Capítulo sesenta. Oliver
Capítulo sesenta Oliver
Resultó que no tenía absolutamente ningún motivo para preocuparme por cómo se estaba instalando Briar.
Se había acomodado como en su propia casa. Literalmente.
Apenas Sebastian y yo regresamos, vi un rastro de toallas de playa empapadas, granos de palomitas de maíz y bebidas alcohólicas fluorescentes y pegajosas desparramadas sobre el pavimento. Se extendían en un largo camino serpenteante que conducía directo a la piscina.
Las risas, el olor a barbacoa ahumada y el estruendo del sistema de sonido envolvente me guiaron hasta la culpable. « I Like the Way You Kiss Me», de Artemas, hacía vibrar la tarima bajo mis pies. Una gran canción. Me pregunté si habría sido elección de Briar.
Me encontré preguntándome muchas cosas sobre sus gustos. Comida, playlists , hombres. Con qué tipo de hombres le gustaba salir.
No con los que le arruinaron la vida, imbécil.
Una chispa de entusiasmo me recorrió. Se sentía como salir de una sombra a la luz del sol. Esto —la emoción de redescubrir a Briar— me liberaba. Una distracción bienvenida frente a la preocupación constante por el bienestar de Sebastian y la gestión del Grand Regent.
Desde el área de la piscina me llegaron fragmentos de conversación. Me acerqué un poco más, justo antes de la cabaña.
—… ¿segura de que no le va a molestar que hagas una fiesta? —No reconocí la voz femenina—. Quiero decir, apenas lo conoces.
—Está bien —la tranquilizó Briar. Definitivamente no estaba bien.
Seb iba a arrancarme la piel en cualquier momento—.
Le encantan las fiestas y las mujeres en bikini.
Va a estar feliz. —Hizo una pausa—. Aunque yo evitaría meterme en la piscina.
Dios sabe qué habrán dejado ahí él y sus ligues de una noche.
Me mordí el labio para contener una risa. Las cortinas me ocultaban de la vista.
Podría haber salido por las puertas dobles y enfrentarme a ella, pero no lo hice. Todavía no.
Observé la supuesta fiesta. La terraza consistía en una piscina hundida, un jacuzzi adosado y filas de tumbonas a cada lado. Quedaba frente al lago, en el extremo más alejado de mi casa, justo debajo de mi dormitorio principal.
Ocho mujeres estaban dispersas por el lugar, todas en bikini. Había bebidas a medio terminar desperdigadas por el suelo, hamburguesas y perritos calientes llenaban el aire de humo, y Briar estaba al mando de la parrilla, dando vuelta a panes brioche y a brochetas de cebolla.
Llevaba un bikini verde y el pelo recogido en un moño alto y desordenado.
Se me hizo agua la boca… y no por la comida.
—Ya están todos en la piscina. —La mujer de cabello negro a su lado rio—. Además, seguro que no es tan terrible.
Briar empezó a servir hamburguesas en platos en mi cocina exterior perfectamente equipada.
—Oh, sí que lo es.
Observé fascinado cómo recordaba sin esfuerzo las preferencias de comida de todas sus amigas. Una hamburguesa sin lechuga. Una jugosa, otra bien cocida. Una con tomates extra. La doble con mostaza aparte.
Tenía razón.
No estaba enfadado con ella. No porque dejar que las Spice Girls 2.0 invadieran mi casa estuviera bien —cualquiera con medio cerebro lo consideraría una violación grosera de la privacidad—, sino porque simplemente no podía enfadarme con Briar, ni aunque lo intentara.
Alguien se lanzó bomba a la piscina, salpicando los arbustos cercanos con agua salada tratada.
Un par de gemelas hablaban en la repisa de bronceado de la piscina, medio sumergidas, con cócteles idénticos en la mano.
Otras dos se habían invitado solas a un recorrido por mi propiedad y desaparecieron por la esquina.
Hora de arruinar tu fiesta, Mimitos .
Atravesé las puertas de golpe con una sonrisa arrogante mientras bajaba por las escaleras de la terraza superior.
—Señoritas. —Crucé el césped caminando hacia mi compañera de casa—. Briar.
El golpe dio en el blanco.
Sus amigas se taparon la boca con las manos.
La hermosa sonrisa de Briar desapareció. Odiaba que todo el mundo recibiera sus sonrisas mientras yo recibía sus miradas de odio. Antes era al revés.
