Capítulo cuarenta. Briar #2
—No —dije y negué con la cabeza, levantándome de golpe, con energía como para enfrentarme a un olímpico—.
O sea, soy una ambientalista activa. —La adrenalina me zumbaba en el pecho—.
Voy a manifestaciones cuando quieren demoler parques y bosques.
Solo uso productos ecológicos y escribo cartas a mis representantes.
Standing Rock. La huelga climática. Keystone. Berlín. Cientos de miles de personas. Discursos. Cantos. Marchas. Música. Poemas. Esperanza.
Mi corazón latía en mis oídos. Me tambaleé, sin querer luchar contra los recuerdos, aunque las náuseas amenazaban con tumbarme. Me aferré al reposabrazos y me forcé a enderezarme.
—Y… y… abrazo árboles.
Un suspiro cansado se le escapó entre los dientes.
—Claro que sí.
—¿No te gusta eso de mí? —Lo miré, desconcertada—. Esto es… como mi misión de vida. Me importa muchísimo el medioambiente.
¿Oliver pensaba que iba a despertar del coma y convertirme en otra persona? Tenía que saber lo que opinaba de los jets privados. ¿Por qué lo ignoraba?
Claro, él tenía su propia autonomía. No podía exigirle que renunciara a todo porque nuestras pasiones no coincidieran. Pero sí esperaba que me respetara lo suficiente como para no subirme a aviones privados.
Lo entendía por mi lesión. Pero antes del coma… La idea me revolvió el estómago: que alguna vez hubiera abandonado mis valores por un hombre. Un hombre que me salvó de niña, sí, pero un hombre al fin.
No recordaba mucho de mí, pero sabía, sin duda, que detestaba a los maridos que daban órdenes a sus mujeres sin tener en cuenta sus deseos. Para mí, un matrimonio basado en la obediencia no es un matrimonio: es una cárcel.
—¿Y qué tal si te apasionas por viajes a las costas italianas y francesas para ir de compras? —dijo Oliver, preparándose para descender—. Es un hábito sostenible para nosotros, y así conservo mi afición de volar. Ganamos todos.
Arrugué la nariz.
—Eres horrible.
Guiñó un ojo.
—¿Horriblemente sexi?
—Horriblemente horrible.
—Solo estaba comprobando el ambiente. —Se mordió la mejilla por dentro mientras me miraba.
—Helado. Y a punto de ponerse peor.
No solía ser grosera sin motivo. Sabía que los von Bismarck tenían una flota de aviones. Demonios, la familia de Romeo los fabricaba… y también cazas, tanques y probablemente armas nucleares. Difícil de digerir, pero me habría acostumbrado. Entonces, ¿por qué estaba tan molesta?
Porque no son solo los aviones, dijo una voz en mi cabeza. Es el bistec que te sirvió. Los mariscos que te ofreció Dallas. La pelea que no te cuenta. El niño que considerabas tu hermanito, aislado en un ala abandonada de un castillo frío y gigante que no se siente como un hogar.
—¿Y qué quieres que haga? —Oliver se pasó la lengua por sus dientes perfectos—. ¿Que deje de volar?
Sí. Pero ni yo misma creía que fuera razonable. La verdadera pregunta era: ¿cómo podía el hombre que amo preocuparse tan poco por el mundo que dejaremos a nuestros hijos? A menos que… Mi corazón se detuvo un segundo. Me llevé una mano al pecho.
—Ollie.
—¿Ahora qué? —murmuró. ¿Acaso nos llevábamos bien siquiera?
—¿Hemos pensado en tener hijos?
Había evadido esa pregunta en la cena. Hoy no lo haría.
Me lanzó una mirada imposible de leer. Otra vez me sentía confundida.
Habíamos hablado de formar una familia desde nuestra primera cita.
Él sabía lo que yo quería. No había manera de que nos hubiéramos comprometido sin hablar sobre eso.
Así que no tendría por qué tener un nudo gigante en la garganta.
—A mí me da igual. —Se encogió de hombros sin mirarme—. Lo dejo en tus manos.
—Pues yo sí los quiero. Pero tú ya lo sabes.
—Perfecto. Prometo trabajar duro para que pase.
—¿No te importa el mundo que les vamos a dejar?
Entrecerró los ojos y miró hacia las nubes.
—¿No está Elon colonizando Marte?
¿Elon? ¿Se llamaban por el nombre? ¿Era amigo del tipo? Olvídalo. Mejor no saberlo.
—¿Y si así fuera?
—Les compraremos unos terrenos. Estarán bien.
Negué con la cabeza.
—Esto es absurdo.
—Eh, eh, todavía ni siquiera hemos visto la lista de precios.
—¿Y qué va a hacer la gente que no es lo suficientemente rica como para comprarse un lugar en Marte?
Los ojos claros de Oliver se llenaron de algo peligrosamente parecido a fastidio, aunque mantuvo la voz ligera.
—Cariño, apenas me importa la vida de mis mejores amigos. Pretender que me importe la de desconocidos hipotéticos del futuro ya es mucho pedir.
Apreté los labios, conteniendo un grito.
—De verdad no sé por qué nos gustamos.
Podría pensar que nos quedamos juntos desde que éramos novios de la infancia, pero el hueco de cuatro años en la universidad demostraba lo contrario.
—Encantado de hacerte una demostración cuando recuperes la memoria —dijo con tono arrastrado, mientras movía los dedos por un montón de botones que estoy casi segura de que presionaba solo para distraerme.
—¿Alguna vez piensas en cosas que no sean sexo?
—Rara vez. Y no por voluntad propia.
—No puedo creer que ya estés en tus treinta.
La verdad, yo tampoco podía creer que este fuera el mismo Oliver von Bismarck del que estuve enamorada cuando era niña. ¿Qué le había pasado? Aunque sospechaba la respuesta: Seb.
—Yo tampoco. —Ajustó los controles—. Créeme.
El suave rugido del motor zumbaba, acompañado por las ocasionales confirmaciones del control aéreo. El silencio se extendió entre nosotros. Uno incómodo, tenso. No el silencio de una relación sana y estable.
—Entonces… —Oliver se aclaró la garganta, retomando la conversación de la nada—. Supongo que no vas a ir a la inauguración oficial del centro de esquí artificial del Grand Regent en Palm Springs.
Giré la cabeza hacia él, horrorizada.
—Eso es un desierto.
—Hasta que se convierta en playa dentro de treinta años.
Sentí que la mandíbula se me desencajaba.
—¿De quién fue esa idea?
Se señaló a sí mismo.
—Ollie.
—Mimitos.
—¿Dónde estaba yo cuando pasó eso?
—Probablemente montando sobre mi polla. No me canso de ti, y siempre me llevas al punto del delirio.
Exhalé con exasperación.
—Tengo la sensación de que somos tóxicos juntos.
Me guiñó el ojo.
—El infierno y el cielo son la misma experiencia a distintas temperaturas.
Me dejé caer en el asiento, sin preocuparme por ocultar mi mal humor.
—¿Qué otros planes para destruir el mundo tienes que deba saber?
Mantuvo los ojos fijos en el cielo al frente. El leve movimiento de sus fosas nasales fue la única señal de que me había oído.
—Ninguno que se me ocurra.
Me mordí el labio inferior.
—De verdad necesito recuperar mis recuerdos, ¿no?
—Sin prisa. Te esperaré —apretó con fuerza el mando—. Aunque muera en el proceso.