Mi ex y su falso novio (Sus novios son novios nº 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Caleb

No estaba acostumbrado a tocar tanto a Theo.

Montar el espectáculo para Laney casi me había llevado al límite, pero luego ella nos había llevado a alquilar el equipo y él me había ayudado a atarme las botas.

Después, la instructora nos había hecho ir de la mano mientras practicábamos cómo deslizarnos con las tablas.

Yo me caí encima de él, él se cayó encima de mí.

Acabamos los dos amontonados en la nieve, muertos de risa, cuando el fotógrafo de la estación pasó por allí para sacar unas fotos de los ganadores del concurso.

Cuando volvimos al ático, pedí ducharme primero con la esperanza de aliviar los músculos doloridos, pero ahora los cuádriceps me temblaban solo de estar de pie. Hacer snowboard era duro y me dolía todo.

Cerré el grifo y alcancé una toalla. Me secué lo más rápido posible solo para poder sentarme, e hice una mueca al darme un golpe en el moratón de la cadera. Apenas me quedaban fuerzas para ponerme los pantalones de chándal antes de desplomarme en la cama.

—Creo que el snowboard no es para mí —le dije al techo.

—Era tu primer día.

Theo estaba en el pequeño escritorio de la esquina, toqueteando la tableta del servicio de habitaciones.

—Becca dice que caerse forma parte del aprendizaje.

—Becca no era la que se daba de morros. ¿Has mirado cómo va todo en el trabajo?

—Sí, por ahora todo bien. Y estoy invocando a Laney con comida. ¿Hamburguesas?

—Sí, no tengo energía para decidir nada más. Dos raciones de patatas.

—¿Qué tal dos raciones de ibuprofeno? —dijo Theo, tocando y deslizando unas cuantas veces más antes de dejar la tableta a un lado—. Me voy a meter en la ducha, así que le he dicho que entre sin llamar.

—¿Que qué?

—No sabía si te funcionarían las piernas para llegar a la puerta. ¡No podía dejar que se fuera con las hamburguesas!

Me guiñó un ojo y se fue a la ducha.

Intenté no pensar en lo bien que me habían sentado sus manos en el pecho esa mañana en la bañera, con el pulgar hundido en el nudo que tenía bajo la clavícula y que arrastraba desde julio. Era solo un masaje. La gente pagaba mucho dinero por un masaje.

Me di la vuelta y me puse boca abajo, lo cual fue un error para mi cadera magullada y para mi erección, y hundí la cara en la almohada.

Pensé en migraciones de bases de datos y en Walt, el novio de la abuela, con su corbata de bolo.

No me estaba empalmando por fingir cosas de gais con mi mejor amigo. Eso sería ridículo.

Theo seguía en el baño cuando Laney llamó al timbre de la puerta de servicio y entró ella sola, anunciando:

—¡Servicio de mayordomía!

Como si tuviera miedo de pillarnos desnudos.

Por la puerta del dormitorio, la vi colocar las hamburguesas y abrir un bote de ibuprofeno. Theo asomó la cabeza por la puerta del baño, secándose el pelo con una toalla y con otra sujeta de forma precaria, muy baja, a la cintura.

—¡Hola, Laney! ¡Ahora salgo!

Se miró al espejo de encima de la cómoda, decidió al parecer que una toalla era atuendo apropiado para cenar y salió al salón. El olor a hamburguesa llegó flotando y, al final, el hambre venció al cansancio y fui arrastrando los pies hasta el salón detrás de él.

—¿Necesitáis algo más? —preguntó Laney, dando un paso atrás, muy erguida.

—¿El placer de tu compañía? —dijo Theo, dejándose caer delante de su hamburguesa—. Joder, tiene una pinta increíble. He pedido una para ti, por si la quieres, Laney.

—Eso… no sería apropiado —dijo Laney.

Llegué cojeando a la mesita, con todos los músculos de las piernas protestando, y me tragué el ibuprofeno.

Theo descruzó las piernas y la toalla se abrió. Me quedé mirando por la ventana la telecabina.

—Si ya no necesitáis mis servicios, doy la noche por terminada —dijo Laney.

—O… —Theo se metió una patata en la boca—. Podríamos posar para más fotos. ¿Le gustaron a tu jefa las del jacuzzi?

Laney resopló.

—Sí. Lo hicisteis muy bien. Estaba encantada.

—Entonces quiere más —dijo Theo—. Estaríamos encantados de que nos volvieras a dirigir, ¿verdad, Caleb?

Le di un bocado a la hamburguesa lo bastante grande como para no poder responder.

Laney no tenía comida que llevarse a la boca, así que simplemente se puso de un tono rosa encantador.

Theo me había contado su plan varias veces durante la clase, y yo no quería acercarme ni de lejos a admitir que también lo deseaba.

—Estábamos pensando que un trío sería divertido —dijo Theo, sin más preámbulos.

Negué con la cabeza.

—No es así como se propone un trío, tío. Primero tienes que ponerla cachonda.

Mierda, ¿por qué había dicho eso?

Theo parpadeó.

—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Has hecho tríos?

—O sea, no. Es de sentido común.

Tenía la cara al rojo vivo y ojalá me hubiera limitado a dar otro bocado a la hamburguesa.

Laney se cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Habéis estado tramando esto?

—No, claro que no —dije—. Ya conoces a Theo. Cero control de los impulsos y un montón de propuestas de salido.

—Ha salido el tema por lo cachonda que te pusiste viéndonos en la bañera —dijo Theo—. Nos pareció el siguiente paso natural. Aunque estamos encantados de considerar otras opciones.

