.

No. Parecía que la rosa había sobrevivido sola.

Vaya, qué curioso. Quizás Vernon tenía razón y había creado una subespecie de rosas que podía sobrevivir todo el tiempo que llevara enamorarse.

—Al menos una de las dos requiere bajo mantenimiento. —Toqué el tallo espinoso—. Gracias por sobrevivir. Eres la estrella, Rosa.

¿Acababa de ponerle Rosa a mi rosa adoptada como mascota? Pues sí, lo había hecho.

—Veo que conversar con las plantas es otra peculiaridad que debería añadir a tu lista infinita de singularidades. —Romeo estaba recostado contra el marco de mi puerta, parecía una estatua de hielo.

Lo fulminé con la mirada. Ahora que había desaparecido el filtro romántico y novedoso de París, y que ya no podía apretar su rostro entre mis piernas, recordé cuánto me desagradaba. Cantidad precisa: una tonelada.

—La tía de rojo ha venido de visita, por si vienes a por un… tentempié .

—Te pido por favor que no me recuerdes que tienes parientes. Tengo estrés postraumático grave causado por cada Townsend que he conocido hasta ahora. —Se apartó del marco y entró a mi cuarto sin invitación—. No he venido a satisfacerte, Galletita. Lo creas o no, mi interés va más allá de tu cama.

—No te preocupes. Sé que tu arco narrativo es cargarte el imperio de tu padre. Eres como un villano de Marvel mal escrito, pero con mejor corte de pelo.

Me miró, inexpresivo, parecía una torre.

—Me mudaré. —Mis rodillas permanecieron pegadas al suelo de madera.

La escena era terriblemente humillante, así que me puse de pie y quité el polvo de mi vestido.

Él buscó algo dentro de su funda metálica y se metió dos chicles en la boca—.

El trabajo es una locura porque está en juego un acuerdo con el Departamento de Defensa.

Había leído algo al respecto en las noticias locales. También lo había archivado en mi cerebro dentro de la carpeta de Cosas que no me importan . Otra competencia de egos entre los Licht y los Costa, con una melodía de soprano de unos seiscientos millones de dólares.

Puse los ojos en blanco.

—Siempre tienes mucho trabajo. Al menos sé sincero y admite que quieres alejarte de mí.

Me observó con menos interés que a una señal de tráfico.

—Eres una distracción y sabes que no me gustan.

—Soy tu esposa .

—Estás repitiendo lo que dije. —Después, con un suspiro, apartó los ojos de mí—.

Probablemente te visite el fin de semana para ver cómo está la casa.

Puedes invitar a tus parientes y amigas cuanto quieras, siempre y cuando ningún hombre cruce estas puertas.

Con hombres, también me refiero a Madison, aunque él no encaja en esa categoría.

—Espera, no puedes irte. —Me apresuré a acercarme a él y bloqueé la puerta. No sabía por qué me resultaba tan difícil digerir el concepto.

Él se movió y pasó a mi lado.

—Lo haré y estás en mi camino.

Avancé delante de él y coloqué un brazo a cada lado del marco de la puerta.

—La única manera de salir es por encima de mí.

—De acuerdo. —Se crujió el cuello—. Así será, señora Costa.

Romeo avanzó hacia mí, me tacleó con el hombro y me colocó sobre su hombro antes de avanzar por el pasillo como si no estuviera cargando una persona.

Golpeé su espalda, gruñendo.

—Bájame, eres un arrogante… frío… necio…

—No soy necio. —Me pasó a su otro hombro y sospechaba que no era por mi peso, sino más bien por la incomodidad que le daba—. Pero los otros adjetivos me identifican.

Mi cabeza se tambaleaba y chocaba con su espalda a cada paso. Cargaba mi peso sin dificultad. Lo bueno era que evidentemente podía comer más dado que mi peso parecía inexistente.

Romeo bajó la escalera. Vi mi maleta sola en el vestíbulo y me fijé en que él nunca había entrado la suya. No mentía. Nunca había planeado quedarse.

Romeo rodeó la escalera y me dejó en la cocina, delante de una Hettie confundida.

—Desde este preciso momento, la señora Costa está entre sus responsabilidades, señorita Holmberg. Supervisará su comportamiento, incluyendo indiscreciones y percances potenciales. Se asegurará de que no se meta en problemas, dado que parece tener predilección por ello.

Hettie frunció el ceño.

—¿Y qué gano yo?

—Un aumento de ciento cincuenta mil dólares y el placer de conservar su trabajo.

—De acuerdo. —Silbó y le hizo un saludo con dos dedos en la frente—. Es un trato, jefe.

Gruñí.

—Traidora.

—Trabajadora —corrigió Hettie.

Segundos después, Romeo abandonó la casa (y mi vida) como si París nunca hubiera pasado.

Miré a Hettie, hecha una furia.

—Guau. Solo has necesitado ciento cincuenta mil dólares para traicionarme.

Hettie no parecía afectada por mi furia.

—Ciento cincuenta mil dólares es mucho dinero para una persona promedio, Dal.

—Sabía que tenía razón. Pero ahora que Romeo no estaba presente, tenía que descargar mi furia con alguien más—.

Además, no he dicho que sería una niñera buena.

—Hettie se encogió de hombros—. Mi trabajo es cocinarle la avena.

Nadie puede culparme si se me da mal mi trabajo secundario. —Me guiñó un ojo.

Sonreí.

—Gracias.

—De nada. Solo no te aproveches, no organices orgías masivas y no quemes la casa, ¿de acuerdo?

—Lo intentaré —dije, y para mis adentros añadí que haría, como mínimo, todo lo que estaba en la lista que me había dado.

Me arrastré al piso superior y volví a mi cuarto, donde me pasé el resto del día leyendo enfurruñada. Mi mente se había ido a miles de kilómetros del reino lejano en el que transcurría el libro. Antes de ir a la cama, noté que un pétalo de la rosa había caído. Solo uno.

¿Ves, Vernon? La rosa se marchita y mi odio hacia mi marido no.

Negando con la cabeza, me metí en la cama.

Me vengaría de Romeo Costa. Aunque fuera lo último que hiciera.