Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6) PRÓLOGO
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Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6)

Mi jefe provocador (Jefes Insoportables 6)

Por Olivia Darcy

© inepub.com

PRÓLOGO

DRAKE

Es mi primer día oficial como director de The Legacy Manhattan y ya estoy a punto de estrangular a alguien.

—Dime que estás de broma. —Aprieto el móvil contra la oreja mientras me aflojo la corbata con la mano libre—. Dime que no acabas de decirme que después de un mes, acceso completo a las cámaras de seguridad del hotel y una cantidad indecente de dinero, sigues sin tener ni puta idea de quién es.

La voz del detective privado al otro lado suena incómoda.

—Señor Harris, le aseguro que hemos seguido todas las pistas posibles. Revisamos las grabaciones de esa noche. La vemos entrar en el hotel. La vemos subir en el ascensor con usted. Pero después…

—¿Después qué?

—Desaparece. Como si nunca hubiera estado allí.

Sabemos por el recepcionista que salió a pie poco antes de las seis, pero la cámara de la calle la pierde a las dos manzanas.

No usó tarjeta de crédito en el bar. No hay ninguna reserva a su nombre.

Y las cámaras del pasillo de su suite estaban en mantenimiento esa noche.

—Por supuesto que lo estaban. —Suelto una risa seca—. Porque mi suerte es así de jodida.

—Podríamos ampliar la búsqueda. Contratar más recursos. Pero necesitaría aumentar el presupuesto y…

—No me preocupa lo más mínimo el presupuesto. El dinero no es un problema —le interrumpo—. Duplica lo que sea necesario. Triplícalo. Cuadruplícalo. Me da igual. Pero encuéntrala.

—Señor Harris, con el debido respeto, ¿está seguro de que quiere invertir más en esto? Ha pasado un mes. Si ella quisiera que la encontrara…

—Ya lo habría hecho. Sí, lo sé. —Cojo el vaso de tónica con limón y me lo termino de un trago—. Pero nadie desaparece así. Y menos de mi hotel. Así que sigue buscando o busco yo a otro que sí pueda encontrarla.

—Haré lo que pueda. Le llamaré si encuentro alguna pista.

Cuelgo antes de decirle algo de lo que me arrepienta.

Me dejo caer en mi silla nueva, en mi despacho nuevo, en mi vida nueva que se suponía que iba a ser perfecta.

Y lo único en lo que puedo pensar es en ella.

En la mujer sin nombre que me volvió loco hace un mes.

No sé su nombre.

Esa es la parte más jodida de todo esto.

Pasé dos horas con ella en el bar del hotel. Dos horas hablando, riéndome más de lo que me había reído en meses y descubriendo que era inteligente, divertida, sarcástica de una forma que me enganchó al instante.

Y nunca le pregunté su maldito nombre.

Porque estaba demasiado ocupado ligando con ella: disfrutaba de cómo me miraba cuando decía algo gracioso y solo pensaba en llevármela a la cama.

La conversación fluía. Hablamos de todo y de nada: de libros, de películas, de esa forma en que Manhattan te hace sentir pequeño e inmenso al mismo tiempo.

Ella citó a Jane Austen y yo contraataqué con Oscar Wilde.

Se rio de mis bromas malas y yo me quedé fascinado con cómo le brillaban los ojos cuando hablaba de algo que le apasionaba.

Nunca había conocido a nadie así. Alguien que pudiera seguirme el ritmo, que me desafiara sin esfuerzo, que me hiciera querer algo más que una noche.

Y cuando al fin la besé, cuando la llevé arriba y pasamos horas explorando cada centímetro del otro…

Fue diferente. Joder, fue diferente a todo lo que había vivido antes. No fue solo sexo: fue la primera vez que me planteé desayunar con una mujer.

Solo que cuando me desperté a la mañana siguiente, ella ya no estaba. No había dejado ni una nota, ni un número, ni más rastro que su perfume en mis sábanas y la certeza de que acababa de perder a alguien importante.

La ironía no se me escapa. He pasado años siendo yo quien desaparece, quien se va antes del amanecer, quien deja una estela de mujeres sin mirar atrás.

Y la primera vez, la primera maldita vez que encuentro a alguien que me llama la atención… Ella me hace lo mismo.

