Mi oscuro Romeo (Dark Prince Road 1) Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

Romeo

Caminé por toda la Rue du Faubourg Saint-Honoré, masticando siete chicles y arrancándome el pelo del cuero.

¿Por qué cojones había provocado a Galletita con ese cepillo de dientes?

Encima la ninfa testaruda casi me sigue la corriente.

En lo que a mí respecta, era un desafío.

Uno que me había explotado en la cara de un modo espectacular.

Ella había logrado que dijera groserías. Y que la abrazara.

Sí, podría ir a la farmacia y comprar una caja de condones. Reforzados. Para después acabar la caja y comprar otra. Y otra. Y cuando uno de los cien condones se rompiera, podrían añadirnos al elenco de Doce en casa. No, gracias.

Una idea cobró forma en mi cabeza. La consideré mientras caminaba de un lado a otro de la calle. Galletita suplicaba experimentarlo una vez. Que me la follase una sola vez. No era mucho pedir. Podía quitármelo de encima y seguir con mi vida.

Antes de tener la oportunidad de reconsiderarlo, volví al hotel. Nunca esperé que Dallas se quedara dormida de verdad. No después del día que habíamos tenido.

Pero había subestimado la pereza de mi esposa. No solo estaba como un tronco, sino que también roncaba con medio escón sin terminar pegado en el pecho.

Tomé asiento al borde del colchón, puse el escón en la mesita de noche y le puse un cabello suelto detrás de la oreja.

Oliver tenía razón. Era irresistible. Era preciosa, inocente y vivaz a la vez.

Una rosa salvaje exquisita y llena de espinas.

Ni siquiera vacilé antes de quitarme los zapatos y el pantalón.

Con solo la ropa interior puesta, me puse de rodillas entre sus piernas y la acaricié con la nariz por encima de su ropa interior.

Ella murmuró dormida, retorciendo un poco el culo. Una sonrisita apareció en sus labios. Presioné mi lengua cálida en el centro. Gimió. El algodón se mojó por mi boca y su cuerpo al seguir el ritmo de mis intenciones. A través de la tela delgada, la toqué y succioné para provocarla.

Sus pezones se pusieron rígidos bajo su top de satén y abrió los ojos. Para mi gran placer, aún estaba somnolienta, no era del todo consciente. Quizás permanecería callada para variar. Con un gemido suave, se acercó.

—Más. —Succioné más fuerte y suavicé la presión. Introduje mi índice y mi dedo mientras empujaba la tela débil y la cogía con los dedos a la vez—. Mmm… Bien.

¿Bien? Llevaba casi media década sin tocar a una mujer.

«Bien» no bastaba. Los muslos de Galletita temblaban sobre mis orejas.

Sus dedos encontraron mi pelo y tiraron fuerte.

Lo hice más brusco, succionando uno de sus pechos por encima del top y pellizcando su pezón.

Por fin, abrió los ojos de par en par. Parpadeó y me miró detrás de una cortina de lujuria inocente.

Por un segundo, pensé que podría acostumbrarme a esto. Luego, recordé lo que Oliver había dicho sobre ella. Una flecha de posesividad me atravesó e hizo que añadiera un tercer dedo. Provoqué su clítoris con la punta de mi lengua, moviéndome en círculos.

Se sacudió hacia delante y se deslizó por el largo de mi nariz.

—¡Mierda! —gritó mi preciosa esposa y de crianza sureña inocente—.

Con razón papá no nos dejaba tener citas.

De haber sabido que sería tan agradable, hubiera tenido sexo con todos los chicos de mi grado.

—Casi me ahogué en su ropa interior. No sabía si por la risa o por el desconcierto—. Sí. Sí. Así, pero tal vez… más rápido.

La alegría infantil en su voz me aceleró el pulso. Mi corazón golpeaba contra mis costillas. No recordaba la última vez que lo había sentido funcionando como correspondía. En general, hacía lo mínimo para mantenerme vivo y nada más.

Se retorció y gimió debajo de mí, apretando mi cráneo con sus muslos en una llave letal, asegurándose de que no me fuera a ninguna parte.

Necesitarían tres ejércitos y un apocalipsis para apartarme un centímetro de ella.

Dallas Costa era arte puro. Quería enmarcarla en este momento y volver a la escena cada vez que tuviera el impulso de devorarla.

Era tan receptiva. Vibraba con entusiasmo genuino.

Nada en su respuesta era premeditado o calculado.

Era despiadadamente sincera cuando me decía cuánto me odiaba con todo su ser.

Y cuando la desarmaba con mi lengua y mis dedos.

Lo mejor de todo era que era muy diferente a Morgan Lacoste, que solo se relajaba y se entregaba cuando iba borracha, que era mucho más frecuente de lo sanamente normal. A la despiadada y calculadora Morgan le importaba más tener buen aspecto durante el sexo que disfrutar del acto.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Estoy cerca! —Mi estrella porno sin domesticar me empujó tan fuerte entre sus piernas que mis niveles de oxígeno bajaron drásticamente.

Apretó mis dedos detrás de su ropa interior cuando un orgasmo la atravesó en olas.

La humedad empapó el algodón. La besé por encima de la tela, una y otra vez, sabiendo que mañana todo volvería a su sitio: mis límites, mis distancias, mis demonios.

—¿Puedo devolverte el favor? —Dallas se incorporó a medias—. Pero no con la ropa interior puesta. La de los hombres siempre huele a queso viejo. Lo sé porque cada vez que mi criada se iba de vacaciones, todos nos turnábamos para lavar la ropa. Y, bueno, no debería decirlo, pero mi padre…

Sin dejar que estropeara el momento hablando sobre la ropa interior de su padre, avancé y cerré su boca sabelotodo con un beso que sabía a ella.

