Capítulo catorceZach
Capítulo catorce
Zach
Me aseguré de no salir de mi oficina el primer día de trabajo de Farrow.
En primer lugar, y más importante, porque tenía cosas que hacer.
El trabajo me daba consuelo y alegría siempre: operar en la Bolsa de acciones, comprar empresas a la fuerza y absorberlas con la mía mediante un lento proceso de digestión…
Todos los rasgos que me hacían inabordable y raro como ser humano —mi total desconsideración hacia todo, la falta de deseo y de empatía generalizada— eran ventajas en el mundo de los negocios.
No importaba que yo ya hubiera amasado una fortuna de dimensiones obscenas.
Hacer dinero era mi deporte sangriento predilecto; la Bolsa, mi ambiente natural, y cada uno de los seres con pulso, mis oponentes.
Instalado en el trono de hierro de mi mansión en Dark Prince Road, me sentía como un campeón invicto.
En segundo lugar, y menos importante (pero notable, de todos modos), Farrow necesitaba tiempo para adaptarse a la finca, para familiarizarse con el lugar que yo llamaba hogar, recorrer cada espacio, explorar cada rincón y ponerse cómoda.
Podía leer en ella como en un libro abierto y había decidido darle un tiempo para que se adaptara.
No era que en realidad me importara si se acostumbraba a estar aquí o no, pero esa mujer era un dolor de cabeza con patas que no se callaba y no tenía cura.
Y solo cuando se relajara y estuviera bien infiltrada entre mis cosas, yo podría ejecutar mi plan en paz.
Aquel pequeño pulpo era la prueba viviente de que la suerte no me había abandonado por completo.
En un principio, la había visitado en su cocina de tamaño minúsculo para burlarme de ella; quizás hasta para concretar su castigo.
Pero después había sucedido algo; algo maravilloso y horrible a la vez: la toqué y no me encogí.
No me estremecí. No vomité. Hacía veinte años que no existía humano alguno de la faz de la tierra que pudiese ponerme un dedo encima sin que me sintiera descomponerme.
Ni un médico. Ni una mujer. Ni siquiera mi madre.
Jamás se me había ocurrido que existiera un antídoto para mi problema.
Que Farrow Ballantine fuera la princesa de Disney que iba camino al suicidio podía llegar a ser el modo que había encontrado el universo de equilibrarse para mí.
Me hacía pensar en aquel dicho que dice: «cuando Dios envía un regalo, lo envuelve en problemas».
Yo no tenía modo de saber qué tenía esa asistenta feroz y rebelde que lograba que mi cuerpo no sintiera náuseas al contacto con ella.
Sin duda, no era su horrible sentido de la moda.
Ni los comentarios mordaces que acompañaban cada una de sus palabras.
Ni mucho menos esos mechones rubios mal cortados que le caían de la cabeza; el sashimi que se vendía en el supermercado estaba mejor cortado que ese cabello.
Lo único que me importaba era no dejar pasar una oportunidad, porque yo nunca desperdiciaba una oportunidad de ningún tipo.
Mi pulpita iba a curarme. No importaba cómo mientras pudiera hacer que soportara el contacto de una mujer, y así cumplir la promesa que le había hecho a papá después de que él me protegiera de una muerte segura.
Así que, ese día, me enterré en los números y las acciones de bolsa que se desparramaron por las pantallas desplegadas ante mí.
De todos modos, nadie iba a echar de menos mi presencia.