Capítulo 20. Carolina #3
Y entonces se gira hacia mí, y deja el lápiz en la mesa, y cambia de tono. Al serio. Al de las juntas.
—Carolina. Antes de acompañarte a casa, contéstame una cosa.
Se me tensa la nuca. Ese tono lo conozco: con ese tono se abren los puntos difíciles del orden del día.
—¿Qué cosa?
—¿Qué está pasando entre nosotros? —No se mueve. No me toca. Solo mira—. Tú. Qué crees tú.
El salón se queda sin aire de golpe. Busco algo que doblar y no hay nada, solo planos. Busco las salidas por costumbre: una puerta, dos ventanas, ninguna sirve para esto. Apoyo la mano en la mesa y me encuentro el borde del plano bajo los dedos, y lo aliso yo también, sin permiso, dos pasadas.
Y hago lo que hago siempre que el suelo se mueve. Una lista.
—Está pasando... que los niños tienen un padre.
—Uno—. Que es lo correcto y me alegro por ellos.
—Dos—. Que te estoy agradecida. Por la caldera, por el hospital, por la cerca, por...
—Tres, cuatro, me tiembla la numeración—.
Y que no pienso aceptar dinero de tu familia.
Ni un dólar, Mariano. Ni uno. Eso que quede claro desde...
Me paro. Porque lo veo.
Está muy quieto, con los nudillos blancos en el borde de la mesa, y respira por la nariz, largo, como quien sube una cuesta que no está en el plano.
—Agradecida —repite. Plano, sin adorno, como si leyera la palabra en un informe ajeno.
—Mariano...
—Ya. —Levanta una mano, pide un segundo. Le veo tragar, recolocarse la voz—. Cinco años levantando actas de tus juntas y ahora salgo yo en una. Como padre y como ayuda.
No dice el resto. No dice y tú no sales. Lo deja en el aire, donde pesa más.
Da un paso. El plano queda entre los dos, con sus dos habitaciones a lápiz.
—Voy a besarte. —Otro paso, y ahora le veo el pulso en el cuello, rápido, desmintiendo la calma—. Llevo queriendo desde la cocina de los platos, y desde el mercado de las tres bolsas, y si te soy sincero, desde bastante antes de tener derecho. Es el momento de decir que no.
Levanto la barbilla, sola, sin dedos que la suban.
—Yo tampoco acepto un no —digo.
Y entonces me besa.
No como aquella noche, que fue hambre con tres años de retraso.
Este empieza despacio, con una mano en mi cara y la otra en mi cintura, cuidadoso como sus cotas.
Y se va torciendo hacia serio a medida que me acerco, y me acerco entera, hasta que el borde de la mesa me toca los muslos y el plano cruje debajo de mi mano.
Sabe a la sidra agria de Pete y a tres años perdidos. Su pulgar me cruza la mejilla, despacio, en contra de todo lo demás, que va rápido. Le cojo el jersey a puñados. Él baja de mi boca a la mandíbula, respira ahí, en el ángulo, y a mí se me escapa un sonido que no me representa.
Sus manos me suben por la espalda. Las mías ya están debajo de su jersey, en la camisa, tirando. La mesa insiste contra mis muslos y yo estoy decidiendo, con lo poco que me queda de junta directiva, que la mesa me parece un sitio estupendo.
Y entonces para.
Apoya su frente en la mía y se queda ahí, respirando mi aire, con las manos quietas y firmes en mi espalda. Noto su corazón por la camisa. Va tan mal como el mío.
—Hoy no —dice, ronco.
Tardo en procesarlo. Tengo las manos dentro de su jersey y el cerebro en huelga.
—¿Qué?
—Hoy no. —Traga, y le cuesta, y me consta que le cuesta, porque contra mi cadera hay pruebas de lo que le está costando—. Hace diez minutos me has dado las gracias. Y yo no me acuesto con nadie que me esté agradecido.
—Mariano, eso no...
—Volveré a preguntarte qué está pasando entre nosotros. —Me recoloca un mechón, con un cuidado que desarma—. Y ese día, contéstame sin acta. Hasta entonces, te acompaño a casa.
Quiero discutir. Tengo material de sobra: soy adulta, sé lo que hago, mi cuerpo acaba de votar por unanimidad. Pero le miro la cara, ese serio nuevo que no le conocía, y entiendo que esto no es un no.
Es un pedido. A su manera torcida, con el orden que todavía le falla.
—Vale —digo, y me sale menos firme de lo previsto.
Saco las manos de debajo de su jersey. Las dos lo lamentan.
Me acompaña andando, por el medio de la calle helada, con las manos en los bolsillos, cerca sin tocar. Las farolas cuentan nuestros pasos. En la ventana de Nora hay luz y una sombra de gato.
En mi porche se para al pie de los escalones. No sube.
—Gracias por el pueblo —dice, mirándome desde abajo—. Es el mejor solar que he visitado en mi vida.
—Los arquitectos no deberían hablar así de un pueblo ajeno.
—No hablaba del pueblo.
Y se va. Así, sin más, calle abajo, con las manos en los bolsillos, dejándome en mi propio porche con el pomo en la mano y el pulso en huelga.
Me quedo mirando cómo se aleja. Espero a que se gire. No se gira. Claro que no se gira: sabe perfectamente que lo estoy mirando, el muy...
Y entonces me doy cuenta, con retraso y con escándalo, de lo que me pasa.
Estoy decepcionada.
Yo. La de las listas. La de los pestillos. La que ha levantado el muro de las gracias esta misma tarde, con membrete y todo. Él me lo ha visto construir, ha dicho «hoy no» y me lo ha dejado entero para que duerma yo dentro.