Capítulo 23
Daniela
—Puedes coger lo que necesites —me dijo Harper al abrir la puerta del vestidor.
Madre mía, la cantidad de ropa que se había traído aquella criatura, y eso que se suponía que solo iba a pasar unas semanas allí. O al menos eso era lo que me había dicho Landon la noche anterior.
Porque, la verdad, aquella noche habíamos hecho de todo menos dormir. Y no hablo solo de lo sexual, que de eso hubo y mucho, sino también de hablar. Nos dio tiempo a tocar un poco de todo: su familia, la mía… Fue como una especie de popurrí.
Aunque, si tenía que ser sincera, de lo que más hablamos fue de todo lo que yo había vivido con Pablo. De su vida personal, en cambio, apenas rozamos nada. Pero, como ya pensé la noche anterior, no iba a ser yo quien lo obligara a abrirse.
Cada uno necesita su tiempo, su momento y, sobre todo, su espacio. Y no solo eso, también tiene que sentirse a gusto con la otra persona.
Que él me hubiera transmitido la suficiente confianza como para acabar abriéndome a él no significaba que Landon tuviera que sentir lo mismo conmigo.
—Con un bikini y un vestido estoy bien.
No quería abusar, aunque sabía que Harper me lo estaba prestando de corazón y no porque se lo hubiera pedido su hermano.
Se puso a rebuscar en uno de los cajones hasta que sacó dos bikinis: uno blanco y otro amarillo, y nada más verlo tuve claro cuál quería.
No tenía ni puta idea de qué tenía ese color, pero no podía evitar que los ojos se me fueran detrás cada vez que veía una prenda así.
Me encantaba para ropa, zapatos o complementos; para otras cosas, en cambio, me parecía demasiado chillón.
Quedaba confirmado que no estaba muy bien de la cabeza o, por lo menos, que era un poco rara. Eso por ser suave conmigo misma.
—El amarillo —le dije demasiado rápido—. Si no te importa —añadí, intentando arreglar un poco la velocidad con la que había respondido.
—No me importa. —Se encogió de hombros, quitándole importancia—. Además, creo que ese color te queda mejor a ti que a mí.
Lo decía porque ella era muy rubia.
Ese tono de pelo solo se lo había visto a otra persona. Bueno, al menos entre la gente que yo conocía en persona, porque estaba claro que en el mundo había millones con ese mismo color.
Landon también era rubio, aunque no tanto como su hermana. El de él tiraba más hacia un rubio oscuro, con reflejos entre chocolate y dorado.
El caso, como iba diciendo, es que ese tono tan brillante solo se lo había visto a Alma. Supongo que en algún momento tendría que conocer a alguien más.
No sé, mientras más me fijaba en Harper, más familiar se me hacía.
En fin, creo que me estaba montando pajaritos donde no debía.
O quizá sí.
—Harper —la llamé—, ¿puedo preguntarte algo?
—Claro, pero que no tenga nada que ver con lo que anoche hice con tu hermano.
—Puag, de eso no me interesa nada. Para mí, imaginar a mi hermano teniendo relaciones es como imaginar a mis padres. Te aseguro que no hay nada agradable en tener esa imagen dando vueltas por mi cabeza.
Puse cara de asco, y aquello provocó que se riera a carcajadas.
—Me encanta la cara que has puesto. —Seguía burlándose de mí.
Menuda hija de su madre estaba hecha.
—Si quieres, te puedo decir cómo la tiene tu hermano y lo que es capaz de hacer con ella.
Dani, mejor no pienses en eso, que se te van a subir los colores a la cara.
—También te puedo contar lo bien que se le da mover la lengua.
Hala. Ya me lo había buscado yo sola. Y ahora no me quedaba otra que aguantar el calentón, porque solo de pensar en lo que me hizo sentir anoche aquel hombre, era imposible no ponerme a cien.
Eso tirando por lo bajo.
—No seas cochina, mi hermano no hace esas cosas.
La risotada que soltó en ese momento fue, probablemente, la más grande que había oído hasta entonces.
—No, claro. Tu hermano es miembro honorífico de la hermandad del celibato —contesté con toda la calma del mundo.
—Me encantas para Landon. Estoy segura de que le vas a devolver la vida que la otra le quitó.
En cuanto terminó la frase, se dio cuenta de que había hablado más de la cuenta.
No pensaba ponerla en el compromiso de contarme nada sobre la vida de su hermano. No era a ella a quien le correspondía hablar de eso.
Como dije antes, cuando Landon quisiera contarme algo, lo haría. Mientras tanto, iba a respetar su silencio. O, al menos, la parte de él que todavía no quería compartir.
