El apartamento vacío
Camila regresó de Laredo poco antes de las seis de la tarde.
No había visto el auto que vigilaba la casa de Raúl Mendoza, pero el contador le envió una fotografía tomada desde una ventana.
Era un sedán gris sin placas delanteras, estacionado frente a su domicilio durante más de cuatro horas.
Camila había cruzado la frontera sin acercarse al lugar de la reunión y cambió dos veces de transporte antes de regresar a Monterrey.
Traía, sin embargo, una información útil.
Entre los pagos administrados por Rivera Border Accounting encontró transferencias mensuales destinadas a un edificio de departamentos en la colonia Obispado.
El contrato estaba a nombre de Valeria Cruz.
Había comenzado cinco meses antes de mi funeral y continuaba vigente, aunque Valeria llevaba más de un año viviendo públicamente con Daniel.
Una nota contable indicaba que Arturo lo había autorizado como oficina temporal para evaluaciones de riesgo.
Eso explicaba por qué el alquiler era rastreable y por qué Valeria podía conservar el lugar sin despertar sospechas; todavía no sabíamos para qué lo utilizaba.
—Puede ser una oficina —dijo Camila.
—O un lugar donde guarda lo que no quiere llevar a mi casa.
El edificio tenía seis pisos y más de treinta años.
Las fotografías del portal inmobiliario mostraban una escalera de servicio exterior, construida alrededor de un patio estrecho.
En las reseñas de los inquilinos aparecían quejas sobre ventanas que no cerraban, humedad y cámaras de seguridad que llevaban meses sin funcionar.
Una solicitud de mantenimiento vinculada al departamento de Valeria mencionaba que el pestillo de la ventana de la cocina no aseguraba correctamente.
La queja seguía abierta.
Aquella noche, Valeria debía asistir con Daniel a una cena previa a la boda. El evento aparecía en las publicaciones sociales de una fundación patrocinada por Salgado Norte. Comenzaba a las ocho en un hotel de Valle Oriente.
Esperamos hasta ver fotografías de los invitados entrando al salón.
A las ocho y veinte, Daniel apareció junto a Valeria en una transmisión en vivo. Él llevaba traje oscuro. Ella sonreía frente a las cámaras con una mano sobre su brazo.
Camila detuvo la imagen.
—Tenemos quizá una hora antes de que alguien note que no estás invitada a su departamento.
—Si algo cambia, me llamas una vez y cuelgas.
—No deberías ir sola.
—Si nos descubren juntas, no queda nadie para sacar la información.
No le gustó, pero no discutió. Me entregó una cámara pequeña, guantes y un teléfono desechable. También me hizo prometer que no tocaría ninguna computadora conectada a una red.
Llegué al edificio a las ocho y cuarenta y dos.
El portón del estacionamiento se abrió cuando un residente salió en su auto. Entré antes de que volviera a cerrarse y crucé el patio con una bolsa de supermercado en la mano. La escalera de servicio quedaba detrás de un cuarto de basura y no estaba cubierta por las cámaras de la entrada.
Subí hasta el quinto piso.
La ventana de la cocina del departamento 5B daba directamente al descanso. Desde fuera parecía cerrada, pero el marco se movió cuando introduje los dedos bajo el borde. El pestillo cedió con una presión leve.
Esperé.
No escuché voces ni pasos.
Abrí lo suficiente para pasar.
La cocina olía a espacio cerrado. No había comida sobre las superficies ni platos en el fregadero. El refrigerador estaba desconectado y una fina capa de polvo cubría la mesa. Valeria no vivía allí, pero tampoco había abandonado el lugar.
Las cortinas del resto del departamento permanecían cerradas.
Encendí una linterna pequeña.
La sala solo contenía un sofá, una mesa plegable y dos cajas de cartón. No había adornos, televisión ni fotografías familiares. El espacio parecía preparado para desaparecer en pocos minutos.
Abrí la primera caja.
Encontré recortes de periódicos relacionados con mi desaparición. Los artículos estaban organizados por fecha, desde el hallazgo de mi auto hasta el funeral. Algunos incluían anotaciones en los márgenes.
¿Quién autorizó el traslado?
Daniel cambió la versión.
Beltrán habló antes del ADN.
El nombre de Arturo aparecía rodeado varias veces.
En otra caja había fotografías de Lucía Herrera.
No eran imágenes obtenidas de su expediente laboral.
En una, Lucía soplaba las velas de un pastel.
En otra, estaba sentada en una playa junto a una mujer cuyo rostro reconocí como el de Valeria, aunque ambas parecían casi adolescentes.
Había boletos de autobús, tarjetas de cumpleaños y un sobre dirigido a Vale con la letra de Lucía.
Valeria no solo la conocía.
Habían compartido una vida.
Sobre la mesa plegable encontré mapas de las propiedades de Salgado Norte. Varias bodegas estaban marcadas con círculos rojos: una en Apodaca, otra cerca de Sabinas Hidalgo y dos en la zona de Laredo. Una de ellas tenía tres ventanas estrechas dibujadas en uno de los planos.
Las mismas ventanas del dibujo de Sofía.
Fotografié cada mapa.
Debajo había una copia de la declaración firmada por Daniel. Valeria había subrayado la frase en la que afirmaba haber reconocido visualmente mi cuerpo.
Junto al documento aparecía una nota escrita a mano:
¿Qué le mostraron antes de que firmara?
