Mi chicane favorita (North Star 10) C a p í t u l o 1
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Mi chicane favorita (North Star 10)

Mi chicane favorita (North Star 10)

Por Athena Paulsen

© inepub.com

C a p í t u l o 1

  

Dunkan

Octubre.

No hay nada divertido que hacer en el hospital cuando eres tú el que está anclado a la cama, así que ocupo mi tiempo estudiando.

Ya, búrlate de mí, me da igual.

Es por una buena causa.

Hay una razón por la que la puerta de mi habitación siempre está cerrada la mayor parte del tiempo: justo enfrente hay una sala común con varias máquinas expendedoras a la que la gente suele ir a charlar, y a mí, bueno, digamos que no me gusta socializar.

No desde el accidente que me ha alejado de la Fórmula 1.

El destino es así, un grandísimo hijo de puta. ¿Qué le vamos a hacer?

Pero a veces me vuelvo un poco loco y dejo la puerta de mi habitación entornada. No mucho, lo justo para ver que no estoy solo en este inmenso edificio blanco con olor a desinfectante. Hoy es una de esas veces y es la única razón por la que la veo…

A ella.

Por el pequeño hueco de la puerta observo que en la entrada a la salita de máquinas expendedoras hay una chica doblada sobre sus rodillas. Ha apoyado el móvil contra la pared usando la cámara en modo selfie y se inclina sobre él mientras se maquilla, como si fuera lo más normal del mundo.

Tiene el pelo largo y negro, pero rojo en las puntas. Lleva puestas unas gafas de ver en forma de corazón y unos tacones con mariposas.



Ah, ¿no lo he dicho? Está llorando como si la acabaran de arrastrar a su peor pesadilla.

No sé por lo que está pasando, ni cómo es su vida, pero joder, ni siquiera parece ser capaz de respirar.

Me retuerce el corazón.

Tan arreglada como va, debe de venir de alguna fiesta. ¿Quizá haya tenido un accidente de coche y la persona que iba con ella en el vehículo ha acabado gravemente herida? No lo sé. Pero si es así, ¿por qué se arregla más?

No soy el tipo de tío que juzgaría las formas que tiene la peña de lidiar con su dolor… Pero lo de maquillarse no parece estar resultando muy efectivo que digamos.

Cada sollozo parece que va a arrancarle los pulmones y a obligarla a escupirlos. La sacuden entera.

No me gusta. En absoluto.

—A la mierda —gruño y por primera vez después de todas las semanas que llevo aquí, me incorporo con la intención de ir a hablar con alguien que no sea parte del personal médico.

De hacer que lo que sea que le esté pasando a esta chica rara pare. O amaine.

Dejo los apuntes impresos en la cama y me levanto.

Mala idea, joder, mala idea.

¡Qué puto dolor!

Me quedo sentado al borde de la cama mientras ella se pone más y más máscara de pestañas sin mancharse las gafas. Una que, evidentemente, es a prueba de llantos. Se pinta los labios y cuando estoy a punto de alcanzar mi puerta, suena una voz aguda y adorable en el pasillo diciendo:

—¿Darcyyyy ?

La chica pone cara de pánico y deja de llorar de inmediato. Radical. Como si fuera un grifo que acaba de cerrar.

Se pasa por la cara una brocha que no tengo claro qué demonios hace y luego se echa algo en spray. Primero se maquilla y luego se fumiga la cara. Qué curiosas son algunas chicas.

—Estoy aquí —canturrea tranquila mientras sus manos recogen todo a una velocidad que delata su verdadera angustia.

Exhala inflando las mejillas, se abanica un poco y luego sale al pasillo con una inmensa sonrisa en la cara.

—¡Darcy! —repite la voz, esta vez acompañada de una suave risita.

La dueña de la voz entra en mi campo de visión. Es una niña. Diminuta. Con dos trenzas que se mueven con cada paso inseguro que da.

Es tan pequeña que no debe de tener más de dos años.

La chica se agacha a cogerla y la estrecha entre sus brazos.

—¿Quién ha venido a vernos? ¿Quién ha venido a vernos? —pregunta al tiempo que la levanta—. Pero si es la preciosa Macy. Si es la niña de mis ojos, lo más bonito de este mundo.

La niña se ríe y aunque ella no deja de sonreír, estoy bastante seguro de que está haciendo todo lo que está en su mano para que Macy no le vea la cara.

—Me gusta tu pelo —dice la renacuaja contenta, jugando con los largos mechones que caen en cascada por su espalda.

—¿Te gusta? ¡A mí me gusta el tuyo! —dice acariciándole la cabeza con mimo.

A través de la puerta entornada veo la silueta de un hombre bastante mayor que ella.

Por cómo se saludan no parecen pareja, así que supongo que no es su sugar daddy.

Con él también finge la sonrisa. El hombre habla tan flojo que no oigo lo que dice.

Después de eso se van hasta el otro lado del pasillo y yo…

Estoy oficialmente intrigado.