Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo doceFarrow #2
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Capítulo doceFarrow #2

Me reí ruidosamente al tiempo que hacía volar los pulgares por la pantalla y escribía mi respuesta.

Farrow: El lunes, ¿por?

Ari: Quiero que te acuestes con él y que tengáis un sexo desenfrenado y furioso.

Farrow: Me parece que no está interesado en mí de este modo.

Ari: Entonces quiero que me dejes darte el dinero para los temas legales y demandes a tu madrastra. De verdad, sabes que puedes devolvérmelo poco a poco. Y para mi familia no es mucho.

Farrow: Lo sé. Pero es cosa mía. Te lo agradezco de corazón, pero no estaría en paz si lo aceptara.

Ari: Te odio.

Farrow: Yo te quiero.

Ari: Está bien, yo también te quiero.

Farrow: Saluda a Hae-in de mi parte.

Miré el reloj de pared que colgaba de los viejos azulejos azules: 7:02 a.m. Mierda .

Resoplé y me recogí el cabello en una cola de caballo bien ajustada y la metí por detrás de la máscara.

Revisé en el espejo si había mechones sueltos, los metí debajo de la tela y me puse los guantes antes de recoger mi equipo del suelo.

El pasillo se había vaciado en los últimos diez minutos.

Me obligué a caminar con pasos tranquilos con el propósito de desacelerar el corazón.

Un adolescente con uniforme me sostuvo la puerta.

Flexioné los dedos bajo los guantes, absorbiendo la escena: una docena de esgrimistas completamente equipados bailaban sobre las pistas repartidas por la enorme sala.

Las espadas tintineaban en una sinfonía única que siempre me erizaba la piel.

Había pasado una semana desde nuestra última clase; seis días desde la velada.

Quedaba un último viernes antes de mi fecha de inicio oficial en la guarida del rey.

Mi alumno estaba de pie, solo en una de las pistas, era el único esgrimista que seguía esperando.

De espaldas a mí, con las manos entrelazadas por detrás, miraba por la ventana en silencio, como si los pobres alumnos que lo rodeaban no merecieran su atención.

La espada de duelo —la correspondiente a su disciplina y arma de elección— le quedaba como un guante.

Era la que se usaba para un tipo de combate más lento y deliberado, en el que el cuerpo entero se disponía a ser el blanco.

Más importante aún, en este estilo de esgrima no se aplicaba la prioridad del toque.

Por lo tanto, de las tres disciplinas, era la más salvaje.

Y precisamente por esa razón le sentaba bien a Zachary Sun.

El tipo no parecía un caballero rimbombante en su armadura ni un héroe de ética intachable llegado para salvarnos. No, él era un predador despiadado, un monstruo que atacaba a quien le apeteciera y como le apeteciera, con tal de que aquello lo acercara a su objetivo.

De algún modo, este predador despiadado había convencido a Vera de contratar a tres personas de la limpieza para la empresa.

Yo no podía creerlo cuando ella nos reunió a mis hermanastras y a mí para darnos la noticia.

Se deshacía en elogios hacia él por cómo le había dicho que su plan de negocios le parecía formidable y decía que le había ofrecido ideas de cómo expandirlo más adelante.

—Chicas, estamos ante el comienzo de una nueva era. He abierto la puerta a una oportunidad de negocios grandiosa. Vuestra madre acaba de lograr algo que vuestro padre nunca hubiera podido lograr.

—Jane Doe. —Zach seguía mirando por la ventana, pero me trajo de vuelta al presente—. Llegas tarde.

Durante semanas, casi no habíamos hablado mientras entrenábamos. Con lo astuto que era, no le hubiese costado demasiado reconocerme por la voz y yo no podía arriesgarme; no con toda la información que necesitaba sobre su fiesta. Ahora, sin embargo, ya no tenía tanta necesidad de cubrirme.

Me lancé hacia la pista y me posicioné frente a él.

—Espada. Máscara. Postura.

Giró sobre un talón y acortó la distancia, al tiempo que deslizaba la máscara sobre su rostro endiosado y que levantaba su espada con un único movimiento. Incliné el mentón.

—En guardia.

Rápidamente tomó la posición correcta, como si hubiese nacido para el arte del esgrima; los movimientos no le requerían fuerza y me entraban ganas de gritar.

El pie derecho al frente, en ángulo hacia mi posición, las rodillas sobre los dedos de los pies.

Espalda recta. Siempre. Brazos sueltos y ligeros. Nada que corregir.

Caminé por la pista, respirando pesadamente contra mi máscara de metal.

—Hoy seré despiadada —le advertí.

—Dame lo peor que tengas.

El marcador comenzó con su conteo: tic-tac, tic-tac.

Me sumergí en una estocada profunda. Para haber elegido la espada, Zach practicaba un estilo de esgrima agresivo.

Se saltó los sondeos y, apenas tres minutos después de empezar, ya avanzaba.