Al principio, frunció los labios e hizo una mueca, insegura de su opinión respecto a su propio sabor.

Pero cuando deslicé la punta de la polla entre sus piernas con la ropa puesta, enloqueció y me devolvió el beso; introdujo la lengua tan hondo que creí que vomitaría la cena.

—Sí. —Se retorció contra mí—. Por favor, señor, ¿me daría más?

Había citado a Oliver Twist mientras teníamos sexo. En serio, era una mujer única.

Sabiendo que era algo idiota, peligroso y desquiciado, introduje la punta. Estaba tensa (más tensa aún por la tela manchada y estirada de su ropa interior destrozada), pero húmeda y resbaladiza, lista para lo que vendría.

La sensación, lo cálida y apretada que estaba, me destruyó por completo.

Empujé más fuerte y profundo, sobre nuestra ropa interior, y la follé despacio separados solo por una capa delgada de tela.

Aparté mi boca de la suya, clavé los ojos en mi pene cada vez que lo hundía en ella.

Apenas entraba, estaba tan apretada. Por lejos, era el mejor sexo que había tenido. Ella jadeaba.

—¿Esto es lo que llaman «frotar en seco»?

No. Nada de esto era seco. Básicamente estaba follándomela con la ropa interior puesta. Solo que explicarle que esto era sexo con todas las letras acompañado de mis problemas no formaba parte de mis planes para esta noche. O nunca.

—Sí.

Cada embestida me acercaba más al orgasmo.

Me desvié rápido de los empujones lentos, controlados y provocadores diseñados para enloquecerla de deseo, y comencé con los empujones temblorosos y maníacos propios de mi necesidad de estar dentro de esta mujer.

Propios de un hombre famélico por la conexión humana, el afecto, y la satisfacción de sus necesidades carnales.

La cabeza me daba vueltas. Había considerado la posibilidad de que Dallas no llegara al orgasmo a través de la penetración.

Era algo que le pasaba a la mayoría de los ejemplares femeninos del planeta Tierra.

Pero ella temblaba, arañaba y me buscaba, lista para el orgasmo.

Sus pechos rebotaban cada vez que la penetraba.

Abría la boca asombrada, tal vez porque este orgasmo era diferente a los primeros dos. Era más profundo y violento.

Se aferró al cuello de mi camisa y empujó su rostro contra el mío.

—Quítate la ropa interior. —Recibió mi embestida, gruñó cuando mi pene asomó por fuera de mi bóxer—. Quiero que me acabes dentro. Quiero sentirte.

Estaba a dos segundos de cumplir con lo que me pedía. Por suerte, la lógica tomó el mando que mi pene había robado en algún momento de la noche y evitó que la situación se volviera una calamidad de proporciones épicas.

Logré esperar a que ella acabara antes de retirarme, hacer que se recostase sobre el estómago y correrme. Apunté a su culo desnudo, pero le aparté el pelo. No importaba. Tenía más que tiempo suficiente para lavárselo. No tenía la agenda llena.

Dallas se recostó entre las almohadas con una sonrisa.

—Es oficial. —Me acercó a ella y me llenó la cara de besos torpes y húmedos, recordándome una vez más que la diferencia entre ella y un cachorro era casi inexistente—. Tener sexo es mi nuevo deporte favorito.

—El sexo no es un deporte.

—Debería serlo. Lo practicaría todo el día si lo fuese.

—Existe. Se llama prostitución. —Caí sobre ella sin preocuparme para nada de su peso liviano, extendí la mano hacia la mesita de noche y me metí dos chicles en la boca—.

No volverá a pasar. —Rodé para apartarme de ella, tenía el cuerpo cubierto de sudor y los músculos tranquilos por primera vez en años.

—Sí, cariño. —Aplastó sus pechos contra mi brazo. Debajo de nosotros, las sábanas estaban empapadas por todo lo que acabábamos de hacer—. Solo ha sido esta vez.

Pero la tentación fue demasiada. Acabé dándome carta blanca durante nuestra luna de miel.

Durante una semana entera, practiqué sexo con Dallas con la ropa interior puesta cada vez que tuve la oportunidad.

Y cada noche, me la follé a través de una sábana, siempre con cuidado de eyacularle en la cara, la lengua o los pechos.

Estuve a punto de tener sexo sin protección en el Louvre.

Me la comí en La Madeleine. Incluso en una iglesia, porque la problemática de mi esposa no podía esperar a que volviéramos al hotel.

Incluso me rogó que le metiera los dedos en el Dodo Manège.

El patrón era deprimente y claro. Me había casado con una mujer con tendencias ninfómanas y yo tenía cero deseos de privarla de lo que quería.

Me controlaba. Tanto que ni siquiera esperaba que me devolviera el favor.

Estaba tan enamorado de sus partes que olvidé que era una planta carnívora, hambrienta por tragarse mi esperma.

Pero sí había algo que tenía claro. Cuando volviéramos a suelo estadounidense, necesitaba alejarme lo máximo posible de mi esposa.

Estar cerca de ella me pondría en una desventaja evidente en nuestra guerra psicológica.

Le llevaría un mes. Dos. Quizás un año entero.

Pero sabía que me convencería de tener sexo sin protección. Hasta que estuviera llena de mi semen.

Lo que Dallas Costa quería… Dallas Costa lo conseguía.

Y lo que quería ahora mismo era a mi heredero.