Capítulo setenta y tres. Oliver
Capítulo setenta y tres Oliver
Las siguientes ocho semanas se mezclaron en una neblina de orgasmos, paseos junto al lago, noches de películas y citas en restaurantes vegetarianos (ey, no todo es perfecto todo el tiempo). No importaba. Nos habíamos sumido en la felicidad.
Briar y yo no hablábamos del futuro. Por acuerdo tácito, lo clasificamos como radiactivo. Una perspectiva volátil que ninguno de los dos quería considerar. Ella no debía renunciar a su carrera en Hollywood por mí —y no lo haría—, y yo no podía dejar a Seb aquí solo —y no lo haría tampoco—.
—Eres un idiota —anunció Eli antes de mi reunión con dos miembros de la junta. Para un asistente glorificado, tenía una boca impresionante—. Te van a odiar en cuanto los lleves al estanque, solo para darse cuenta de que lo vaciaste porque esa chica se cayó.
—Esa chica es mi prometida.
—¿Ese anuncio del New York Times era real? Pensé que alguien te estaba haciendo una broma pesada.
—La única broma aquí es la que me hizo mi padre al contratarte. —Le palmeé la mejilla al salir.
El sol calentó mi cuello cuando me acerqué a John y Edward. Silbé para saludarlos al acercarme. Se habían bronceado durante sus dos meses en Dubái. Bueno, Edward se bronceó. John solo se puso rojo. John me dio una palmada en el hombro.
—Te ves bien.
—¿Sí? —Levanté una ceja, empezando a bajar por el camino hacia el estanque vacío. Montones de tierra fea y malas hierbas brotaban del agujero.
—Sí —dijo Edward desde mi otro lado—. Menos cansado.
—Mmm —asentí, dándome cuenta de que, a pesar de mis desvelos con Briar, había dormido más en las últimas semanas que en los últimos quince años.
¿Cuándo fue la última vez que tuviste una pesadilla?
Los tres caminamos alrededor del cráter gigante mientras yo intentaba renegociar la apertura del maldito parque de esquí programado para abrir en Dubái antes de que Briar me cortara las pelotas por arruinar el planeta.
John y Edward comenzaron a hablar al mismo tiempo, divagando sobre accionistas y trayectoria del mercado.
Pero, sobre todo, sabía que odiaban haber dedicado meses de sus vidas a un proyecto que yo quería cancelar.
John, quien debía tener unos doscientos años, clavaba su bastón en el suelo con cada paso.
—Vemos hacia dónde sopla el viento, y hay mucho interés en Dubái por ese tipo de lugares.
—Sí, realmente no me importa —admití, con la vista fija en una persona que estaba sentada en un carrito de golf—. No estarás aquí cuando este mundo colapse. No te importa arruinarlo todo.
—Tú tampoco estarás aquí, hijo —contestó riendo Edward, un tiburón de la inversión privada de más de sesenta años—. No eres tan joven.
—Tienes razón. —Me desplomé al darme cuenta de que la mujer que tenía cerca era de cabello rubio ceniza, no rubio rojizo. No es que no supiera que Briar estaba en una cita de repostería con Dallas—. Pero mis hijos sí lo harán.
Desde cuándo te importan tus hijos, que ni siquiera existen todavía.
Desde que la idea de tenerlos se volvió real.
Dios, estaba mal. Necesitaba reorganizarme con urgencia.
—Bueno, con todos los respetos, si tú no vas a arruinar este planeta, alguien más lo hará. Aquí lo único que manda es el dinero. —Edward resopló—. No trates de ser más papista que el Papa.
Empezamos a avanzar hacia el aparcamiento. Sabía que no apelaría a su conciencia porque no tenían ninguna, así que decidí cortar la conversación.
—Es cierto que no puedo controlar las acciones de otras personas.
—Me detuve junto a sus coches—. Pero sí puedo controlar las mías, y elijo no rebajarme al nivel de un ejecutivo petrolero codicioso.
Así que no, no habrá un centro de esquí en un lugar donde normalmente se alcanzan los cuarenta grados. Fin de la discusión.
—¿Consultaste esto con tu padre? —John apretó su mano alrededor del llavero—. En sus tiempos, no habría rechazado un buen trato solo porque tenía esa cosa molesta llamada sentimientos.
—Estoy tomando una decisión ejecutiva —dije con calma. Papá no lo sabía aún, pero lo sabría. Pronto. No podía ocultárselo más—. Y mi padre ya no pinta nada aquí, así que no importa.
Ed negó con la cabeza como si fuera un caso perdido.
—¿Qué te ha pasado?
—Amor —dije con una sonrisa, entregándolos a las manos de sus devoradores de gasolina—. El mío regresó y nunca lo voy a dejar ir.