Su cuerpo ágil se mezcló con el aire, y la punta de la espada apuntó directa a mi corazón.

Lo esquivé, retrocedí, y luego avancé un paso. Ignoró la amenaza. «Maldito arrogante».

Me aseguré de que se arrepintiera y embestí hacia delante con una estocada que no se detuvo hasta llegar al suelo, donde le hice un corte a la altura de las rodillas. Gruñó ante el contacto, pero pudo morderse la lengua. El marcador sonó y marcó su retirada. 1-0.

Él volvió a la línea de guardia.

—Otra vez.

—Tu instinto —chasqueé los dedos, me alejé de él y volví a la posición inicial— no es tan bueno como crees.

—No te pago por hablar, Jane—. Volvió a acomodarse en la postura correcta—. Te pago por enseñarme esgrima.

«Sigue así y te cortaré en pedacitos».

En la ronda siguiente, no dejé de hostigarlo ni un segundo: dibujaba círculos con mi espada todo el tiempo que la tenía en el aire y desarmaba su posición de guardia continuamente hasta que sus paradas se volvieron nerviosas.

Me devolvió el favor con unos golpes contundentes que no me daban tregua; invadía mi espacio cuando menos lo esperaba y me atacaba con tanta hostilidad como si hubiese descabezado todas las esculturas griegas antiguas que tenía en su biblioteca.

Él era una conjunción letal en un esgrimista: fuerza, velocidad y goce por el combate.

Un verdadero apasionado del arte de la guerra.

La punta de su espada me besó en el hombro. Di un gruñido como si el contacto me doliera y retrocedí con un chirrido.

—¡Ah!

1-1.

Zach retrocedió y se alejó lentamente mientras admiraba su espada.

—Como dice esa frase: «acepta la derrota con gracia»…

«Serán tus últimas palabras…».

Volvimos a la posición de guardia y comenzamos de nuevo.

2-1. 3-1. 3-2.

A medida que progresaba el combate, tuve que reconocer que Zach bien podría conseguir entrar en el equipo olímpico.

Poseía todas las cualidades más buscadas: velocidad, agilidad, anticipación del movimiento y una capacidad de observación superior.

Se movía como un bailarín muy elegante y tenía una disciplina inigualable.

A la mitad del segundo periodo, dejé de prestar atención al marcador. Todo lo que sabía era que iba a derrotarlo; yo no perdía nunca.

Lancé la espada hacia él.

—¿Por qué esgrima?

Esquivó el golpe con astucia. Y, si la pregunta lo sorprendió, no dio muestras de ello.

Nunca le había hablado tanto como hoy en los cuatro meses en que llevábamos entrenando juntos.

Pero como ya no necesitaba ocultar mi identidad, me permití un poco de curiosidad.

Mejor dicho: tenía toda la intención de revelarle quién era.

Quería que supiera que era yo, que sabía cómo atravesarle el corazón a alguien con una espada, y que bien podía ser él como cualquier otra persona. Con un pase hacia atrás perfecto, dijo:

—Prefiero el contacto del filo de una espada, antes que el contacto humano.

—¿Qué tienen de malo los humanos?

—Todo. —Intentó golpearme el hombro pero lo esquivé y de un giro volví a mi posición—. Tú, por ejemplo, hablas demasiado para mi gusto.

—Pues busca otro entrenador.

El aire se llenó con el sonido gélido de su risa.

—Ambos sabemos que tienes demasiado talento y que no eres fácil de reemplazar. Algo que no se puede decir de la mayoría de los empleados.

—Andras es mejor instructor que yo.

—Andras es un caballo muerto, un amargado de la vida que vive a contramano con el mundo entero. Una víctima jamás saldrá victoriosa. Y yo no contrato a perdedores.

Nuestras espadas daban silbidos en el aire, encontrándose, cruzándose y después alejándose de nuevo.

—Te crees muy superior, ¿verdad? —le gruñí.

—¿Y qué culpa tengo si la mayoría son inferiores? ¿No crees, Jane Doe?

Avancé y arremetí contra él tan rápido que creé una ráfaga de viento detrás de mí.

Más por estado atlético que por técnica, me esquivó las embestidas las dos veces y apuntó sin éxito a mi corazón. Lo ataqué más rápido, sin respiro, sin un solo descanso entre paradas. Trastabilló y cayó al suelo, la espalda le quedó pegada contra la pista.

«Será mejor que te acostumbres a esta posición. A fin de cuentas, es la mejor para las langostas al plato, una vez cocidas».

Zach trató de recuperarse e intentó levantarse de un salto. Tenía unos reflejos deslumbrantes, pero no igualaban mi rapidez tan entrenada. Para cuando levantó el cuello, su máscara quedó pegada a la punta de mi espada, y así compensé las dos veces en que había apuntado su cuchillo hacia mí.

