Mi Oscuro Deseo (Dark Prince Road 2) Capítulo doceFarrow
17%

Capítulo doceFarrow

Capítulo doce

Farrow

— Lazits , Fae. La precisión requiere de una mente clara y un alma limpia. —La máscara de esgrima cubría el rostro de Andras—. Estás dentro de tu propia cabeza y ese no es el mejor lugar. Concéntrate. Mérd fel a távolságot .

«Comprueba tu distancia». Mi nivel de húngaro oscilaba entre unas pocas palabras más que las que sabe un feto y algunas menos que las de un crío de un año, pero Andras repetía las mismas instrucciones tan seguido que me las había memorizado todas.

Me dio un golpe en la pantorrilla con su sable.

—Estás demasiado lejos. Estás mostrándome tu debilidad. Puedo olerla desde donde estoy.

Con cada reprimenda, sonaba más y más duro; dureza que se sumaba a su forma de hablar ya de por sí formal y carente por completo de expresiones amables.

Yo seguía a medias su movimiento de piernas rápido mientras completaba una balestra, porque las palabras de Zach y nuestro pequeño altercado me daban vueltas en la cabeza. Su tono burlón me retumbaba por dentro: «Es una sorpresa y no quiero arruinártela».

Con la suerte que tenía, sabía que la sorpresa sería peor que el castigo del que apenas había logrado zafarme.

Me alejé de Andras y casi me caigo en medio de la pista cuando se abalanzó sobre mí.

—Retírate. —Apuntó la punta de su sable a mi rostro enmascarado—. ¿Cómo esperas que te entrene para las Olimpíadas si te desconcentras en un ejercicio tan simple?

No esperaba que él me llevara a las Olimpíadas; no después de haberlo intentado y fallar tan estrepitosamente.

Me hubiese dolido menos si hubiera perdido mi puesto en el equipo por mis propias deficiencias como esgrimista.

Pero no; mi destino no era más que el resultado de mis acciones.

Una parte de mí, una gran parte de mí, sabía que no merecía una segunda oportunidad después de lo que había hecho.

Bajé el sable y volví a centrar mi atención en mi entrenador de cincuenta y cuatro años.

—Mierda, lo siento.

— Nyasgem . —Acentuó el insulto con un gruñido de disgusto—. La próxima vez que tus ojos se aparten de mi sable, te lo ensartaré.

«Concéntrate, Farrow. Antes de que este hombre te convierta en un colador».

Habíamos hecho un cambio y usábamos sables para trabajar la velocidad de mis piernas.

Yo me había pasado bastante tiempo sin ningún entrenamiento, por culpa de mis semanas laborales de sesenta horas.

Pero gracias a mi diablo de brillante armadura y elegante corcel, esto cambiaría pronto.

Trabajar para Zach me dejaría más tiempo libre para la esgrima.

Sonreí por detrás de la máscara.

—No parpadees.

Avancé sin piedad, aprovechándome de nuestra diferencia de tamaño.

«Es mi turno». Apunté a la cabeza de Andras; él desvió el golpe con una parada y dirigió una estocada a mi hombro.

Pero yo era más rápida que una bala, me cambié de lugar y alcancé su rostro enmascarado con la punta de mi espada.

El timbre resonó en toda la habitación y se añadió un punto a mi lado del marcador.

No necesitaba los cables eléctricos para saber que había ganado el punto. Detrás de la espada, lo sabías .

Andras se arrancó la máscara de la cara y la arrojó a sus pies, después agitó un puño enguantado hacia mí.

—¿Dónde has estado todo el combate? Has vuelto a la vida unos veinte segundos antes de terminar.

Me quité la máscara y me encogí de hombros.

—No necesito más que veinte segundos para ganar.

Había perdido todo derecho a ser arrogante después del «incidente», pero con Andras podía darme un respiro. Él nunca emitía juicios sobre algo que no fuera la técnica y el esfuerzo; nunca me hacía sentir inferior por haber cometido ese error.

Apoyé mi máscara sobre un banco fuera de las líneas de pista mientras seguía escuchándolo emitir sus quejas.

Me merecía todos y cada uno de los insultos que me propinaba.

Por suerte, la mayoría los decía en húngaro y yo no los entendía.

Andras había accedido amablemente a adaptar su horario al mío y me entrenaba a las seis de la mañana, tres veces por semana, así que se merecía lo mejor de mí.

Me siguió durante todo el trayecto hasta la fuente de agua fresca.

—Pareces una principiante inexperta que se fascinó con la esgrima después de ver Tú a Londres y yo a California y decidió tomar unas clases. Una aficionada, una vergüenza.

Acerqué los labios al grifo y tragué el agua helada.

—No volverá a pasar.

Me siguió hasta los vestuarios.

—Claro que no volverá a pasar. Si te presentas en estas condiciones el jueves, te suspenderé como instructora.

Me detuve en seco y giré sobre mis talones en medio del pasillo. Dos esgrimistas aficionados chocaron conmigo y se disculparon rápidamente, aunque había sido culpa mía.

—No puedes hacer eso.

