Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo sesenta y cincoFarrow
74%

Capítulo sesenta y cincoFarrow

Capítulo sesenta y cinco

Farrow

Me di cuenta de que tener personas a mi servicio era peor aún que ser yo la que lo brindaba.

Durante todo el fin de semana, Zach envió al personal de la residencia para que me mimaran.

Me perseguían cantidades de personas que me rogaban que les permitiera hacerme otro batido, o prepararme un baño, o traerme café, o llevarme de compras.

—Tengo piernas, permiso de conducir y la capacidad de autogestionarme —les gruñía, y oía la risita divertida de Zach en algún lugar en la distancia—. Por el amor de Dios, tómense un descanso, miren una película, búsquense algo dulce para comer de la despensa y déjenme en paz.

Eileen se había ido y se me quitó un peso de encima. Se había ido a atender una emergencia de un paciente en medio de la cena con Zach y no había regresado aún.

Durante todo el fin de semana, Andras no paró de enviarme mensajes de texto, me rogaba que reconsiderara mi posición con lo de Vera.

Una vez, lo llamé y le exigí explicaciones de por qué estaba tan empecinado.

Esquivó la pregunta y siguió insistiendo en que cuidaba de mí y mis intereses.

Me sentí frustrada y confusa, y más que nada decepcionada.

Hasta ahí siempre había creído que Andras estaba de mi lado.

Zach y yo ya hacíamos cualquier cosa con total imprudencia, y nos escabullíamos al jardín de rosas y nos robábamos besos y orgasmos. La culpa se estableció en mi estómago como un ladrillo pesado que no paraba de hundirme y, aun así, no podía dejar de responder activamente.

Por la noche, se metía en mi cama y me arrancaba emociones y sensaciones que yo ni sabía que existían.

Él adoraba cada parte de mi cuerpo y por primera vez en mi vida, me sentí elegida, y no como la opción por defecto.

Al punto de que me di cuenta de que necesitábamos una conversación franca sobre hacia dónde íbamos.

Eso ya no parecía un proyecto ni un acuerdo.

Parecía un para siempre.

A pocas horas del vuelo de regreso, Zach me dejó una nota sobre la mesa de luz.

«A las dos, en la rosaleda».

Las mariposas que se me agolpaban en el estómago me contaban una historia tan antigua como el tiempo.

Zachary Sun no era ni mi jefe ni mi aventura: lo era todo.

Era hora de tener la charla que había aplazado durante meses.

Llegué al banco del jardín unos minutos antes de la hora acordada.

Estaba lleno de flores rojas y blancas exuberantes por todas partes, las flores y las espinas abrazaban la piedra con forma de cisne y se enredaban entre sí como espadas.

Me entretuve un rato con el teléfono, ojeando los correos electrónicos de mis abogados.

Nunca me había acobardado ante nada, pero contarle mis sentimientos a Zach me daba sudores fríos.

Unas hojas crujieron a mis espaldas. Levanté la vista del teléfono y me sorprendió ver venir a Eileen avanzando hacia mí.

Sus tacones se hundían en el suelo húmedo.

Llevaba un vestido largo y marrón que se le balanceaba al caminar, combinado al tono con un fino cinturón de Hermès.

El maquillaje era mínimo, la expresión, plácida, y el pelo iba recogido en un moño impecable y elaborado.

Me puse tensa y me costó sostenerle la mirada penetrante.

Estaba al tanto de mis indiscreciones con su prometido.

No importaba que las dos tuviéramos acuerdos con él, ni que ninguna de nosotras los hubiera roto en sentido técnico.

Hasta el momento, me las había ingeniado para esquivarla en la mansión enorme, gracias a su acto de desaparición.

Ahora, ella se me aparecía como un espejo y me obligaba a verme frente a frente con mis pecados.

Me puse de pie.

—Oh, por favor, señorita Ballantine. —Eileen agitó una mano—. Usted no es mi empleada. Puede volver a sentarse.

—Soy la empleada de su prometido. —La palabra fue quemándome por todo el camino que recorría por mi garganta hasta chamuscarse en mi lengua.

—Pero hoy vengo como mujer: vengo a hablarle de mujer a mujer.

Mi corazón cayó en una espiral descendente y peligrosa.

Eileen se deslizó a mi lado y me obligó a desplazarme hacia el borde del banco. Se apoyó el bolso en el regazo.

—Aprecio que haya venido.

—Yo no aprecio que se haya hecho pasar por Zach para citarme aquí engañada.

—Puede que no lo aprecie, pero seguro que puede entenderlo —asintió Eileen—. Por eso escribí algo tan vago. No podía arriesgarme a que rechazara la petición. El tiempo no está de mi parte en este asunto.

Me aferré a mi máscara de indiferencia y sentí la inminente catástrofe que se avecinaba sobre mi vida.

—¿En qué puedo ayudarla?

—Creo que ambas sabemos en qué me puede ayudar. —Rebuscó algo en el bolso con los labios apretados—: Deje de acostarse con mi prometido.

Su demanda me rebanó el pecho, llegó hasta lo más profundo de mi corazón y me lo estrujó. No tenía sentido negar lo evidente, ni siquiera como reacción instintiva. Como mínimo, Eileen se merecía la verdad.