El tablero dio un pitido. 9-7. Y sentí cómo se deshacía el nudo de mi estómago al tiempo que apretaba el pie sobre su rodilla para que no pudiera ponerse en pie. Con un giro de mi espada aparté la suya, lejos de su mano.

Zach permaneció en la pista, tranquilo y sereno por detrás de la máscara; el pecho apenas se le levantaba con la respiración.

—Tarjeta roja, Jane Doe, muy roja.

—Pues el rojo es mi color favorito. —Usé la punta de mi espada para quitarle la máscara, desde el cuello hasta el cuero cabelludo, teniendo cuidado de no rozar su precioso rostro con el filo. Por mucho que odiara admitirlo, estropear tal obra de arte sería un desperdicio.

Zach se reveló ante mí, centímetro a centímetro, como el lento despliegue de una cortina de teatro, con su rostro estoico e inquebrantable y absolutamente impresionante.

De algún modo, sus ojos atravesaron la máscara y se cruzaron con los míos.

Me recorrió un escalofrío por la espalda.

No nos tocábamos. Para nada. Estábamos separados por capas y capas de tela pesada y acolchada, entre mi pie y su rodilla.

Pero yo siempre decía que mi espada era la extensión de mi brazo, y la punta le acariciaba el extremo de la frente, justo donde su pico de viuda conducía a un perfecto mechón de cabello negro que caía sobre su ojo derecho.

Zach se quedó inmóvil por completo mientras yo deslizaba el mechón a un lado con mi espada.

—Interesante…

—¿El qué?

—Eres un pulpo, no un toro.

El corazón dejó de latirme. Listo. Ya estaba hecho.

Le había revelado mi identidad con mi actitud de sabihonda y esa manía estúpida de hablar sin parar.

«¿Acaso no es lo que buscabas?», me recordé por dentro.

En cierto modo, ahora me parecía más un accidente que algo que hubiera buscado.

No dije nada. Con suerte, lograba respirar.

—¿Sabías que…? —Su voz ronca perforaba las capas de mi uniforme y se deslizaba por mi piel como terciopelo negro—, ¿… que Aristóteles pensaba que los pulpos eran animales muy tontos? ¿No lo tomas como una ofensa personal?

Silencio. Me quedé congelada en el lugar, recreando en mi cabeza las últimas rondas y preguntándome en qué momento había hecho algo para revelar quién era. Pero, como Zachary Sun era como era, no me dio demasiado tiempo para disfrutar de la incertidumbre.

—Hasta por detrás de una máscara, tu cara de póker es tan mediocre como tus habilidades para el go.

—Su mirada se enganchaba con la mía con tanta facilidad que casi olvidé que llevaba puesta todavía la máscara—.

Parecía que estuvieras sobre una alfombra de púas.

Totalmente fuera de lugar. Muy diferente a cómo me entrenas normalmente.

Me deslicé la máscara hacia atrás y lo miré desde arriba con una sonrisa condescendiente.

Unos bucles rubios desordenados cayeron en cascada hasta por debajo de mi cintura y me enmarcaron todo el cuerpo.

El sudor resplandecía sobre mi piel. Nuestras miradas se pegaron.

No podía mirar a los ojos a este hombre sin sentir que todo mi cuerpo empezaba a tararear el ritmo furioso de una canción de heavy metal .

Estar cerca de él todo el tiempo sería un problema, porque el cuerpo se me calentaba demasiado.

—Así que fue así como supiste de la fiesta. —Echó la cabeza hacia atrás y permitió que mi espada recorriera la curva de su frente y la nariz con su toque más suave. La adrenalina se me disparó por las venas. Él jugaba con fuego—. Lo mencioné de pasada en uno de nuestros entrenamientos.

No respondí. Como de costumbre, él ya se había dado cuenta de todo. Y se quedó mirándome con ojos atentos, analizándome, evaluándome.

—En realidad no eres como ellos, ¿eh?

—¿Como quiénes?

—Como ellos. La gente común. Las personas simples.

Estúpidas… —No le dije nada. Él siguió—: Vaya, vaya…

Creo que voy a divertirme mucho contigo.

—La sonrisa se le fue desplegando lentamente por el rostro.

Muy leve. Era increíblemente avaro con su alegría—.

Mi juguete nuevo y lustroso, solo para mí.

Para disfrutarlo. Para usarlo a mi antojo. Para romperlo si quiero.

Quedé pasmada ante la gravedad de mi error.

Lo había calculado mal, un giro equivocado en alguna curva.

No tendría que haber aceptado trabajar para él, ponerme a su alcance a propósito.

Para mi horror, hice lo mismo que alguna vez le acusé de hacer: abandoné el juego y me retiré hacia el vestuario para lamerme las heridas y recuperarme.

Me siguió su risa oscura a medida que me desvanecía, me hundía en las sombras del pasillo, y lo dejaba en la pista para empaparse de su victoria.

Zachary Sun ni siquiera se molestó en levantarse. Sabía que ya estaba en la cima.