El almacén de los nombres
La puerta de registros estaba cerrada con una cadena nueva.
El plano no la mostraba.
Rodeé el depósito de agua y encontré una ventana estrecha a la altura del suelo. El vidrio había sido sustituido por una lámina de plástico, probablemente para ventilar el sótano de archivos.
Utilicé la herramienta que llevaba en la mochila para retirar dos tornillos.
El plástico cedió.
La abertura era demasiado pequeña para pasar con la mochila, así que la empujé primero. Después introduje los brazos, giré el cuerpo y descendí hacia el interior.
Caí más fuerte de lo esperado.
La pierna derecha se dobló bajo mi peso y el dolor subió hasta la cadera. Permanecí inmóvil varios segundos, escuchando.
Nadie llegó.
—Estoy dentro —susurré.
La voz de Camila respondió a través del auricular.
—Te escucho.
La habitación olía a papel húmedo y productos químicos. Encendí una linterna con filtro tenue.
Había estantes de metal desde el suelo hasta el techo.
El primer archivo que abrí contenía fotografías de mujeres.
No eran retratos familiares. Eran imágenes frontales, laterales y de cuerpo entero, acompañadas por medidas, números de identificación y observaciones médicas.
Sin familiares localizables.
Documentación disponible.
Fallecida, identidad activa.
Desaparecida voluntaria, bajo riesgo de reclamación.
En otro estante encontré radiografías, moldes dentales y hojas con huellas digitales. Varias cajas llevaban nombres que reconocí de la lista de Lucía.
Una carpeta contenía el certificado de defunción de una mujer en Chihuahua. Junto a él había licencias y documentos bancarios emitidos después de su muerte.
Cada expediente representaba una vida reducida a piezas reutilizables.
—Camila, están aquí los originales.
—Describe la ubicación.
—Sótano de registros, sector norte. Al menos ocho filas de estantes. Fotografías, muestras médicas y documentos.
Tomé imágenes mientras avanzaba.
El reloj de Sofía aparecía cuarenta metros al este y un nivel por encima.
Encontré la escalera.
Antes de subir, llegué al panel de cámaras. Introduje el código de mantenimiento de mi antigua auditoría.
La pantalla mostró doce imágenes.
En la entrada principal había dos hombres. Otro vigilaba el patio. Esteban se encontraba dentro de una oficina del segundo nivel.
Sofía estaba sentada frente a él.
No parecía herida. Llevaba todavía la pulsera con el reloj y sostenía un vaso de agua con ambas manos.
Activé el modo de diagnóstico. Cuatro cámaras dejaron de transmitir y mostraron una imagen congelada del corredor vacío.
—Perdí varias cámaras —dijo un hombre por radio.
—Reinicia el sistema —respondió Esteban.
Tenía quizá dos minutos.
Subí.
El cansancio apareció antes de llegar al segundo nivel. Me ardían los pulmones y la pierna golpeada comenzaba a fallar. Me obligué a reducir el ritmo. Llegar sin poder moverme no ayudaría a Sofía.
La oficina estaba al final del corredor.
Esteban salió antes de que yo llegara y caminó hacia la sala de vigilancia. Esperé detrás de una estantería hasta que dobló la esquina.
Después corrí hacia la puerta.
Estaba cerrada con llave.
Sofía levantó la cabeza al verme a través del vidrio.
No gritó.
Se acercó.
—Aléjate —le indiqué.
Utilicé una barra de metal para golpear la cerradura. El primer intento no produjo nada. El segundo abrió una grieta junto al marco.
—Más arriba —dijo Sofía desde dentro—. Tiene otro seguro.
Había observado cómo la encerraban.
Golpeé cerca de la segunda cerradura. La puerta se abrió lo suficiente para que ella saliera.
—¿Te lastimaron?
Negó con la cabeza.
—Me hicieron preguntas.
—¿Sobre qué?
—El pájaro. El señor Esteban dijo que tú sacaste la cosa negra y que yo debía contarle si dejaste otra copia, una carpeta roja o una contraseña.
