Mi irresistible enemigo Capítulo 1
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Mi irresistible enemigo

Mi irresistible enemigo

Por Hollie Deschanel

© inepub.com

Capítulo 1

Luna

El aire acondicionado del aeropuerto privado de las Bahamas era tan exageradamente frío que me arrepentí de no haberme puesto un jersey antes de coger el avión.

Pero no podía permitirme el lujo de tardar ni un segundo más.

El mostrador de facturación del próximo vuelo a San Francisco ya estaba abierto y una cola inmensa empezaba a formarse frente a él a gran velocidad.

—Luna, por favor, no hagas esto.

La voz de Nico, al otro lado del teléfono sonaba tensa, casi suplicante.

Era extraño oírlo así. Nico siempre era el dueño de la situación, el que organizaba cada detalle de su vida con la misma precisión con la que organizaba sus expediciones arqueológicas.

Pero ahora su tono tenía un borde de desesperación que me hizo apretar los dedos contra el móvil.

—Nico, sabes que no puedo quedarme. No después de saber quién es tu cuñado. ¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Cómo es posible que me hayas ocultado esta información durante tanto tiempo? —le pregunté, dolida.

Me giré para mirar la puerta de embarque. La isla se extendía más allá del cristal; una postal de palmeras y agua turquesa que a cualquier otra persona le habría parecido el paraíso. A mí me parecía una trampa. La más cruel de las ironías.

Pero solo porque en esa postal idílica se encontraba el hombre que odiaba con todo mi ser. Y mi mejor amigo lo sabía, y por eso me lo ocultó. Para que no hiciera un escándalo como el que estaba protagonizando en ese momento.

—Luna, llevo dos años escuchándote hablar de ese hombre con un odio que te consume el alma.

Y te juro que entiendo por qué. Pero estamos hablando de mi boda.

Joder, nena. No puedo casarme sin mi mejor amiga, ¿lo entiendes?

Es importante para mí que estés aquí, en el momento más importante de mi vida, apoyándome y manteniéndome con los pies sobre el suelo.

Cerré los ojos y apoyé la frente contra el vidrio frío. El contraste con el calor de la isla me hizo estremecer.

Recordé la primera vez que le conté a Nico toda la historia, en un bar de San Francisco, con tres copas de vino en el cuerpo y el orgullo todavía lastimado. Él me había escuchado sin juzgar, sin decirme que estaba exagerando. Y yo se lo agradecí en el alma.

Pero ahora me daba cuenta de que solo sirvió para que el universo, dios o cualquier fuerza mística se riese de mí, y juntase a mi mejor amigo con la mujer que compartía el mismo ADN que ese gilipollas.

Es que no me daban ni un respiro.

—Nico, tu cuñado es la persona que arruinó mi carrera. La persona que hizo que durante dos años ningún periódico serio me quisiera contratar, para no verse en problemas. La persona que convirtió mi nombre en sinónimo de periodista corrupta. ¿Te haces una idea de lo que me estás pidiendo?

—Ya lo sé, ¿vale? Pero… ¿qué culpa tenemos Angy y yo? ¿Es que merecemos que nos abandones solo porque él fue un imbécil en el pasado? No te pediría esto si no fuera importante, y lo sabes.

Me pellizqué el puente de la nariz con los dedos, apretando fuerte con la esperanza de que el dolor de cabeza y la ansiedad remitieran como por arte de magia.

—Además, nunca hemos sabido si fue él…

—¿Quién si no? —dije, y soné tan desesperada que hasta Nico ahogó un jadeo al otro lado de la línea—.

¿Quién si no el multimillonario con conexiones en todos los medios?

¿Quién si no el hombre que vio que su reputación estaba en juego y decidió que yo era un daño colateral que erradicar?

No lo defiendas solo porque sois familia.

De solo pensarlo, el corazón se me encogió en el pecho.

¿Cómo era posible que mi mejor amigo me hubiese mentido de forma tan descarada? ¿Es que no le daba vergüenza? A mí me dolía su actitud, y no estaba segura de poder perdonárselo tan fácilmente.

—Pues si fue él, véngate. Eso sí, después de la boda. Una vez Angy y yo estemos casados, te doy permiso de hacer lo que quieras. Pero no te vayas, joder. No me abandones a unos días de mi boda.

—Nico, por favor, no me hagas esto más difícil de lo que ya es.

Cogeré el avión, te llamaré el día de la boda, te desearé toda la felicidad del mundo y en unos meses te invitaré a cenar para reconciliarnos.

Pero no puedo quedarme a cinco metros de él durante diez días, fingiendo que no me apetece retorcerle los huevos y dejárselos de corbata; a ver si hay suerte y no se reproduce jamás.