—¿Lo estamos? —pregunté, lanzándole una mirada asesina.

A Laney se le curvaron las comisuras de la boca.

—¿Creéis que podéis ponerme lo bastante cachonda para que acepte un trío? —Arqueó una ceja como un desafío.

Me hundí en la silla y crucé las piernas para esconder la erección que iba creciendo. Esto no debería estar poniéndome cachondo.

—Estoy seguro de que podemos —dijo Theo—. ¿Qué te va? ¿Quieres seguir dándonos órdenes?

—Aunque no para de decir «podemos», Theo no habla por los dos —murmuré.

Pero Laney ya había picado el anzuelo.

—¿Y si termináis lo que empezasteis esta mañana en la bañera?

Se me cayó el estómago hasta el suelo, atravesando la silla. ¿Nos estaba vacilando o de verdad quería vernos desnudos? Me descubrí deseando que fuera lo segundo.

Theo se puso en pie de un salto.

—Primero terminad de comer —dijo ella—. No vamos a dejar que se enfríe.

—Yo ya he terminado —dijo Theo—. ¿Dónde nos quieres? ¿Otra vez en la bañera? ¿En la cama?

Laney me buscó la mirada.

—¿Qué dices, Caleb? ¿Vas a hacer realidad mi fantasía?

Me tapé la cara con las dos manos.

—Joder.

—Si dices que no, no pasará nada —dijo Laney—. No pretendemos presionarte, cariño.

—¿Y si digo que sí? —pregunté.

—Besarás a tu mejor amigo.

Miré a Theo a los ojos.

—¿Tú quieres besarme?

—Hace tiempo que quiero —dijo Theo—. Pero he respetado tus límites, por supuesto.

Laney resopló.

—¿Desde cuándo tienes tú límites?

Theo solo sonrió de oreja a oreja.

—¿Qué dices, Caleb? ¿Quieres poner a nuestra chica a cien?

Nuestra chica. No pude ignorar la oleada de calor que me recorrió al pensarlo. Theo había estado bromeando con tríos todo el día y ahora no conseguía quitarme de la cabeza esa fantasía ardiente. Así que me levanté y le tendí la mano a Theo.

—Vamos a hacerlo.

Una sonrisa lenta se le extendió por la cara y me arrastró al dormitorio. Laney nos siguió.

—Que quede claro: os estaba vacilando —dijo Laney.

—Ya no puedes echarte atrás —murmuró Theo, y se acercó un paso más, con esos cálidos ojos marrones buscando los míos.

Le hice un gesto discreto con la cabeza y él sonrió.

—Estás jodidamente sexy, Caleb.

Me sujetó la barbilla y el pulgar me acarició el punto sensible de debajo de la oreja; luego inclinó la cabeza y apretó su boca contra la mía.

Tenía los labios más suaves de lo que habría imaginado.

La cara de Theo era todo ángulos duros, pero su boca era sedosa y blanda contra la mía.

Sabía a pasta de dientes de menta del hotel y un poco a patatas fritas.

Me besó despacio, con el pulgar apoyado en mi mandíbula mientras me colocaba la cabeza donde la quería.

Era demasiado cuidadoso, así que le rodeé la cintura con los brazos, me lancé hacia delante y le succioné la lengua hasta el interior de mi boca.

Él gimió, deslizó la mano hasta mi nuca y me atrapó el labio entre los dientes, ahora más profundo y más hambriento.

Joder. Me gustaba besar a mi mejor amigo, me gustaba que fuera exactamente de mi altura, ahí mismo, con la boca a mi disposición.

Arqueé la espalda y lo pegué más a mí, de pronto desesperado por tenerlo todo.

Laney emitió un sonido quedo y Theo se apartó. Los dos jadeábamos.

—¿Así, Laney? —preguntó Theo.

—Otra vez —susurró ella, acercándose un poco más—. Más despacio.

Theo me besó más despacio. Me lamió el interior de la boca y su lengua se enredó con la mía. Yo no quería ir despacio, así que me apreté contra él aunque él obedeciera las instrucciones de ella. El pulgar se me engachó en el borde de su toalla y la aflojó; cayó al suelo, alrededor de sus pies.

Quería trepar por él, moldear mi cuerpo al suyo y convertirnos en uno, y no tenía del todo claro por qué el impulso era tan fuerte. Puede que fuera porque mi exnovia estaba mirando y se estaba poniendo a cien con ello.

O puede que fuera que tocarlo daba un gusto de muerte.

Era duro y sólido allí donde una mujer habría sido blanda.

Su pecho era ancho y plano contra el mío, el vello rasposo sobre el músculo.

Los brazos que me rodeaban la espalda eran más pesados y más fuertes que cualquiera de los brazos que me habían abrazado antes.

Y había algo caliente y duro clavándose en mi cadera.

Joder, ¿me iba a pedir que jugara con su polla?

Mientras Theo me recorría el cuello a besos, con la barba de dos días arañándome la piel sensible, me giré y la observé. Se había acomodado en un sillón frente a la cama. Tenía los labios húmedos y los ojos enormes.

—Tócalo, Caleb —susurró—. Quiero verte tocársela.

Theo le sonrió con sorna.

—¿No quieres jugar tú también, Laney?

Ella negó con la cabeza.

—Quiero ver cómo lo descubre Caleb. Siempre he pensado que vosotros dos erais… —Se encogió de hombros—. Más que amigos, supongo.