Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo sesenta y seis. Briar
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Capítulo sesenta y seis. Briar

Capítulo sesenta y seis Briar

La venganza es un plato que se sirve frío.

La mía se serviría en una bandeja de helado.

Cuando Oliver regresó a casa con comida para llevar por la que había conducido una hora, me encontró en la cocina sirviendo helado casero de coco con miel en un cono de waffle que había sumergido en chocolate blanco y cubierto con virutas de colores.

Se lo empujé hacia la cara mientras le daba un beso en la mejilla.

—Todo tuyo.

La simple visión de él después de cuatro días sin verlo me dejó casi sin aire.

Se veía tan guapo con su camiseta negra de cuello en V y sus pantalones elegantes. Y esas venas que zigzagueaban por sus antebrazos, y el indicio de su abdomen marcado bajo la camisa, y Dios, esas extremidades bien formadas.

De acuerdo. Sentía una tensión sexual insoportable con solo saber que este hombre existía en mi mismo código postal, y ni hablar de bajo el mismo techo.

Pero eso no significaba que fuera a perdonarlo solo por estar tan bueno.

Los ojos de Ollie se entrecerraron.

Bajó la mirada para examinar el cono.

—¿Cuál es la trampa?

Le puse una cereza encima.

—No hay trampa.

Cruzó los brazos con el ceño fruncido, lo que hizo que sus bíceps se marcaran aún más.

—¿Está todo bien?

—Fantástico. —Sonreí de oreja a oreja—. Por favor, dime qué te parece mi helado. Es una receta especial.

—¿Una receta especial que incluye trióxido de arsénico y fosgeno? —Examinó mi rostro en busca de enfado o molestia.

No mencioné nada del artículo del New York Times , y tampoco lo había visto en días. La tarde en que me enteré, había dejado mi udon en la puerta y se había ido antes de que pudiera confrontarlo.

—Vamos. —Hice un puchero—. ¿Dónde ha quedado la confianza?

—No en la mujer que anoche me dibujó dos penes en la cara con un Sharpie de súper resistencia mientras yo dormía —dijo, señalando su rostro, que todavía parecía tener unas mínimas sombras con forma fálica en cada mejilla.

Bueno, tal vez sí me vengué por ese anuncio de compromiso. Pero hay que reconocer lo impresionante que fue que lograra dibujarlos en completa oscuridad. Ni siquiera usé la luz del móvil.

—Duermes muy profundamente. Lo recuerdo de cuando estábamos juntos. —Me encogí de hombros—. Era demasiado fácil. No pude resistirme.

Señaló el helado.

—Bueno, no voy a darle ni una probada hasta que me prometas que no voy a salir de aquí en una camilla.

—Lo juro. —Me llevé una mano al pecho—. El helado está bien. Mira, yo daré la primera lamida.

Le quité el cono de entre los dedos y pasé la lengua por el helado sin apartar la mirada de Oliver en ningún momento.

Su garganta se movió al tragar saliva y se acomodó los pantalones. Casi me dio risa la reacción tan visceral que le provocó.

—¿Ves? —Le devolví el cono—. ¿Se te ocurre una crema mejor?

—Sí, la que hay en mis pantalones después de ver esto —gruñó, acercando los labios al helado. Su lengua siguió el mismo camino que la mía mientras también mantenía el contacto visual—. Oh, mierda. —Frunció el ceño al mirar el cono y volvió a lamerlo con más ganas—. Esto está realmente buenísimo.

Me senté y apoyé la barbilla en el puño, con los codos sobre la isla de la cocina mientras lo observaba.

—Hace dos años hice un curso para hacer gelato .

Le dio unas cuantas lamidas más antes de encontrar la tarjeta de plástico que había escondido dentro.

Se detuvo, la sacó de entre los dedos pegajosos y frunció el ceño.

—¿Qué demonios es esto?

—Es la cita para nuestra clase de canto. —Aplaudí y giré en el banco, poniendo mi mejor sonrisa de ay-Dios-no-puedo-esperar-para-casarme-contigo —. ¿Recuerdas? Para nuestro dueto de boda.

Casi podía oír los engranajes en su cabeza girando antes de que procesara que esta era mi venganza por su anuncio en el New York Times .

Su expresión de venado encandilado por los faros de un coche se transformó en una sonrisa ladeada.

—Ah, sí. Me preguntaba cuándo empezaríamos con eso.

Abrí los brazos.

—Esta tarde.

—¿Esta tarde?

Le guiñé un ojo.

—No hay mejor momento que el presente, ¿verdad?

—Se me ocurre uno mejor. Nunca —murmuró, antes de brindarme también una sonrisa falsa—. Perdón, lo que quise decir es: sí, estoy libre y no puedo esperar. Como seguramente ya has visto, me tomo muy en serio nuestra boda falsa.

—Yo también.

Uno de los dos tendría que ceder, pero no iba a ser yo.

No estaba segura de qué estábamos haciendo, pero estaba bastante segura de que terminaría con más roces y posiblemente sexo, lo cual en verdad me encantaría.

¿Y qué? De todos modos, le debía una vez.

Solo una vez, Briar.

—De hecho —dijo Oliver, acercándose mientras le daba otra lamida al helado—. Tengo una idea todavía mejor.

Inclinó el cono hacia mí. Lo lamí. Él bajó la cabeza y su lengua siguió la mía sobre el helado. El contraste entre lo frío y lo caliente era delicioso. Tan dulce.

Cerramos los ojos y, por un segundo, nos besamos con lengua a través de lo que quedaba del helado.

Unas gotas blancas cayeron del cono y se deslizaron entre mis pechos.

Antes de darme cuenta, estaba jadeando, lista para que me arrancara la ropa y me hiciera suya.

Yo había aceptado tener sexo con él en el momento que él eligiera.

Ese momento podría ser ahora.

—Mmm. Qué dulce. En fin —dijo Oliver apartándose de repente, completamente sereno y en apariencia indiferente al beso—. Como decía, tengo una idea.

—¿Cu-cuál es tu idea?

—Quiero hacer también el baile.

Me limpié la boca con el dorso de la mano.

—¿El baile?

—Sí. «La puerta hacia el amor». Tiene coreografía. ¿Por qué conformarnos solo con la canción? Hagamos también el baile.

Esto ya se estaba volviendo ridículo. ¿De verdad pensaba que yo creería que iba a seguir con todo esto? ¿Creía que yo lo haría? Si esto era un juego de ver quién se rendía primero, una competencia de quién parpadeaba antes, yo me negaba a ser la primera en retirarme.

—Claro. —Me bajé del asiento de un salto y me estiré, arqueando los pechos hacia su cara—. Me parece bien. Entonces… ¿listo para nuestra primera clase de canto?

Justo cuando había recuperado un poco la compostura, Oliver decidió sacar un poco de helado del cono con el dedo índice y meter la crema blanca en mi boca. La abrí para él sin cuestionarlo, mientras lo miraba fijo, indefensa.

—Mierda. —Sus ojos estaban pesados, somnolientos, mientras recorría mis labios con el mismo dedo que yo acababa de chupar hasta dejar limpio—. Cuando por fin te folle, te vas a beber cada gota de mi semen, ¿verdad?

—Si es que eso llega a pasar. Te estás tomando tu tiempo para cobrar tu premio.

—Solo estoy aumentando el ansia.

—Querer acostarme contigo nunca es el problema, Oliver. Me atraes. Lo que no soporto es tu personalidad.

—Grandes palabras para alguien que está a punto de casarse conmigo.

Touché.

Él parpadearía primero.

Me aseguraría de ello.