Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo setenta y ochoFarrow
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Capítulo setenta y ochoFarrow

Capítulo setenta y ocho

Farrow

Logré sobrevivir a mi primera semana sin Zach.

Durante ese tiempo, me reuní con policías y abogados para discutir el caso, estuve en casa de los Costa con Dallas y a veces con Frankie (para disgusto de Romeo) y evité quedarme mirando la llave, que finalmente metí en el fondo de uno de los zapatos de cumpleaños que Zach me había regalado.

Hoy, Dallas me había convencido de ir a ver un torneo de esgrima juvenil local. La paranoia me recorría las extremidades mientras caminaba hacia las gradas a toda velocidad, con el mentón hacia abajo.

—Ve más lento. Me rebota la barriga contra los muslos cada vez que doy un paso. —Tenía a Dallas agarrada del brazo—. ¿Sabes?, si la gente te mira es por todo lo que llevas puesto.

Llevaba el pelo recogido dentro de una gorra, gafas de sol oscuras que me tapaban los ojos por completo y el uniforme a rayas de una pista de bolos donde había aceptado unas horas de trabajo para tener algo de efectivo hasta que se vendiera la casa.

Vera había accedido a ponerla en venta porque necesitaba pagar sus crecientes gastos legales.

Apenas habían pasado dos segundos desde que nos acomodamos en el asiento con Dallas, que ella levantó la nariz olfateando el aire.

—¿A qué huele?

—Vómito. —Gemí, sacudiendo mi uniforme—. La contracara de la liberación femenina: nosotras, las mujeres, nos hemos empoderado e independizado tanto que ahora debemos pasarnos los fines de semana entre vómitos en lugar de leyendo libros en el jacuzzi .

—Habla por ti. —Dallas se rascó la nariz—. Yo he visto todas las temporadas de One Tree Hill esta semana mientras trabajabas.

El olor ácido subió desde mi camisa. Me levanté y me colgué el bolso al hombro.

—Iré a lavarme y a cambiarme de ropa.

Dallas me saludó con la mano sin mirarme siquiera, ya concentrada en la competición.

El sonido familiar del choque de las espadas me hizo cosquillas en los oídos.

Tenía ganas de pararme al lado de la pista, de estar cerca de la acción, pero no sentía la necesidad de ponerme el traje de esgrima. «Qué raro…».

Cuando volvía del baño, me encontré con una esgrimista que practicaba sus estocadas en el pasillo. Ya la había visto antes, entrando en calor con otras chicas menores de catorce años. Titubeé por un momento, antes de volver a entrar al gimnasio, aún con las gafas y la gorra puestas.

—Eres espadista, ¿verdad? —le dije.

Asintió con cara de susto por hablar con una extraña.

—Pronto será mi turno

—Te he visto practicar. —Pasé el peso de un pie a otro y me pregunté si me estaría extralimitando—. Te concentras demasiado en hacer movimientos elegantes en lugar de atender a la distancia y el tiempo. Concéntrate en tu juego de pies básico, y verás cómo le ganas segundos a tu oponente.

—¿En serio?

Me encogí de hombros y me di cuenta de que no había entrenado a nadie más que Zach, quien tenía un talento natural.

—Solo es una sugerencia.

Y aun así, me vi inclinarme hacia delante cuando la llamaron por el nombre y comenzó el combate. Anna perdió los dos primeros toques, demasiado empeñada en hacer movimientos vistosos.

«Juego de pies, pequeña. Concéntrate en los avances y retrocesos».

—¡Ay! —Dallas apartó su brazo de debajo del mío de un tirón. Vaya, creo que la estaba agarrando muy fuerte—. Tienes que calmarte. Ni siquiera la conoces.

—Sí, ya lo sé, pero…

¿Pero qué?

«Pero sigues amando el deporte. Te encanta analizar a los esgrimistas en detalle. Te encanta la emoción del juego. Solo que ya no quieres competir».

Me eché hacia atrás con el descubrimiento y me quedé perdida en mis pensamientos, aunque no por mucho tiempo. Anna perdió otro punto, y quedó detrás de su oponente por un paso. Me levanté y me llevé las manos a la boca.

