Mi Marido Cree Que Estoy Muerta Alguien conoce mi escondite
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Alguien conoce mi escondite

Me despertó un roce metálico.

No fue un golpe ni una puerta abriéndose. Solo el sonido cuidadoso de una herramienta dentro de la cerradura.

El reloj del microondas marcaba las cuatro y diecisiete.

Camila dormía en su habitación. Yo estaba en el sofá, vestida y con los zapatos puestos, como todas las noches desde que había regresado. No encendí la luz. Deslicé una mano bajo el cojín y saqué el teléfono desechable.

La cerradura volvió a moverse.

Alguien estaba probando el mecanismo sin forzarlo.

Me levanté y crucé el pasillo. Toqué dos veces la puerta de Camila, hice una pausa y volví a tocar. Era la señal que habíamos acordado.

Ella abrió casi de inmediato.

No preguntó nada. Tomó la mochila preparada junto a su cama y me siguió hacia la cocina.

Nuestro segundo camino de salida pasaba por una pequeña ventana sobre el fregadero. Daba al patio interior y a una escalera de hierro que los vecinos utilizaban para alcanzar los medidores de agua. Camila había retirado previamente dos tornillos de la reja para poder abrirla desde dentro.

La cerradura de la entrada emitió un clic.

Salimos.

Camila colocó la reja en su posición sin asegurarla. Bajamos un nivel y entramos en un cuarto de limpieza vacío cuya puerta no cerraba bien. Desde allí podíamos acceder al edificio contiguo a través de una azotea compartida.

No llegamos a cruzar.

La puerta del departamento se abrió.

Dos hombres entraron.

Los escuchamos moverse encima de nosotras. No hablaban como ladrones. No revisaron al azar ni derribaron muebles. Uno caminó directamente hacia la sala. El otro entró en el dormitorio de Camila.

Una sombra apareció detrás de la ventana de la cocina.

—No está —dijo un hombre.

Reconocí la voz.

El cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar. Los músculos de las piernas se endurecieron y la garganta se cerró.

Esteban Ríos.

No necesitaba verlo. Había escuchado aquella voz en la oscuridad, junto a puertas cerradas y detrás de vendas. La reconocía por la manera en que dejaba caer las últimas sílabas, como si cada frase ya estuviera decidida antes de pronunciarla.

También reconocí su respiración.

Lenta. Controlada. Siempre por la nariz.

Durante mi cautiverio, Esteban podía entrar en la habitación después de subir cuatro tramos de escaleras sin parecer agitado. Su calma era una parte deliberada del miedo que provocaba.

—Durmió aquí —respondió el segundo hombre.

—Toma fotos.

Me acerqué a la abertura del cuarto de limpieza.

A través de la ventana podía ver parte de la cocina. Esteban llevaba una chamarra oscura y guantes. El otro hombre era más joven y sostenía una cámara pequeña.

Fotografió el sofá donde yo había dormido.

Después tomó imágenes de la taza que utilicé la noche anterior, de la manta doblada y de las vendas que Camila guardaba junto al fregadero.

No buscaban dinero.

Buscaban pruebas de mi presencia.

Esteban desconectó el router y lo colocó dentro de una bolsa. Revisó el cable, la etiqueta del proveedor y el número de serie.

—Llévalo —ordenó.

El otro hombre abrió los cajones de la cocina, pero dejó intactos los billetes que Camila había colocado dentro de una taza para emergencias. Tampoco tomó la computadora vieja, porque no estaba conectada a la red.

Esteban se detuvo junto a la ventana.

Por un instante pensé que vería la reja mal colocada.

Me sujeté la muñeca para impedir que la mano temblara.

Él acercó el rostro al vidrio, observó el patio y luego se apartó.

—Salió antes de que llegáramos.

—¿La periodista la ayudó?

—Eso parece.

—¿Avisamos al señor Salgado?

Esteban tardó en responder.

—Primero vamos con el doctor.

La clínica de Beltrán.

Camila me miró. Yo levanté la cámara y tomé varias fotografías a través de la abertura. Una mostraba el perfil de Esteban. Otra capturaba el rostro del segundo hombre.

Esperamos hasta que abandonaron el departamento.

Los seguimos desde la azotea hacia el edificio contiguo. Desde una ventana del tercer piso vimos que caminaban hacia un vehículo estacionado en el callejón.

Era una camioneta azul oscuro.

Tomé fotografías de la matrícula y de una calcomanía pequeña en el parabrisas. Esteban subió al asiento del conductor. El otro hombre abrió la puerta trasera para guardar las bolsas.

—El rastreador —susurré.

Camila me sujetó el brazo.

—No.

Habíamos comprado dos dispositivos baratos después de ver la camioneta frente a mi casa. Funcionaban mediante una tarjeta independiente y podían adherirse con un imán bajo un vehículo.

