Mi corazón no se equivocaba Capítulo 1
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Mi corazón no se equivocaba

Mi corazón no se equivocaba

Por Sophie Saint Rose

© inepub.com

Capítulo 1

—¡Kaya!

Se acercó para coger los dos cafés y le guiñó un ojo al camarero, que se quedó alelado por el increíble color verde de sus ojos, rodeados de esas larguísimas pestañas negras. Kaya sonrió irónica yendo hacia la puerta.

—Disculpa —dijo alguien tras ella.

Se volvió para mirar a un ejecutivo que tenía el móvil en la mano. —¿Querías algo?

—Sí, a ti.

—Muy directo, prueba otra vez.

Sonrió. —¿Te gustaría salir a cenar conmigo? Te he visto y no he podido evitar acercarme, siento que mi vida no tendría sentido si me rechazaras. —Sonrió mostrando su perfecta dentadura. —¿Así está mejor?

—Demasiado ñoño, sobre todo si no es sincero. —Le dio un sorbo a su café mirándole después de arriba abajo. —Prueba otra vez.

Fue evidente que eso le sorprendió, no estaba acostumbrado a que le rechazaran. —Vamos, si tienes tanto interés…

—Me gustas, ¿quieres salir a cenar conmigo?

Vio como impaciente miraba su reloj de pulsera.

—No.

Eso sí que le sorprendió. —¿Y eso por qué? —preguntó mosqueado.

—Porque te interesa más lo que tengas que hacer ahora que yo, por eso. Eres impaciente, pretencioso, engreído y lo más evidente de todo, un fraude.

—Perdona, ¿qué has dicho?

—Tu traje tiene más de cuatro años, por lo que tienes problemas financieros, tu reloj es falso, ese móvil que llevas se lo acabas de robar a la rubia que pidió un cappuccino y…

Él se tensó. —¿Estás loca?

—Y tampoco te daría una cita, porque es evidente que has visto mi Birkin y esa cena terminaría pagándola yo, darías alguna excusa como que te has olvidado la cartera. Además, no me gustaría que fueras robando las joyas de las incautas ricas que estén cenando donde me llevarías. Así que no, gracias.

Se volvió y siguió caminando hasta el coche que la estaba esperando. Se subió y el chófer cerró la puerta.

—¿Quién es ese? —preguntó su jefa.

—Nadie que importe. —Le tendió el café y Uno mostró su impecable manicura al coger el vaso.

La verdad es que estaba preciosa con ese traje color berenjena y sus rizos castaños recogidos en un elegante moño francés.

Ojalá cuando ella tuviera cincuenta años estuviera tan bien. —Por cierto, ya está hecho.

—Perfecto. —Bebió de su café y le tendió un expediente. —Tu siguiente trabajo. Debes ser rápida, es prioritario.

—¿Me lo das en papel? —preguntó divertida—. Qué primitivo.

—No queremos que haya rastro electrónico alguno.

—Entendido. —Abrió el expediente para ver la foto de un marine vestido de gala con un montón de medallas en el pecho. Lo leyó lo más rápido que pudo. —Teniente Dean Gardiner. ¿Muerto en Afganistán en dos mil veinte?

—No te creas todo lo que lees. Encuéntrale, esa es tu misión.

—¿Solo encontrarle? —preguntó irónica.

—Solo encontrarle.

No pudo disimular su sorpresa. —¿Es broma?

—Cuando leas su expediente entenderás que está muy por encima de ti. Le necesitamos para una misión que no puede realizar nadie, solo él. Encuéntrale, tienes diez días para hacerlo.

—¿Y después? ¿Qué hago después?

—Nos informas, solo eso. No dejes que huya antes de que podamos hablar con él.

No parecía muy difícil y eso era lo que la mosqueaba. —De acuerdo, me pondré con ello ahora mismo.

—Diez días —dijo su jefa muy seria.

—Lo sé.

—No me defraudes, Kaya. He apostado por ti para esto.

Asintió. —No te arrepentirás, te lo aseguro —dijo metiendo los papeles en su bolso.

Salió del coche sin despedirse y apretó los labios con fuerza.

Dean Gardiner… Bajó los escalones que daban al metro sintiendo cierta inquietud al recordar el rostro que acababa de ver en esa fotografía.

Un marine condecorado que había fingido su muerte para escapar de la vida que le habían obligado a tener.

No le extrañaba que hubiera tomado ese camino cuando ella estaba deseando hacer lo mismo.

Jenna apretó los labios mirando el expediente. —¿Y por qué te lo han pedido a ti que eres una exterminadora?

—Ni idea. Esto no me gusta nada. —Miró a su alrededor. —¿Hoy has hecho el rastreo?

—Sí, tranquila, no hay micros ni cámaras —dijo su hermanastra—. Todo está limpio.

Suspiró dejándose caer en el sofá. Estaba agotada, llevaba seis meses de una misión a otra y ya no podía más ni física ni mentalmente.

—Aquí dice que nació en un pueblo de Montana.

—Y se alistó después de la muerte de su hermano en Irak. Tenía dieciocho años.

—Los pillan antes de que se lo piensen dos veces. Como hicieron contigo.

—Sí. El día que el reclutador me detuvo a la salida del instituto, tenía que haberme pegado un tiro —dijo entre dientes—. ¿Los tienes?

—No, Ralf me ha dicho que tardará aún un par de semanas. Tendrás que hacer esta misión.

—¿Cómo puede tardar tanto en hacer unos pasaportes? ¿Seguro que es de fiar?

—Nadie es de fiar, pero este es más o menos legal según mi enlace de internet. Además, cobra una pasta y sus trabajos son de primera. Debemos esperar.