Andras se hundió los puños en la cintura. Antes me daba miedo cuando me clavaba los ojos celestes, casi translúcidos, en los míos. Ahora, encontraba consuelo en ellos. Ahora que papá no estaba, nadie más se preocupaba tanto por mí que me mirara de ese modo.

Las arrugas se apilaban en la frente ancha de Andras como si fueran bloques de Jenga.

Era bajo y ancho, no tenía las dimensiones más adecuadas para ser esgrimista y, sin embargo, el mundo entero lo consideraba el mejor instructor que había dado este deporte.

El cuarto mosquetero , una leyenda viviente.

La gente nos esquivaba a toda prisa, dirigiéndose a sus sesiones con sus instructores. El exclusivo club de Potomac Hills ofrecía instalaciones de esgrima de nivel olímpico. Eso si podías afrontar el precio, claro. O también si tu entrenador era Andras Horvath.

El enorme reloj digital de la pared del fondo me recordó que mi alumno llegaría pronto. Tenía que prepararme, no le gustaba la impuntualidad.

Bajé el tono de mi voz hasta hablar en un susurro y recorrí el club con la mirada.

—Necesito el dinero.

No era exactamente así; necesitaba al cliente . Pero Dios no permitiera que algún imbécil me escuchara y se lo hiciera llegar a Vera. Para ser tan holgazana y alérgica a las matemáticas, mi madrastra tenía sin duda un ojo bien agudo puesto en mis finanzas.

—Es mi academia de esgrima: yo pongo las reglas.

—Andras se echó hacia delante hasta que su nariz casi se pegó con la mía.

Se me revolvió algo en el estómago—. No estoy aquí para acompañarte en tu pasatiempo.

Yo voy por la medalla de oro y eres mi mejor candidata para ganar: la estudiante con más talento que hay aquí dentro.

Si no compartimos el mismo objetivo y la misma disciplina, allí está la puerta.

«Pero Fae, ¿cómo pudiste ser tan fantasiosa de confundir esa mirada al mejor estilo de El resplandor , de Kubrick, con un gesto afectuoso?

». Era imposible que algo tan tonto como las emociones humanas pudieran penetrar por la neblina oscura de la mente unidireccional de Andras.

Solo podía pensar en la esgrima y no le importaba nada más que la medalla de oro olímpica.

Tragué la respuesta amarga que tenía en la punta de la lengua.

Había tanto que quería decirle… Que no tenía tiempo, que por momentos lo veía doble cuando me batía a duelo y la falta de sueño me jugaba una mala pasada, que los callos que tenía en las manos de tanto limpiar hacía tiempo que habían superado en número a los de la esgrima y ahora la empuñadura de la espada se sentía extraña…

Y, más que nada, que no me sentía segura de poder entrar en la clasificación para las Olimpíadas con mi historial y con la multa que todavía estaba pagando.

Al final, solo le dije:

—Entendido. No lo olvidaré. Ahora, por favor, ¿puedo ir a cambiarme antes de que llegue mi alumno?

Sin una sola palabra, giró sobre su eje y se lanzó en la dirección opuesta, hacia la recepción. Andras siempre caminaba así, como un general del ejército del Eje de la década de los años cuarenta.

Mordí el interior de mi mejilla y finalmente entré al vestuario.

Una vez allí, me saqué el equipo y pasé los dedos por la parte superior del brazo.

Andras me había dejado un pequeño corte justo ahí, como había prometido.

Solo él había logrado atravesar mi chaqueta de esgrima y mi protector acolchado.

Debían haberse rasgado antes, y él lo sabía.

Una violación flagrante de la ética del deporte.

Exactamente el tipo de cosa que haría Andras.

«Idiota». Un hilito de sangre serpenteaba a lo largo de todo el brazo hasta el codo.

Hice correr el agua del lavabo y me lo enjuagué con agua tibia; después, saqué el botiquín de primeros auxilios de mi taquilla y me puse una venda.

Los rizos rubios, sudados y despeinados, me cayeron sobre la cara y me taparon los ojos.

Los cortes de cabello eran para la gente de dinero.

Dentro de poco, el pelo me llegaría hasta el trasero y Andras me maldeciría por mi tacañería antes de cortármelo con unas tijeras de cocina oxidadas. Enjuagar y vuelta a empezar.

Miré la hora en mi teléfono. Faltaban ocho minutos para la clase.

Andras me pagaba sin un contrato (y así eludía los impuestos), pero esa no era la razón por la que había elegido enseñar.

Tenía un solo alumno y lo había aceptado porque necesitaba información importante.

De hecho, este mismo alumno había dicho en una entrevista que los datos son lingotes de oro en la actualidad.

Y yo no podía estar más de acuerdo con él.

Quedaban siete minutos. Tiempo suficiente para responder la tanda de mensajes que me había dejado mi mejor amiga de la academia de esgrima de Seúl.

Ari: No puedo creer que no estés conmigo cuando estoy en plena organización de mi boda.

Ari: Terrible traición.

Ari: [Gif de Christian Bale cubierto de sangre encendiendo un cigarro]

Ari : ¿Cuándo empiezas a trabajar para ese «psicópata americano»?

Ari: Deberían hacer el remake de la peli con la familia Sun, ¿no crees?