Exhiliado
La puerta temblaba.El marco de madera crujía bajo los golpes, cada vez más fuertes, cada vez más cerca.
Jimin se encogió en el rincón de su habitación, si es que ese cuarto oscuro y sin ventanas podía llamarse así, abrazando sus rodillas contra el pecho. Su corazón latía demasiado rápido, demasiado fuerte. La marca en su cuello, la que nunca pidió, ardía como si le estuvieran clavando una brasa viva bajo la piel.
—Por favor... —susurró, sin saber si rogaba por un milagro o por valor.
Las voces de los guardias se escuchaban desde el otro lado.
—¡Abran paso!
—¡Órdenes del príncipe heredero!
—¡Saquen al omega!
La puerta cedió de una patada.
La madera voló en astillas que rozaron su mejilla, abriendo un pequeño corte. Dos guardias irrumpieron, armados, oliendo a sudor, metal y odio.
—Ahí está.
—El asesino.
Jimin trató de retroceder, pero no tenía dónde huir. Un par de manos lo agarraron de los brazos con tanta brusquedad que sintió cómo los huesos crujían.
—¡No, no, por favor! Yo no hice nada, yo no...!
No lo escucharon.
Lo arrastraron por el suelo de piedra, cruzando el estrecho pasillo que conducía al corazón del castillo. No tuvieron cuidado, así que a medida que lo arrastraban se raspaba sus rodillas. El dolor de la marca lo mareaba. El dolor físico era soportable; el emocional lo asfixiaba.
Llegaron al gran corredor.Antorchas encendidas.Ecos de murmuraciones.Miradas que lo atravesaban con juicio.
Y al fondo, rodeado de nobles y guardias, estaba él.
Lee Seojin.El alfa que lo había marcado.El príncipe que decía amarlo.
Jimin sintió que algo dentro de él se quebraba al verlo.
Los guardias lo obligaron a arrodillarse, empujando su cabeza hacia el piso. Jimin tragó saliva, tratando de mantener la dignidad... pero estaba temblando.
Seojin avanzó con pasos lentos, solemnes, cruelmente tranquilos. El príncipe lo miró desde arriba, como si observara a un insecto moribundo.
La marca de Jimin vibró, reconociendo la presencia del alfa que era suyo. O que lo había sido alguna vez.
—Park Jimin —dijo Seojin, con la voz baja y gélida—.Asesino.
La palabra cayó como un puñal.
Jimin negó en silencio, lágrimas llenándole los ojos, aunque no se atrevió a levantar la cabeza.
—Yo... yo no... —tosió— yo nunca haría algo así. El bebé... yo lo veía llorar, yo... yo jamás...
El alfa lo interrumpió con una carcajada amarga.
—Cállate. Ya no quiero escuchar tu voz.
La marca de Jimin reaccionó al rechazo como si un hierro candente le atravesara el cuello. Gimió, involuntariamente. Seojin lo notó, y su expresión se endureció aún más.
—Me traicionaste. Mataste a mi hijo —escupió—. Y aun así, no puedo matarte.
El corredor entero contuvo el aliento.
—No puedo matarte —repitió Seojin— porque... —y la palabra le salió como veneno—, porque te amé.
Jimin cerró los ojos con fuerza, en un intento de amortiguar el golpe. La marca ardió, desgarrándose por dentro.
—Pero ya no. Ese amor murió contigo —añadió el príncipe—. El día que tocaste a mi heredero.
—No... —Jimin apenas respiraba— no fui yo... por favor...
Seojin dio un paso atrás, como evitando ensuciarse con su presencia.
—Llévenselo. Sáquenlo del castillo. Sáquenlo del reino. Que desaparezca. Que nadie vuelva a pronunciar su nombre.
Los guardias no esperaron otra orden.
Uno lo tomó por el cabello.Otro por el brazo.Y lo arrastraron sin delicadeza alguna.
Mientras lo sacaban del corredor, Jimin levantó la mirada. Buscando los ojos de Seojin. Buscando algo en él, cualquier cosa.
Pero el príncipe ya había girado la cara.
El camino hacia la salida del castillo fue una tortura.Los guardias no tenían instrucciones de matarlo... pero sí de asegurarse de que no volviera.
El primero golpe le cruzó el abdomen.El segundo le rompió un labio.El tercero lo hizo caer al suelo.
Intentó levantarse, pero una bota lo aplastó contra la tierra.
—Míralo. Un omega asesino.
—No debería estar vivo.