Es como un castigo cósmico. Karma instantáneo. Y lo peor es que no puedo dejar de pensar en ella: en su risa, en cómo arqueaba la espalda cuando la tocaba, en cómo desapareció sin darme la oportunidad de pedirle que se quedara.

Llaman a la puerta de mi despacho.

Me recompongo en el acto: guardo el móvil y adopto la máscara de confianza despreocupada que he perfeccionado durante años.

—Adelante.

Entra Claire, mi secretaria temporal hasta que se vaya de baja por maternidad.

Está radiante con su vestido premamá azul marino y se acaricia la barriga de seis meses con esa expresión maravillada que tienen todas las embarazadas.

—Buenos días, señor Harris. El equipo está reunido en la sala de conferencias. ¿Está listo para conocerlos?

—Más que listo. —Me levanto y me ajusto la corbata—. ¿Hay alguna cosa que deba saber?

—Son un buen equipo. Leales. Trabajadores. Están un poco nerviosos por el cambio de dirección, pero eso es normal.

—Entendido. ¿Y mi nueva secretaria? ¿Ya ha llegado?

—Sí. De hecho, está esperando en la sala de conferencias con el resto. —Claire sonríe—. Va a encantarle. Es brillante, eficiente y tiene justo el tipo de personalidad que necesita alguien como usted. Por eso la elegí.

—¿Alguien como yo?

—Alguien que necesita que le digan que no de vez en cuando —dice, divertida—. Su hermano necesitaba a alguien que siguiera sus órdenes sin rechistar. Usted necesita a alguien que le plante cara.

—Suena aterrador —bromeo.

—Suena perfecto —corrige Claire—. Ahora vamos. No les hagamos esperar más.

Salgo del despacho con Claire a mi lado y recorremos el pasillo hacia la sala de conferencias.

Puedo hacerlo.

Puedo ser el director que Royce cree que puedo ser, olvidarme de la mujer fantasma que me persigue cada noche y concentrarme en el trabajo, en demostrarle a mi hermano que no se equivocó al confiar en mí.

Claire abre la puerta de la sala de conferencias y entramos.

Hay unas quince personas sentadas alrededor de la mesa.

Me reciben rostros expectantes, posturas profesionales y la energía nerviosa típica del primer día con un nuevo jefe.

Empiezo a sonreír, con el discurso de bienvenida en la punta de la lengua, cuando mis ojos se fijan en una mujer sentada al final de la mesa.

Y me quedo paralizado.

Lleva el pelo castaño recogido en un moño bajo, tiene unos ojos avellana que reconocería en cualquier parte y unos labios que he besado durante horas.

Es ella.

Mi mujer fantasma está sentada en la sala de conferencias y me mira con una expresión de puro pánico que intenta ocultar tras una fachada profesional.

—Permítame presentarle a su nuevo equipo. —La voz de Claire me llega como desde muy lejos—. Empezando por su nueva secretaria ejecutiva. Drake, ella es Hailey Taylor.

Hailey.

Su nombre es Hailey.

Le va que ni pintado.

Me acerco a la mesa, incapaz de apartar los ojos de ella.

Hailey se levanta con el resto del equipo y me tiende la mano con una sonrisa profesional que no le llega a los ojos.

—Señor Harris. Es un placer conocerle.

Conocerle.

Como si no nos conociéramos ya. Pero hace un mes gimió debajo de mí y desapareció de mi cama igual que un fantasma.

Cojo su mano y la corriente me sacude igual que aquella noche.

Por cómo se le abren un poco los ojos, sé que ella también lo ha sentido.

—El placer es todo mío, señorita Taylor —digo, sujetando su mano un segundo más de la cuenta—. ¿Cuánto tiempo lleva trabajando en The Legacy?

—Empecé la semana pasada. —Su voz es firme, pero se le nota la tensión en la mandíbula.

—Tengo la sensación de que vamos a trabajar muy bien juntos. —Sonrío despacio.

Ella aparta la mano de golpe.

—Haré todo lo posible por cumplir con sus expectativas, señor Harris.

—Oh, estoy seguro de que las superarás. —Le sostengo la mirada—. Con creces.

El doble sentido no le pasa desapercibido. Hailey se sonroja antes de sentarse y clava los ojos en la libreta que tiene delante.

Continúo la reunión en piloto automático. Hablo sobre mi visión para el hotel, respondo preguntas, hago las bromas apropiadas que relajan al equipo. Pero una parte de mi cerebro sigue pendiente de la mujer sentada al final de la mesa.