—Creo que más que devolverle la vida, lo que puedo hacer es terminar de enloquecerlo.
Me entregó el bikini amarillo junto con un vestido playero blanco.
—Eso también es darle vida. De una forma mucho más divertida, pero vida al fin y al cabo. Y ganas de vivir y de disfrutar.
Lo que me estaba quedando claro era que aquellos hermanos no tenían absolutamente nada que ver el uno con el otro.
Aunque tampoco podía sorprenderme demasiado. Solo había que vernos a Gonzalo y a mí para darse cuenta de que dos hermanos podían ser polos opuestos.
Con aquella ropa y algunas prendas más que insistió en dejarme para la noche y para el día siguiente, me fui al baño de la habitación de Landon.
Y digo que me dio más ropa porque así fue.
Se había empeñado en dejarme también algo para después. Eso sí, esta vez me había dado prendas más sueltas.
Harper tenía una talla menos que yo y, aunque no era mucha diferencia, sí la suficiente como para que su ropa me quedara más ceñida.
Dejé todo sobre la cama y al baño solo me llevé el bikini.
Iba mirando cómo era el cierre, porque era una de las primeras cosas en las que me fijaba al comprarme uno.
Y es que no me gustaban demasiado esos que se anudaban en la espalda. Yo prefería los que se abrochaban como un sujetador o algo parecido.
En aquel caso no tuve suerte.
De verdad, era un auténtico fastidio tener que anudarlo detrás. Oye, que a quien se le diera bien, estupendo. Pero yo, que para esas cosas era muy torpe, podía tardar medio siglo en hacerme el lazo del puto bikini.
—¡Ay! —grité cuando al entrar me di de bruces con Landon—. Joder, que soy muy joven para morir de un infarto.
Me llevé las manos al pecho dejando caer el bikini al suelo. Y mira que no era de las que se asustaban con facilidad, pero es que no me lo esperaba allí. Yo pensaba que seguía abajo con mi hermano.
—Así no puedes morirte. Si vas a morir por culpa de un infarto, que al menos sea por uno que te provoque yo con un orgasmo.
Fue hablando mientras se acercaba despacio a mí.
Aquella mirada, la media sonrisa y el tono de voz tan sensual con el que me había hablado hicieron que tuviera que apretar una pierna contra la otra para intentar aliviar el ardor que me entró entre las piernas.
Era increíble el tiempo que había pasado sin tener relaciones sexuales y, sin embargo, desde que me tocó la primera vez, me ponía a mil con solo tenerlo cerca.
Y ahora que ya sabía todo lo que era capaz de hacer, era todavía peor: el calor me invadía mucho antes de lo que debería. Y lo más inquietante de todo era que Landon sabía perfectamente lo que provocaba en mí y cómo reaccionaba mi cuerpo.
—Estoy segura de que, de una forma u otra, vas a ser tú quien acabe conmigo.
Y no lo dije solo en ese sentido. Algo dentro de mí me decía que Landon podía ser la persona capaz de hacerme más daño en toda mi vida, no físicamente, porque estaba segura de que jamás me tocaría de esa manera, sino emocionalmente.
Y, sin embargo, ese mismo algo también me decía que, si él quisiera, podría hacerme la mujer más feliz del mundo.
Supongo que ahí entraba eso de quien no se embarca, no se marea, porque si no lo intentaba, si no me arriesgaba a abrirle el corazón, nunca sabría si Landon era para mí y yo para él.
—Mmm… creo que eso me gusta demasiado. No acabar contigo, sino hacerte creer que te estás muriendo por el placer tan grande que te doy —susurró casi sobre mis labios.
—Me encantaría que lo intentaras más veces. Con las que llevas hasta ahora no son suficientes.
Sabía perfectamente que lo estaba retando.
Y me encantaba.
Me sentía juguetona, con ganas de que jugara un poco más conmigo antes de bajar y reunirnos con el resto, o más bien con los que ya estaban esperando abajo.
—No me retes si no quieres tardar en bajar.
Me tenía acorralada entre el lavabo y sus brazos. Sin darme cuenta, me había hecho retroceder hasta que acabé con el trasero pegado al mueble.
No pensaba echarme atrás.
Con Landon me sentía más atrevida que con cualquier otra persona.
No sabía qué era exactamente lo que me pasaba con él, pero hacía que me viniera arriba sin miedo a las consecuencias.
—A lo mejor eso es justo lo que quiero.
Eché el pecho un poco hacia delante para que viera que no estaba jugando, que lo decía muy en serio.
—Joder, Daniela, no te puedes ni imaginar todo lo que me haces.
Era de las pocas personas que me llamaban por mi nombre completo.
Y me gustaba muchísimo cómo sonaba en sus labios.