—¿Y qué son diez días en realidad? —preguntó Nico, y en su voz había un matiz que no supe identificar.

Como si ni él mismo confiara en lo que estaba diciendo—.

Diez días, Luna. Ni siquiera tienes que hablar con él.

Mi prometida y yo lo tenemos todo organizado.

Solo necesitamos que estés aquí. Que seas mi testigo, mi madrina y mi familia. Sin ti no merece la pena casarse.

Mira que era dramático y manipulador.

—¿Y por qué no le pides a tu prometida que elija a otro padrino? —pregunté, aunque sabía la respuesta.

—Porque mi futura esposa quiere que su hermano sea su testigo. Y yo quiero que mi mejor amiga sea la mía. No es tan complicado de entender, ¿no?

Contuve un gritito de frustración, sin saber qué decir que no fuese “me cago en la puta, Nico. Vaya putada”.

Aunque tampoco era muy justo que me hubiese engañado y ahora pretendiese fingir que no pasaba nada. Odiaba a ese hombre con todo mi ser. Y no estaba segura de ser capaz de obviar su presencia durante diez seguidos sin que ocurriese ningún percance.

—Es muy complicado. Él es… mi némesis. El peor hombre sobe la Tierra. El protagonista de mis pesadillas. Diez días junto a él se me antoja como mil años en el Infierno.

—Luna —dijo, un poco más confiado en esta ocasión—. ¿Recuerdas aquella noche en el bar, y lo que me dijiste? Que eras una persona resiliente y fuerte, y que a ti no te pisaba nadie.

Apreté los labios. Por supuesto que lo recordaba. No había llorado tanto en mi vida como en aquel momento, y todo por culpa del Señor Me Sobra el Dinero y Hago Lo que Quiero.

—¿Y qué pasó después? —continuó mi amigo—.

Te levantaste al día siguiente, te pusiste a buscar trabajo, y aunque tuviste que tragar con la revista de moda, no dejaste de escribir.

No dejaste de investigar. No dejaste de ser tú, a pesar de las circunstancias.

¿Por qué iba a parecerte peor esto? Solo son unos días, y no tendrás ni que verle la cara.

—Eso no tiene nada que ver con esto. Son dos situaciones diferentes.

—Tiene mucho que ver. Porque si te vas ahora, si coges ese avión, le estás dando la razón. Le estás diciendo que tuvo poder para destruirte. Y yo sé que no es verdad, Luna.

El nudo en mi garganta se hizo más grande. Miré la cola de pasajeros, que avanzaba lentamente hacia el mostrador. El billete de vuelta a casa en mi mano derecha parecía pesar una tonelada de pronto.

Dos años habían pasado desde que mi vida se fue a la mierda.

Dos años odiando a Marlon Jones con cada fibra de mi ser.

Dos años reconstruyendo mi vida desde los escombros de una carrera que había construido con tanto esfuerzo, y que él tiró abajo sin que le temblase el pulso.

Dos años preguntándome si algún día podría mirarlo a la cara sin querer arrancarle los ojos con una cucharita.

Y ahora, el universo, con ese sentido del humor retorcido que tanto parecía gustarle, me lo ponía en bandeja.

No era justo. No quería que mi mejor amigo y su futura esposa celebrasen una boda y un funeral al mismo tiempo. Porque eso es lo que ocurriría si Marlon decidía dirigirme la palabra.

—Nico —dije, al borde del colapso—, no puedo. No puedo pasar diez días en una isla con él. No puedo ser tu testigo y ver su cara todos los días y fingir que no me importa. Y no puedo estar cerca de él sin querer...

—¿Sin querer qué?

Apreté los puños. Sin querer preguntarle por qué lo hizo. Sin querer saber si se arrepintió. Sin querer ver en sus ojos si realmente era el monstruo que había imaginado durante dos años.

El protagonista de todas mis pesadillas desde que perdí todo lo que me importaba.

—Da igual.

—Luna —dijo Nico, y esta vez su voz era suave, casi un susurro—, no tienes que perdonarlo. Solo tienes que estar aquí. Por mí. Por nuestra amistad. Los dos sabemos que, después de todo lo que hemos pasado juntos, esto no es tan grave.

Cerré los ojos de nuevo. Recordé a Nico en el hospital, cuando su madre estaba enferma y él no podía dejar el trabajo.

Recordé las llamadas a las tres de la madrugada cuando su primer amor lo dejó plantado en el aeropuerto.

Recordé las cenas improvisadas, los proyectos fallidos, las victorias celebradas con champán barato…

y mi corazón se encogió de forma muy dolorosa.

