Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo quinceZach
20%

Capítulo quinceZach

Capítulo quince

Zach

Pasé seis horas ininterrumpidas de trabajo que fueron el primer atisbo de normalidad después de descubrir que mi instructora de esgrima de «la élite más selecta» había resultado ser una asistenta mal pagada.

Para cuando levanté la cabeza de las pantallas del ordenador, el reloj de pulsera marcaba las doce y media en punto; mi reloj interno volvía a funcionar correctamente.

Natalie abrió la puerta con un chirrido y asomó la cabeza.

— Yuju , ¿puedo interrumpir?

«Ya lo has hecho, estúpida».

Me incliné sobre el respaldo de mi silla de cuero, me quité las gafas de lectura negras y las puse sobre el soporte.

—¿Sí?

—Su almuerzo está listo, señor Sun.

Desde que tenía diecisiete años, siempre comía lo mismo para almorzar: ocho tiras de sashimi , una pieza de toro inari , pimientos de shishito frescos y ensalada de pepino.

No me interesaba la variedad. No sentía ningún placer por la comida y la diabetes de tipo 2 me preocupaba menos que la bancarrota fiscal.

—Sí, adelante.

Natalie invadió mis dominios y pasó con un carrito a través de la doble puerta.

Me siguió a la mesa de café, colocó ahí un bol de porcelana con agua y me alcanzó una toalla recién lavada con la que secarme las manos una vez limpias.

En cuanto a asistentes, era suficientemente tolerable.

Graduada en filosofía con las calificaciones más altas de la Universidad Johns Hopkins, no usaba productos cosméticos perfumados que me dieran náuseas y era capaz de recibir órdenes con una capacidad ejecutiva mínimamente por encima del nivel de la media.

Era un poco pesada en lo referente al diálogo, pero aún no había encontrado a nadie que pudiera mantener sus preguntas, respuestas y reacciones dentro de mi límite preferido de dos sílabas.

Traspasó la bandeja con la vajilla del carrito a la mesa, recogió su iPad y se lo aferró al pecho.

La blusa azul pálido que llevaba se le enganchó al torso como papel film con el movimiento; la había combinado con una falda color gris grafito y un par de zapatos de Louboutin tan altos que posiblemente tuviera la vista de un águila que sobrevuela el Monumento a Washington.

Levanté una ceja, curioso por saber qué le había dado la idea de que podía quedarse.

—¿Sí?

Tragó saliva tan fuerte que la escuché en todo su trayecto por el interior de su cuello.

—Señor Sun… —Pintó un círculo con la punta de su zapato ridículo mientras seguía apretando los bordes de la pantalla de la tablet .

La miré fijo a los ojos. Ella sabía bien que yo no llenaría el silencio con palabras, y empezó a moverse inquieta ante mi escrutinio silencioso.

—Hay algo más.

Después de analizarla durante unos diez segundos, me di cuenta de que no tenía intenciones de completar la idea.

—Bueno, me carcome la intriga, Natalie. Cuando quiera, la escucho. Por favor, que no pase de este siglo.

Tragó de nuevo y respiró entrecortadamente. Yo ya hubiera terminado mi almuerzo a estas alturas, y lo prefería a la temperatura precisa de ocho grados a la que esperaba que me lo sirvieran.

El tablero de go le llamó la atención y Natalie se llevó la palma de la mano al pecho.

—Vaya… ¡No había tocado su tablero de damas desde hacía meses!

—Es de go. —«Y go es la palabra inglesa para irse , que es lo que deberías hacer»—. ¿Decía?

—Sí. —Se aclaró la garganta—. Discúlpeme, por favor, por entrometerme, pero no pude evitar oír la conversación del otro día cuando su madre y Celeste vinieron a almorzar.

Hacía un esfuerzo por mantener el contacto visual conmigo. Una hazaña exigente, pues mi expresión por defecto quedaba en modo «hostilidad». Estiró la mano libre por encima de su falda.