—Hola, compañera de piso. —Le besé la mejilla, mostrándole que no me molestaba la fiesta… y también probándole que yo definitivamente la afectaba. Para cuando me aparté, todo su cuerpo estaba erizado—. ¿Aprovechando mis muchas comodidades?
—Sí, invité a unas amigas de Los Ángeles —dijo, apretando kétchup en un plato—. Espero que no te moleste.
Traducción: espero que te moleste con cada fibra de mi cuerpo.
—Ya lo veo. Hola, soy Ollie. —Le ofrecí la mano a la amiga más cercana—. Mucho gusto.
—Hazel. —Se enrolló un rizo grueso alrededor del dedo, tratando de ocultar lo que debía ser desprecio—. Fui compañera de cuarto de Briar en la universidad, así que sé todo sobre ti. No hace falta que gastes energía tratando de caerme bien. No lo vas a lograr.
—Entendible.
Briar me recorrió de arriba abajo con la mirada y una expresión sombría.
—¿Acabas de ir a cazar?
—Palomas —confirmé—. Palomas de arcilla. Hablando de cazar, ¿de dónde crees que salieron las hamburguesas y los perritos calientes que has estado asando?
—Oh, esta me la sé. —Chasqueó los dedos, fingiendo pensar—. De las cigüeñas, ¿no? ¿O esos eran los bebés?
—Eres vegetariana —le recordé—. No comes carne.
—Mis amigas sí. Vivir y dejar vivir. ¿Alguna vez has escuchado esa expresión?
—Sí. —La miré fijamente—. No sabía que vivías según ese principio, señorita No-aviones-privados-para-ti.
—Claramente sí. —Le pasó los platos a Hazel, después de servir patatas fritas con trufa en el espacio vacío—. Estoy alimentando a mis amigas con cadáveres de animales sacrificados.
—Mmm. Apetitoso. Muchas gracias. —Hazel le dio un mordisco, mirando a Briar de reojo—. Voy a llevarle este otro plato a Katie para que os matéis entre vosotros.
Ahora estábamos solos.
Un zumbido de emoción me recorrió.
Era muy fan de quedarme a solas con esa mujer.
—Ah, por cierto. —Briar me ofreció una sonrisa dulce—. Se van a quedar todo el fin de semana. ¿Todo bien, no?
No. Para nada. Nuestro otro compañero de casa —el que tú no sabes que existe— literalmente me va a colgar del balcón y transmitirlo en vivo en cuanto se entere.
—¿Que si todo bien? —Puse mi mejor cara de indignación—. Es fantástico. Mujeres medio desnudas en mi reino no son nada nuevo. Es como una comida casera.
Le guiñé un ojo con picardía y fui hasta la nevera industrial para sacar una hamburguesa vegetal. Unas cuantas veces al año las hago desde cero en grandes cantidades, las sello al vacío y las guardo en el congelador.
De vez en cuando mi primo Flynn pasa por la ciudad para preguntar por el paradero de Seb, autoinvitarse a comer y después desaparecer en el horizonte. Es vegetariano por el simple placer de irritarme y de quejarse de que nunca estoy preparado para sus visitas.
Ahora me aseguro de estarlo.
—Siéntate. —Abrí el paquete individual y lo tiré a la parrilla—. Voy a prepararte la mejor hamburguesa vegetariana de tu maldita vida.
Briar no se movió.
—No, gracias.
—Tu boca va a tener un orgasmo. Va a ser una buena preparación para cuando al fin consumemos nuestro compromiso.
—No va a pasar, pero bueno. —Se cruzó de brazos, aunque sin dejar de mirarme.
—El secreto está en las especias. —Abrí un cajón y saqué los frascos—. Comino. Chile. Pimentón. Tomillo. Ajo tostado. Pimienta con limón. Sal de apio. La hacen pasar de ser una hamburguesa mediocre a ser una hamburguesa espectacular. Ya verás.
Por fin se sentó en el asiento más cercano, con su cóctel rosa en la mano.
—Ah, por cierto —dijo—. He vaciado tu reserva de bebidas.
Estaba desesperada por hacerme enfadar.
Era tan adorable.
—Bien. —Tomé las pinzas y las hice chasquear—. Me alegra que lo estéis disfrutando.
—Hemos hecho un desastre en toda la casa. No sé si lo has visto.
—Para eso tengo personal de limpieza las veinticuatro horas. Les pago extra después de las fiestas, así que no te preocupes.
Puse un pan en la parrilla y corté cebollas en rodajas finas.
