E p í l o g o

Darcy
Doce años después.
En mi consulta, entre paciente y paciente, miro por la ventana mientras enredo un mechón de pelo en mi índice.
—Tía Darcy…
—Macy, no me pongas morros.
—¿Cómo sabes que te estoy poniendo morros si no me ves la cara? —pregunta a través del teléfono.
—Porque soy tu tía y yo inventé esas caras, las oigo a kilómetros. Ni siquiera me hace falta un móvil.
—Vale, pero ¿pooooooorfi? Es una fiesta única y esos tacones son espectaculares. Necesito llevarlos al menos una vez en la vida o mi existencia no tendrá sentido.
Pero qué dramática es.
«—Te voy a dejar una buena pasta, no te la fundas toda en zapatos, ¿de acuerdo?
—Vaya cambio de tema.
—Prométemelo, Darcy.
—Prometido, Monique.
—Y prométeme también… que una parte sí será para zapatos».
Te hice caso, Monique. Espero que estés fijándote en cada detalle.
—¿Este espantoso silencio significa que no me los dejas? —pregunta mi querida sobrina.
—Pues claro que te los dejo, criaja, la duda ofende. Pero tienes que enseñarme una foto del vestido que vas a ponerte sí o sí, y también enviarme un audio cantando la canción de Monster High .
—Podrías verlo en directo, si quisieras pasarte por casa —tantea.
—Hecho. Llevaré una rosa para tirarte al final del concierto privado.
—Vives para humillarme.
—Es cosa de familia. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Guardo el móvil con la misma sonrisa que me deja siempre esta niña, que ya es toda una mujercita.
A sus catorce, es la chica más carismática, guay y espabilada que conozco, aunque también tiene una vena dramática que me recuerda mucho a mí, y un toque responsable digno de mi hermana. #LoSientoTheo. Nunca tuvo una oportunidad real contra los genes de las chicas Gilmore.
Macy tiene una hermanastra de cuatro años. Se llama Monique.
Cecilia, la mujer con la que Theo se casó después de casi ocho años guardándole el luto a mi hermana, es tan buena como para ponerle Monique a su propia hija.
Cecilia nunca tuvo suerte con los hombres hasta que a sus treinta y ocho, encontró a Theo.
Es una historia preciosa que siempre que la oigo me hace llorar.
Las casualidades pueden ser maravillosas.
Si no, que me lo digan a mí.
—La peor suerte de tu vida, a veces trae ángeles consigo —digo acariciando mi anillo de casada.
Encima Cecilia quiere mucho a Lía y Roxie, mis hijas. Siempre está pidiéndole a Monique que las proteja, ya que aún tienen casi-uno y dos añitos respectivamente. Macy es como una hermana mayor para todas.
La verdad que no me creo la suerte que tengo con la familia que hemos formado todos estos corazones rotos.
Llaman a mi puerta y hago pasar a George, mi penúltimo paciente de la tarde.
Tuve que crearme un pseudónimo para que no se apuntaran en mi consulta personas con inclinaciones automovilísticas que solo estaban interesadas en pasar el rato con la mujer del famoso Dunkan Scot.
Cosas de estar casada con una leyenda, supongo.

Estoy en consulta hasta tarde. Se suponía que terminaría a eso de las siete de la tarde, pero pasan de las ocho y media cuando entro en casa.
Me cuesta no implicarme de lleno con mis pacientes. Pero me arrepiento de no haber perseguido mi carrera como koala, para así vivir aferrada a mi maridito y llenarme los pulmones solo con sus besos.
Le estoy buscando por el salón cuando él ataca por mi espalda, me coge de la cintura y me hace girar. Me gira entre sus brazos y encuentra mis labios antes de decir una sola palabra.
—¿Y las niñas? —susurro por si las moscas, devolviéndole el beso con las ganas de no haberle visto en horas.
¿Cómo puedo estar tan enamorada después de todos estos años?
Le echo de menos todo el rato, esto ya no es obsesión, es una enfermedad.
Por suerte, es mutua.
—Cenadas, bañadas y dormidas.
—¿Dormidas? ¿Ya? ¿Sin un besito de su mami? —pongo morros.
—Han intentado esperarte despiertas, pero estaban agotadas de tanto jugar. —Mi marido es tan buen padre como piloto de F1, y también es un hombre encantador.
Pero me he dado cuenta de que cuando suelta alguna mentirijilla, desvía la mirada hacia abajo.
Como ahora.
—No las habrás acostado antes a propósito para tenerme solo para ti, ¿no? —estrecho la mirada en plan acusatoria.
—Nooo…
—¡Dunkan!
Sonríe con malicia, mostrándome esos colmillos que tanto me encantan.
—Denúnciame. —Se inclina para cogerme en brazos y me lleva hacia la escalera.
—¿Cuál es el plan?
—Hacerte quince hijas más igual de guapísimas que tú.
—De eso nada. La fábrica está cerrada.
Lejos de desanimarlo, su mueca se vuelve más perversa e interesante.
—Entonces sé mía. Toda para mí. En dos días tengo que irme y no me acostumbro a que no viajes conmigo a donde sea que vaya.
Me enternece y me encanta que me eche de menos, que todo le guste más si lo comparte conmigo.
—Esperaba que fuera una sorpresa —admito mordiéndome el labio inferior—. Pero Keira va a cuidar de las niñas. Podré ir contigo a Londres.
Le brillan los ojos tanto que casi es cegador .
—No te pienso dejar dormir.
Me arranca una carcajada y cierra la puerta con el pie, procurando no hacer mucho ruido.
Casi nadie cumple tantos años seguidos en la F1. Supongo que se dieron cuenta de que Dunkan Scot es una estrella fugaz que solo pasa por el cielo una vez en la vida.
Es un tren al que te subes sí o sí.

A la mañana siguiente me despierto antes que nadie y es una suerte porque tengo algo que hacer. Algo que llevo más de doce años posponiendo.
O atesorando, según cómo se mire.
Bajo al piso de abajo descalza, procurando no hacer ruido. Cojo mi portátil y me siento en el sofá.
Mi hermana siempre ha tenido la puerta de mi corazón abierta de par en par, y también de mi mente. Pero con el paso de los años, su voz se ha ido perdiendo poco a poco entre mis recuerdos.
Siempre he tenido algo a lo que aferrarme. Un vídeo. El único que nunca vi. El único que me queda.
Eso acaba aquí, hoy.
Se me pone la piel de gallina cuando entro en la carpeta y hago clic en el vídeo de «por si me echas de menos», sabiendo que me pasaré el resto de mis días echándola muchísimo de menos, pero que ya no tendré este as en la manga.
Por favor, quédate conmigo para siempre.
Tras unos segundos de espera, el vídeo empieza a reproducirse.