—Sé que están haciendo audiciones a algunas mujeres para que sean sus potenciales… bueno… compañeras de vida.

Pobre Natalie. ¿Cómo podía llegar a imaginarse que tenía alguna posibilidad de ganar?

Yo no tenía nada contra mi asistente, del mismo modo que no tenía nada contra las personas que usaban Crocs; que las considerara una falta de gusto no quería decir que no tuvieran derecho a respirar. O eso imponía la sociedad al menos.

Natalie era mediocre hasta el extremo: bonita pero no hermosa, trabajadora, pero no genial.

Se había sacado un máster en una de las mejores universidades de élite —al igual que cantidad de idiotas con título—, pero no tenía ningún tipo de personalidad ni talento verdadero.

De hecho, la única razón por la cual la había elegido de asistente era que no poseía esa aversión general a quedarse hasta tarde en el trabajo ni a la matemática más básica.

—Y estaba pensando… —Se mojó los labios y bajó los ojos de mi rostro al suelo, mientras se pasaba los dedos por entremedio de su cabellera color castaño oscuro—. Pienso que sin duda tiene que considerarme. Soy trabajadora y callada…

«No. Ahora mismo no lo estás siendo».

—Recibo muy bien las instrucciones. Soy diligente y sé formar parte de un equipo.

«¿De un equipo, ha dicho? ¿A cuánta gente cree que pienso invitar a mi cama?».

—No le traeré problemas. Haré… ha-ré… —Las mejillas se le pusieron escarlata.

Presionó los labios con fuerza antes de dejar salir a borbotones las palabras sinsentido que siguieron—: Haré lo que usted quiera y como lo quiera…

en la cama, digo. Ni siquiera le pediré exclusividad.

Soy una superviviente, quiero una buena vida.

Y tengo la sensación de que usted también es un superviviente, señor Sun.

No sé ni cómo ni por qué, pero lo veo en usted.

No le pregunté qué veía, no me importaba. Pero Natalie había entrado en un estado de trance, demasiado ida para darse cuenta de que su reacio espectador permanecía inmutable ante su actuación tan deslucida. Cerró los ojos y dio un suspiro prolongado.

—Tiene usted ese aire, como de estar listo para la batalla al menor pretexto. Conozco esa mirada. Yo también la tengo, a veces.

—Aprecio su actitud… asertiva, Natalie, pero busco algo bastante específico.

Clavó sus ojos en los míos.

—¿Y qué es?

—Quienquiera que reciba la aprobación de Constance Sun.

Dejó salir una risita forzada incómoda.

—¿Constance es como su líder espiritual?

—Algo así. A fin de cuentas, es mi madre.

—¿Por qué dejar en sus manos la decisión de con quién casarse? —Elevó el iPad por su pecho como si fuese un escudo contra mi respuesta.

«Porque su esposo murió por protegerme y no ha pasado un solo día en que yo no haya deseado haber sido yo en lugar de él».

—Fue por mí que se quedó sin su pareja. Lo menos que puedo hacer es dejarle elegir la mía.

Los hombros de Natalie se encorvaron hacia abajo, todo su ser iba desmoronándose hasta lo más bajo. No me gustaba la gente con mala postura; quedaba descalificada desde antes de abrir la boca.

—Pero no es justo…

Levanté la mano.

—Como todo en la vida. Y, dado que hace tiempo que alcanzó usted la edad de tres años, imagino que esa información ya le llegó.

—Extendí la servilleta de tela sobre mi regazo y levanté los palitos de metal dispuesto a comenzar—.

¿Algo más que quiera comentarme antes de mi almuerzo? Deseo comer en silencio.

Natalie abrió la boca y luego la cerró con fuerza, como si fuera un pez.

—Si eso es todo, está a punto de cumplirse su deseo —lo dijo con la voz entrecortada y se metió el iPad debajo de la axila.

Levanté una ceja.

—¿Se anulan los impuestos federales?

