Capítulo ochenta y sieteZach
Capítulo ochenta y siete
Zach
Nunca esperé que la gente se doblegara a mi voluntad.
Simplemente, a lo largo de toda mi vida, vi que todos lo hacían con naturalidad, como si yo emitiera una orden inquebrantable por el mero hecho de existir.
Después del accidente, cuando mamá cambió por completo, consideré que ese giro de ciento ochenta grados era la manera que tenía el universo de contrarrestar mi vida bendecida.
Hasta ahora.
Cuando todo se fue a la mierda.
Y a nadie pareció importarle una maldita palabra de lo que decía.
Arremetí por la entrada de la grandiosa villa de cuatro habitaciones con piscina al mismo tiempo que ahuyentaba como a una mosca a la asistente del spa que mamá había contratado para su estadía en el Four Seasons Chiang Mai.
—¿Dónde están?
Se debatió por un momento entre si perseguirme por el hotel o salir corriendo en busca de ayuda.
—No sé a quién se refiere.
—Sí que lo sabes. Sun Yu Wen y Zhao Yu Ting. ¿Qué habitación?
Mis mocasines golpeaban sobre la madera del suelo en dirección a la puerta que daba a la terraza privada.
Una pared de lotos y árboles tropicales frondosos dejaban oculta a la vista la piscina rectangular.
Celeste Ayi estaba desparramada sobre una cama tamaño extragrande recubierta por un dosel, con un sombrero de ala tan ancho que podía cubrir un edificio entero.
Bebía un cóctel tropical y hojeaba las páginas de una Vogue que tenía sobre el regazo.
Bajé una de las escaleras dobles del balcón y me detuve a un paso de ella. La asistente corrió detrás de mí, pero yo era más alto y más rápido y me alimentaba una furia que podía hacer combustión durante toda una vida.
—Zhao Yu Ting.
Levantó la vista de la revista sin que se le notara ni la más remota sorpresa de verme.
—Zachary. Mi sobrino favorito.
—Tu único sobrino.
Hizo un gesto con la mano y pasó una página.
—Ni me lo recuerdes. Ya sabes que me encanta la variedad. ¿Qué tal tu vuelo?
Ni siquiera me preguntó cómo sabía que estaban allí. Estas mujeres sabían que las perseguiría para conseguir la información que yo buscaba. Consideré presionar a Ayi para obtenerla, pero ahora que había llegado, mi sed de sangre exigía respuestas directamente de la fuente. Me tembló la mandíbula.
—¿Dónde está mamá?
Estaba agotado al máximo, trastornado por el desfase horario y por llevar casi un mes sin hablar con Farrow. Con un suspiro, Celeste Ayi desató el nudo de satén que le sujetaba el sombrero y lo dejó a su lado. Se bajó las gafas de sol y me miró.
—Ahora mismo no te conviene hablar con tu madre.
—¿Por qué no?
—¿Por qué? —Resopló y se llevó una mano a la garganta—. Bueno, ¿no es obvio? Ella cree que estás a punto de cometer el peor error de tu vida.
—¿Cuál? ¿Avergonzar a la familia? Porque mi familia entera consiste en tres personas y me incluyo.
—Tonterías. Tenemos familia extendida. Al menos doscientas personas.
—Se levantó, miró de reojo a la pobre asistente detrás de mí como si hubiera esperado que me echara a puñetazos—.
Y no. Cree que morirás de una muerte horrible si no te casas con alguien dispuesto a seguir todas y cada una de sus instrucciones de seguridad.
¿Recuerdas cuando a Natalie se le fundieron los circuitos cerebrales y compró tus Stefano Ricci en el centro comercial en lugar de en la tienda insignia?
Tu madre te dio ginseng rojo en el té durante una semana.
Temía que murieras de complicaciones por la enfermedad de manos, pies y boca.
La seguí a la cocina y le dije:
—Estás de coña.
Siempre había pensado que su ansiedad provenía de la repentina y violenta muerte de su esposo… pero ¿mamá realmente creía que me iba a morir por usar los zapatos equivocados?
—¿Por qué te mentiría?
—Porque lo haces. Todo el maldito tiempo.
Me pasé todos los años del preescolar convencido de que todas las jugueterías de Potomac se habían prendido fuego, solo porque mi tía prefería pasar tiempo en el centro comercial que cuidarme.
—Puede ser. —Ayi se encogió de hombros. En realidad no le importaba—. Pero no te estoy mintiendo sobre esto, Zachary. Enamorarse es como nadar demasiado lejos de la orilla. En el momento en que te das cuenta del peligro que corres, es demasiado tarde. Es más seguro no nadar.
—¿Mamá piensa eso?
—Pregúntaselo tú mismo. Nunca te has molestado en hacerlo.
