Mi oscuro príncipe (Dark Prince Road 3) Capítulo cincuenta y nueve. Oliver
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Capítulo cincuenta y nueve. Oliver

Capítulo cincuenta y nueve Oliver

—Me alegra no compartir baño contigo. Tienes una pésima puntería para mear, y siempre la tendrás.

Sebastian elevó los ojos entrecerrados hacia el cielo, apuntó su escopeta a un disco de arcilla circular y disparó.

Explotó en el aire y cayó sobre el césped como confeti.

Las sienes me palpitaban por la resaca. Si no hubiera visto los mensajes en mi teléfono al despertar, habría creído que había alucinado al encontrar a Briar en mi cama. Y también al prometer que haría que se enamorara de mí otra vez.

El alcohol se había ido.

El sentimiento no.

Todavía la quería, pero era demasiado cobarde para hablar con Seb al respecto.

Habíamos decidido hacer tiro al plato en el bosque, como si nada hubiera pasado la noche anterior. Como si él no hubiera estado a punto de ahogarme y yo no le hubiera soltado unas cuantas verdades que se negaba a aceptar.

Los jueves, cada dos semanas, eran la única vez que Seb salía de la casa durante el día. Sabía lo importante que era para mí. Lo habría arrastrado por la puerta trasera, pataleando y gritando, si hacía falta.

Todo estaba planeado.

Nadie lo vería. Siempre me aseguraba de eso.

Mi administrador de la casa había organizado el horario para que ninguno de los empleados estuviera allí, y el equipo de seguridad vigilaba un perímetro más amplio.

Zach y Farrow compartían clases de esgrima hasta entrada la noche, Romeo estaría trabajando, y Dallas y Luca asistían a una clase de natación para bebés.

Vía libre.

Seb también me obligaba a convertirlo en todo un procedimiento. Tenía que maniobrar el carrito de golf de ocho plazas hasta el bosque mientras Sebastian, envuelto en ropa oscura, se tumbaba en el suelo del asiento trasero.

Al final valía la pena.

Quería que el sol le diera en la piel y que respirara aire fresco.

La máquina lanzadora escupió más discos de arcilla naranjas al aire. Giraban una y otra vez en el cielo azul.

—Tengo una puntería excelente, y lo sabes —dije, ajustándome los auriculares con cancelación de ruido mientras apuntaba a uno y fallaba por al menos ocho centímetros.

Sebastian resopló a mi lado, negando con la cabeza. Ambos llevábamos ropa clásica de caza en distintos tonos de marrón mierda.

—Demuéstralo —me desafió—. No has dado en el blanco ni una vez en toda la mañana.

En realidad, no había mentido.

Podía disparar tan bien como él, y él nunca fallaba.

Pero esa mañana mi cabeza no estaba en el juego. Estaba con Briar, en casa.

Preguntas que no tenía derecho a hacerme zumbaban en mi cerebro: qué estaría haciendo, cómo se estaría instalando, cómo podía lograr que se quedara.

Seguía odiándome —o al menos se convencía de que me odiaba—, pero yo estaba decidido a cambiar eso.

Otro disco naranja salió disparado al aire. Turno de Seb. Un tiro limpio. El disco se partió en dos y cayó al suelo con un golpe sordo. Otro disco voló al aire, esta vez para mí.

Volví a fallar.

—Está bien. ¿Qué pasa? —Se giró hacia mí—. Eres malo, pero no tanto. ¿Te has cansado masturbándote? Todo el mundo sabe que hay que cambiar de mano de vez en cuando. Error de principiante.

Mmm… una teoría que no había considerado. En verdad era una posibilidad. Me había tocado después de escribirle a Briar. Y unas cuantas veces más después de eso. Básicamente, no había dormido en toda la noche.

—Briar ha vuelto para vivir aquí tres meses más. —Recargué la escopeta—. Espero que no te moleste.

—¿Por qué me molestaría? De todos modos, nunca salgo de mi ala —dijo con frialdad. Demasiado rápido. A Sebastian siempre le molestaba. Ni siquiera dejaba que nuestros padres lo vieran—. ¿Qué la ha hecho volver?

—Quizás el hecho de que cancelé el contrato de su apartamento y vendí su coche, y vio una oportunidad para intentar volverme loco. —Me rasqué la nuca, todavía desconcertado, aunque no lo suficiente como para insistir. La quería aquí. Me daba una extraña sensación de paz—. Me gusta, Seb.

Contuve la respiración, esperando que mencionara el juramento de hacía quince años.

—Entonces recupérala.

Me dejé caer hacia delante y me apoyé contra el tronco de un árbol.

—Ella no quiere que la recupere.

—Eso hará que cuando la recuperes sea mucho más satisfactorio.

Pero no era tan simple.

Cambié de tema.

—Oye, ¿has hablado con mamá y papá?

Mamá llamaba a Sebastian todos los días. Papá, una vez por semana. Le enviaban comida y dulces. Su sueño era verlo salir de su ala y volver al mundo. Eso solo aumentaba la culpa debilitante que ya sentía cada vez que pensaba en ello.

—Sí. —Seb bostezó—. Mamá dijo que pasará hoy a dejar unos bollos de arándanos.

No sabía si reír o llorar. Los bollos de arándanos eran los favoritos de Seb. No recordaba la última vez que había hecho mi postre favorito. Mis padres argumentaban que no estaban enfadados conmigo por lo que había pasado, pero su comportamiento decía otra cosa.

—Qué bien. Yo iré la semana que viene a cenar con ellos. ¿Quieres venir? —Le di un codazo en las costillas, riendo—. Puedes esconderte en el maletero del Escalade. Seguro que caben tres personas más.

No era que mis padres no hubieran visto el rostro actual de Sebastian. Lo habían visto. A Seb simplemente no le gustaba.

Mamá siempre terminaba llorando por la cara marcada de su hijo favorito, y papá no podía mantener el contacto visual con él. Los odiaba por eso.

Odiaba que no pudieran ser fuertes por él como yo lo era.

Sebastian caminó hacia una de las máquinas lanzadoras.

—Creo que me salto esta ronda.

—Te lo saltas todo —gruñí.

—Sí, bueno. —Se agachó para recargarla con docenas de discos de arcilla—. El cardio es una mierda y me encanta descansar.

La mandíbula me tembló.

—Vas a tener que enfrentarte al mundo en algún momento.

Seb se limitó a reír. Era casi peor. Ni siquiera se molestó en responder con palabras.

—Concéntrate en nuestro juego, hermanito mayor. —Reinició la máquina—. Y cállate.