Capítulo setenta y nueveZach
Capítulo setenta y nueve
Zach
La dosis letal de angustia del día de hoy vino de la mano de los sospechosos habituales: Celeste Ayi, mamá y sus delirios de que la boda continuaría según lo planeado.
(Mamá seguía negándose a aceptar la derrota, y Celeste Ayi consideraba que la perspectiva de devolver su vestido hecho a medida era una parodia nacional).
Mamá estaba sentada en la isla de cocina, ante una carpeta enorme con los nombres de todos los integrantes de nuestra familia, pasados y presentes.
—Zachary, ¿no te preocupa que no esté terminada la lista de invitados?
—¿Quién se casa? —Apuñalé la yema de un huevo, solo para verlo sangrar y de ahí pasé al mango—. Porque yo no, mi compromiso está cancelado.
Le di un sorbo a mi expreso y me pregunté qué estaría haciendo Farrow ahora mismo.
¿Trabajando? ¿Practicando en la pista? ¿Causando problemas junto a Dallas?
El hecho de que viviera al otro lado de la calle y que, aun así, se las ingeniara para evitarme todo el tiempo era un digno estudio de caso de la CIA.
Yo, mientras, empezaba a comportarme como un asesino en serie a lo Joe Goldberg, trabajando frente a la ventana, arruinando todos mis cálculos y mirando cada diez segundos a ver si ella había pasado. No estaba en mi mejor momento.
—No seas ridículo. —Mamá pasó una página de la carpeta y le estampó una pestaña por el margen exterior—. Eileen ya me ha enviado su lista de invitados.
—Hablando de Eileen, esta mañana he ido a la policía a declararla desaparecida. —Bueno, lo había intentado; pero parece que no se la puede declarar desaparecida si responde a todo el mundo menos a ti.
Mamá me miró como si me hubiera unido a una secta y quisiera entregar toda mi fortuna.
—Eileen está ocupada con todo el trabajo que da organizar la boda de nuestros sueños. Lo mejor es no molestarla durante los próximos meses.
—De ser por mí no la molestaría ni por las próximas reencarnaciones.
—Ah. —Celeste Ayi se inclinó hacia delante y señaló un nombre con el dedo—. Invitemos a Xiao Bai a la ceremonia del té. Tal vez así logremos que nos dé al fin la receta de sus fideos dan dan .
—Ni te molestes. Nos dirá los ingredientes, pero no las medidas. —Mamá apartó la mano y se detuvo en un nombre—: ¿Y Olivia? Es encantadora.
—Sí, una furcia encantadora. —Ayi tomó un cuchillo, lo acercó a la página y empezó a raspar sobre el nombre para borrarlo de los registros de la familia Zhao—.
Me trató de un modo condescendiente cuando llegué solo porque hablaba mejor inglés que yo.
¿Y qué si no entendía la jerga cuando llegué?
«Vete a la mierda» no fue muy difícil de aprender.
Unos pocos fragmentos de la conversación me llegaban de lejos.
Se me agitó dentro del cuerpo algo caliente y violento.
Me bebí el expreso de un trago y dejé la taza en la isla.
Después, saqué el teléfono del bolsillo.
Con el nudillo me rocé el pene de pasada, lo que alcanzó para arrancarme un sonido sordo.
Nadie me había dicho que, después de perder la virginidad, quedaría reducido a las necesidades más instintivas.
Con Pulpi lejos de mi vida, había pasado del sexo cada tres o cuatro veces al día a cero total.
De repente, toda la existencia de Oliver von Bismarck tenía muchísimo más sentido para mí.
Ni siquiera me había masturbado desde que ella había salido de mi vida y me había dejado hecho un caos, y no era por falta de esfuerzo.
Anoche, me había puesto a ver porno al azar y ni siquiera se me había puesto dura.
