Mi año de sexo y relajación 1
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Mi año de sexo y relajación

Mi año de sexo y relajación

Por Romina Pistolas

© inepub.com

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Si al principio de la historia tenía un Pololo y hoy tengo dos, en el medio, en septiembre, hubo dos días en los que no tuve ninguno.

Cada vez que regreso de un viaje, Pololo se queja de lo mismo. No puede llegar a mí. No puede conectar conmigo porque yo aún estoy «allí», donde sea que eso fuera.

Me cuesta retomar la relación con él y el ritmo de la vida en general, tal como me cuesta conectar con mi familia cuando recién los veo después de tanto tiempo.

Es que el sistema que uso para sobrevivir lejos de ellos es el siguiente: pretender que no existen.

Llevado al mundo del psicoanálisis, significa pretender —como modo de supervivencia— que la persona amada ha muerto.

Cuando voy a Chile, para no extrañarlo y sufrir, pretendo que Pololo ha muerto.

Cuando estoy en Australia, para no extrañarlos, pretendo que la familia completa no existe.

Antes de mi viaje a Chile había entrado en desesperación.

No veía mejora en nuestra vida sexual y, si bien puedo vivir tranquila de masturbación y compañía de amigos si estoy soltera, me cuesta la idea de tener una relación monógama y no tener siquiera la posibilidad de conocer a alguien con quien pegarme un gran follón, aunque sea de vez en cuando. Por eso había comenzado a ser infiel.

Primero con un tipo que había conocido muchos años atrás, y que de vez en cuando me escribía por Instagram.

Era un hombre maduro. Padre de dos hijos, uno de los cuales era tan grande que casi estaba en edad de culiarme.

Un hombre HOMbrE. Un padre, un dueño de empresa.

El exmarido de una de esas mujeres que no trabajan y viven de sus exmaridos.

Un hombre cincuentón que se mantenía regio.

Un hombre tan hombre que me escribió apenas aterrizó en Melbourne para invitarme, de nuevo, a salir.

Tan hombre que eligió el restaurante él y, cuando llegué, ordenó la comida y bebida por mí.

—Nunca me han usado para el sexo —le dije después del primer sorbo de la segunda botella—. Quiero ser usada. Quiero conocer a alguien que solo quiera usarme para culiar.

Ahí fue cuando me llevó al baño. Él no tenía un condón, pero yo sí.

Al otro día le conté a Pololo. Me perdonó.

El segundo fue un mexicano, amigo de mis amigos. Un weón que todas las amigas del grupo se turnaban. Me perreó en una fiesta y rápidamente me lo llevé al baño. Estuvimos encerrados todo el set de la DJ que había pagado no sé cuántos dólares por ver.

Este fue más complicado. Cuando Pololo se iba a trabajar, yo tomaba un tram 1 a la casa del mexicano y pasaba las mañanas con él. Fue una gran infidelidad. Dos semanas duró el intenso affaire. Le conté. Pololo volvió a perdonarme.

Ahí me fui a Chile por dos meses. Prometí portarme bien, y lo hice.

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El día que conocí a Jota, Pololo y yo tuvimos una gran pelea por culpa de algo que no recuerdo. Lo que sí recuerdo muy bien es la última frase que le dije antes de irme a trabajar: «¡Es un milagro que no te haya cagado de nuevo!» , le grité escalera abajo.

Justo después escuché el sonido de las llaves, la chaqueta North Face siendo puesta y la puerta que se cerró de forma delicada, porque por más enojado que estuviera Pololo, jamás daría un portazo.

La rabia me consumía. De inmediato me miré al espejo para corroborar si es que había llorado como intenté: sin apretar los ojos.

Había una gran diferencia entre llorar dejando que las lágrimas se deslizaran por mi cara sin ejercer presión, a apretar los ojos y hacer el ugly cry .

Con el ugly cry se me hinchaban los ojos sin importar si el llanto era corto o largo, y ese día no podía permitirme esa licencia porque tenía que trabajar.

No había tiempo para buscar un cuchillo y ponerlo en el freezer y estar veinte minutos presionando contra mis párpados irritados.

Me vi al espejo. Había llorado de forma correcta.

Como lloraría una estatua si pudiera. Mis ojos estaban intactos.

Ahora tenía que bañarme y comenzar mi proceso de embellecimiento.

Bajé hacia el primer piso del departamento que compartía con Pololo.

Su repentina marcha, sin despedirse, había dejado tras de sí ese fantasma que es la ausencia y, por un momento, la rabia que sentía hacía un momento estuvo a punto de transformarse en pena.

«No», me dije a mí misma, en voz alta. Primero, porque no me arrepentía de las últimas palabras que le había gritado y que, aunque fuertes de oír, eran muy ciertas.

Así de frustrada estaba. También porque, si pasaba, si de verdad lo engañaba con otra persona, podría decirle «te lo advertí» y supongo que el que avisa...

La otra razón era que necesitaba energía para trabajar.

La felicidad y la rabia eran las emociones que mejor me funcionaban como combustible.

La pena funcionaba muy mal, aunque no tanto como la culpa.