Aquella pregunta podía pertenecer a una investigadora.
También podía pertenecer a alguien que necesitaba saber si Daniel había descubierto el engaño.
Revisé un cajón.
Dentro encontré fotografías de Sofía entrando y saliendo de la escuela. Algunas estaban tomadas desde el parque donde yo había recogido el dibujo. Otras mostraban a mi hija con Daniel, con la terapeuta o con una mujer mayor que no reconocí.
Las fechas cubrían casi dos años.
Una imagen reciente mostraba a Sofía sosteniendo la carpeta de dibujos.
Sentí que algo duro se cerraba dentro de mi pecho.
Valeria podía tratarla con ternura, cambiar el sabor de un pastel y besarle la frente. Eso no impedía que la vigilara.
En el dormitorio no había cama. Solo un escritorio, un archivador metálico y una silla.
El primer cajón contenía expedientes de empresas. El segundo estaba cerrado con llave. El tercero se abrió.
Había una carpeta negra con una etiqueta blanca.
E. FUENTES
Me senté antes de abrirla.
La primera página incluía una fotografía mía tomada años antes, durante una conferencia. Debajo aparecían mi fecha de nacimiento, direcciones antiguas, escuelas, empleos, números de identificación y nombres de familiares.
Las páginas siguientes eran más personales.
Mi historial médico.
Las migrañas.
Una operación de apéndice a los diecisiete años.
Una alergia leve a la penicilina.
La cicatriz del antebrazo que había mostrado a Camila para demostrar mi identidad.
Había notas sobre mi matrimonio: los restaurantes que frecuentábamos, los nombres de nuestras amistades, los viajes familiares y las discusiones públicas registradas por empleados o conductores.
Alguien había anotado que yo acostumbraba caminar por la casa cuando no podía dormir y que guardaba documentos importantes en carpetas rojas.
También estaba el nombre de la canción que sonaba en la caja musical de Sofía.
Cerré la carpeta.
Valeria no había reunido aquella información después de entrar en la vida de Daniel. Algunas páginas tenían fechas anteriores a mi desaparición.
Me había estudiado antes de ocupar mi casa.
Volví a abrirla y fotografié cada hoja. Mi respiración se aceleraba, pero mantuve el teléfono firme. Las conclusiones podían esperar. Las pruebas no.
En el fondo del cajón encontré una grabadora digital antigua.
Tenía la batería casi agotada.
Presioné el botón de reproducción.
Al principio solo escuché estática. Después apareció una voz femenina, baja y rápida.
—Vale, soy yo. No contestes si estás con alguien. Cometí un error al confiar en el abogado. Le enseñé una parte de los pagos y ahora saben que hice copias. Dijo que iba a ayudarme, pero trabaja para…
La grabación se interrumpió.
Intenté reproducirla otra vez. Terminaba en el mismo punto.
Vale.
Lucía hablaba con Valeria.
Quizá le advertía.
Quizá confesaba que ambas habían iniciado algo que escapó de su control.
Copié el archivo en la memoria de la cámara y dejé la grabadora donde estaba. Al devolver la carpeta negra al cajón, noté que la esquina inferior había quedado atrapada bajo otro expediente.
La acomodé.
Entonces escuché un ruido en el pasillo.
Una tabla del piso crujió al otro lado de la puerta.
Apagué la linterna.
Las llaves rozaron la cerradura principal.
Valeria había regresado.
Miré el reloj. Apenas habían pasado treinta y siete minutos desde que apareció en la cena.
La puerta se abrió.
Entré en la cocina y cerré el cajón con cuidado. No tenía tiempo de alcanzar la ventana sin cruzar frente a la sala.
Los zapatos de Valeria avanzaron sobre el piso de madera.
Dejó algo sobre la mesa.
—¿Hay alguien aquí? —preguntó.
No respondí.
Vi la ventana de la cocina a menos de tres metros. Debía atravesar el espacio abierto antes de que ella llegara al pasillo.
Valeria encendió la luz de la sala.
Me moví.
Abrí la ventana y pasé primero una pierna. El marco golpeó la pared.
—¡Oiga!
Salté al descanso de la escalera.
Valeria entró en la cocina cuando yo ya descendía. No esperé a comprobar si había visto mi rostro. Bajé dos pisos, crucé una puerta de mantenimiento y salí por el estacionamiento mientras escuchaba sus pasos encima de mí.
No corrió detrás.
Eso me preocupó más.
Llegué a la calle, doblé la primera esquina y llamé a Camila desde un taxi en movimiento.
—Regresó antes.
—¿Te vio?
—No lo sé.
—¿Encontraste algo?
Miré las fotografías guardadas en la cámara.
Lucía. Sofía. Los mapas. Mi vida convertida en un expediente.
—Valeria sabía demasiado sobre mí antes de que desapareciera.
Mientras el taxi se alejaba, imaginé a Valeria recorriendo las habitaciones y comprobando qué había cambiado. No sabía si llamaría a la policía o si mantendría la intrusión en secreto para que Arturo no revisara sus propios archivos.
Yo había devuelto la carpeta al tercer cajón, pero no podía asegurar que quedara exactamente como antes.
La marca del polvo alrededor de la carpeta podía delatarme por menos de un centímetro.
Si Valeria era tan cuidadosa como parecía, lo notaría.