Era imposible que tuviera tan buena suerte. Había nacido el cuarto día del mes, en el cuarto mes del año: el número más desafortunado de la cultura china; porque, en mandarín, el cuatro se pronuncia muy parecido a la palabra «muerte».

Que la cura para mi aversión física a los humanos hubiese aterrizado de cabeza en mi regazo ya me parecía un golpe de suerte excepcional.

—Bueno, no ese deseo exactamente. —Natalie apoyó el iPad en el carrito y se ocupó las manos con el cuenco de lavarse de porcelana, que también depositó allí.

—Ha llamado su madre hace un rato para informarle de que va a dejarle llevar su collar Astteria a una chica. Ese personalizado de jade y oro que usted guarda en una caja fuerte para ella.

El estado de las citas modernas debía haber tocado fondo desde la última vez que tuve una, porque vi a Natalie sorber con la nariz, sin poder contener las lágrimas.

Un castigo particularmente espantoso por mis pecados: tener que soportar las lágrimas de las mujeres sin recibir el mínimo sexo a cambio.

Luego pasó a apretar los puños alrededor de las asas del carro y a desafiar su capacidad de carga.

—Constance dijo que la chica pasará hoy por aquí, por la oficina, y quiere que usted le «muestre el lugar». —Entrecomilló las tres últimas palabras con un gesto de los dedos mientras su labio inferior se curvaba en un mohín contenido.

«Otra vez con esto». ¿Cómo podía ser que, después del plan N, su madre todavía no se hubiese dado cuenta de que las citas a ciegas no funcionaban?

Me puse los dedos en las cuencas de los ojos y me di un masaje al tiempo que soltaba un suspiro profundo.

—¿Y cómo se llama esa mujer?

Natalie hizo un ruido ronco con la nariz…

—¿Electra? ¿Exótica, tal vez?

—Eileen. —Mi madre sería capaz de comerse un plato lleno de globos oculares antes que tratar de emparejarme con una mujer llamada Exótica.

—Sí, algo así. Un nombre muy insípido, si quiere saber mi opinión.

«Pues menos mal que no lo he hecho».

—¿A qué hora viene?

—A las tres.

Podría proponerme hacer un esfuerzo con Eileen aun cuando fuese mejor morirme que hacerlo.

—Muy bien. Que pase cuando llegue. Yo me ocupo.

—¿En serio? Nunca recibe a nadie sin cita previa. —No le contesté. Natalie negó con la cabeza y refunfuñó—. No hay mujer en todo el distrito que no muera por recibir algo de su atención y usted solo tiene ojos para su madre. ¡Es ridículo!

—Cuide esas palabras, señorita Mikaylkov, a menos que desee perder su trabajo.

Natalie se quedó de pie en medio de la habitación como uno de esos muebles fuera de lugar que tienes que conservar porque un pariente cercano te los regaló.

Ella parecía tener algo más que decir, pero la idea de que le pagaba por horas para tratar de convencerme de casarme con ella en lugar de gastarme ese dinero en algo más útil —como ir a la tintorería o castrar al mastín italiano de Oliver— empezó a irritarme.

Ensarté una rebanada translúcida de budo ebi del plato de sashimi y me la llevé a la boca.

«Ya no está frío».

—¿Algo más, señorita Mikaylov?

Por razones totalmente ajenas a mi comprensión, albergaba la estúpida esperanza de que me dijera que Farrow había incendiado la casa, subastado mi colección de arte entera o cometido el crimen más horrendo en mi propiedad.

Algo que me diera una excusa de ir detrás de la señorita Ballantine y aspirar algo del fuego de su existencia flamígera.

Pero Natalie no hizo más que volver a exhalar y decirme, con la cabeza gacha:

—No, señor, eso es todo.

Se retiró con el carrito y me dejó embrollado con una cita sorpresa que no quería tener y listo para saltar sobre un —sin duda muy poco protegido— servidor de una agencia de citas que iba a hackear.