Me quedé paralizado, en ese mismo momento me di cuenta de que tenía razón: la idea de analizar algo en serio con mamá me hacía querer cambiarme el nombre y mudarme a Alaska. Y no es que sintiera el frío demasiado. Bueno, al menos hasta antes de Farrow.
—¿Forzarme a un matrimonio sin amor no tiene que ver con nuestro legado?
—«¿Legado? ¿Reputación?» —Ayi agitó una mano y encendió la máquina de café expreso—.
Si yo ya puedo llevar adelante los legados de cada una de las familia de Chiang Mai.
Así de impresionante soy. No necesitamos a ningún CEO de la lista de Fortune 100 para hacer eso.
¿Nunca te dijeron que eres un poco aburrido?
En todo caso, es eso y no otra cosa lo que está arrastrando la reputación por el suelo.
—Basta con tus burlas. —Le arrebaté la taza de la mano y derramé el líquido marrón por todo el mostrador al apoyar la taza de un golpe—. Y no me voy a ninguna parte antes de ver a mamá, así que más te vale que me digas dónde está.
—Uf, qué pesado. —Ayi miró al cielo con gesto de hastío y se debatió entre los frutos del mostrador: jaca, longan y lichi—. Haciéndose un tratamiento facial en el baño. No le digas que he sido yo que te ha mandado para allá.
—Gracias, Ayi.
—De nada, sha haizi .
Caminé por el pasillo espacioso y llamé a la puerta del dormitorio principal. No hubo respuesta. Golpeé más fuerte y me llegó un suspiro desde el otro lado.
—Si es mi hijo, no estoy. Si es el servicio de habitaciones, déjelo en la puerta.
Estaba a punto de que le brindaran un buen servicio, sin duda alguna; una buena dosis de realidad.
Empujé la puerta pesada y me encontré cara a cara con mi madre.
Estaba tumbada boca abajo en una camilla de masaje donde la atendían dos jóvenes masajistas.
La cubría una toalla —por suerte— y escribía en el ordenador portátil que tenía delante.
«Con que meditando, ¿eh?». Esta mujer iba detrás de la paz mental tanto como yo de más amigos con adicciones sexuales (disculpas, Ollie).
Al ver a su único hijo, mamá cerró el ordenador con el ceño fruncido.
—Oh. —Se incorporó y ahuyentó a las masajistas—. Eres tú.
—Mamá. —Abrí los brazos y fingí una sonrisa. Entretanto, sentí que se disparaba hasta el cielo la ira que sentía por su viaje improvisado en el preciso momento en que se me desmoronaba la vida—. Me alegro de verte.
Cruzó las piernas, se llevó el vaso a los labios y sorbió por una pajita.
—Me hiere en lo más profundo de mi ser que no te alegres de ver a tu madre —dijo.
Rodeé la camilla, la miré directo a la cara y le contesté:
—A mí me hiere en lo más profundo que hayas elegido arruinar cualquier posibilidad de felicidad en mi vida.
Se atragantó con el agua y empezó a toser mientras elevaba los ojos para encontrarse con los míos. Yo nunca antes la había enfrentado, siempre había sido cordial, comprensivo y obediente. Era mi modo de disculparme por haber matado a su marido.
Apoyó la taza.
—¿Perdona?
—De hecho, no te lo perdono. —Me senté en un banco frente a una ventana que daba a la piscina. Estábamos por tener una larga charla—. Desde que papá murió, he tratado de ser el hijo perfecto para compensar el hecho de haberlo matado.
—Tú no lo mataste…
—Sí que lo hice y ambos lo sabemos. Su lado del coche permaneció casi intacto en el choque. Si se hubiera quedado allí, estaría vivo. Es rastrillo tendría que haberme perforado a mí en el pecho, y no a él.
Tragó saliva y se dio la vuelta. No podía decir nada ante la verdad dicha así, en crudo y espantosa.
—Después de que salieras de tu duelo…
—No he salido. —Se puso la bata, mirando fijamente la pared—. No he salido de mi duelo.
—Está bien… —La creí, porque yo tampoco lo había hecho—. Cuando volviste a ser funcional —corregí—, Ayi y yo acordamos no agitar las aguas. No queríamos provocar una recaída.
—No estoy rota. —Cruzó los brazos, aún demasiado terca para admitir lo que había pasado—. No hay nada malo en mí.
La ignoré, acercándome a la mesita de noche.
—En ese momento, no sabía que firmar ese contrato no escrito me condenaría a una vida de seguir una demanda irracional tras otra. No porque estuviera de acuerdo con ellas, sino porque necesitaba expiar mi pecado —proseguí.
—Tú no eres un pecador. —Se llevó los dedos índices a cada lado de la sien y se masajeó—. Aquí no hay ningún pecado que expiar.