—¿Y el resto?

—El resto está listo para cuando huyamos. La casa está comprada a nombre de una sociedad fantasma y no hay nada que pueda relacionarnos con toda esta mierda.

—Bien. —Se levantó y se miró al espejo. Su cabello moreno cortado a la altura de la barbilla tendría que desaparecer. —¿Rubia?

—Mejor castaña, se notarían demasiado tus pestañas y las cejas… —dijo leyendo el expediente—. Así que no puedo buscar nada por internet sobre este tipo.

—No quieren rastros digitales. Pero es lógico, nuestro chico se especializó en rastreo digital, seguro que en cuanto pongamos su nombre en cualquier ordenador le saltará la alarma.

—¿Vas a ir a Godmont?

—¿Al pueblo donde nació? Claro, si ha escapado puede estar en cualquier parte, pero allí aún tiene familia, así que seguro que les vigila para que todo vaya bien —dijo entrando en su habitación.

Jenna se levantó dejando el expediente sobre la mesa y se fue tras ella. Ya estaba haciendo la maleta, doblando la ropa pulcramente como le habían enseñado en el ejército. Después vino la agencia y las órdenes cada vez eran más difíciles de lograr.

—Es un asesino.

—Yo también.

—Pero él tiene más fuerza y experiencia. Si le quieren es por algo.

—No estoy segura de que le quieran.

—¿Crees que te ponen de cebo para cargárselo?

Kaya levantó una ceja. —Se me ha pasado por la cabeza. —Dejó un jersey negro dentro de la maleta y la miró preocupada. —Deberías largarte ya.

—Eso les pondría alerta y no debemos hacer movimientos que les mosqueen. Lo mejor es hacer que no pasa nada.

—Joder, no tenía que haberte metido en esto.

—Me metí sola, ¿recuerdas? Si mamá no hubiera muerto, no hubieras tenido que hacerte cargo de mí.

Jenna tenía doce años cuando la madre de Kaya se casó con su padre.

Kaya ya con veinte años no le dio mucha importancia a ese matrimonio, porque ya estaba en el ejército y solo quería ascender.

Les visitaba de vez en cuando y pasaba tiempo con su hermanastra que siempre fue adorable.

La típica familia americana. Y entonces llegó el día en que la llamaron al despacho del teniente Williams. Vestida con su uniforme verde entró en el despacho y se cuadró ante su superior siendo muy consciente de que no estaban solos porque había dos personas más vestidas con trajes negros.

—Ha llegado el momento de que hagas algo importante por tu país —dijo su superior.

—Sí, señor —dijo entusiasmada porque al fin tendría una misión de verdad—. Haré lo que sea por mi país, señor.

El hombre más mayor vestido de negro sonrió. —No te preocupes, tendrás tiempo a demostrarlo.

Y a partir de ahí todo empezó a empeorar.

Cuando la enviaron a su primera misión a punto estuvo de desertar, pero no era tonta sabía que se había metido en un mundo donde no había vuelta atrás.

Entonces dos años después todo cambió y no había habido más que desgracias.

Primero su padrastro se cayó del tejado poniendo las luces de Navidad y después su madre tuvo un accidente de coche donde también perdió la vida.

Kaya tuvo que hacerse cargo de Jenna, que obviamente estaba destrozada.

No tenían la misma sangre, pero desde que su madre había muerto eran uña y carne.

Y así había seguido cuatro años, haciendo un trabajo que odiaba mientras cuidaba una adolescente que no era tonta en absoluto y a la que no podía ocultarle nada.

Lo peor es que había arrastrado a su hermana con ella, porque si Kaya transgredía las normas puede que Jenna pagara las consecuencias, todos sabían que era su punto débil.

Kaya apretó los labios cogiendo otro jersey para meterlo en la maleta. —Te metí yo y las circunstancias. Podrías haber estudiado fuera y…

—Eso hubiera dado igual y lo sabes. Tranquila, saldremos de esta.

Sonrió con ironía. —Te veo muy segura.

—Si la cosa se pone fea, tenemos la información necesaria para hundir a la agencia. Tú haz esta misión, vuelve a casa sana y salva, que todo lo demás saldrá rodado.

—Tranquila, volveré.

Se bajó del coche y se acercó a la puerta del garaje. —¿Hola?

—En un momento la atiendo —dijo alguien que estaba bajo un Chevi.

Kaya miró discretamente de un lado a otro para asegurarse de que era seguro y le sonrió cuando el tipo salió deslizándose de debajo del coche.

Jason Gardiner era el primo de Dean y tenía medio año menos, pero se notaba que no se cuidaba.

Empezaba a tener barriga y las venas rotas de sus mejillas sumadas a sus ojos enrojecidos le indicaron que le daba demasiado al alcohol. Él sonrió. —¿En qué puedo ayudarla?

—No sé qué le pasa —dijo mostrándole su coche—. Ha saltado una luz roja en el panel, pero ya le echado agua y sigue ahí. Temo quemar el motor o algo así.

—Tranquila. —Se acercó al coche. —¿Es de alquiler?

—Sí, pero si llamo a la agencia me dicen que tengo que ir hasta Missoula para sustituirlo y no puedo perder el tiempo, tengo una agenda que cumplir.

Él abrió la puerta. —¿En qué trabaja?

—Soy ojeadora de los Grizzlies. —Él la miró sorprendido. —¿Le gusta el fútbol americano?

—Me encanta. Y a mi hijo también —dijo entusiasmado—. De hecho, está en el equipo del instituto, ¿sabe? Es el mejor quarterback del estado.