Me refugié en mi chaqueta y forcé las palabras que me salieron por la boca.

—No es nada serio. —No era mentira. Para Zach, al menos. Él me recordaba en repetidas ocasiones, y también a sí mismo, que nosotros dos teníamos un acuerdo temporal. Aun así, decirlo me hizo sentir sucia, como si fuera una mentira piadosa.

Los ojos de Eileen recorrieron mi rostro y en ellos pude ver muchas de las emociones en las que me había estado ahogando yo misma: agonía, celos y desesperación.

Esa lástima autocompasiva cruda que casi no dejaba respirar.

Sus ojos brillaban con lágrimas, pero sabía que no las dejaría caer.

Eileen, como yo, veía la vulnerabilidad como una debilidad. No se permitía romperse.

—Puede que para usted no sea nada serio, pero lo es para mí. —Se alisó el vestido y estiró una arruga en particular—. Mi sueño siempre ha sido casarme con él.

Fruncí el ceño, sorprendida.

—Pensé que ni siquiera se conocían hasta hace unos meses.

Se frotó la nariz roja y negó con la cabeza.

—Oh, virgen santa, ¿cómo puede ser tan ingenua?

Volvió a meter la mano dentro de su bolso y retiró un pequeño álbum de fotos escolar, que pasó a entregarme.

Lo abrí de golpe y se me hundió más todavía el corazón al ver las dos primeras fotos nada más.

Dos bebés mofletudos con muslos rollizos e idénticos cortes de pelo con forma de taza me miraban sonrientes.

«No. No, no, no».

—Somos Zach y yo de bebés. —Señaló la segunda foto—. Y en esta tenemos dos años. Nuestros padres eran muy amigos.

—Zach nunca lo ha mencionado.

—No lo recuerda. Cuando Constance nos reencontró, no quise avergonzarlo y no lo mencioné. He esperado este momento durante tanto tiempo… Lo he… —Eileen cerró los ojos y las mejillas se le enrojecieron. Hizo una pausa y después negó con la cabeza—. Ah, pero no importa.

—Dígamelo —le insistí y me giré hacia ella para mirarla de frente.

Eileen había soportado mi presencia en silencio en la vida de Zach durante meses.

¿Era cierto que no le importaba o tenía miedo de hacer tambalear el barco antes de tener asegurado su lugar?

Entonces recordé su llamada de la otra noche.

Para Zach este acuerdo era una cuestión de negocios. Pero ¿y para ella?

—Lo he amado toda la vida.

«Dios mío».

Jamás se me había ocurrido que ella pudiera quererlo como algo más que un símbolo de estatus. Me había engañado con sus sugerencias continuas de agregados al contrato: de cláusulas en contra del contacto y a favor de las salidas con otras personas.

Eileen abrió los ojos, el labio inferior no paraba de temblarle.

—He pasado treinta y tres años diseñándome para ser lo que Zachary Sun necesita como esposa —dijo—. Me he ido esculpiendo como una plastilina según sus deseos y anhelos.

«Eso no es amar», quería gritarle. Pero en vez de eso, me hundí más a fondo dentro de mi chaqueta y seguí escuchándola hablar.

—Cuando éramos niños, él salía a protegerme cuando mis hermanos mayores me acosaban.

Era inteligente, salvaje y valiente. Le encantaba hacer esculturas de barro, así que yo también hacía esculturas de barro.

Le encantaba columpiarse en las cuerdas, así que yo también lo hacía.

Se divertía en el parque infantil, y yo lo seguía.

Cualquier cosa con tal de estar cerca de él.

Y él me dejaba… hasta que mi familia se mudó.

Quería echarme a llorar. Por el Zach niño, que debería haber sido siempre libre y despreocupado.

Y por el Zach adulto, que cargaba con el peso de su trauma.

Y sobre todo, sentí envidia por Eileen Yang por conocer ambas versiones de él.

De repente, no pude evitar maldecir lo injusto que era todo.

La gente que conocía a su alma gemela de joven jamás debería tener que sentir que habían empezado el libro en el capítulo equivocado, que era necesario leer el comienzo para apreciar el final.

Eileen señaló una de las fotos con un dedo y se mordió un labio.

—Un día, mi padre nos contó que un amigo suyo de la universidad había muerto. Mis hermanos casi no se acordaban de él, pero yo sí. Fui al funeral y le di mis condolencias. Zach ni siquiera me reconoció. Casi ni reconocía a sus amigos de la escuela.

«Oh, Zach». Se me volvió a romper el corazón en pedazos por él.

Eileen continuó, sin darse cuenta de que había pedazos de mí esparcidos por la rosaleda.

—En ese momento decidí que me daría la oportunidad de volverme todo lo que él necesitaba y que volvería como la mujer perfecta.

El título de médica, los vestidos elegantes y las donaciones de caridad.

Todo está diseñado para complacer a Constance y atraer a Zach.

Fui dando forma a mi personalidad para que se amoldara a la suya: tranquila, serena, fría y elegante.

Una parte desesperada, tortuosa y trastornada de mí se preguntó… «¿Y es eso lo que realmente necesita? ¿O necesita su opuesto? Para sacarlo de su caparazón y darle la dosis de alegría que solía tener».