Epílogo
Lily
—¡Adiós! —grito mientras saludo con la mano por la ventanilla del copiloto.
Mis dos hijos pequeños, Mason y Aurora, me devuelven el saludo, pero Lauren, la mayor, ni siquiera se gira mientras camina hacia la escuela. Supongo que ya está en esa edad.
—¡Adiós, Lauren! —grito a pleno pulmón—. ¡Mami te quiere muchísimo!
Gira la cabeza de golpe con una expresión de horror en el rostro y entra corriendo en el colegio, mascullando algo entre dientes; probablemente sobre lo vergonzosa que es su madre.
—Eres mala —dice Jayden con una risita mientras vuelve a arrancar el coche.
—Oye —digo, levantando las manos—. Ya lo sabías cuando te metiste en esto, encanto. Ahora no hay vuelta atrás.
—Ni se me ocurriría —dice él con una sonrisa en sus sexys labios. Me reclino en mi asiento y lo observo con una sonrisa mientras se aleja de la escuela.
Llevo una década con este rudo hombre de las montañas y cada día me ha parecido un sueño.
Todavía no puedo creer que viniera a las montañas en busca de soledad y saliera con un hombre. Eso sí que es encontrar el amor en los lugares menos pensados…
Seguimos viviendo en su cabaña, pero después de que naciera Mason, construyó una ampliación para darnos más espacio. Estoy ganando más que suficiente con las ventas de mis libros para comprar otro sitio, pero es que nos encanta este. Es nuestro hogar.
Cada mañana llevamos juntos a los niños al colegio y luego pasamos el resto del día haciendo lo que más nos gusta.
Tenemos sexo hasta la hora de comer y luego Jayden desaparece en el bosque para hacer cualquier cosa naturalista que haga un rudo hombre de las montañas durante todo el día, y yo me siento frente a mi vieja y fiel máquina de escribir a trabajar en el libro que esté escribiendo.
Hasta ahora, he publicado seis. Nada mal teniendo en cuenta que también he tenido tres hijos durante ese tiempo.
Jayden conduce por el pueblo y yo miro por la ventana hasta que mis ojos regresan a su rostro, como suelen hacer siempre.
En su barba larga están apareciendo algunas canas.
Cada año que paso en su vida, parece que le salen más.
Yo creo que es coincidencia. Él piensa lo contrario.
Pero, en su defensa, soy conocida por sacar canas a la gente.
Mis padres estaban completamente canosos antes de que yo me graduara en el instituto.
Parece que provoco ese efecto en las personas.
Me quito las chanclas y pongo los pies sobre el salpicadero mientras lo observo. Él sacude la cabeza con una risita. —Sabes que eso me saca de quicio.
—¿Tienes algún problema con mis pies descalzos? —pregunto con una sonrisa pícara.
—No —dice él sonriendo—. Tengo un problema con el olor.
—¡Mis pies no huelen! —digo mientras me incorporo de un salto en el asiento. Le agarro el bulto de la entrepierna y le doy un apretoncito—. Retira lo dicho.
Esos sexys ojos marrones se clavan en los míos. —¿O si no qué?
—O nada —respondo—, pero si me dices que te encantan mis pies, te la chupo.
Él levanta una ceja y siento que empieza a endurecerse contra mi palma.
—Me encantan tus adorables, preciosos y condenadamente sexys pies.
—Así me gusta —digo mientras me ajusto el cinturón y me inclino sobre la consola que nos separa. Jayden empieza a llenar la cabina con gemidos profundos mientras presiono la palma abierta contra su miembro duro y lo muevo de arriba abajo sobre los vaqueros.
Levanta las caderas y casi se sale de la carretera cuando le bajo la cremallera y saco su enorme y gruesa polla.
Se me hace la boca agua mientras miro el tronco palpitante y la cabeza púrpura e hinchada que ya tiene líquido preseminal asomando por la pequeña ranura superior.
—¿Cuánto te gustan mis pies? —pregunto, provocándole mientras lo aprieto.
—Me estás matando, Lily —gruñe, como si le doliera—. Envuelve esos dulces labios a mi alrededor antes de que muera.
Estoy a punto de seguir provocándolo, pero cuando una gota de preseminal resbala por mis dedos apretados, no puedo resistirme más. Abro la boca de par en par y acojo a mi hombre.
Él gime y me agarra la parte posterior de la cabeza con su mano fuerte mientras rodeo su miembro con la lengua y lo recorro de arriba abajo, chupándosela. Su polla es enorme y me empiezan a llorar los ojos mientras lo introduzco hasta el fondo.
—Joder, Lily, sabes perfectamente cómo chupármela —gruñe—. Tu boca se siente tan malditamente bien. Me voy a correr por toda ella.
Empiezo a mover la cabeza arriba y abajo más rápido mientras aprieto los labios a su alrededor. Sabe tan bien… a sal y a sexo, y hace que mi coño me duela de deseo y necesidad.
Su agarre en mi nuca se tensa y sé que está a punto de venirse.
—Esta boca es mía, pequeña —gruñe con ese tono posesivo que le entra. Siempre me pone muchísimo oírle hablarme como a un cavernícola obsesionado—. Tus labios son míos. Tu lengua es mía.
Gimo cuando un nuevo sabor a líquido preseminal llega a mi lengua.
—Me voy a correr en tu boquita caliente y luego, cuando lleguemos a casa, me voy a correr en ese precioso coñito tuyo una y otra vez.
Todo mi cuerpo está en llamas mientras le succiono con más fuerza. Supongo que hoy no voy a terminar mi libro. En fin…
Todo su cuerpo se tensa y siento que su polla se endurece aún más en mi mano un segundo antes de que lance chorros calientes de semen por todo el interior de mi boca.
—Mmmmmm —gimo mientras me lo trago todo.
Deslizo lentamente los labios y la lengua por su miembro hasta que es demasiado y él me aparta.
Sonrío mientras me limpio la comisura de los labios con el dedo, observándolo mientras intenta conducir recto por la apartada carretera de montaña. Tiene la cabeza apoyada en el reposacabezas y la mirada nublada.
Espero que no haya terminado, porque su cachonda mujercita está muy empapada por él.
Me mira con una sonrisa de satisfacción, pero sigue habiendo hambre en esos ojos. No ha terminado. Nunca está satisfecho del todo hasta que ha conseguido que yo me corra. Varias veces.
Jayden se guarda la polla en los pantalones mientras nos acercamos a la cabaña de los Miller. Unos nuevos inquilinos están descargando el coche en la entrada.
—Maldita gente de ciudad —susurro mientras les saludo con una gran sonrisa—. ¿Cómo se atreven a invadir nuestra montaña?
Jayden se ríe mientras se gira hacia mí. —Ya te digo. A veces no se van nunca.
Le devuelvo la sonrisa. —Suerte la tuya.
Él sonríe y asiente. —Sí. Suerte la mía.
Y suerte la mía también, porque cuando llegamos a casa, noto por la mirada encendida que me lanza Jayden que hoy no vamos a hacer nada de trabajo.
Va a ser un maratón de sexo hasta que los niños vuelvan a casa.
La vida en la montaña…
¡…el mejor tipo de vida que existe!