—Sí que lo hay, pero ya terminé de expiarlo. No voy a casarme con Eileen.
Mamá se bajó de la camilla de un salto.
—Eileen es tu lugar seguro.
—Eileen no es para mí.
«De hecho, Eileen sería más adecuada para una carrera en el programa de protección de testigos».
—¿Y esa mujer sí que lo es? —Mamá se abalanzó sobre mí y se clavó el pulgar en el pecho—.
Desde el accidente, yo me reorganicé toda la vida para asegurarme de que estuvieras a salvo.
Para que nunca volviera a ocurrir algo como lo del accidente.
Que comieras la comida más segura, que pasaras tiempo con los grupos más seguros, que condujeras los coches más seguros… Y, mírate. Estás vivo.
—Sí, estoy vivo. Pero no soy feliz para nada.
«Bueno, hasta antes de Farrow…».
—¿De dónde viene todo esto? —Mamá arrugó la nariz como si yo fuera un proveedor de servicios con el que ya no quería tratar. Pero podía ver más allá; le había tocado una fibra sensible—. Son solo los nervios previos a la boda. Ya pasarán una vez que pase la fiesta.
Levanté la palma de la mano para detenerla y negué con la cabeza. Estábamos cara a cara. Tan cerca que podía olerle el perfume tenue que siempre iba pegado a su piel: aceite de coco y flor de cerezo.
—El compromiso está cancelado. Fin de la discusión. Y no te he soltado este discurso para discutirlo, simplemente no quería que te tomara por sorpresa.
Mamá apretó los labios en una línea dura.
—¿Que me tomara por sorpresa el qué?
Nunca la había visto así. Tan roja por todas partes; la piel del cuello se le erizó como si tuviera una reacción alérgica a nuestra conversación.
—Por el hecho de que cortaré todo lazo contigo si te niegas a aceptar el fin de mi compromiso.
—¿Qué? —Los ojos se le salieron de las órbitas—. No puedes hacer eso. Soy tu madre.
Me puso la mano en el hombro. La aparté.
Sinceramente esperaba que entrara en razón.
No me causaba ningún placer cortar nuestra relación.
Al fin y al cabo, ella hacía lo que hacía porque su esposo había muerto, al igual que yo que me alejaba de todo contacto con la piel, la lluvia y los coches después de haber perdido a papá.
—Perdiste el derecho a identificarte como tal cuando me chantajeaste emocionalmente para que me casara con alguien a quien sabías que no amaba. Acepto mi responsabilidad por dejarte hacerlo, pero no te equivoques: nunca más dejaré que tus miedos dicten mi felicidad.
O mi propio trauma, para el caso.
Mamá se tambaleó, buscaba las palabras que decir y no las encontraba.
Recogí su teléfono de la mesita de noche y lo sacudí, seguro de que encontraría ahí la ubicación de Eileen. Terminé el parlamento:
—Ah, y esa mujer se llama Farrow. Y planeo convertirla en mi esposa.
Como ya había dicho lo que había venido a decir, me di la vuelta y me dirigí a la puerta. El ruido sordo de mis mocasines resonó en el silencio inquietante. De repente, se les unió el sonido de otro par de pies.
—No puedes cortar los lazos conmigo. —Mamá trató de agarrarme por la manga de la camisa. El sudor se filtró por la tela desde sus garras húmedas—. Y desde luego que no puedes casarte con esa mujer.
Giré a la altura del pasillo y le mostré los dientes.
—Ya he tomado una decisión.
Después, aceleré el paso. Mamá chilló y salió corriendo detrás de mí. Pasamos al lado de Celeste Ayi, en el salón, y ladeó la cabeza, curiosa al vernos. Abrí la puerta de salida de golpe y empecé a bajar las escaleras. Entonces oí otro chirrido de mi madre por detrás de mí.
—Espera.
No quería girarme y darle un minuto de mi tiempo, especialmente considerando la fecha límite que se acercaba.
Aun así, giré sobre mis talones y la observé desde lo alto de las escaleras.
.. Estaba agarrada a las solapas de la bata con una mano y con la otra se apoyaba en el marco de la puerta como si no pudiera mantenerse en pie.
Cogí más fuerte el teléfono robado.
—¿Qué?
—No puedo… —Cerró los ojos. Después, silencio.
Miré el reloj e insistí:
—¿No puedes qué? —Necesitaba romper el compromiso con Eileen lo antes posible.
—No puedo… —Los ojos de mamá se abrieron de golpe. Grandes y salidos de la órbita. Pareció sorprendida por un segundo, como si hubiera visto algo que no esperaba ver.
—Ya basta, mamá.
Pero, en lugar de responderme, se le doblaron las piernas por las rodillas, como un cervatillo que intenta dar su primer paso, se tropieza, y muere.