—¿Le dijiste algo?
—Que estaba en la escuela.
A pesar del miedo, había inventado una dirección falsa.
—¿Se lo creyó?
—No.
Una voz sonó por radio en el corredor.
—Las cámaras siguen caídas.
Tomé la mano de Sofía, pero ella se puso rígida.
La solté de inmediato.
—Sígueme sin hacer ruido.
No podíamos utilizar la entrada principal. Esteban sabría que la oficina había sido abierta y cerraría el corredor norte. El muelle de carga quedaba detrás del área de clasificación, al otro extremo del edificio.
Avanzamos por un pasillo entre estantes.
Sofía respiraba rápido, pero no lloraba. Mantenía la vista sobre mis zapatos para copiar cada paso.
—¿Valeria está bien? —preguntó.
—Sí.
—¿Papá?
—También.
—¿Por qué no vinieron?
—Porque necesitábamos que Arturo pensara que seguían en el hotel.
Sofía aceptó la explicación con un movimiento pequeño de cabeza.
Llegamos a una sala amplia.
Las tres ventanas estrechas estaban sobre una pared.
Sofía se detuvo.
—He estado aquí.
Miré hacia el corredor.
—¿Cuándo?
—Cuando era pequeña.
—¿Con quién?
—Un señor me recogió de la escuela. Dijo que papá estaba ocupado. Me trajo aquí y me dejó en una oficina.
—¿Estaba Arturo?
—Llegó después. Me preguntó por tu escritorio y por una carpeta roja. Luego llamó a alguien y dijo que debían revisar la casa otra vez.
Aquello había ocurrido después de mi desaparición. Mientras Daniel creía que Esteban protegía a Sofía, los hombres de Arturo la habían trasladado sin su conocimiento y la habían interrogado.
—¿Por eso dibujabas las ventanas?
—No recordaba dónde estaban.
Una puerta se cerró detrás de nosotros.
—Ahora sí —dijo Esteban.
Estaba a diez metros, con un arma en la mano.
Sofía se colocó detrás de mí.
—Déjala salir —dije.
—Dame la tarjeta.
—Sofía no la tiene.
—Pero tú sí.
—Tengo una copia.
—Quiero el original.
—Ya no existe un solo original.
Esteban avanzó.
—Entonces dame lo que llevas.
Saqué lentamente la tarjeta falsa.
—Aquí está la lista, las cuentas y la auditoría.
—Ponla en el suelo.
—Si me disparas, nunca tendrás la contraseña.
—Beltrán puede extraerla.
—No de una tarjeta cifrada.
Esteban apuntó hacia mi pecho.
La Elena cautiva habría obedecido para ganar otra hora, otro vaso de agua o una posibilidad futura.
Yo ya había enviado las pruebas.
—Arturo necesita el acceso a la cuenta —dije—. Si destruyes la tarjeta, tendrás que explicárselo.
La duda apareció en sus ojos.
No bajó el arma, pero dejó de avanzar.
Una camioneta entró en el patio.
Escuchamos las puertas cerrarse.
Arturo apareció en el extremo del corredor acompañado por otro hombre.
Vestía el traje de la boda. No llevaba corbata y su expresión era más cansada que furiosa.
Miró primero a Sofía.
Después a mí.
—Siempre fuiste incapaz de dejar un problema sin abrir —dijo.
—Y tú siempre confundiste ocultarlo con resolverlo.
Arturo observó la tarjeta entre mis dedos.
—¿Es Colibrí?
—Es lo que queda.
—Esteban, llévalas a la sala de registros.
—Las autoridades vienen —dije.
Arturo no pareció preocupado.
—Las autoridades llevan años llegando tarde.
Esteban se acercó.
Esta vez no podía detenerlo sin poner a Sofía frente al arma.
Guardé la tarjeta y levanté las manos.
—Camina delante de mí —le dije a mi hija—. No corras hasta que yo te lo diga.
Sofía obedeció.
Arturo nos condujo hacia la habitación donde almacenaba los nombres de las mujeres que había decidido convertir en herramientas.