Eso último era, para mí, la confirmación de mi empatía. O sea, sociópata no era.

Algunas veces me lo había cuestionado, pero llegué a la conclusión de que era puro egoísmo. Sí. Muchas veces en mi vida sacrificaba el sufrimiento ajeno por el gozo propio, lo que me llevó a preguntarme si tal vez yo era una mala persona. Como casi todo, lo consulté con mi amiga Gaby.

—A veces pienso que soy mala persona.

—¿Por qué dices eso?

Después pensé que no, que yo no era una mala persona.

Solo soy una mujer chilena, con todo lo que eso implica.

Sobre todo por haber sido criada por las telenovelas de Televisa y Pablo Illanes.

Además, desde chica siempre me preocupaba de verme un poco mal —o al menos de no arreglarme— cuando iba a rechazar o incluso terminar con alguien.

Una mala persona no tendría esas deferencias.

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El club abría a las ocho, pero en el último tiempo había optado por llegar a las nueve.

Pensaba que diez años de oficio me hacían merecedora de ese privilegio.

Diez años de tacos, de mentas, de pestañas falsas.

Diez años de despertar con el pegamento de dichas pestañas aglutinado entre los pequeños pelos sobre mi ojo.

Diez años de limpiarlos con mucho cuidado, usando aceite, cada mañana.

Son pequeños detalles, ¿ven? El puto pegamento todas las putas mañanas.

Pensaba en eso mientras me secaba el pelo.

Esas cosas que no se comentan porque para qué.

Como aquello otro que había notado: que cuando algún cliente me estaba pagando, con tarjeta o efectivo, daba igual, me ponía a salivar.

Se me hacía agua la boca cuando me pagaban.

Son esos pequeños detalles de los que nadie habla, porque para qué, pero que yo noto, porque de esas pequeñas cosas se constituye mi vida.

Lo que a la gente sí que le encanta saber es qué voy a hacer después de esto.

Cuando la juventud desaparezca. Desde que tenía veintiséis años, me decían: «Esto no te va a durar para siempre, ¿sabes?

¿Qué vas a hacer después?». Y la más importante: «¿Cuándo te vas a retirar?

». Yo respondo que «hasta que todavía sea capaz de agacharme» o «hasta que me sigan funcionando las rodillas».

Si tuviera que hablar más en serio, la respuesta sería pues supongo que será hasta el día en que me esté maquillando para ir a trabajar y lo que vea al frente me parezca inadecuado, impostado, ridículo.

De todos modos —a menos que esté en gran negación—, pensaba que eso no estaba ni cerca de pasar a mis treinta y seis años.

¿A dónde se habría ido Pololo? Era tan buen hombre, que de seguro que fue al gimnasio a botar la rabia de manera sana. Al mirar mi teléfono para ver si me había escrito, me di cuenta de que tenía un nuevo mensaje de Gaby.

¿Y? ¿Cómo te fue?

Volví a tirar el teléfono lejos, a la cama.

Desde hace unas tres relaciones atrás he aprendido a no contar cada pelea de inmediato.

Por ejemplo, si termino (a menos que sea algo que no tiene remedio, como que la otra persona se haya muerto), espero al menos tres días para dar la noticia.

Esto ni siquiera era una terminada. Era otra conversación más sobre nuestra vida —o más bien la falta de vida— sexual que había terminado en gritos.

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El trabajo estaba bien, aunque no maravilloso.

Era un club distinto al que estaba acostumbrada en mi pequeña ciudad.

Las reglas, la cantidad (y calidad) de clientes...

hasta las compañeras, que eran medio ariscas.

O tal vez la arisca era yo, que me cuesta hacer small talk .

En la pequeña ciudad, las compañeras sacaban conversación de absolutamente cualquier lugar con tal de ser amigables.

Acá no: si tú no les hablas, ellas te dejan en paz.

Llevaba casi un año y no tenía ni una amiga con quien pasar el rato cuando el local estaba muerto.

Eso quería decir que, cuando entraban clientes, al no estar distraída con una conversación, yo era siempre la primera en recibirlos.

Por esa misma razón, fui la primera en hablarle a Jota.

Aquí lxs voy a llevar a un viaje cinematográfico. Para que vean esa noche como la veo yo en mi cabeza.

Como una película.

INT. CLUB - NOCHE

Camina hacia el club con un gran bolso. Vemos como la gente la mira, hombres y mujeres. Lleva mucho maquillaje. Saluda al club bouncer   2 con un gesto de cabeza. La manager está en la entrada, le cobra la house fee . 3 Le pasa un billete de cincuenta y se da vuelta.

MANAGER

¡Carmen! Debes mil, porque no viniste

ayer y no avisaste antes de las doce,

así que son ciento cincuenta.

Ella se devuelve y con desgano saca un billete verde y se lo pasa. Deja el bolso en el camarín y empieza a sacarse la ropa.

INT. CLUB – NOCHE

En la siguiente escena está ya sentada en un club vacío. Vemos la espalda de un montón de chicas, grandes luces, música muy fuerte, rap. Una chica da vueltas en el escenario, sin mucho ánimo, tomada del caño.

CORTE A:

INT. CLUB – NOCHE