Mi chicane favorita (North Star 10) C a p í t u l o 2 2
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Dunkan

Mi noche es una mierda porque la espalda apenas me deja pegar ojo y la mañana del día siguiente va de la mano gracias a la rehabilitación que, al parecer, odio más que el reposo. Me duele todo, incluso respirar, y el progreso es tan lento que me asfixia, lo cual es irónico.

Soy un puto ratón en un laberinto. Uno demasiado estúpido como para encontrar la salida. Después de lo que dijo mi padre imaginario, hablé con mi equipo.

¿Fue una buena idea?

NO.

Verte obligado a no hacer aquello para lo que has nacido es una tortura y relacionarme con ese mundo cuando no solo no puedo volver, sino que ni siquiera sé si tendré la oportunidad de hacerlo, no es que lo haga mejor precisamente.

¿Aun así me paso todo el maldito tiempo libre que tengo viendo las carreras que me he perdido y poniéndome nervioso por no poder estar allí? Desde luego.

Cuando la cabeza está a punto de explotarme, Darcy empuja la puerta entornada de mi deprimente habitación y una cascada de dopamina se vierte en mi columna vertebral.

Ni siquiera recuerdo por qué estaba nervioso.

—D-Darcy. Hola.

¿En algún momento dejaré de parecer tonto cuando hablo con ella? No he tartamudeado en mi puta vida. Me pongo menos nervioso conduciendo mi monoplaza.

—¿A qué huele aquí? —pregunta contoneándose mientras carga con tres libros pesados, con los cantos tintados y algo parecido a un fae en la portada.

Tiene el pelo mojado y huele mejor que nada que yo haya olido nunca.

Quiero comérmela.

Quiero hacer mucho más que eso, pero supongo que me estaría extralimitando. Imagino que ese derecho no es algo de lo que disfruten los «casi conocidos».

—Me he afeitado hace poco. El aftershave es…

—Una delicia para la nariz —gruñe dejándolos en mi cama, creando un socavón precioso.

Me pone muy contento que le guste. Hasta un extremo ridículo. Aunque está claro que no le gusta tanto como a mí, si no estaríamos usando las lenguas para otra cosa.

—O sea, quiero decir que no da asco —añade, con las mejillas cogiendo el color rojo de sus ojos.

Preciosa. Jodidamente preciosa.

—¿Cómo has estado estos días?

—Bien.

—¿Volvemos a mentirnos?

—¿Cómo está tu espalda?

—Bien.

Aprieta los labios en una línea tensa y yo le sonrío.

—No quiero llorar, Dunkan.

—Juraría que sí quieres hacerlo.

Me atraviesa con la mirada durante unos instantes.

—No eres mi terapeuta.

—¿Algún día dejarás de decirme todas las cosas que no soy para ti? —susurro.

Darcy se acerca tanto que dejo de respirar. Su cuerpo entero es un imán al que no puedo resistirme. Le daré todo cuanto me pida, aunque sea distancia.

—Macy no va a poder visitar a su madre a partir del lunes. A partir del lunes esa niña de dos años va a tener que ver a su madre a través de la puerta.

—Lo siento —cojo su mano, pero ella me la suelta.

Darcy se sienta en la cama, se inclina hacia mí y me abraza. Lo hace con mucho cuidado, pero no quiero que lo tenga.

—Tengo mucho miedo, Dunkan —solloza.

—Es normal tenerlo —digo acariciándole el pelo.

—No puedo vivir sin ella. No puedo.

—No digas eso.

—Es la verdad. Se suponía que teníamos que envejecer juntas, que siempre nos tendríamos la una a la otra. Y ahora… —Se separa de mí, obligándose a recomponerse demasiado rápido.

—Ahora mismo no tienes que vivir sin ella, Darcy. Monique está viva. Céntrate en eso. Es más fácil cruzar los puentes cuando toque y no antes.

—¿Por qué sabes siempre lo que decir? ¿No se supone que los pilotos de F1 sois máquinas sin emociones que solo pensáis en ganar?

—Se lo diré a Lina la próxima vez que la vea.

Suelta una carcajada llorosa.

—Lo siento, eso ha sido muy borde por mi parte y no te lo mereces.

¿Cómo le explico que me encanta que sea transparente conmigo?

Le cojo la mano y le doy la vuelta dejando su palma llena de heridas, expuesta.

Aprieto los dientes odiando la idea de que se haga daño, aunque sea solo para mantener el control.

Me inclino un poco hacia la mesita de noche, maldiciendo todas mis decisiones automovilísticas, saco algo del primer cajón y lo dejo sobre su palma.

—¿He visto un paquete de compresas ahí dentro?

—No. Pero si alguna vez las necesitas, entonces sí.

—Dunkan… —parece estar a punto de sufrir un derrame cerebral.

—Respira y céntrate en esto.

—¿Qué es? —pregunta acariciando el pequeño llavero: un reloj victoriano .

La esfera está rodeada por una estructura calada de filigranas curvas, diminutas cuentas metálicas y engranajes.

—Era de mi padre y ni una sola vez marcó la hora exacta.

—¿Esta es tu forma de decirme que tu padre estaba loco? —sorbe por la nariz.

Sonrío y sacudo la cabeza. Desvío la mirada hacia el sillón de la esquina, pero esta vez solo veo su chaqueta.

—Mi padre siempre venía a verme competir. Desde que empecé a los once años, él siempre fue mi mayor fan.

—Espero que sea una historia corta y no me mates del aburrimiento —dice de nuevo con muchas lágrimas en los ojos.

—Odiaba verme competir.

—¿No has dicho que era tu mayor fan?

—Le gustaba que fuera piloto porque sabía que era mi pasión, pero odiaba ver cómo ponía mi vida en riesgo. Le ponía muy nervioso. Así que jugaba con la corona del reloj y desajustaba la hora para sentir que tenía el control de algo.

—Parece una buena idea.

—Quédatelo.

Se le abren los ojos con horror.

—Jamás me quedaría algo tan importante para ti.

—Hazlo. Es un préstamo. Tendrás que devolvérmelo algún día.

Exhala y se le caen los hombros, pero sus ojos se mantienen distantes.

—¿Por qué eres tan bueno conmigo, Dunkan Scot?

¿Todavía no te has dado cuenta ?

Susan irrumpe en la habitación y decide gritar como una desquiciada:

—¡¿Le has puesto una orden de alejamiento a tu propia madre?!