El resto de sus amigas se acercó a la mesa para agarrar comida.
Me presenté, les dije que eran bienvenidas y observé cómo se alejaban rápido para darnos privacidad, guiadas por la astuta Hazel, que evidentemente sí creía que yo merecía una segunda oportunidad.
Comieron en las tumbonas junto a la piscina mientras yo abría la nevera para elegir cheddar blanco, tomates heirloom , queso crema de jalapeño y champiñones.
Antes había notado que Briar no se había preparado nada para ella. Siempre tan desinteresada.
Se dio golpecitos en los labios mientras me observaba saltear los champiñones.
Los pasé al plato caliente.
—¿Cuándo te hiciste vegetariana?
—A los dieciocho. —Tragó saliva—. Justo después terminar el instituto, antes de empezar la universidad.
No podía permitirme comprar carne, era muy pobre.
Pero no fue solo eso. Decidí que quería ser inofensiva con todos los seres.
He visto tanto dolor en el mundo y sufrí tanto que no quería contribuir a más.
Asentí mientras deslizaba la hamburguesa sobre el pan tostado y añadía las verduras. Me excedí un poco con la mayonesa de chipotle al dibujar con ella una espiral sobre el pan.
Cuando le acerqué el plato y me senté a su lado, no se quejó.
Briar abrió la hamburguesa y la examinó como si fuera un joyero.
—Te has acordado de que soy del equipo mayonesa. —Se las arreglo para sonar decepcionada.
—Me acuerdo de que eres del equipo mayonesa. —Le sonreí—. Me acuerdo de muchas cosas sobre ti, Briar. Que te haya fallado una vez no significa que no haya intentado lo mejor que pude. Lamentablemente, en ese momento mi mejor esfuerzo no fue suficiente.
—¿Alguna vez vas a decirme qué pasó ese verano? —Le dio un mordisco a la hamburguesa, cerró los ojos y gimió—. Uf, esto está buenísimo.
—Lo haré. —La miré, hipnotizado por lo jodidamente agradable que era verla disfrutar algo que yo había preparado—. Cuando estés lista para escucharlo. Creo que todavía te quedan unas semanas de odiarme a muerte.
—Añádele quince años a eso y vas a estar en lo cierto.
Pero no sonaba molesta.
La salsa goteó de su labio inferior al plato cuando volvió a morder la hamburguesa. Me encantaba que comiera una hamburguesa jugosa en bikini. Me encantaba que fuera completamente ella misma. Que nunca intentara impresionarme.
Se detuvo, dejó la hamburguesa y se quedó mirando al vacío. Tras un momento de silencio, volvió a alzar la vista, luchando contra las lágrimas.
—¿De verdad lo decías? ¿Que recuerdas todo sobre mí?
Asentí.
—Ponme a prueba.
—Está bien. —Volvió a coger la hamburguesa, pensando—. ¿Cuál es mi banda sonora favorita de Disney?
— Mulan. Sin duda. Seguida, y esto ni siquiera es un segundo puesto cercano, por La Sirenita y La Bella y la Bestia de los noventa. Pero La Sirenita también está muy por detrás de La Bella y la Bestia . La jerarquía es clarísima.
—¿ Crush indie favorito?
—Jake Gyllenhaal en Donnie Darko .
—¿ Crush mainstream favorito?
—Empate entre Dev Patel musculoso y Michael B. Jordan desde su época de Friday Night Lights .
—¿El Batman con peor puntuación?
—Demasiado fácil. —Puse los ojos en blanco—. Val Kilmer. Lo sabría incluso si nunca nos hubiéramos conocido.
Se rio entre mordiscos y me derritió el corazón.
—Pero ¿por qué es tan malo?
Esto.
Esto era lo que había echado de menos.
Prefería su ira antes que su indiferencia, pero lo que realmente buscaba era su afecto.
No sabía qué me impulsaba a seguir intentando reconquistarla.
Esto no iba a funcionar.
Yo estaba demasiado herido. Ella demasiado a la defensiva.
Yo no aceptaría una relación monogámica. Ella no aceptaría una relación conmigo.
Nos sonreímos como dos idiotas.
A pesar de todas las probabilidades en contra, todavía quería una oportunidad. Había pasado los últimos quince años asegurándome de tener un plan antes de empezar cualquier cosa, pero, así como así había empezado a perseguir a esta mujer, aun sabiendo que me rompería el corazón.
O peor: le prendería fuego.