—El príncipe fue demasiado bueno.
Lo patearon sin ritmo, sin piedad.Su marca ardía como una herida abierta, sangrando feromonas de dolor y abandono.
Para cuando llegaron a las puertas del reino, Jimin apenas respiraba. Su cuerpo temblaba. Su visión era un borrón de sombras y luz.
Uno de los guardias lo tomó por la camisa rota y lo empujó con fuerza fuera de las murallas.
—Fuera.
—Si vuelves al reino, te matamos.
—Si alguien te reconoce, te entregarán a la corte.
Las puertas se cerraron detrás de él con un estruendo que pareció romper el mundo entero. Jimin cayó de rodillas en la tierra húmeda del bosque.
Respiró.O intentó hacerlo.
No quedaba aire.No quedaba amor.No quedaba casa.No quedaba nada.
Extendió una mano hacia su cuello, tocando la marca que seguía ardiendo, viva, cruel.
—Seojin... —susurró, sin darse cuenta de que lo decía en voz alta— ¿por qué...?
Pero nadie respondió.
Después de eso, caminó sin rumbo.No sabía cuánto tiempo.El dolor y el miedo se mezclaban con la adrenalina de querer huir del reino, y sus pasos eran torpes, erráticos, sentía que su cuerpo ya no pertenecía a él.
Los árboles se alzaban a su alrededor igual que columnas oscuras, inmóviles, vigilantes. El viento se colaba entre las hojas, arrastrando el olor de la tierra mojada y el susurro lejano de animales nocturnos que lo observaban desde las sombras. Cada vez que un crujido sonaba, Jimin se sobresaltaba, pero ni siquiera tenía fuerzas para correr.
Caminó horas. Tal vez toda la noche.El tiempo había dejado de existir.
El bosque se volvió más denso, envolviéndolo igual que una prisión hecha de ramas y raíces. El frío se intensificó, calándose en su piel, en su ropa desgarrada, en los cortes que seguían sangrando. Cada inspiración le dolía. Cada exhalación era un recordatorio cruel de que seguía vivo, aunque no sabía por qué.
Con cada paso, su cuerpo se sentía más pesado, pareciera que la gravedad quisiera hundirlo en la tierra. La marca en su cuello ardía con una agonía lenta y constante, pulsando al ritmo de un corazón roto. El rechazo del alfa seguía golpeándolo desde dentro, eran látigos que no terminaban de apagarse.
Finalmente, entre los árboles, vio un destello plateado.
La orilla de un río ancho lo recibió con el brillo oscurecido de la luna reflejado en su superficie. El agua corría con fuerza, arrastrando trozos de madera y hojas, como si quisiera llevárselo todo. El cielo, despejado, mostraba estrellas distantes que lo miraban sin compasión.
Jimin avanzó unos pasos más.Sus piernas no dieron más.
Cayó de rodillas, la tierra húmeda ensuciándole las manos. Intentó incorporarse, pero el peso sobre su pecho era demasiado. Sus hombros temblaron. Su respiración se volvió irregular.
Se desplomó hacia un costado, jadeando, dejando que la espalda chocara contra el suelo. Luego terminó boca arriba, mirando el cielo negro salpicado de puntos de luz. La tierra fría lo abrazó simulando un manto silencioso, absorbió su calor, sus lágrimas, su temblor.
El río murmuraba.Un murmullo profundo, un canto suave que parecía llamarlo.Invitándolo a dejarse llevar.A descansar para siempre.
Jimin cerró los ojos un instante, escuchando ese llamado dulce y cruel, sintiendo que la brisa le acariciaba la piel como si fuera la mano de alguien que lo consolara.
—Estoy cansado... —susurró, con la voz quebrada.
El frío se mezclaba con la fiebre, y por primera vez en toda su vida Jimin deseó desaparecer.
Cerró los ojos permitiendo que la noche lo envolviera.Y se quedó dormido a orillas del río fronterizo, sin saber que el destino estaba a punto de cambiar su vida para siempre.
Porque, en ese mismo instante, no muy lejos...un alfa de otro reino cruzaba el bosque junto con la guardia real. Un príncipe con ojos de tormenta que estaba destinado a verlo.
Jeon Jungkook.
ESTA HISTORIA ME EMOCIONA MUCHO AJSHSJSKS Y CUANDO ALGO ME EMOCIONA LO ACTUALIZO SEGUIDO Y CON SEGUIDO ES DIARIO!!! Gracias por leer!!!❤️