—Concéntrate en tu juego de pies —le grité.

—Dios mío. —Dallas se encogió lo más que pudo en el asiento; todo lo que le permitía su enorme barriga de embarazada—. ¿Será así como se siente Romeo cuando me pongo a debatir si es mejor con o sin queso extra por la ventanilla del coche cuando pedimos comida rápida y hay coches detrás?

Pero no me importaba. Funcionó. Anna ganó tres puntos seguidos y alcanzó a su oponente. Y cuando el combate terminó 15-11, di un salto en el aire y pegué un grito de alegría como si fuera su entrenadora personal.

Las gafas negras se me cayeron al suelo con el movimiento.

Me quedé congelada al darme cuenta de que la gorra ya se me había caído antes, en algún momento.

Se oyeron unos susurros entre los bancos.

Algunos dedos me apuntaron; era obvio que algunas personas me habían reconocido.

Estaba esperando que en cualquier momento alguien se levantara y se pusiera a gritarme, a llamarme fraude.

En cambio, la mayoría me ignoró, varios desconocidos me sonrieron y uno hasta me pidió una selfi.

Al final del campeonato, me abrí paso junto con Dallas escaleras abajo, por las gradas.

—Ey, espera.

Dallas me señaló.

—¿Te habla a ti?

Me di la vuelta y vi a una mujer vestida de pies a cabeza de la marca Lululemon que caminaba hacia nosotras desde el otro lado del gimnasio.

—¿Tú le has dicho algo a mi hija antes de su combate? —me gritó.

—Oh, mierda. —Dallas me dio un codazo—. Parece que se ha cabreado. ¿A ti qué te parece?

Retrocedí un paso y la arrastré con el movimiento.

—Tal vez deberíamos correr —dije.

Nos dimos la vuelta con la intención de escapar, pero Anna corrió hacia mí y me agarró por el estómago en un abrazo.

—¡Ha sido increíble! He hecho exactamente lo que me habías dicho. ¿Puedes entrenarme? ¿Por favor? —Juntó las manos por delante y esperó el momento en que la señora estuviera al lado nuestro para decir—: En este momento, me entrena mi madre y no tiene ni idea de lo que hace.

La madre de Anna asintió y se pasó una mano por la nuca.

—Es cierto. Acabamos de mudarnos aquí y todavía no he tenido la oportunidad de encontrarle un entrenador. ¿Tienes sitio para una nueva alumna?

—Eh… —Dibujé un círculo en el suelo del gimnasio con el pie—. Pienso que…

—Claro que sí. —Dallas sonrió y entrelazó sus dedos con los míos—. Tiene disponibilidad total.

Me balanceé sobre los pies, sin saber muy bien cómo decir lo que iba a decir:

—Sabes que yo…

—Sí. Eres Farrow Ballantine. Te hemos reconocido. —La madre de Anna nos ofreció una sonrisa suave—. Todos los de la esgrima sabemos lo del partido ese en Corea.

—Ah… —Quería hacer como Homer Simpson en aquel gif en que desaparece entre los arbustos.

—Y por cierto, te apoyamos. —Levantó el pulgar—. Incluso desde antes de que se supiera lo de tu familia.

Me quedé mirando a Anna, avergonzada, halagada, y sintiéndome un poco rara de que estas personas que yo no conocía para nada analizaran mi vida como si estuviéramos en un documental de Netflix sobre crímenes reales.

«A ver, nunca se sabe. Tabby siempre quiso que le dieran una oportunidad en Hollywood».

Anna asintió, con una sonrisa grande en el rostro.

—De haber sabido que debajo de esas gafas raras y esa gorra estaba Farrow Ballantine, habría seguido tu consejo a la primera —dijo. Y entonces se volvió hacia Dallas—: ¿Cómo dejas que tu amiga salga de casa vestida así?

Y así fue cómo, una tranquila tarde de un día entre semana, terminé convirtiéndome en entrenadora de una adolescente de trece años descarada.