—Van a Beltrán —dije.

—Ya lo escuchamos.

—Necesitamos saber a qué entrada llegan y cuánto tiempo permanecen.

—También necesitamos seguir vivas.

El hombre más joven comenzó a mover unas cajas que bloqueaban parte del callejón. Esteban permanecía dentro de la camioneta.

No tendría otra oportunidad.

Bajamos por las escaleras del edificio contiguo. Camila salió primero, llevando una bolsa de basura que había encontrado en el descanso. Caminó hacia el contenedor del callejón como si viviera allí.

Yo me mantuve detrás de una fila de autos estacionados.

Cuando el segundo hombre terminó de mover las cajas, Camila dejó caer la bolsa frente al contenedor. Varias botellas de plástico rodaron hacia la camioneta.

—Disculpe —dijo—. ¿Me ayuda? Me lastimé la espalda.

El hombre la miró con irritación.

Camila se agachó lentamente, fingiendo dolor.

Él avanzó para retirar una botella atrapada bajo una rueda.

Yo crucé detrás del vehículo.

Me arrodillé junto al parachoques trasero y coloqué el rastreador dentro del hueco metálico, lejos del tubo de escape. El imán se adhirió con un sonido leve.

La puerta del conductor se abrió.

Me levanté y continué caminando sin mirar atrás.

—¿Qué haces? —preguntó Esteban.

No supe si hablaba conmigo o con su acompañante.

Doblé la esquina.

Camila apareció treinta segundos después. No corrimos hasta entrar en un estacionamiento público a dos calles.

Solo entonces respiré.

—Eso fue una estupidez —dijo.

—Funcionó.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

Utilizamos otro teléfono para activar el dispositivo. El punto comenzó a moverse sobre el mapa.

La camioneta salió de Barrio Antiguo, tomó Constitución y avanzó hacia el poniente. Se detuvo cuarenta minutos después frente a la clínica privada de Beltrán.

Permaneció allí.

Camila observó la pantalla.

—Ya tenemos las fotografías, la matrícula y la ubicación. Llamamos a la fiscalía ahora.

—¿Y qué les decimos?

—Que dos hombres entraron en mi departamento y que uno trabaja para la empresa que pagó tu funeral.

—Cuando lleguen, el router habrá desaparecido, ellos negarán haber entrado y Beltrán eliminará todo lo que conserve.

—También podemos decirles quién eres.

—Sin una prueba genética, soy una mujer que se parece a una muerta y que ha entrado ilegalmente en dos propiedades.

Camila cerró los ojos un instante.

—Siempre encuentras una razón para esperar.

—Porque todavía no tenemos algo que no puedan borrar.

—Tenemos el informe dental.

—Tenemos copias cuestionables y la opinión privada de Inés.

—Tenemos a Lucía.

—Tenemos un expediente laboral.

Camila guardó el teléfono en el bolsillo.

—¿Qué necesitas para considerar que es suficiente?

No contesté.

—No estás investigando solo para proteger a Sofía —continuó—. También quieres entrar en cada habitación donde te hicieron daño y obligarlos a explicarte por qué.

—Quiero saber quién puede llegar a mi hija.

—Y estás dispuesta a morir antes de admitir que quizá nunca sabrás todo.

La frase me golpeó con más fuerza porque no podía rechazarla por completo.

Miré el punto inmóvil frente a la clínica.

—Encontraron tu departamento después de que consultamos los registros conectados de Rivera y contactamos a Raúl.

—También contactamos al contador.

—Y se llevaron el router. No vinieron por las fotografías ni por la computadora aislada. Querían reconstruir las conexiones que usamos para consultar las cuentas y localizar al contador.

El archivo de contingencia seguía siendo local y no podía haberlos alertado.

La exposición tuvo que producirse después: una consulta en la plataforma financiera, el mensaje enviado a Raúl o una cuenta de Rivera vigilada por la red.

Arturo no había rastreado el disco antiguo; había rastreado nuestra salida hacia sistemas conectados.

Yo había diseñado parte de los controles corporativos que permitían relacionar una consulta con el dispositivo que la realizaba.

Arturo la estaba utilizando para encontrarme.

—Tenemos que irnos de aquí —dijo Camila.

Asentí.

No regresamos al departamento. Camila llamó a un antiguo compañero y consiguió las llaves de un inmueble vacío utilizado para alojar fuentes protegidas. Antes de marcharnos, configuré el rastreador para enviar una alerta si la camioneta abandonaba la clínica.

A las cinco y cincuenta y ocho, el punto seguía allí.

Esteban y Beltrán no solo se conocían.

Después de buscarme, Esteban había llevado directamente al médico aquello que encontró en mi escondite.