Capítulo diez
Dallas
El silencio flotaba en el aire.
Por supuesto, Romeo tenía un chófer.
Y, por supuesto, su chófer llevaba un uniforme de tres piezas, adornado con una gorra negra y guantes de cuero. Romeo trataba a todos los que le rodeaban como si fueran personajes de Los Sims . Las personas eran simples secundarios que servían para que la trama principal avanzara.
Miré por la ventana, viendo los coches pasar rápido, sabiendo que perdería el control si iniciábamos una discusión. Una matrícula de D. C. me guiñó un ojo, «impuestos sin representación» escrito en letras grandes.
Eso rompió el último hilo que mantenía mi rabia a raya.
Hablando de espíritus afines.
Estaba pagando un precio muy alto por un error y no tenía voz propia. Ojalá pudiera llorar de impotencia. Encontrar algún tipo de alivio.
Pero Romeo Costa no merecía mis lágrimas.
Ni siquiera merecía ninguno de mis fluidos corporales.
Por fin, giramos hacia una interminable calle bordeada de setos recortados y filas de portones dobles imponentes que ocultaban docenas de mansiones a la vista. Parecía apropiado que el tirano que iba sentado a mi lado viviera en la calle Dark Prince.
Varios minutos después, unas puertas de hierro colosales aparecieron frente al coche.
La entrada de medio kilómetro flanqueada por cerezos guiaba el Maybach hacia la casa de Romeo.
Quizás «casa» no era la palabra adecuada para describir una villa italiana de treinta mil metros cuadrados que se extendía sobre diez hectáreas de propiedad histórica anterior a la Guerra Civil.
Seis dormitorios, doce baños, dos piscinas y un viñedo privado.
La había investigado en internet.
Cuando pasamos los primeros doce árboles, Romeo recordó mi presencia.
—Debido a los riesgos derivados de mi trabajo, hay cámaras de seguridad instaladas en todas partes, en caso de que estés planeando fugarte.
No lo hacía.
Más que nada porque no tenía adónde ir.
Mi padre nunca me aceptaría (de todos modos, nunca le haría eso a Frankie) y me negaba a irme antes de tomar represalias por todas las cosas que Romeo me había hecho.
Elegí no responderle.
Se le tensó la mandíbula.
—Él cruzó la línea.
—Tú lo pisoteaste. —Hice todo lo posible para evitar que me temblara la voz—. ¿Por qué debes humillar a todos los que se cruzan en tu camino? No es un rasgo muy apreciable.
—No elegimos nuestros rasgos, solo los soportamos.
Era obvio que tenía suficientes traumas como para llenar una cinta transportadora de aeropuerto, pero me negué a complacerlo. Ninguna excusa podría perdonar su comportamiento, sin importar su historia.
Cuanto más nos acercábamos a su mansión, más detalles podía ver.
La exuberante vegetación envolvía la imponente mansión a la manera de Potomac.
La propiedad albergaba terrenos separados para el personal.
En el extremo opuesto, había un taller de ingeniería entre el umbral de un pequeño bosque y un edificio de seguridad.
Y yo que pensaba que mi familia estaba bien económicamente.
—Borra esa expresión —exigió Romeo. Sin duda tenía un problema con todo lo que yo hacía. O no hacía.
—¿Qué expresión?
—La de que planeas destrozar cada mueble de mi casa a modo de represalia.
Ni se me había ocurrido. Prefería vengarme con elegancia. Pero no le di ninguna certeza.
—No prometo nada.
—Vas a ser peor que un grano en el culo, ¿verdad?
—¿Un grano en el culo? —Incliné la cabeza—. Me has secuestrado, psicópata. No voy a ser un grano en el culo. Voy a ser, como mínimo, un tumor cerebral mortal.
Dicen que el destino no es más que las consecuencias de nuestras decisiones. Bueno, planeaba ser el peor destino que se podría haber planeado para él.
—Bien —dijo con desdén—, te concederé uno.
—Theo James —dije sin titubear—. En caso de que alguna vez lo conozca.
—No te estaba dando vía libre con un famoso. —La cara de Romeo se transformó. Saltaba a la vista que mi respuesta lo horrorizaba—. Me refería a un deseo. —Escudriñó mi rostro, como si ya lamentara haber extendido una rama de olivo—. Puedes pedirme una sola cosa. Te la concederé. Sin preguntas.
Lo miré de reojo.
—¿Dónde está la trampa?
—Me prometerás que te comportarás.
Nunca me comportaría. Pero mi rabia tampoco me permitiría quedarme callada. Se me dibujó una sonrisa amarga.
—¿Quieres saber qué deseo? —Su ceño fruncido me dijo que la respuesta era no .
El Maybach se detuvo frente a las puertas dobles de la finca.
Me enfrenté a él, mi mirada clavada en la suya, sin pestañear—.
Mi único deseo es que mueras en mis brazos, Romeo Costa.
Quiero verte cuando exhales tu último aliento.
Sentir cómo se te enfría la piel y te quedas inerte entre mis dedos.
Mi deseo es presenciar cómo luchan tus fosas nasales al consumir oxígeno por última vez.
—Hice una pausa y me llevé una mano al pecho—.
Quiero verte sufrir por todo el daño que me has causado.