Capítulo cincuenta y ochoFarrow
Capítulo cincuenta y ocho
Farrow
De pronto se me ocurrió que la invitación de Andras a entrenar podía ser un castigo antes de mi ejecución.
Después de todo, hoy estaba alcanzando nuevos niveles de mal humor.
Un milagro, teniendo en cuenta que el abanico de emociones de ese hombre era tan angosto que rivalizaba con el de un psicópata.
Andras se arrancó la máscara de la cara.
— Az lsten verje meg.
Salió de la pista dando tumbos, a mitad de nuestra sesión de entrenamiento. Yo ni siquiera sabía qué había hecho mal esta vez (había llegado temprano, concentrada y alerta, lista para aniquilar todos sus intentos por atraparme con su espada).
Me desenganché del cable y salí detrás de él.
—Pero si todavía nos quedan cuarenta minutos, ¿dónde vas?
Me ignoró y se metió en la oficina, furioso.
Conseguí colarme, justo antes de que cerrara la puerta.
—¿Qué pasa?
Tenía el pelo pegado a la frente por el sudor. Me lo quité de un manotazo y reboté de un pie al otro. Nos las habíamos ingeniado para ignorar el elefante en la sala durante toda la mañana, pero ahora tenía la sensación de que ese elefante estaba a punto de aplastar la poca esperanza que yo tenía.
—No tiene sentido, Fae. —Andras se desplomó en el asiento y encendió un cigarrillo a pesar de la prohibición de fumar—.
Vége . Tu carrera está en una crisis existencial.
No importa lo talentosa que seas ni lo muy motivada que estés, no tienes futuro en la esgrima.
—Se reclinó sobre el respaldo del asiento y continuó—: Simular que no es así es una crueldad hacia ti y una pérdida de tiempo para mí.
Me quedé de pie, con el ceño fruncido.
—Entonces, ¿por qué has esperado hasta pasada la mitad del entrenamiento para decírmelo? —Con el calor se me incendiaron las mejillas.
Andras levantó un hombro.
—Trataba de ahorrarte la perorata.
—Sería la primera vez…
Succionó el cigarrillo y liberó una columna de humo entre los labios finos.
—Quería echar un último vistazo a tus habilidades antes de comunicarte mi decisión.
—¿Ah, sí? —Me crucé de brazos—. ¿Y cuál es el veredicto?
—Estás lista para las Olimpíadas. —Golpeó el cigarrillo en el cenicero, con el ceño todavía muy fruncido en una arruga que se le marcaba en el rostro—. ¿Recuerdas a mi amigo del Comité Olímpico?
Andras tenía muchos amigos en el Comité Olímpico Internacional. Después de todo, era el famoso Andras Horvath, su reputación le precedía.
Asentí, pero no me acordaba.
—Claro que lo recuerdo.
—Hemos hablado de ti toda la semana.
Me acerqué.
—¿Y?
—Habló con los del comité. Están dispuestos a darte una segunda oportunidad si pagas lo que queda de la multa por adelantado.
Se me alborotó el corazón contra la caja torácica. Ahora podía hacer eso; ahora que Zach pagaba los honorarios de los abogados, ahora sí que podía hacerlo.
La esperanza se me agolpó en la garganta y se me engrosó la voz.
—¿Crees que hay alguna posibilidad?
—No puedo prometer nada. —Dos columnas de humo gris se le salieron disparadas por las fosas nasales—. Pero es una posibilidad.
—Tenemos que intentarlo. —Apoyé los dedos en su escritorio y me incliné hacia él. «¿Y toda esa aceptación de mi retiro como esgrimista?». Le dije—: Haré lo que sea. Entrenaremos dos veces al día. Pagaré lo que falta por adelantado…
—Hay una condición.
Quedé a la espera de sus palabras. Él usó la brasa del cigarrillo para levantar una pequeña montaña de ceniza sobre el cenicero.
—Tienes que retirar esa estúpida demanda contra tu madrastra y dejar en paz a la familia de tu padre.
Las palabras me dejaron sin aire; me golpearon con tanta fuerza que fui para atrás.
«La familia de tu padre». ¿Y yo qué era para mi padre?
¿Un adorno navideño? ¿Por qué no iba a luchar contra la injusticia?
Vera se había inventado un testamento y le había robado a mi padre su última voluntad.
Retirarme para dedicarme a nuestra empresa había sido siempre mi objetivo final.
La esgrima era mi sueño, pero no sería mi carrera en el largo plazo.
Y me negaba a que me avergonzaran hasta doblegarme.
Después de todo, una rosa no sobrevive sin sus espinas.
—Pero si es ella la que inventó ese testamento entero. —Levanté las manos al aire—. Robó la colección de arte de mi padre, vendió todas sus…
Andras hizo estallar el puño contra la mesa y todo lo que estaba encima se sacudió con la fuerza del golpe.
—Suficiente.
Cerré la boca, pero me negué a moverme ni por un milímetro.
Él se puso de pie, jadeante, y enroscó la colilla en el cenicero.
—No me importa tu drama familiar. No me importa esta mujer, Vera. Ni tus hermanas. Tu mente no está en la pista cuando estás ocupada luchando contra ellas. O estás dentro toda tú, o estás fuera. No voy a dejar que me hagas perder el tiempo mientras te dispersas.
Yo no entendía por qué entrenarme para las Olimpíadas e ir legalmente contra Vera eran excluyentes entre sí.
—No estoy dispersándome. —Sacudí la cabeza y me apresuré a contestarle—: La esgrima tiene prioridad absoluta. De lo de Vera se encargan los abogados y un investigador priva…
—¿Un investigador privado? —La cara de Andras se manchó como un helado de fresa. Me señaló con el dedo—. Has perdido la poca cabeza que tenías. Considéralo como un ultimátum. O dejas esta ridiculez y sigues adelante con tu vida, o yo dejaré de entrenarte.
—No es justo. —Cerré las manos como dos puños y me subió un temblor por el cuerpo que era tan fuerte que por poco me puse a vibrar—. Esto no tiene nada que ver con la esgrima.
—Todo tiene que ver con la esgrima. —Andras rodeó el escritorio y se apoyó contra él.
Cruzó los brazos sobre el vientre y reguló el tono—.
Si te llevo a las Olimpíadas, debes saber escucharme.
Soltarás las cosas cuando yo te lo diga, comerás del menú que yo te dé, obedecerás cada una de mis indicaciones…
—Inspiró por la nariz con fuerza, con las fosas nasales bien abiertas—.
Y la primera es que lo dejes todo. Los investigadores privados, los abogados…
Toda esta ridiculez. Deja de vivir en el pasado, Farrow. Empieza a trabajar por el futuro.
Ninguno de los dos cedió. Nuestros ojos se desafiaron sin parpadear.
Había tantas cosas que quería decir, suplicar, rogar, explicar, negociar…
Él me superaba en altura y porte; yo quedaba a la sombra del gran Andras Horvath; el instructor legendario, el mito urbano…
Pero, a fin de cuentas, lo que quería no era solo que renunciara a la justicia, sino que renunciara a quién yo era.
—Si es todo o nada… —Di un paso atrás—. Prefiero no tener nada.
Me di la vuelta y salí furiosa de la oficina. Una letanía de blasfemias en húngaro estalló a través de la puerta. Oí que se rompían cristales, que los muebles rodaban por el suelo.
Pasé la yema de un dedo por la placa con su nombre pegada a la pared.
—Adiós, Andras.