De acuerdo . Echaba de menos a Farrow, sí. Farrow Ballantine con ese cabello despampanante, de longitud perfecta para que lo atrapasen con un puño, y con esos muslos delgados, tan hábiles para montarme el pene. Y su entrepierna apretada, dulce y suave como el mango que tenía en el plato frente a mí
—Fuera.
Nos tomó un momento a los tres darnos cuenta de que ese gruñido áspero había salido de mí. Mamá frunció el entrecejo y caminó hacia mí.
Me puso una mano por encima de la frente y la retiró antes de tocarme, en cuanto se acordó de mi aversión al contacto.
—¿Te encuentras bien?
—Por favor, fuera. ¡Idos!
Corté el mango por la mitad, justo antes del hueso, esforzándome por parecer normal.
Al percibir mi estado de ánimo, Ayi eligió la autopreservación y condujo a mamá fuera de mi mansión a la fuerza.
Al minuto en que se cerró la puerta, tomé el borde de la encimera con mi mano libre y la apreté con fuerza.
Cerré los ojos con furia. Traje la visión de Farrow a mi mente, desnuda y con las piernas abiertas sobre la isla, con sus pezones rosados y el sexo brillante, esperándome solo a mí.
—Pulpi —me atraganté con el nombre, y se me endureció el pene dentro de mis pantalones.
En mi imaginación, me invitaba más cerca de ella y empezaba a retorcerse sobre la encimera, al tiempo que se metía una mano entre las piernas y hacía girar un dedo alrededor de su clítoris hinchado.
Mi pene se tensó contra los pantalones y se me hizo la boca agua.
Me imaginé inclinándome y saboreando su deliciosa vulva empapada y le di un mordisco goloso al mango.
Los jugos fluyeron por mi mentón y el aroma frutal me llenó las fosas nasales a medida que iba saboreando esa fruta azucarada y terrosa. Perfecta, perfecta, perfecta.
Se me escapó un gruñido de la garganta mientras me daba un festín con el mango, más rápido y más fuerte ahora, visualizando que empezaba a comérmela.
Me puse de pie, con el pene contra uno de los armarios de la cocina, agradecido por la fricción, restregándome contra mi cocina como un perro, sin dejar de comer.
Sin ella conmigo, había perdido la razón y la dignidad, y el control sobre la realidad.
—Pulpi…
Me terminé el mango y eyaculé dentro de mis pantalones; el esperma lechoso y caliente se disparó por la tela y parecía no tener fin.
Tiré la carne del mango en el fregadero y dejé caer la cabeza entre mis hombros en un gesto de frustración.
Todo el cuerpo se me convulsionó y me estremecí como si estuviera en medio de un intenso síndrome de abstinencia.
No podía aguantar ni un minuto más sin ella.
«A la mierda».
Saqué el teléfono y pulsé la tecla de llamada sobre el primer número de marcado rápido.
Luego colgué rápidamente antes de que sonara, porque me di cuenta de que estaba oficial, completa y absolutamente dominado por ella.
Patético y condenado, repetí el proceso una y otra vez —llamada, fin de la llamada.
Verde, rojo—, como alguien que disfruta de castigarse.
Quería su roce.
«Su… roce».
El semen me manchó los pantalones y se me quedó pegado en una costra contra la piel. Indomable, con los mechones de pelo pegados sobre la sien —no me había aseado durante días—, levanté la vista y me vi reflejado en el fregadero brillante; no me reconocí.
Me caía el sudor por las mejillas y una marca rojiza se extendía de la frente hasta el mentón y de oreja a oreja. Abrí el grifo de golpe, puse la cara debajo del chorro de agua y dejé salir un rugido de angustia.
Cuando levanté la cabeza, tenía a mi madre enfrente que me miraba desde el otro lado de la isla; había venido a buscar su bolso olvidado. Se lo llevó al pecho, lo apretó y dijo, en un hilo de voz:
—Zachary, ¿estás enfermo?
«No estoy enfermo», pensé, desesperado. «Solo enamorado».