En cómo se esfuerza por parecer profesional, en cómo evita mirarme, en el bolígrafo que golpetea nervioso contra la libreta.

Intenta fingir que no nos conocemos y que entre nosotros no hay nada más que una relación de jefe y empleada. Y es adorable, joder.

Cuando la reunión termina, todo el mundo se levanta para irse.

—Señorita Taylor —digo antes de que pueda escapar—. ¿Podría quedarse un momento? Me gustaría repasar mi agenda de esta semana para que nos vayamos conociendo.

La veo tragar saliva.

—Por supuesto, señor Harris.

El resto del equipo sale y nos deja solos en la sala de conferencias.

Hailey permanece de pie junto a la mesa, con la libreta apretada contra el pecho como un escudo.

Me acerco sin prisa y disfruto de cómo me siguen sus ojos.

—Así que te llamas Hailey —digo, saboreando su nombre—. Es un nombre precioso.

—Gracias.

—¿Sabes? Es curioso. Llevo un mes buscando a alguien.

Su postura se tensa.

—¿Ah, sí?

—Ajá. A una mujer que conocí en este hotel. Pasamos una noche increíble juntos. Hablamos durante horas. Conectamos como nunca había conectado con nadie. —Me detengo a un metro de ella—. Y luego desapareció sin dejar rastro.

—Qué… lástima.

—Lo es. Contraté a un detective privado para encontrarla. He gastado miles de dólares. He revisado todas las cámaras de seguridad. —Sonrío—. Pero resulta que no necesitaba hacer nada de eso. Porque ella ha venido a mí de todas formas.

Hailey levanta la barbilla desafiante.

—No sé de qué está hablando, señor Harris. Esta es la primera vez que nos vemos.

—¿Estás segura de eso?

—Segurísima.

—Interesante. —Me acerco otro paso—. Porque juraría que reconozco estos ojos. Y esta boca. Y sobre todo este lunar justo detrás de tu oreja izquierda que besé una y otra vez aquella noche.

El rubor se extiende por su cuello.

—Se equivoca.

—No me equivoco. —Bajo la voz—. Pero si quieres jugar a que no nos conocemos, puedo seguirte el juego, Hailey. Podemos fingir que eres solo mi nueva secretaria. Que no hay ninguna historia entre nosotros. Que aquella noche no existió.

—No hay nada que fingir porque no pasó nada.

—Mentirosa —digo con suavidad—. Pero vale. Juguemos. Esto va a ser divertido.

—Sigo sin saber de qué me habla.

—Oh, creo que sí. —Ensancho la sonrisa—. Y déjame decirte algo, señorita Taylor. Que quieras hacerte la difícil solo va a conseguir que cuando por fin caigas rendida a mis encantos otra vez… sea todavía más delicioso.

Abre los ojos de par en par.

—Eso no va a pasar.

—¿No?

—No. Porque aquello fue un error. Una noche que no debería haber ocurrido. Y ahora somos jefe y empleada. Eso es todo.

—Si tú lo dices. —Me encojo de hombros—. Pero deberías saber algo sobre mí, Hailey. Cuando quiero algo, no me rindo hasta conseguirlo. Y resulta que te quiero a ti.

—Pues vas a llevarte una decepción.

—Ya veremos. —Camino hacia la puerta.

Salgo de la sala de conferencias silbando. Mi primer día como director acaba de volverse mucho más interesante.

Hailey Taylor. La mujer de aquella noche, la que se esfumó sin despedirse, ahora trabaja para mí.

Esto promete. Ella puede fingir todo lo que quiera, actuar como si no nos conociéramos, poner entre nosotros todas las barreras profesionales del mundo.

Pero yo sé la verdad: sé cómo tiembla cuando la toco y que lo que hay entre nosotros no va a desaparecer solo porque ella quiera ignorarlo.

Y se me da de maravilla conseguir lo que quiero. Más aún cuando lo que quiero es a una mujer inteligente, divertida y preciosa que cree que puede huir de mí.

Que empiece el juego, Hailey. Que empiece el maldito juego. Porque cuando termine, no vas a poder fingir que no me conoces. Vas a acabar en mi cama otra vez.

Y esta vez no voy a permitirte desaparecer después.