Nico era mi familia. La única que me quedaba, después de que mis padres se mudaran a Australia y mis hermanos se perdieran en sus propias vidas.

Él había estado ahí cuando todo se derrumbó, cuando perdí el trabajo y el piso y casi la cordura.

Él había pagado mi terapia durante tres meses sin decir ni una palabra.

Él había sido mi roca en medio del océano.

Y ahora me estaba pidiendo que estuviera ahí para él.

Aunque me hubiera mentido.

—Tienes cinco minutos —dije, y la voz me tembló ligeramente—. Si en cinco minutos no has conseguido convencerme, cojo el avión y no hay nada que puedas hacer para detenerme.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto?

—Sorpréndeme.

—Que te vas a arrepentir de haberte perdido mi discurso de boda. He estado ensayando durante meses. Es épico. Incluye referencias a Indiana Jones y una metáfora extendida sobre las arenas movedizas. ¿En serio no vas a querer estar presente?

Soltó una risa, y a pesar de todo, yo también sonreí. Era imposible no hacerlo.

—Cinco minutos —repetí—. Y no me vengas con metáforas. Soy periodista, no gilipollas. A mí Indiana Jones ni siquiera me gusta.

Pero mientras él empezaba a hablar, yo miraba el billete de vuelta. Era tan fácil. Un vuelo de dos horas y todo esto sería un mal sueño. Volvería a San Francisco, me encerraría en mi piso, y en unos días Nico me llamaría para contarme lo maravillosa que había sido la boda.

Pero él quería que estuviera allí.

Y yo, a pesar de todo, quería estar allí para él.

El problema era Marlon Jones. El hombre que había destruido mi vida sin pestañear. El hombre que, según Nico, iba a ser su cuñado. El hombre con el que tendría que compartir el altar, los brindis, las fotos y, peor aún, el mismo aire durante diez días.

Empecé a marearme.

—¿Luna? ¿Sigues ahí?

—Sí —dije, y mi voz sonó más firme—. Sí, sigo aquí.

—¿Y qué decides? Porque te quiero, y eres como mi hermana. Por muy egoísta que esté siendo mi petición, sé que no puedo llegar al altar si no estás a mi lado. Hemos compartido tantas cosas, que me dolería no verte cuando por fin estoy vestido como un pingüino y voy a llorar a moco tendido.

Miré el billete y me sentí una terrible persona. Había entrado en pánico de inmediato y, sin pensármelo dos veces, cogí el primer vuelo disponible para San Francisco. Pero Nico tenía razón: huir no servía de nada. Solo agravaba el problema. Y me alejaba de donde realmente quería estar.

—No me vas a creer —dije, y mi voz sonó extraña, como si estuviera hablando otra persona—. Pero creo que voy a quedarme.

El silencio al otro lado del teléfono fue tan largo que pensé que se había cortado la llamada.

—¿En serio?

—En serio. —Di la vuelta al billete y lo metí en el bolsillo—. Pero te advierto, Nico: si tu cuñado se me acerca a menos de tres metros, no respondo de mis actos. Es que si tenemos que ir de funeral y luego de boda, que así sea, eh.

Escuché cómo ahogaba una carcajada.

—Tres metros. Anotado.

—Y si me mira mal...

—Luna, te prometo que no te hará nada. Angy ha dicho que lo mantendrá ocupado para que no te moleste.

Apreté el teléfono contra la oreja y cerré los ojos. El mar seguía ahí afuera, azul y brillante, como una burla. Pero dentro de mí, algo se había calmado.

—No me des las gracias todavía —dije, y esta vez pude esbozar una sonrisa auténtica—. Quedan diez días. Y si tu cuñado no se porta bien, te juro por todo lo que quiero que me encargaré yo misma de que tu futura esposa no tenga sobrinos. ¿Queda claro?

—Vale, vale. Se lo diré. Pero guarda los cuchillos, Mamba Negra.

Resoplé y colgué tras prometerle que volvería al resort como si nada hubiese pasado. Y con la confirmación de que el billete me lo reembolsaría el estúpido de Marlon gracias a la intervención divina de su hermana. Qué menos, dadas las circunstancias.

Di media vuelta y me dirigí a la salida del pequeño aeropuerto. Los taxis seguían haciendo cola en la terminal.

El calor me golpeó en la cara como una bofetada, y por un momento me quedé paralizada en la puerta, sintiendo el peso de mi decisión.

Diez días en una isla con Marlon Jones. Menudo marrón.

¿Cómo coño me había metido en este lío, si yo solo quería unas vacaciones pagadas?