Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo setenta y seis. Oliver
73%

Capítulo setenta y seis. Oliver

Capítulo setenta y seis Oliver

—Santo cielo. No me puedo creer que vaya a volver a ver a Felix y Agnes otra vez.

Briar se desabrochó el cinturón del asiento del copiloto y se bajó un poco el vestido de un tirón.

Podía bajárselo todo lo que quisiera; yo aún sabía que mi semen le corría por la cara interna del muslo debajo de esas bragas.

—Cuida tu lenguaje con ellos. —Salí del asiento del conductor y rodeé el coche para abrirle la puerta—. Siguen siendo igual de estirados que siempre.

Aceptó mi mano y estiró sus largas extremidades con una sonrisa.

—¿Me estás pidiendo que me porte bien?

—Solo esta vez. —Le di un beso rápido en los labios—. Y solo con ellos. El resto del tiempo quiero tu versión sin filtros.

Con los brazos entrelazados, caminamos hacia la puerta principal de la finca frente al agua que mis padres tenían en Oxford. El monstruo de dos mil trescientos metros cuadrados se alzaba sobre más de cuatro hectáreas de exuberante terreno verde.

Después del accidente, se refugiaron aquí, con la esperanza de atraer a Sebastian de vuelta gracias a la privacidad.

Hasta que se dieron cuenta de que no podían verlo cara a cara.

Los tacones de Briar trituraron la grava mientras subíamos los escalones del porche.

—Tengo un mal presentimiento con esto.

—¿Un mal presentimiento? Están fascinados contigo. —Y, al parecer, yo también—. Se mueren de ganas por volver a verte desde el reportaje del New York Times . La única razón por la que eso no había sucedido hasta ahora es porque no quería compartirte con nadie.

—¿Y ahora? ¿Te has cansado de mí?

—Nunca. —Apreté mi brazo alrededor del suyo—. Solo me he vuelto mejor fingiendo que mi obsesión contigo está bajo control para evitar que me internen.

Decidí no enfrentarme a Briar ni a Sebastian por haberme ocultado su amistad.

No quería interponerme en su camino.

Obviamente, sus interacciones funcionaban.

Preferiría cortarme un testículo antes que sabotear el progreso de mi hermano.

El timbre estaba a un lado, pero lo ignoré, empujé las puertas y entré directamente.

Escaleras curvas flanqueaban ambos lados del vestíbulo de mármol. Desde la sala llegaba un sonido apagado de voces. Copas que chocaban. Risas cantarinas.

Los susurros se entremezclaban, y estaba claro que no provenían solo de mi madre y mi padre.

Briar me miró con el ceño fruncido.

—No sabía que tus padres tenían invitados.

—Tampoco yo. —Pasé un brazo por sus hombros—. No te preocupes. Nos iremos temprano si no te diviertes.

Sus labios se torcieron en una mueca, pero aun así asintió. Estuve a punto de alzarla y llevarla de regreso al coche, pero logré detenerme justo a tiempo, sabiendo que sería capaz de hacer algo drástico, como negarme el sexo, si la hacía quedar mal frente a mis padres.

Avanzamos de la mano hacia el origen de las risas y nos detuvimos justo antes del umbral abierto de la sala.

Dos invitados ocupaban los sillones reclinables junto a mis padres, sosteniendo copas de champán y entremeses.

Briar se llevó una mano a la boca para sofocar un jadeo.

La pareja se giró a mirarnos con sonrisas amplias y despreocupadas.

Jason y Philomena Auer.

Philomena fue la primera en ponerse de pie.

—Bueno, hola, queridísima hija.